Madre, mi santa madre, mi luz de aurora,
Mi linfa trasparente de fuente pura,
Bendicion de mi vida, reina y señora
De mi ternura.
* * * * *
Estrella de mi cielo de dulce niño,
Regazo en que sonriendo quieto dormia,
Búcaro de azucenas para el cariño
Del alma mia.
* * * * *
De Dios sobre tu frente miré el reflejo,
Apacible brillando sobre mi cuna,
Cual matutina estrella sobre el espejo
De la laguna.
* * * * *
Contra tí me abrigabas en el tormento,
Tu pecho haciendo escudo de mi cabeza,
Arrullo enamorado, flor de contento
De mi pobreza.
* * * * *
¿Oyes, madre, estos ecos en que suspira
El canto que los otros estro creyeron?
Son tus besos que vibran sobre mi lira,
De tí nacieron.
* * * * *
Tú me viste de hinojos, Vírgen del cielo,
Balbutiendo sus preces en tu presencia;
Tú eras límpido arroyo cruzando el suelo
De mi inocencia.
* * * * *
Mi amor, mi linda madre, ¿por qué en tu pecho
Hirió sin que lo viese la fatal suerte....?
Tendiéndome los brazos sobre tu lecho,
Te halló la muerte....
* * * * *
¡Perdon! yo dí á tus canas luto y quebranto,
La hiel de mis pesares fué tu bebida:
¿Lo ves? sufro el castigo.... mira mi llanto,
Madre querida.
* * * * *
Sola, sin mí luchando con el ahoguío,
Del morir doloroso con voz doliente,
Delirando clamabas: "Deja, hijo mio,
Besar tu frente."
* * * * *
Ampárame piadosa, mis pasos guía,
Veme por tí de hinojos, madre y señora;
Y contigo en los mundos de eterno dia,
Mire la aurora....!
La caida de las sombras, no me permitió continuar.
* * * * *
En una tabaquería de la calle principal, abrí, por la bondad de amigos
mexicanos, el despacho de los recuerdos de la crónica y de la guerra.
M. Suvervielle, á quien ya conocemos y á quien todo el mundo llama D.
Antonio con la mayor familiaridad; M. Poinsart, picante y decidor;
Elliot, bebedor empedernido de cerveza; Leal, amante de México como
pocos, armábamos grescas de hundirse el mundo.
A ese punto regresaba despues de mi paseo vespertino; pero ántes de
poner el pié en el quicio de la puerta, me asió de los brazos, como
con dos tenazas de hierro, un personaje al que voy á tener el honor de
presentar á mis lectores.
Trátase de un hombrecillo de quien de pronto no se pueden descubrir
sino dos ojos de azul de cielo, que se ven como claros de firmamento
entre desgarradas nubes, y echo mano de la comparacion porque no sé
cómo describir una cara llena de manchones y calados de tizne, en la
que lo único que alcanza claridad, son los ojos.
De debajo de un retruécano de fieltro, que llamaremos sombrero,
desgobernado y caido por todas partes, se descuelgan, danzantes y
haciendo columpio, guedejas de blancos cabellos.
El cuello, que tiene el aspecto de un clarin boca arriba, está
triunfante de dos picos que han salvado los límites de una pechera de
cuero, sosteniendo la existencia oculta de la camisa.
Velludos brazos al descubierto, pretina insuficiente dejando en huelga
el abdómen, zapatazos de aplanar losas, con la punta hácia arriba, y el
tacon avergonzado cubriéndose con la planta.
Tal es mi amigo, frances de orígen, maquinista famoso, adorador de
Víctor Considerand y de Alfredo de Musset, mi íntimo amigo desde 1866 y
hombre de capacidad privilegiada.
--Este es el plagio, M. Guillermo, y vd. viene á tomar la _goutte_
conmigo, á mi pobre casa, que vd. conoció, á la orilla del rio, á dos
pasos de su hotel.
--M. Rève, (así llamaba yo á mi amigo por lo soñador y por lo ideal),
allá voy; pero aviso primero á Francisco.
--No, amigo mio, nuestros amigos esperan impacientes, y sobre todo, mis
niñitas que he mandado que no se acuesten hasta que vd. las conozca y
les dé su beso de bendicion.
--En marcha, M. Rève, en marcha, y no necesitaba vd. tanto para
derretir mi corazon de mantequilla. Veamos á mi linda paisana (porque
de México es la hermosa señora de M. Rève), que me conozcan las chicas,
les haré suertes y les contaré cuentos, y nosotros, dije tarareando _La
Descente aux Enfers_ de Beranger
"Tant q'on le pourra, larirette
On se damnera lariza,
L'on trinquera,
Chantera,
Aimera, etc."
Caminamos alegres á la casita de M. Rève, situada á poca distancia del
hotel, escondida en una quiebra de la loma que da al rio y tocando en
él su precioso jardin.
Para llegar á la casa se desciende entre árboles, y se baja un alto y
tendido escalon, y en el declive ó rambla que va al rio, perdida entre
enredaderas y árboles frutales, circundada de vistosísimas flores, está
la casita blanca con sus persianas verdes, su pórtico gracioso y sus
chimeneas arrojando humo.
M. Rève llegó armando zambra, corrian á competencia sus niñas, el perro
iba y venia, caracoleaba entre la gente y se empinaba sobre sus patas
traseras para alcanzar el pecho de mi amigo: la señora se adelantó
tambien como una chica, gritando: "_Fidel_, Sr. _Fidel_, muy bien
venido, venga vd. aquí con sus amigos." Triple salva de palmadas y
vivas nos recibieron.
M. Rève, despues de un rato de ausencia, volvió limpio, cepillado,
peinado y vestido como cualquier prójimo de los que pisan alfombras y
se pavonean derramando en los salones esencias de buen tono.
La casita estaba como escondida entre las flores, las piezas son
pequeñas, pero reverberando de limpieza y de propiedad y buen órden.
Los amigos que me esperaban eran los mismos que en otro tiempo me
llenaron de atenciones; se notaban más canas, más hondas las arrugas
de la frente; pero aquellos veteranos del trabajo reian, decian sus
chistes picarescos y tenian el corazon abierto de par en par para las
expansiones de los tiernos afectos.
Hablábamos de todo, reiamos sin saber de qué; en marcha triunfal
invadimos una mesita redonda en el comedor, en la que presidia, entre
ramos de frescas flores, un candelabro con una pirámide de luces en
el centro, y la señora y las niñas desaparecieron, no sin quedar
comprometido á visitarlas al siguiente dia.
Entónces tuvo todo su vuelo la charla; hablóse del prodigioso
movimiento de la poblacion. Supe allí que las relaciones con Chihuahua
no se interrumpian, y que por el contrario, inmigraban muchos peones de
aquellos pueblos, atraidos por la alza de sus jornales.
--¡Oh! los jornales por un lado y la leva por otro, han traido aquí
muchos mexicanos.
--Por lo demás, aquí no se ha observado en todo su rigor el sistema
yankee que vd. conoce. Ellos, en sus adquisiciones en otros puntos,
han hecho la division de tierras; agentes y jueces dependen del
Gobierno general: hácese la division, se proclama una ley de impuestos,
gravando las tierras no cultivadas é imponiendo graves penas á los
que no cultiven; así se verifican los robos con todo el aparato de la
justicia; suele acudirse á la autoridad; la autoridad, como los jueces,
deciden en favor del Estado y nace el pingüe tráfico de las tierras
plumas: por ejemplo, desplumar con este procedimiento á los hacendados
mexicanos, seria cosa de un abrir y cerrar de ojos.
Dióse otro giro á la conversacion, se repitieron los bríndis, y M.
Rève, en un momento en que consideró su efecto teatral, se levantó, fué
á las piezas interiores y volvió conduciendo un hermosísimo álbum que
colocó sobre la mesa.
Tenia el álbum, en las caras exteriores de la pasta, dos miniaturas
deliciosas de paisajes.
--Aquí tiene vd., M. Guillermo, este álbum que está muy bonita, y que
yo compra, porque vd. trabaque por mí. Yo quiere de la poesía de vd.;
pero no por el vieco Rève ni por su casita, y sus niñitas y su moquier,
que estás muy particular; yo quiere un versa de fantasie poetique.
--Recuerdos de la patria, decia uno.
--Recuerdos de la juventud, decia otro.
--¡Oh, no! M. Prieto; vd. me pintas un vieca muy enamorado, y botellas
y muchachas bonitas, y siempre no estás contenta, porque es vieco, y
porque no tiene contra el alma.
--¡Magnífico! Venga la pluma, déjenme poner mi tren de escribir sobre
la chimenea, y allí escribo y vdes. siguen charlando, y me dan aviso
cuando se trate de beber.
M. Rève, loco de contento, me surtió de lo que necesitaba, y yo, sin
más ni más, abriendo el libro, dejé caer sobre sus tersas hojas los
siguientes versos, en medio de los ¡hurras! los repetidos bríndis y las
frecuentes interrupciones: