Visita al general Ord.--Su familia.--Paseo vespertino.--Encuentro
con M. Rève.--El Album de M. Rève.--El Sr. Leal.--En el
campo.--Adioses.--El Dr. Cupples.--Otra tertulia.
Uno de nuestros primeros cuidados al siguiente dia de la comida en
la casa del doctor, fué corresponder sus visitas al Sr. General Ord,
persona que, como he dicho, habia tenido la bondad de buscarnos dos
distintas ocasiones.
Nos informamos de que era muy madrugador y de que la hora más cómoda
para recibir en su casa, eran las nueve de la mañana.
La habitacion del General Ord distará de _Minger-Hotel_ cosa de cien
pasos. Está situada la casa en un verde prado y tiene su pórtico,
sus ventanas con sus celosías verdes en sus dos pisos, sus amplios
corredores sombreados por tupidas enredaderas, y los adornos rústicos
á que son muy afectos los americanos.
Apénas anunciamos nuestra visita, cuando salió el mismo General á
recibirnos, llevando de la mano á una preciosa niña de doce años,
esbelta y ligera como una cervatilla, vestida de blanco y sus anchos
listones azules flotando, pendientes de su sombrerillo de paja.
Saludó el General en inglés á Gomez del Palacio; yo fuí saltando con mi
ignorancia, como lo tenia de costumbre.
Entramos á un fresco saloncito con vistas al campo; en el centro del
saloncito, en una mesa, habia grandes álbums, al fondo un hermoso piano.
Presentónos el General á su señora, alta y airosa matrona, que jugaba
con otra niña risueña y traviesa.
La señora entabló conversacion con Gomez del Palacio, muy
agradablemente, y yo tuve ocasion de retratar á mi sabor al General Ord.
Es el General de mediana estatura y configuracion comun, el pelo
entrecano y caido sobre la morena y modesta frente, la nariz roma, la
fisonomía semi-redonda.
Hay al frente de la casa de Correos, un sastre á quien todos llamamos
el maestro Lima, que tiene perfecta semejanza con el General Ord.
Grueso chaqueton azul envolvia su busto hasta muy abajo de su cuadril;
su pantalon era de dril blanco con pronunciadas rodilleras; su
sombrerillo de paja con su liston negro.
--Sr. General, le dije, vd. sabe español y no es justo que me haga
tartamudear este inglés, que me va á producir una enfermedad de
garganta.
El general rió de buena gana, y primero fingiendo sorpresa y despues
desembarazado y alegre, empeñó conmigo su conversacion.
El General Ord es reposado y frio; su instruccion me pareció profunda
y variada, y en cuanto á sus conocimientos históricos, me complació la
exactitud de sus juicios.
Gomez del Palacio se habia captado el cariño de las niñas, y la señora
le trataba como á un antiguo amigo.
Propuso el General que almorzásemos juntos en nuestro hotel, que era
donde asistian á su familia, y allá nos dirigimos en alegres pláticas.
Francisco tomó á la señora del brazo, y el General y yo los escoltamos.
Entónces aventuré con suma precaucion algunas palabras sobre nuestra
frontera: por lo poco que hablamos conocí que el General estudia
perfectamente la cuestion que le está encomendada, conoce todos los
vados del rio, los accidentes del terreno, los jefes de los indios, y
uno á uno los habitantes de los ranchos que colindan con el rio.
De nuestros generales, de sus costumbres, de sus relaciones, tiene
abundantísimas noticias, aunque cuida con suma sagacidad de no dar
á sus estudios otro carácter que meras indagaciones conexas con su
carácter militar.
Sobre algunos puntos me pareció su juicio parcial, y con una
imprudencia de que me arrepiento, le dije:
--No hay indios ni bandidos, señor General; hay política, hay tierras,
hay zona libre, hay _géneros de algodon_, y hay intereses.... y no
derechos.
El General, riendo, pero un tanto contrariado, me dijo:
--Hábleme vd. de soldado.... de soldado....
--Pues, paso redoblado.... y á almorzar.
Fué muy agradable nuestro almuerzo: la familia nos ofreció su casa con
estimacion particular, y quedamos en vernos otra vez ántes de partir.
* * * * *
En la tarde de ese dia procuré aislarme: pretendia como reconstruir
con mis recuerdos el tiempo pasado; queria, por uno de esos artificios
frívolos del dolor, recorrer los mismos lugares que en otros tiempos,
evocar las propias ideas y esperar que un soplo de resurreccion me
devolviese los objetos que ha perdido para siempre mi corazon.
Cuando el tiempo deja en pié la ruina; cuando sobreviven la piedra y
el árbol, como que quedan séres á los que interrogar por el pasado:
es el cadáver dando testimonio de la vida que pasó; pero cuando todo
desaparece y se sustituye en metamórfosis imposible, entónces el muerto
es quien presencia esa fatal evolucion; es la renovacion completa de
otros séres, de otros edificios, de árboles pobladores de los ántes
desiertos campos; el contrasentido lo formamos nosotros, el advenedizo
es ese viajero de otra capa geológica del tiempo, á quien recibe con
indiferencia este mundo, en que no tenemos sino una representacion
inconsecuente.
Así es la vejez, y ella, no mi persona, parece pasear por aquellos
lugares trasformados. Tomé, entre estancias con jardines, entre calles
de árboles gigantescos, el rumbo solitario, en otro tiempo, de una
tristísima llanura, al norte de la ciudad.
No existia la llanura; amplio camino limitado por las cercas de los
sembrados, me condujo al lugar en que tenia costumbre de sentarme en
1866, y donde confiaba á Dios y al espacio las hondas tribulaciones de
mi alma.
El lugar á que me refiero está á dos millas poco ménos de la ciudad.
En aquel sitio, entónces de soledad grandiosa, al frente de horizontes
que permitian vislumbrar el infinito, dejaba como flotar mi espíritu en
esa voluptuosidad del ensueño, en que parece que nos arrullan cantos de
otros mundos, que nos ofrecen sonriendo la inmortalidad.
Me sacó de mi meditacion el galopar lejano de un caballo, cuyo ginete
tenia el aspecto de los rancheros de mi país; aquel hombre llamó
mi atencion, y la llamó más, porque se dirigia resueltamente á mí.
Acercóseme, en efecto, me preguntó mi nombre, se lo contesté; puso
en mis manos una carta, leí el sobre, y cuando levanté los ojos, el
hombre habia desaparecido. Despues supe que era dependiente de un amigo
mexicano que tenia un rancho á tres leguas de San Antonio.
Abrí curioso mi carta, y contenia otra de México; la desdoblé ansioso y
cayó un papelito al suelo, papelito que yo recogí.
Eran unos signos, que no letras, de una mano idolatrada, inciertos,
borrados con lágrimas; eran los últimos adioses de mi santa madre, que
habia muerto levantando su cabeza adorada para oir mis pasos....
No, no es posible que renueve aquí aquel momento de dolor infinito; me
siento herido del espectáculo de mi angustia....
* * * * *
Las moradas campestres sonreian á lo léjos blanqueando entre los
árboles, feraces sementeras con sus matices de esmeraldas y oro, se
tendian en los campos con pompa risueña, los ganados se congregaban
con sus mil sonorosos ecos, para descansar en sus establos, y pura y
silenciosa en el cielo de Occidente, la estrella vespertina brillaba
en el cielo como simbolizando el recuerdo sagrado de la mujer de cuyas
entrañas recibí la vida.
Contra uno de los postes de uno de los cercados, coloqué mi cartera,
saqué mi lápiz, y tracé los versos que siguen, como quien deja una
flor, despues de besarla reverente, sobre un sepulcro querido. Dicen
los versos: