En su primera época de estudiante, casi niño, no fue Pepe de esos
muchachos que se sientan lo más cerca posible del maestro, aprendiendo
de memoria, como loros, cuanto se les manda, antes por obediencia y
aplicación irreflexiva que por verdadero amor a estudios que aún no
entienden; pero tenía inteligencia sobrada para comprender que había de
llegar un día en que de todas aquellas asignaturas y materias, que
juntas querían meterle por fuerza de golpe en la cabeza, tendría que
fijarse en alguna, decidirse y estudiarla, confiando a la perseverancia
en el trabajo su porvenir y el amparo de los suyos. Durante esos años,
en que el hombre ignora la realidad de sus tendencias y la índole de
aquello a que debe dedicarse, él, entre dudas y vacilaciones, pugnaba
por determinar _lo que sería_, como si a todos permitiera la fortuna
marcar el rumbo de su vida. Por fin, la afición a la historia y el
interés que, apenas comenzó a hombrear, mostró para seguir en
conversaciones o lecturas la marcha de los sucesos políticos--tan
agitados en aquel tiempo--le hicieron inclinarse a la abogacía, carrera
en que la antigüedad de los pueblos, la política, el derecho y las
letras, aparecían a sus ojos formando, no un camino más o menos ancho,
sino un conjunto de senderos que podían llevarle a suertes prósperas y
varias. Su existencia tenía un fin doble, y así lo comprendía él: ser
obrero de su propia fortuna y sostén de sus padres. Pero estas ideas no
despertaban en su ánimo temor de lucha ni necesidad de abnegación.
Llegar a _ser algo_, le parecía cosa natural. ¿No llegaban otros?
Propósito de desinterés en aras de su familia, nunca lo hizo su
pensamiento. Se dijo sencilla y espontáneamente que era necesario en su
casa, que allí quien debía trabajar era él, sin imaginar jamás que sus
más penosos esfuerzos por lograrlo pudieran llamarse abnegación o
sacrificio, ni siquiera deber: lo haría porque sí, porque era el hermano
mayor, el único hombre de la casa. En sus cálculos no entraba Tirso para
nada. Si no, ¿quién lo haría?
El cambio que la desgracia ocasionó en la vida material de Pepe, fue en
un principio apenas sensible: al pronto, todo se redujo a que los pocos
libros de texto que había comprado anduviesen rodando de la mesa del
comedor a la de su cuarto, hasta que él los guardó por no verlos.
Aparentemente, con ocultar aquellos libros se borró en la familia la
idea de que Pepe había tenido que renunciar a la carrera: doña Manuela,
que era buena, pero poco avisada, sintió cierta amargura; la resolución
de su hijo la entristeció, por ser señal inequívoca de grandes
privaciones:--«El pobre ha tenido que dejar los estudios»--decía, sin
poder profundizar todo lo que en esta frase iba envuelto. A Leocadia le
mortificó el suceso más que a su madre, pero de otro modo. Mientras Pepe
se limitó a trocar la clase por el destino del Senado, decía:--«A mi
hermano le han empleado»--y en el tono con que lo pronunciaba descubría
algo de amor propio satisfecho. El verdadero disgusto lo tuvo cuando, a
consecuencia de la proposición de Millán, entró Pepe de corrector en la
imprenta: aquello de que su hermano ganara un jornal la impresionó
amargamente, en parte por lo que significaba tal determinación, y más
aún por vanidad herida. Su gran temor era que Pepe llegara a ponerse
blusa para trabajar, como si en este detalle fuese envuelta toda la
ruina de la casa. Transigía con la pobreza, con la miseria, con todo;
pero a lo vergonzante, no enterando al prójimo de humillaciones que no
le importaban. La mayor pesadumbre fue para don José. Los tres años de
Derecho que cursó Pepe, le habían acostumbrado a pensar en su educación
como en un esfuerzo costosísimo, mas para él lleno de encantos. El
humilde empleado que pasó la vida a salto de mata, de oficina en
oficina, de centro en centro, sin apoyo ni valimiento, había logrado
adquirir tales hábitos de orden y economía, que iba a serle posible dar
carrera a este hijo, y dársela a su gusto, no como se la dieron al otro.
El pobre viejo no alcanzaba por qué medio sería ello; pero con los ojos
de la imaginación veía al chico ya vestida la toga de vuelillos blancos,
con el birrete puesto, la placa en el pecho y sentado en un sillón de
alto respaldo, escuchando informes de abogados que, al dirigirse a él,
hablarían con profundísimo respeto... y, de repente, vinieron el
descuento, las pérdidas, los atrasos, la jubilación, reduciéndose el
futuro juez a empleadillo colocado por el favor de un amigo, y a merced
de quien tuviese influjo para quitarle cualquier día la plaza en
provecho de otro. La resolución adoptada por Pepe de ir a trabajar con
Millán, hirió dolorosamente el ánimo de don José: pero hubiera sido
difícil precisar qué impresión le hizo más mella, si el dolor de ver a
su hijo llevado a tal extremo, o el orgullo de considerarle tan fuerte
ante la adversidad. Las lágrimas de ternura se secaron pronto en sus
ojos: el engreimiento no se le borró del alma.
El más duro para resistir a la desgracia, fue quien más perdía con ella:
el mismo Pepe, que, así como no dio importancia al sacrificio, no se
entregó tampoco a esa resignación callada y triste, cuyo silencio sofoca
el dolor sin mitigarlo. Su carácter varió algo, sin que él se diera
cuenta, mas no llegó a sufrir una verdadera trasformación. Las fibras de
su corazón eran tales, que no podían bastardearse al ser azotadas por la
desgracia, como no hubieran cambiado tampoco acariciadas por la fortuna.
Aquella incredulidad burlona con que siempre acogió cuanto no podía
aclarar razonándolo, se acentuó y se hizo más amarga; su gracia para
zaherir cobró acritud, sus chistes tomaron tono de quejas dichas en
broma; pero la propensión cómica quedó dominando siempre en sus labios,
pronta a ridiculizar cuanto sus ideas y aficiones le señalaban digno de
vituperio. Los reveses no le arrancaron el entusiasmo por lo que amaba,
ni exacerbaron su escepticismo; pero, al convencerse de que las
condiciones de la vida habían variado por completo para él, adquirió una
serenidad que, contrastando con los pocos años, daba a sus frases un
dejo amargo y melancólico. Aun las sátiras más enérgicas parecían brotar
tristemente de su boca.
Pasadas las primeras semanas de aquella existencia nueva, dividida entre
la biblioteca del Senado, donde su trabajo consistía en dar libros a
quien raza vez se los pedía, y las tareas de la imprenta, donde bajo la
inspección de Millán iba siendo cada día más útil, comenzó a
experimentar cierto reposo que él comprendía no ser definitivo, pero que
le halagaba por verlo reflejado en la casa. Su vida de empleadillo y
jornalero le producía un puñado de duros, con los cuales había para ir a
la compra y casi con igual frecuencia a la botica. De la abogacía no se
volvió a hablar: lo de seguir carrera fue un sueño, y, sin embargo, el
haber tenido que renunciar a ella era la pesadumbre de toda la familia.
Cada cual la sentía a su manera: doña Manuela no decía sino:--«¡Hijo
mío, cuánto trabaja!» El padre no se recataba para confesar a voces aun
delante de gentes:--«Estará en la imprenta.» Leocadia, sin disimular la
repugnancia a lo que en su hermano había de obrero, hablaba del
_destino_ o el _empleo_, y cuando le veía volver a casa, instintivamente
le miraba a las manos, temiendo que trajera en ellas alguna señal sucia
de su honrosa labor. No lo podía evitar: tenía esa vanidad madrileña que
pretende cubrir con perifollos de seda la falta de ropa blanca, y que
prefiere el adorno de la sala al cuidado de la alcoba.
Pepe participó también, en cierto modo, de ese sentimiento que tiende a
ocultar al prójimo la propia miseria. Hubo una persona a quien no tuvo
el valor de confesar que trabajaba en la imprenta de Millán, y esa
persona fue su novia, la señorita de coche, como la llamaba Leocadia.
Pepe había dicho claramente a Paz la situación de su familia; que su
padre era un antiguo y modesto funcionario de Hacienda; que él tuvo que
abandonar la carrera por falta de recursos para seguirla, ateniéndose a
un empleo concedido casi por caridad; pero no pasó adelante: nada dijo
de la imprenta, del apoyo de Millán, de las galeradas, ni de sus tareas
de jornalero. En un principio no fue completamente franco por aquella
misma pícara vanidad de Leocadia, y después por falta de valor: aun
conociendo a Paz como llegó a conocerla, tuvo miedo a decirla:--«El
hombre a quien amas, tú, la señorita rica, mimada por la fortuna, va por
las noches a ganarse un jornal que cobra los sábados como los herreros
y los albañiles.» Imaginó que la perdería: era a sus ojos enteramente
absurdo que Paz, después de saber esto, siguiera enamorada de él. La
vida moderna le ofrecía a cada paso ejemplos de hijas de familias
poderosas a quienes por un capricho amoroso había que casar con un mal
periodista, con un abogadillo, con un cualquiera, aún de lo más pobre de
la clase media; pero, ¿quién vio jamás en estos tiempos que una señorita
hecha a pisar alfombras y ceñirse el talle con sedas, entregara la mano
a un jornalero? Pepe calló, sin temor a que ella supiera toda la verdad,
pero sin valor para decirla con sus propios labios. Al oírla exclamar
con frecuencia entre apasionada y mimosa: «¡Pepe mío, cuánto te quiero!»
le acometían impulsos de revelarla aquello que él ocultaba como una
infamia; pero luego, contemplándola vestida con todos los primores del
lujo, retiraba las manos o se las examinaba al descuido, temeroso, como
su hermana, de hallar impresa en ellas la sucia mancha del trabajo.