Americanos, ingleses é irlandeses 4,450
Alemanes, incluyendo los alsacianos 5,100
Polacos 48
Franceses 65
Suizos 38
Mexicanos, españoles é italianos 4,950
Negros 1,650
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Total de la poblacion 16,301
Antes, en todo el Estado, como hemos dicho, habia veinte mil almas.
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Era el 2 de Agosto, dia para mi corazon de muy tiernos recuerdos;
era el cumpleaños de mi María, consagrado en otro tiempo á los goces
íntimos de mi modesto hogar, y hoy á la exhumacion dolorosa de
recuerdos adorados.
Apénas anocheció, me dirigí entre las sombras al lugar en que habité
con los mios.
Las calles estaban solitarias y un tanto oscuras. Los árboles eran
como fantasmas, destacándose más negros en el horizonte oscuro, y
produciendo el rumor de sus hojas algo como el murmurio de la voz
humana.
Llegué á la casa, no como ántes aislada, sino perdida entre otras
habitaciones con sus pórticos alegres, sus jardines, sus enverjados de
palo y sus cercados de chopos y de lilas.
En algunas de esas habitaciones habia luz; se veia á la mamá tejiendo,
á los muchachos corriendo y haciendo bulla, al viejo repantigado en su
silla, con los piés en alto y los brazos levantados, sosteniendo su
periódico.
A pesar de la oscuridad, reconocia los escaloncitos de la escalera en
que Patoni se sentaba, recordaba su melena de cabello rubio, su nariz
roma, su dentadura blanca, su carcajear sincero y estrepitoso, sus
ímpetus de leon, su alma de niño.
Veia clarísimo á Poucel con su nariz puntiaguda, sus ojos verdes,
perfectamente ajustado el raido vestido, lleno de pundonor, sufriendo
sus penurias sin exhalar una queja ni permitir consuelo; lo veia
frente á su libro de matemáticas ó jugando ajedrez con Zenea, moreno,
soberbio, de ensortijado cabello, franco y susceptible, arrebatado y
fiero contra la mala suerte.
Me parecia oir en el jardin los gritos de mis hijos, tartamudeando su
inglés con sus amiguitos, que venian en parvadas á inquietarlos para
las travesuras.
Y así, absorbido, á la luz de las estrellas, al rumor de los árboles, á
la vista de la masa negra de los edificios de la ciudad, que destacaba
sus torres, sus cúpulas y chimeneas, dejando ver en las alturas una que
otra luz resplandeciente de los veladores, ó de algun mirador dominante.
Allí, como una aparicion dulce, dulcísima y serena, con la majestad
de su virtud y con el prestigio que le da la inmensa ternura de mi
corazon.... fué mi entrevista con el alma de mi María....
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De esa entrevista quedaron como pálidos recuerdos, los siguientes
versos: