II

Pepe y Millán se conocieron en 1862, cuando a los catorce o quince años

cursaban en el Instituto del Noviciado _primero de latín_.

Eran ambos entonces de escaso desarrollo físico, pero inteligentes,

guapos, listos sin exceso de picardía, y avisados sin sobra de malicia.

En su organismo endeble de madrileños criados en casas pobres,

prevalecía su entendimiento de niños educados junto a personas mayores

que, sin velar nada, hablan de todo libremente. Pepe era delgado, alto,

larguirucho, con el pelo rubio, rizoso y arremolinado, que dicen ser

indicación de genio vivo. El mirar penetrante de sus ojos parecía, al

fijarse en las cosas, querer arrancarlas la enseñanza que de ellas

brota; nunca se le cansaba la boca de preguntas, ni los oídos de

respuestas: en cambio, la impaciencia que demostraba para interrogar se

le trocaba en calma para oír. Desde pequeño, una incredulidad instintiva

le hizo regocijarse menos que otros chicos con los cuentos de brujas, y

siendo mayorcito, siempre tuvo en los labios el _¿cómo?_ y el _¿por

qué?_ A semejanza de los niños que rompen los juguetes para ver lo que

tienen dentro, él, obedeciendo quizá a una predisposición poco vulgar,

pretendía que se le diese explicación de todo; así que, para negarle lo

que pedía, era preciso, al menos, simular un razonamiento, convencerle,

con lo cual quedaba tranquilo y obediente. Su precocidad no era la que

consiste en el temprano desarrollo de algunas facultades, sino en cierta

serenidad de juicio que, dominando sobre las impresiones, le impulsaba a

rechazar lo que su entendimiento no alcanzaba. Había que explicárselo

todo, y la señal de que lo comprendía era una docilidad encantadora.

Jamás consiguió una criada divertirle con gigantes de los que tragan

carne cruda, hazañas de ladrones ni aventuras maravillosas de princesas

encantadas; pero si escuchaba a sus padres sucesos reales, casos

vívidos, algo en que hubiera verdad, entonces, con los ojitos muy

abiertos, como perrillo a quien enseñan golosina, se estaba quieto,

esperando que la relación terminara, para hacer luego preguntas y más

preguntas acerca de lo que no podía entender. Con una sonrisa muy

burlona rechazaba lo que repugnaba a sus ideas aniñadas, y a veces, las

frases que se le ocurrían, si no por el propósito, tenían por la

entonación algo de sátira.

Millán era más inocentón, más chico; había menos dificultad para

engañarle, y era también de mayor robustez y dado a juegos más

arriscados. La savia de la vida, que el primero tenía como reconcentrada

en el cerebro, había tomado en el segundo forma de energía física. Uno

era de la estirpe de los que piensan, otro de la raza de los que

obedecen. Viéndoles jugar juntos, resultaba Pepe voluntarioso, porque

Millán parecía plegarse a sus caprichos; pero, a poco que se les

observase, era fácil notar que la pasividad de éste no era sino el

reconocimiento implícito e instintivo de la superioridad de aquél.

Además, Millán tenía buenísima índole y, como complaciéndose en ello,

dejaba ver que, si en cosas de fuerza estaba la ventaja de su parte, en

todo lo restante era de Pepe la primacía. En hacer espadas de palo,

cortar tablas, correr al marro, saltar al paso, trepar por rejas y

encaramarse a tapias, no hallaba Millán competidor: para lograr premios,

disculpar travesuras y evitar regaños, tenía Pepe especial ingenio.

Sabía esperar para pedir a tiempo, dejar pasar los primeros instantes de

un enfado, no irritar el disgusto con respuestas y evocar, en ocasión

propicia, el recuerdo de lo ofrecido.

Los comienzos de su amistad fueron una especie de pacto contra el latín

y contra aquel modo de enseñar la lengua del Lacio que hacía

aborrecibles a Virgilio y a Cicerón. Formaron una sociedad de socorros

mutuos para apuntarse la lección, ahorrarse trabajo al traducir,

buscando juntos los significados en el diccionario y responder, al pasar

lista, uno por otro: hasta llegaron a reunir en común la colección de

sellos de franqueo que por entonces hacía todo chiquillo madrileño. Al

principio sólo se veían en el aula o en el claustro del Instituto, que

tiene entrada por la calle de los Reyes; luego se encontraron en el

camino al venir de sus casas, y lo anduvieron juntos, esperándose

recíprocamente en la plaza de Santo Domingo, donde llegaban casi a la

misma hora. Millán vivía en la plazuela del Biombo; Pepe en la calle de

Botoneras: aquél venía por la Costanilla de los Ángeles; éste por la

calle de las Veneras, y después seguían juntos hasta el Noviciado,

haciendo escala en cuantos escaparates hubiera algo que les llamara la

atención. Las mañanas de invierno compraban buñuelos, las tardes de

verano chufas, y en todo tiempo alfeñique, mojama, garrofa o caramelos

de a ochavo; pero su verdadera delicia consistía en repartirse una

cajetilla de pitillos, sin que jamás llegasen a reñir sobre quién

gastaba un cuarto más o menos. Durante el primer curso conservaron el

aspecto algo encogido de chicos criados entre faldas y limpios de

lenguaje, no hechos a la libertad de andar solos por la calle; mas al

poco tiempo fueron abriendo oídos a la malicia y teniendo la lengua

pronta para la desvergüenza: entróseles la picardía al pensamiento como

ciencia infusa, aprendieron a decir palabrotas, pegóseles algo de ese

impudor que se recoge al paso, y aumentaron su vocabulario con frases

soeces y giros achulados, cuyo sentido acaso no entendían, repitiendo

tales cosas por imaginar que hablando gordo harían viso de hombres

bragados. No por esto se malearon, y aquellas obscenidades y ternos que

empleaban entre sí, pero que ante nadie repetían, fueron como un cieno

que, si les ensució la boca, no les llegó a manchar el alma.

Una mañana que faltó a su clase un catedrático, se marcharon con otros

chicos a jugar a la Era del Mico, y esta escapatoria fue para ellos una

revelación. De entonces en adelante, cuando calculaban que podían

preguntarles la lección, iban a clase; pero los más de los días, luego

de pasada lista, se escurrían, o pinchándose las encías y manchándose el

pañuelo, fingían echar sangre por las narices para que les dejaran

salir, renegando de la declinación y el hipérbaton latino como de las

mayores infamias que inventaron hombres. De esta época data en la

historia de su vida la larga serie de correrías que hicieron por Madrid,

evitando siempre ir por calles céntricas donde pudieran hallarse de

manos a boca con quien diera en sus casas noticia del encuentro. Así

llegaron a conocer palmo a palmo cuantos paseos, carreteras y cuestas

rodean a la Corte, yéndose a pies que queréis por esas rondas, como

hidalgos de leyenda que marchan a ver tierras, y por entonces debió ser

cuando en casa de Millán el padre de éste, y en la de Pepe su madre,

notaron que los chicos rompían zapatos como si lo hicieran a porfía. El

famoso Marco Polo en lo antiguo, y Livingstone o Stanley en estos

tiempos, fueron junto a ellos exploradores de poco más o menos. ¿Qué

mayor expedición que ir desde el Noviciado a la Puerta de Hierro

haciendo escala en el Puente Verde para llamar _¡todas! ¡todas!_ a las

lavanderas del río? ¿Pues y el viaje a Moratalaz o Amaniel para ver

hacer el ejercicio a la tropa? ¿Y el ir a extasiarse ante los puestos de

San Isidro, en vísperas de romería, o marcharse en invierno a ver si se

había helado el Canal del Lozoya? Lo que nunca se les ocurrió fue tomar

partido en pedrea de las Peñuelas, ver ajusticiado en el Campo de

Guardias ni tratar con los barquilleros que, al juego de la cinta,

robaban dinero a los provincianos en la Montaña del Príncipe Pío. En

cambio, les divertía mucho ver en Palacio la parada o estarse en Santa

Cruz oyendo a los charlatanes perorar desde el pescante de un simón

vendiendo _grasa de león para quitar manchas_ o diciendo que tenían

polvos para matar los _insetos solitarios del estómago, que es el

intestino donde se mete la comida_. ¿Y el caudal de conocimientos que

adquirieron? Por algún tiempo se aficionaron a la mecánica, y todos los

días iban a ver desde un desmonte poner placas giratorias en las

cercanías de la estación del Norte; otra temporada se dieron a la

construcción, entreteniéndose en ver levantar piedras en edificios

nuevos; después mostraron afición a la industria, contemplando en los

balcones de la calle del Peñón las tripas de las mondonguerías, y hasta

hicieron observaciones de carácter fabril en la Ronda de Toledo con las

tiras de fósforos de cartón puestos a secar al sol. No quedó rincón

madrileño que no vieran, desde el Campo de Guardias hasta la Pradera del

Canal, y desde la Fuente de la Teja hasta las Ventas del Espíritu Santo,

ni encrucijada por donde no pasaran, siendo uno de sus placeres

favoritos examinar los lugares del Madrid antiguo descritos en novelas

de capa y espada a cuarto la entrega, en las cuales aprendieron a

retazos y malamente episodios que les hacían mirar ciertos sitios con un

respeto entre ridículo y poético, dando como seguro que Felipe II

presenció el asesinato de Escobedo desde un portal de la calle de la

Almudena, y comentando, como si hubieran asistido a ellas, la muerte de

Villamediana junto a San Ginés o aquella aventura en que Quevedo desafió

a un hidalgo que había pegado un bofetón a una señora. ¡Qué diferencia

había entre el entusiasmo con que iban adquiriendo aquella dislocada

erudición de lances madrileños y el desprecio con que miraban las

biografías latinas de Cornelio Nepote y los _Trozos escogidos_, que a

ellos les parecían la pura esencia de lo inaguantable! A clase de

Geografía y de Historia de España les gustaba ir; pero en las de Latín y

Religión no les echaban la vista encima sino en días de lluvia, cuando

no sabían dónde llevar el cuerpo. En Abril y Mayo _apretaban_, y a

primeros de Junio volvían a casa examinados, ovantes, con buena nota y

con el susto fuera del cuerpo. De esta suerte, paseando mucho y

estudiando algo, pero asimilándose su inteligencia fácilmente lo que

aprendían, llegaron a ser un término medio entre el estudiante sorbedor

de textos, que suele al fin no servir para nada, y el pigre holgazán,

que degenera en pillastre.

Hacia 1868 se graduaron de bachiller, siendo ya dos mocitos que echaban

requiebros a las modistas, y poco después sus familias determinaron

darles carrera. Ambos padres decidieron que estudiaran leyes. En don

José, que era un español a la antigua y para quien no había profesión

seria sino refrendada por un título académico, influyó mucho el recuerdo

de la respetabilidad que a sus ojos tuvieron los oidores y magistrados

de chancillerías y audiencias mientras él andaba de provincia en

provincia como humilde empleado. No se le ocultó que había de costarle

muchos sacrificios, pero cedió a la tentación de ver a su hijo hecho

personaje de toga con vuelillos. Para él la abogacía era lo de menos: al

decir abogado, no concebía al chico defendiendo pleitos sino

administrando justicia. Millán siguió el ejemplo de Pepe, porque

estimaba bueno cuanto éste hacía.

La vida de verdaderos estudiantes les duró poco. Ambos tuvieron que

abandonar la carrera apenas empezada. El infortunio se cebó en sus

hogares de modo parecido, y aquella amistad de niños, fundada en juegos

y paseos, fue lazo que vino a estrechar la desgracia.

El padre de Millán tenía en los barrios bajos una modesta imprenta

donde, por hacer favor a un amigo, tiró varios números de cierto

periódico clandestino. Una noche le sorprendió la policía, y cerrando

la imprenta se llevó al dueño al Saladero, donde permaneció, gastándose

los ahorros en un cuarto de pago, hasta que el 29 de Setiembre las

turbas le sacaron poco menos que en triunfo con otros presos políticos.

Lo que no pudo devolverle la justicia popular, enérgica pero tardía, fue

el dinero prodigado a carceleros y guardianes para que no le molestaran,

y al escribano para que activara la causa, ni tampoco la parroquia

perdida con la clausura de la imprenta. Cuando el pobre hombre salió de

la cárcel, consumida su fortuna, tuvo que resignarse a ser oficial de

cajista. A sus años el golpe era demasiado duro, y una afección crónica

que tenía en los ojos se le agravó tanto, que le fue imposible continuar

trabajando. Millán no dudó un instante respecto a la determinación que

debía seguir:«--Padre--dijo--como me he criado en la imprenta, conozco

el oficio y todo lo que en él se hace. Búsqueme Vd. trabajo, que con mi

jornal habrá para los dos, al menos para Vd., que yo necesito poco.» Los

libros de Derecho, apenas manejados, cedieron el puesto a las cuartillas

de original: Millán entró de corrector de pruebas en uno de los primeros

establecimientos tipográficos de Madrid, cuyo principal al poco tiempo

le encomendó gran parte de la dirección de la imprenta: soñó con ser

letrado y quedó reducido a la condición de obrero, en lo más noble que

puede producir la inteligencia humana, pero obrero al fin, sujeto a un

jornal que merma con la fiebre de un día y acaso falta en la ocasión en

que es más necesario. Cuando tomó aquella resolución, dijo a Pepe,

dándole cuenta de su situación:--«¡Cómo ha de ser! Vamos a seguir rumbo

distinto: tú llegarás donde te lleve la suerte; en cuanto a mí... soy

hombre al agua.» Pepe demostró a su amigo que la desgracia no era fuerza

bastante a quebrantar la ley que le tenía. A veces iba por la tarde a

hacerle compañía a la imprenta; al anochecer solía buscarle para pasear

juntos, y si le encontraba en la calle, cuanto más derrotado y pobre de

ropa le veía, mayor afecto le mostraba, cuidando de no darle ni aun

aquellas bromas que, si antes le parecían lícitas, ahora se le antojaban

ofensivas.

Dentro de aquel año les igualó la desgracia. La exigua cantidad de renta

del Estado, en que don José tenía invertidas sus economías, quedó, con

los préstamos que sobre ella tomó y por el retraso de los pagos,

reducida casi a la nada; la jubilación sufrió considerable descuento,

las modestas alhajas de doña Manuela presto aprendieron el camino del

_Monte_, y hasta las ropas hubo que empeñar. En la casa de la calle de

Botoneras penetró al fin la escasez, con su cortejo de tristezas, como

antes había penetrado en la pobre imprenta de los barrios bajos; pero si

Millán sabía un oficio, Pepe carecía de conocimiento alguno que pudiera

serle útil contra el infortunio. Entonces se pensó en buscar para él una

colocación o destino. Las cartas que escribió don José, las visitas que

hizo hasta que se lo impidió su dolencia, las antesalas que cruzó, no

son para contadas. Por fin, un antiguo amigo suyo _metió_ al chico, con

un empleo de 5.000 reales, en la Biblioteca del Senado. Pepe, como

funcionario público, iba a ganar casi la mitad de lo que daban a Millán

por regentar la imprenta.

Si cuando chicos no les maleó el exceso de libertad, de grandes no les

doblegó la desgracia; ni tampoco intentaron, por salir de apuros, vadear

malamente aquella torcida corriente de su vida que comenzaba a

encresparse. Juntos nadaron a pecho abierto contra ella; y sin pensar

que podían por malas artes vivir a lo perdido, o abandonar a sus

familias, comenzaron a trabajar, Millán en la imprenta que le

confiaron, y Pepe en su humilde empleo de la Biblioteca del Senado. Como

éste tenía más horas libres que aquél, y se iba muchos ratos a hacerle

compañía, Millán le rogaba con frecuencia que le ayudase, de donde se

originó que, durante una larga temporada en que hubo prisas en la

imprenta, Pepe se pasó noches enteras corrigiendo pruebas; lo cual su

amigo le enseñó con pocas advertencias, y él perfeccionó en algunas

semanas. Una alteración de personal que hubo por entonces en la

imprenta, inspiró a Millán la idea de que aquel favor, que su amigo

frecuentemente le hacía, sólo para ganar tiempo y anticipar la hora de

salir juntos, podía redundar para Pepe en una ganancia, no grande, pero

sí oportuna, dada la situación de su casa, donde la necesidad se iba

entrando a banderas desplegadas desde que comenzó a agravársele a don

José la enfermedad de las piernas. Ello fue que, al cabo de tres meses,

estando un domingo de paseo, y solos, Millán le dijo:

--Tengo que proponerte una cosa. Creo que te conviene, pero no he podido

resolver nada sin contar contigo.

--Habla, chico.

--Desde hace más de tres meses que arreció el trabajo, vienes casi

todas las noches a buscarme, y para una vez que consigo acabar temprano

y podemos ir un rato al café o a dar vueltas charlando por las calles,

lo general es que tengas que quedarte allí conmigo corrigiendo

galeradas. Al principio no sabías lo que te pescabas, lo que tú

corregías tenía yo que volver a mirarlo. Hoy, la verdad, lo que para un

cajista cualquiera ofrecía ciertas dificultades, lo has aprendido tú en

seguida y bien. Por otra parte, me parece una primada que a lo mejor te

pases allí horas enteras sin sacar nada en limpio... En fin, chico, ayer

se ha marchado uno de los correctores, el que iba de noche... ¿quieres

la plaza? Si se lo digo al amo, te la da. Tú le convendrías a él con

pedirle dos reales menos que otro cualquiera, y a tí, como son pocas

horas, de noche, y yo te taparé cuando faltes... vamos, que puedes ganar

eso... si no te repugna... Díselo a tu padre.

--Y ¿por qué me ha de repugnar? ¿Qué tengo que decírselo a mi padre?

Acepto desde ahora... y te lo agradezco de veras. Puedes creerme: ya ves

cómo estamos en casa.

--Siempre serán diez y ocho o veinte reales más al día.

No era posible aumentar la amistad que les unía; pero este rasgo

contribuyó mucho a afianzarla y, además, hizo que fuera su trato más

frecuente, por la índole del trabajo que les ocupaba. Así, los que de

muchachos comenzaron juntos a corretear por las calles y pisar las aulas

del Instituto; los que juntos pensaron seguir una carrera de las

reservadas a gente, si no poderosa, al menos acomodada, juntos también,

forzados a renunciar a ella, emprendieron la pendiente áspera, y a veces

sin fin, que suben en la vida los que se mantienen por sus manos.

Menudearon con esto las idas de Millán a casa de Pepe, y aquél, que

cuando chico no paró ojos en la hermana de su amigo, fue luego

encariñándose con ella hasta que, insensiblemente, como a veces quiere

el amor que sean estas cosas, se fijó en lo bonita que era, consideró

las pocas exigencias que había de tener mujer tan hecha a batallar con

la necesidad, y pensó que le convenía para propia. Como esta idea fue

resultado de mucho mirar a Leocadia, hablar con ella y observarla,

buscando ocasiones en que estudiarla el genio, lo notaron los padres y

el mismo Pepe; de suerte que casi antes de que Millán demostrara su amor

con atenciones y cuidados, ya ellos lo habían sorprendido sin enojo en

sus impaciencias y miradas. Leocadia empezó a recibir las pruebas del

afecto de Millán con el agrado natural que tiene la mujer para acoger

las primeras palabras dulces que escucha; contenta, satisfecha, casi

agradecida, mas sin que el querer produjera en ella impresión tan honda

como la que estaba haciendo en Millán. Éste, si no se sentía aún

verdaderamente enamorado, estaba en camino: a ella, más que el novio

mismo, le gustaba la sensación moral, nunca experimentada, de saber que

había un hombre que gozaba mirándola. Sus corazones no estaban, sin

embargo, verdaderamente unidos. A veces, cuando sentados todos, de

noche, en torno de la camilla, leían periódicos o jugaban al tute por

distraer a don José, Millán, espiando a Leocadia con el rabillo del ojo,

creía descubrir en su fisonomía de madrileña vivaracha un gesto

indefinible, un nublarse repentino de las pupilas, una ligera sombra de

tristeza, en medio de la risa, que delataban incompletamente cierto afán

de aspiraciones vagas o impulsos latentes de ambición mal entendida.

Doña Manuela y don José dieron a los chicos por novios apenas hubo

indicio para ello: Pepe, más listo, adivinó que Millán quería a su

hermana, pero que ella no estaba tan enamorada como él.

El enemigo · 第 5 / 47 题