UN YANKEE.

Tengo un amigo: no entiende

Palabra de castellano,

Y cuando me da la mano

Parece que no comprende.

* * * * *

Yo nada pesco de inglés;

Pero si al paso le encuentro,

Hállome como en mi centro

Y á todo le digo: _yes_.

* * * * *

En frecuente ir y venir,

Con él placentero vago,

Y es mi encuentro un solo trago

De espumoso _Laguebir_.

* * * * *

Ayer, despues de una espera,

Lo percibí, y muy formal

Se montó en el barandal

Y así bajó la escalera,

* * * * *

Dizque por verme de prisa

Porque iba en el quinto piso:

Yo le contemplé indeciso

Entre el espanto y la risa.

* * * * *

Cruzábamos como hormigas

De gente entre un peloton:

El me alzó.... y á un carreton

Me colocó entre unas vigas.

* * * * *

Iba, lo juro, en un ¡ay!

El, satisfecho y contento,

Miraba mi aturdimiento

Y exclamaba alegre: _¡juay!_

* * * * *

Parece el yankee hombre fino,

Cadena y anillos de oro,

En sus modales decoro,

No procaz, no libertino.

* * * * *

Fuimos, tomamos cerveza;

Pero ¡oh desgracia y oh chasco!

El cielo soltó un chubasco

De chupete, de grandeza.

* * * * *

Era nuestra calle un rio;

El sacó tres ocasiones

El reloj, de ocupaciones

Indicio: tambien vió el mio.

* * * * *

Me hizo seña de salir,

Me _atranqué_.... me dió la mano,

Y muy fresco y muy ufano

Se alistó solo á partir.

* * * * *

Y sin el menor recelo,

De levita, bien plantado,

Se quitó media y calzado,

Quedó con el pié en el suelo.

* * * * *

Mirarlo me calosfrió,

El me contempló riendo,

Alegre al partir diciendo:

_No difference_.... y corrió.

En estas pláticas llegamos á Menphis, capital del Mississippí, donde

descansamos hasta las cinco y media de la tarde.

La estacion es un jacalon á la rústica; tiene adherido, como un

lobanillo, un cuartito con las pretensiones de _restaurant_, y obsequia

al viajero á su entrada, un tendajo con su aparador con botes de

conservas y _pikles_, licores, _queques_ y carnes frias.

Calles en iniciativa por aquí, tablazones por allá, grandes edificios

con cristales, aceras intermitentes, duda sobre si se trata de una

poblacion que espicha entre tablones y escombros, ó una sociedad que

nace de entre el lodo y la yerba. Por supuesto que negrea de habitantes

la poblacion.

A la salida del tren admiramos campos hermosos, horizontes risueños,

fincas rústicas y ganados.

Menphis toma creces momento á momento: el tráfico, que alimentan

Galveston y Texas, lo desarrolla poderosa la comunicacion con el

Palestine Longvieu Troup; y colonias, en que palpita enérgico el

trabajo y se desarrolla el comercio, hacen que Menphis proceda como á

saltos y por improvisaciones, á su engrandecimiento.

Sobre todo, la nueva y poderosa empresa del ferrocarril del Pacífico

(Souten Pacifique), llevará al Oeste las comunicaciones, en tres dias

ménos que el actual ferrocarril que hemos recorrido.

Las nieves no paralizarán la nueva vía, produciendo grandes ahorros

y haciendo regular el tráfico; los intereses agrícolas cobrarán

creces invencibles, y los Estados del Norte sufrirán una crísis de

incalculables consecuencias. Triunfará entónces la libertad mercantil,

tomará otras fases el contrabando.... y nosotros.... nosotros....

arrogantes con el proteccionismo, compraremos unas chalupas para

poner murallas á nuestros mares, y salvar los intereses de nuestras

industrias protegidas por el Gobierno.

Apénas saliamos de Menphis, cuando como que nos salió al paso de entre

las chozas y las milpas, el Mississippí, con toda su magnificencia.

Como corcel impetuoso que sorprendido por la presencia del torrente,

echa hácia atrás el cuerpo, estriba en las tirantes patas, resopla

asustado y queda trémulo sin avanzar.... así, como dotado de instinto

y de vida, quedó el tren.... La vía férrea se abrió y desarticuló en

secciones.... un buque que se hallaba á la orilla, se acercó como gente

á tender su mano.... y pasar en sus hombros el tren.

El buque tenia sus rieles, que ajustaron perfectamente, por una

série de operaciones rapidísimas, á la vía de tierra: la locomotora

enmudeció, despues de rezongar con extrañeza, á la vista de aquel

embarque extraordinario.... Estábamos embarcados con todo y wagones, y

navegamos cortando de lo lindo las aguas del rio....

El jefe de aquellas maniobras, aunque lleno de tizne, con sus manos

callosas y su mandil, parecia un hombre educado, conocia el español y

lo designaban como ingeniero y mecánico muy hábil....

No sé cómo tuvo conocimiento de mi insignificante persona, de

mis coplas y de mi admiracion á Mr. Bryant. Yo habia seguido con

admiracion sus movimientos, por su destreza y atrevimiento. ¿Quién

habia de creer que aquel jóven era un literato con pasion por los

autógrafos, como otros muchos? Cuando estábamos del otro lado del rio,

y yo materialmente absorto de la temeridad de nuestra travesía, se

acercó el jóven por uno de los postigos del coche y me dijo, sin más

cincunloquios:

--¿Vd. quiere ponerme en esta cartera su firma, Sr. Prieto,

mexicano....?

--Con mucho gusto, respondí.... y no solo mi firma, sino una

cuartetilla que se me escurrió, sin sentirlo, de la punta del lápiz.

Me dijo no sé qué cumplimientos con tan tierna expresion, que yo le

pedí escribiese en mi (_carnet_), librito de apuntaciones, su nombre, y

él, con unas letrotas como nueces, puso:

Julio 30 de 1878.

Querido de Prieto.

H. B. NUTT.

En Litl Roch, conjuncion de los caminos del Norte y el Oeste, cambiamos

carruaje para continuar á San Antonio.

El nuevo wagon contenia viajeros de todas partes del mundo, que iban en

calidad de colonos á Texas.

Era como el resíduo, como los harapos humanos de todo el globo; eran

los Cuasimodos de todas las naciones, como regados sobre el fondo negro

de la raza africana.

La marcha del tren era lenta, el camino fangoso, la luz del interior

del wagon amarilla y enferma, la atmósfera espesa y pestilente.

Para que no nos faltara ningun disgusto que sufrir, como ataques de

estornudos intempestivos, como invasiones nerviosas, yo no sé con

qué motivo acometieron accesos de risa y alegría, á negros, negras y

negritos, circularon de boca á boca botellas, reventando de _wiskey_,

desenvainaron de no sé dónde unas guitarras los hijos de la tiniebla,

sonaron los palillos, que repican como castañuelas, y aquello fué

fandango.

Francisco, de un salto, se puso fuera del wagon, y se colocó en la

plataforma, echando chispas; otros tres viajeros lo seguimos, resueltos

á pasar la noche á la intemperie, ántes que estar en aquel infierno.

Entre los viajeros que nos seguian habia un hombre vestido de cuero,

bruscos movimientos, aunque se conocia que eran afectados, y callosas

manos; pero su fisonomía formaba contraste.

Era un hombre de semblante apiñonado, un tanto pálido y de ojos negros;

el cabello descuidado, pero finísimo; la boca con el labio superior

algo levantado, y la barba y el cuello de persona de alta distincion:

desde que entramos al wagon, Enrique, á quien discretamente llamaremos

así, nos colmó de atenciones, hizo que sus criados nos sirviesen y se

captó nuestra voluntad.

Preguntéle si era español; me dijo que era mexicano; y en efecto, le

era conocida no solo nuestra historia, sino peculiaridades de colegio,

que convirtieron casi en íntimas nuestras nacientes relaciones.

Por su parte, para Enrique el nuevo conocimiento se advertia que le era

muy grato; pero cuando Francisco y yo hablábamos de nuestras familias,

se le veia hondamente afectado, y aun me pareció ver alguna vez que con

disimulo enjugaba una furtiva lágrima.

En el grupo que formábamos los cuatro prófugos de la orgía, no daba

luz alguna; sospechábamos movimientos y fisonomías, la noche era

oscurísima, el carruaje marchaba lentamente; era un paseo en la barca

Caron, porque nos deslizábamos como sombras.

Alguno me dijo:

--Aunque sea un cuento, cuéntenos vd., _Fidel_; ya este es mucho

fastidio.

--A tí te toca, Francisco, que eres el que ménos hablas: haz ahora el

gasto.

--Enrique, Enrique que es el más jóven, tiene obligacion de entretener

á los viejos, dijeron los otros.

--Allá voy, dijo Enrique. Voy á contar á vdes. la historia de Fernando

Verjeles, historia que me trajo por estos mundos, como por incidencia,

_por tabla_, como dicen los jugadores de billar de nuestra tierra.

Ya advertirán los lectores que aunque Enrique supuso el nombre de

Fernando, él realmente era el héroe de la novelita que voy á referir,

aunque sin la naturalidad y la gracia que lo hizo Enrique, y sin el

atractivo que le comunicaron las circunstancias particulares en que me

encontraba.

Enrique, despues de anunciar su cuento, quedó con la cabeza inclinada.

Acaso dudaba hacernos su confidencia; pero, como supe despues, superó

en él la idea de vindicarse de la nota de bandido ó de traidor. Tan

absorbido estaba en su meditacion, que fué necesario que le dijéramos:

--Estamos esperando el cuento.

Volvió en sí como quien despierta, y habló como sigue:

--Era de por estas tierras Fernando, pobre como Aman y entusiasta y

ambicioso de gloria como César ó como Goethe.

Una madre anciana, una camisa sin parentesco con otra alguna, y un

firmamento de esperanzas en el cielo de su alma, hé ahí su patrimonio.

En medio de tan escasa fortuna, su alma estaba dotada de la alegría,

luz intensa, flor de ricas esencias que perfuma todos los caminos y

corona de encantos la frente misma de la adversidad.

No sé qué traza se dió Fernando que resultó en México, como llovido del

cielo, con su tierna madre á quien idolatraba, y se estableció en una

casuquita interior en la calle de las Gallas, sin otro amparo que el

del mismo cielo.

Un banco de cama tartamudo de piés, una mesa de palo blanco con una

espina dorsal en el centro, que le quitaba toda utilidad, cinco trastos

para guisos y servicio de mesa, una silla desfondada, pero conservando

gravedosa su figura, y otra que mantenia al ocupante en cuclillas, hé

ahí el ajuar de la casita de Fernando.

No obstante, con el brío y la entereza de que estaba dotado, entróse

de capense en Letran, captóse la voluntad de Lacunza, y á poco el

Dr. Arrillaga, capellan de Santa Brígida, le abrió de par en par las

puertas de su confianza, y caten vdes. á mi capense con seis reales

diarios, por escribir sermones y polémicas teológicas.

Doña Pepita, santa y nobilísima mamá de Fernando, tuvo su criada,

apareció deslumbrante un espejillo en la desnuda pared de la sala,

hasta media docena de sillas de tule iniciaron el ajuar, sintióse en la

cocina calor y en la hornilla la alegre algarabía de las frituras.

Fernando trabajaba sin cesar, estudiaba, escribia, pronunciaba

discursos y hacia unas coplas tales, que era el Campoamor de todas las

costureras de modista, y el Zorrilla de todos los amantes de tres al

cuarto y escasa fortuna.

Patio no lo habia en la casa, las piezas se encerraban en dos; no

quedaba más campo á la inspiracion que la azotea, y la azotea fué el

templo del ingenio y el pedestal de las soñadas glorias de Fernando.

Su hablar recio, sus aspavientos frente al sol poniente, sus apóstrofes

apasionados á los horizontes y á las montañas, dieron cierta celebridad

al poeta, con recamareras, cocineras, y niñas entregadas á la costura,

frente á exíguas ventanillas que les regatean hasta pedazos de cielo.

Capotin destrozado y lleno de chorreones, sombrero independiente de

toda línea y conformacion regular, calzado en desavenencia eterna con

el pié, corbata buscando una tangente sobre el hombro, escondiendo uno

de sus extremos como víbora en la abierta camisa, alborotado sobre la

frente el rubio cabello, cubriendo casi los vidrios de sus anteojos,

pero alegre, ufano, decidor y atrevido, he ahí á Fernando en sus paseos

sobre las alturas, como ave torpe que sube á la cima del árbol, ensaya

sus alas y las recoge triste desconfiando de su fuerza.

Paseando la azotea y espiando hácia abajo, ya por aquí, ya por allá....

le llamó la atencion en el centro de una azotehuelita reducida, un

jóven vestido con cierta compostura, aunque muy pobremente.

Era levantado sobre la frente su rubio cabello, lleno de carrillos y

gruesa papada, boca grande, pero con dentadura blanquísima, y unos ojos

que tenian el reflejo del topacio.

Nada le pareció más perfecto que sus manos de alabastro, tan bien

hechas y aristocráticas, que parecian haber sido modeladas para las

caricias.

Estaba el jóven sentado en una sillita baja, de las que llaman de

costura las señoras de nuestra tierra, y tenia en sus rodillas una

de esas tablas que hacen una curva en uno de sus lados, de las que

se servian en aquella época los sastres infelices para sus cortes y

arreglos.

Sobre la tabla habia un lienzo; parecia trazar con una uña de jabon

unos pantalones.

A la derecha del incógnito jóven, en otra sillita pequeña, habia

abiertos unos libros, y una tira de papel con un lápiz descansando

sobre ella.

El jóven trazaba su pantalon, tarareando no recuerdo qué; pero de

repente apartaba los toscos lienzos y se entregaba á profundas

meditaciones sobre su libro, haciendo apuntaciones.

Yo (digo, Fernando), tras el pretil de la azotea, todo lo veia, y

veia, como entrada á la casa, una pequeña pieza que era la cocina,

donde no habia percibido gente....

De repente el sastre-literato gritó: "¡Leonor!" y formándole marco la

entrada á la cocina, vió Fernando una mujer de rara hermosura, que tal

vez por lo inesperada le deslumbró.

Era la jóven delgada, pálida, augusta en su porte y en su inocente

majestad.

Bajo su cabello negro se veia su semblante de alabastro, como bajo

una nube un horizonte luminoso; sus grandes ojos negros resplandecian

coronados por sus largas pestañas, que sombreaban la parte inferior

de sus ojos; su nariz, de delicadeza griega, llevaba la vista á sus

labios, que se habrian podido cerrar con el pétalo de un clavel, y su

barba y su torneado cuello, como que abandonaban la provocacion al

encanto, para glorificar aquella hermosura angélica.

Vestia Leonor humildísima muselina azul; pero el trage, tan limpio y

bien tallado, que parecia orgulloso de estar al servicio de semejante

dueño.

Formaba contraste con el primer aspecto de la hermosura severa, el

regocijo, la gracia realmente infantil con que se acercó juguetona al

jóven rubio.... tomó de sus manos el proyecto de pantalon, se sentó á

su lado y comenzaron su trabajo; la una cosia, el otro estudiaba, y se

interrumpian y cantaban en el colmo de la felicidad.

Unas veces suspendia su trabajo la niña, para tomar la leccion al

hermano; otras el hermano daba su voto acerca de los pantalones,

siempre riendo y como el cuchichear de dos alegres golondrinas.

Fernando estaba endiosado, no queria abandonar aquel espectáculo;

el sol recogia en Occidente sus últimos rayos, y en la pared de la

azotehuela se dibujaba perfectamente el busto del intruso espectador....

El jóven literato lo advirtió y alzó la cara: vió á Fernando y le dió

las buenas tardes, sin abandonar su alegría.

--¿Qué hace vd. por ahí, amigo?

--Este es mi salon de estudio.... un poquito más grande y mejor

ventilado que el de vdes. Este es un taller al aire libre, con mejores

vistas....

--Pero de muy difícil subida, dijo Leonor.

--Diré á vd., señorita, las subidas son relativas á la altura de las

azoteas.

--De todos modos, á mí no me podria acompañar Leonor.... y me hace

falta.... ya vd. lo ve.

--En cambio, yo puedo deshacer mis pantalones bajando, con ménos

trabajo que los que vdes. hacen, segun veo....

--¿No gusta vd. de pasar? le dijo el jóven á Fernando.

--De muy buena gana lo haria, respondió éste; pero vd. ve que no puedo

hacerlo, sin comprometer la integridad de mi territorio.

--¡Eh! ahora, con el cloroformo, nada importa romperse una pierna.

--Vd. lo dice porque teniendo una sola pierna los pantalones,

trabajaria ménos Leonor.

--Baje vd., decia ésta; traigo una mesa, sobre la mesa se pone una

silla; así se alcanza á la azotea del palomar, y á ella se baja con un

salto pequeño.

--Señorita, el salto de Alvarado fué á lo ancho siquiera.... si he de

llegar á vd. por el camino de los héroes, avíseme con tiempo.

Hablando, hablando, trajo el letrado la mesa, se colocó la silla, me

armé de resolucion, (se armó Fernando de resolucion), y despues de tres

maromas, estrechaba la mano de los nuevos amigos.

No sé ni podria recordar todo lo que hablaron; pero todo era oportuno,

risueño, caia en gracia, se celebraba con entusiasmo, aunque fueran

tema de los epígramas los desdenes de la fortuna, que realmente trataba

de perros á los tres actores de este drama.

--Pase vd., amigo: ¿cómo se llama vd.?

--Fernando, para servir á vd.

--Pase vd., y le hablará á mamá.

Atravesaron la cocinita y dos piececitas que servian de toda clase

de departamentos de una habitacion, y en una de esas piezas estaba

una viejecita limpia, afable y de dulcísima voz, que me felicitó (á

Fernando), por el conocimiento que habia hecho con sus hijos.

Entónces fué el relato de las historias: ya vdes. saben la de

Fernando; la de Miguel y Leonor era muy sencilla. Hijos de un opulento

negociante, dejó parte de su fortuna para obras piadosas; los abogados

de los conventos á quienes habia hecho el negociante legados,

emprendieron pleito para quedarse cada quien con la mayor parte del

caudal. En esto se destruyó la fortuna: la familia vivia á expensas

de un bienhechor generoso y desinteresado, hermano de la mamá de los

jóvenes, y éstos, estudiando el uno para abogado, y los dos cosiendo

municion, atendian á las necesidades de la casa.

El trabajo, la virtud y la conformidad con la mala suerte, hacian la

riqueza de aquella familia venerable y encantadora....

Miguel, que hemos dicho era el nombre del futuro abogado, quiso á

Fernando con pasion desde que lo vió.

--Merienda vd. con nosotros, muy pobremente, le dijo.

--No muy pobremente, dijo Leonor; yo prepararé un banquete de manteles

largos.

--Me van vdes. á hacer mal: á mí me tiene á dieta rigurosa el Dr.

Arrillaga.

--Ya verá vd., yo soy una notabilidad de brasero.

--Yo en ese ramo, he aprendido á soplar; desbarato en cada fagina un

aventador.

--Queden vdes. platicando, dijo Leonor, que yo voy á disponer la

merienda.... y desapareció.

A poco de salir Leonor de la pieza, escuchó Fernando desusado tragin en

la cocina; entraba y salia la mocita, y se escuchaban esos rumores que

acompañan á los guisos y forman un lenguaje que comprende regocijado el

estómago.

Poco tiempo duró la espectativa: llamólos la voz musical de Leonor á

merendar, y no asistió á la mesa la señora por sus enfermedades.

La mesa albeando, la iluminacion _a giorno_, porque habia dos velas,

la sal remolida, unas florecitas en una copa, fungiendo de ramo, todo

revelaba mujerío completo, esmero delicado, y Leonor no cabia en sí de

contento.

El festin verdadero estaba en las almas, los manjares eran pobrísimos;

pero, ¡qué sazon! y cuántas atenciones de los muchachos á Fernando; se

acogia cualquiera ocurrencia con placer, se reia y habia sus palmadas,

como en estrepitosa francachela.

Lo singular de este cuento es que Fernando, no obstante desmorecerse

por las hijas de Eva, y no obstante que Leonor era un verdadero

prodigio de hermosura, no le dirigió palabra ni mirada que pudiera

tener interpretacion amorosa; era una franca é inocente simpatía, una

explosion de afectos puros, alegres, incontenibles; eran las auras de

la juventud, abriendo las almas y embalsamando los aires.

Miguel penetraba en el espíritu de Fernando, y se enorgullecia de

aquella relacion.

Modas, bailes, anécdotas risueñas, versos sentidos, cayeron como lluvia

de perlas en el festin, y al despedirse los muchachos, Fernando ofreció

su habitacion en la misma casa, con la más exquisita finura.

Al salir Fernando deslumbrado del convite, se felicitó de no haber

hecho una de las suyas; esto es, de no haber insinuado afecto alguno á

Leonor, que tanto respeto merecia.

Cumplia como caballero Fernando, puesto que estaba formalmente

comprometido para casarse con Julia, su primer amor, la señora de su

alma, el ángel inspirador de los primeros cantos de su lira.

Pero nada de esto obstaba para que Leonor fuese divina.

En estas circunstancias, la señora mamá de Fernando fué atacada de una

angina de pecho; enfermedad cruelísima que puso desde su primer anuncio

en peligro su existencia, convirtiendo en horrible la situacion de

Fernando.

Salia la primera noche en busca del médico, sin saber qué hacer ni

tener con qué pagarle, cuando se le unió Miguel, le llevó con un

médico amigo, y volvieron con él á la casa.

Leonor, entre tanto, habia provisto á las necesidades de la casa; la

señora mamá de Fernando estaba en su lecho, la vela encendida y todo á

punto de emprenderse la curacion.

Calificóse el caso de gravísimo, se aplicaron á la enferma sinapismos,

se recurrió al éter, se recetó cáustico, y todo apareció allí como por

encanto.

Fernando tenia que concurrir á su colegio, no podia abandonar al padre,

que era su recurso único de subsistencia, las noches las pasaba á la

cabecera de la enferma, ó tirado á sus piés como un lebrel, atado con

una faja á su brazo, para que le llamase su madre cuando sintiese

el acceso del horrible mal que la privaba del sentido, y que cuando

pasaba, dejaba trastornada su razon.

Iba Fernando á sus quehaceres dejando al arbitrio de una criadita de

doce á trece años, la preciosa vida de su madre.

Cuando volvia Fernando á la casa, la hallaba perfectamente aseada;

Leonor habia guisado, barrido, curado á la enferma, consolándola de sus

penas, siendo el ángel bueno, el aroma y la luz de aquella mansion de

dolor y miseria....

Y miéntras tanta diligencia y cuidado tenia Leonor, evitaba ver á

Fernando, espiaba sus pasos, se valía de subterfugios para que no le

humillasen sus favores, y tenia delicadezas de las que revelan una alma

sublime y generosa.

Miéntras estas atenciones se hacian más sensibles, más respetuoso era

Fernando con su bienhechora, á quien profesaba apasionada gratitud.

Miguel se recibió de abogado, y á poco de recibido, obtuvo un destino

en Mazatlan, dejándome (dejando á Fernando), al cuidado de la casa,

aunque, como se ha dicho, era su sostén un tio de la señora mamá

de Miguel. Fernando varió de habitacion y de fortuna no sé por qué

accidentes.

Una noche, á deshora, pasando frente á la Profesa, atravesaron dos

señoras junto á Fernando, con rara precipitacion: una de ellas,

anciana, iba sofocándose: siguiólas Fernando, y aquellas voces sonaban

anegadas en llanto....

--¡Leonor! gritó mi amigo al reconocer á la jóven: ¿dónde van vdes.?

--Mi tio acaba de morir, contestó Leonor, vamos á su casa, calle de

Capuchinas. ¡Dios nos ha traido á vd.!

Siguieron su camino en silencio; la señora iba sollozando.... entraron

en una gran casa.... Fernando suplicó al portero que avisase á la

señora su madre que no le esperase.

La sala á que penetraron estaba desierta; en el centro habia un lecho,

entre cuatro robustos hachones de cera. En el lecho estaba el cadáver,

con su hábito de San Francisco, sus manos cruzadas sobre el pecho.... y

su silencio horrible sobre las rígidas facciones.

La señora madre de Leonor oraba de rodillas á corta distancia del

cadáver.

Fernando y Leonor se colocaron, buscando fresco, en el balcon. La niña

infeliz lloraba sin consuelo.... Fernando guardaba profundo silencio.

En la acera de la habitacion en que pasaba esta escena, caia la sombra,

y se reflejaba la intensa luz de los cirios en la pared de enfrente;

sobre las azoteas que se veian desde el balcon brillaba la luna, y al

Sur culebreaban fugaces relámpagos sobre las montañas.

La situacion no se podia prolongar.... comenzó Fernando por excitar á

Leonor á que cuidase de su mamá, á que ella, tan tierna y generosa,

la consolase, y elevase su espíritu á la consideracion de que era el

amparo de su familia.

Leonor casi no escuchaba, y entónces Fernando, por distraerla, le llamó

la atencion sobre los encantos de la noche, la apacible claridad de la

luna y la tranquila majestad del firmamento....

La luz de los cirios heria el perfil perfecto de Leonor; en sus ojos

húmedos morian los destellos de la llama, cortejo de la muerte; el

busto de la hermosa tenia esa animacion épica, sombría, de los retratos

de Rembrat, presentando la lucha de la tiniebla y la luz sobre la

fisonomía humana.

Fernando, arrebatado por la aparicion, sin premeditacion, frívolo,

entusiasta, haciendo, sin quererlo, pueril alarde de su facundia

arrebatadora, habló sentido, ardiente, enamorado, envolviendo en las

ráfagas de su palabra á la niña inocente que se dejaba arrebatar,

enloquecida de aquel torbellino de pasion intempestiva.... Dejábase

arrebatar voluptuosa como la ola, sensual como el ave que se mece en

las auras embriagadoras; se inclinaba, como la flor, á la lluvia que la

refrigera y embellece....

Y habló de tal modo Fernando, que la niña le interrumpió diciéndole:

--Sí, vd. me ama, me ama, y si no, yo moriria: era capaz de haber hecho

yo esta misma revelacion; pero vea vd. lo que dice, por Dios, vealo

vd., porque un desengaño me mataria....

Y él, mal caballero y pérfido, creyendo acto tan solemne un galanteo,

con el alma entregada á otro amor, con el corazon envenenado por el

engaño, creyendo que con las sombras se disiparia aquel juego sin

consecuencia.... seguia dejando escapar de su corazon notas vibrantes

de falaz ternura...... y complaciéndose en ver perdida en el éxtasis

de la fascinacion, á la niña, á la vírgen, al ángel bienhechor de su

madre....

La voz de Leonor estaba convulsa y la entrecortaban los sollozos.... no

se veia su fisonomía, Fernando la adivinaba, expresando la agonía y la

locura....

Algun rumor que escucharon, los hizo volver el rostro.... La santa

madre de Leonor seguia orando cerca del cadáver....

* * * * *

Pasó aquella noche como un sueño; ella envolvió aquellos juramentos y

aquellas promesas.

Fernando evitó todo encuentro con Leonor.... murió su buena madre, ella

se refugió con unas parientas infelices.

La fortuna de mi amigo habia cambiado; se enlazó á su prometida:

gloria, distinciones, riquezas y honores le cercaron.... Solia á veces

sombrear su frente un recuerdo.... lo separaba con aturdimiento y

disculpaba su conducta con las locuras de la juventud....

Solian humedecerse sus ojos por un vago dolor, por una sombra errante

que pasaba gemidora en su memoria.... pero se decia, usando el lenguaje

del mundo: "Ella amará á otro.... ya no se usan las Eloisas: estamos

en un siglo positivo."

Un dia entraba en palacio mi amigo con varios compañeros; un muchacho

desbarajustado, haciendo caballo en un carrizo, le preguntó:

--¿Vd. es D. Fernando?

Hizo señas de que él era, y le entregaron un papel....

Calle de **** 2º núm. 4.

Ahora mismo.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo III · 第 90 / 153 题