¿Quién lo creerá? Me ha puesto de excelente humor la intempestiva
presencia de unos girasoles, unas violetas y otras flores de mi
antiguo conocimiento, cortejando y engalanando hermosísimas milpas.
¿Cómo andamos ahí, caballeros girasoles? ¿han tenido vdes. noticias
de nuestra tierra? Supongo que vdes. están aquí de paso.... ¿y vdes.,
señoras mazorcas, qué tienen que hacer tan distantes
De la tierra del atole
De la tortilla y del tamal?
¿Por qué vienen á estas tierras
De _trinquis fortis_ y _tobac_?
En efecto, las sementeras, las aguas cristalinas corriendo entre los
surcos de las milpas, el aire tibio y sensual, las hermosas lomas y los
blancos caseríos, me hacian la ilusion de que un pedazo del cielo de mi
patria me cobijaba.
Los pocos de cara despercudida que nos encontrábamos en el incómodo
tren, fraternizamos en un decir "Jesus," y en español, en inglés, en
frances y en italiano, soltamos la sinhueso, entendiéndonos á medias y
sacando una que otra hebra de buena inteligencia entre aquellas marañas
de palabras.
Por supuesto, el tema favorito de la conversacion fueron las rarezas
de los yankees; tema rutinero, es cierto, pero que se desea explotar
para formar repertorios de novedades; y así como hay viajeros que
yendo á España ansían por encontrar quien los salude en són de bolero
y al repique de las castañuelas, y viajeros que yendo á México se
desencantan de no hallarnos con el carcax al hombro y el arco en la
mano, así queremos á fuerza que el yankee sea todo extravagancias, y
cuando nos lo encontramos hombre como todos, nos pelamos las barbas de
coraje.
Cierto es que el _wagg_ ó gracioso, lo propio que el original ó
_excéntrico_, tienen su boga y su prestigio; pero es cierto tambien que
muchos payasean el papel y son impertinentes y groseros.
Yo contaba, refiriéndome á algunas singularidades que habia visto, que
en mi primer viaje á Orleans, navegaba en el magnífico vapor "John
Steefens," en que hacian su travesía multitud de viajeros, algunos de
ellos de regreso de California, donde habian improvisado sus fortunas.
Entre esos viajeros habia uno grueso, cargado de espaldas, y de
pelo rubio y entrecano, fumaba sin cesar, y donde quiera se abria
de piernas, se tendia en banca ó silla, deteniéndose, mejor dicho,
colgándose de la nuca con desvergonzado abandono.
No sé con qué motivo, álguien le preguntó de dónde venia y adónde se
dirigia, con ese desplante que tienen para hacer preguntas los yankees
mal educados.
--Vengo de California, donde fuí por un dinerito; voy á Durango á ver
una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella.....
No atino por qué, respuesta tan sencilla despertó la curiosidad, y á
poco se le presentó otro viajero y le dijo:
--¿Vd. va á Durango?
--Sí, señor, vengo de California, donde fuí á recoger un dinero, y voy
á Durango á ver una muchacha que quiero mucho, y me caso con ella....
No habia concluido su relacion el viajero, cuando llegó otro curioso y
le interpeló:
--¿Va vd. á casarse á Durango?
--Sí, señor, contestó el yankee, vengo de California, donde fuí á
recoger un dinerito, y voy....
Aquí llegó otro personaje.
--¿Vd. es el que viene de California?
Entónces el interrogado viajero les dijo:
--Esperen vdes. un momento.
Entró en su cuarto y volvió despues de un rato con un cuarto de papel
blanco pegado en el sombrero. El papel decia: "Vengo de California,
donde fuí á recoger un dinerito, etc., etc."
Fija su noticia en su sombrero como en un poste; se puso á leer su
periódico, dejando que yentes y vinientes se fijaran en lo que decia
el papel de su sombrero, sin dársele un ardite de lo que dijeran los
lectores celebrando la ocurrencia.
--Pues ahora, dijo otro compañero de viaje, contaré á vdes. un rasgo de
un yankee expedito, que merece figurar en esa coleccion.
Me encontraba en una barbería del Kentuky, cuando llenando la pieza,
hundiendo el suelo y haciendo gemir el asiento que ocupó, se me puso
al frente un personaje que era un cetáceo de carne humana, con un
envoltorio estupendo bajo el brazo, envuelto en esas sábanas impresas
que son sus periódicos.
El hombre del Kentuky depositó su carga en el suelo y pidió que le
desmontasen cabello y barba.
Cumplió el barbero con su deber, dándole una tunda tremenda con
navajas, cepillos, escarmenadores y uñas rajantes como las del
tigre.....
Concluida la operacion _quirúrgica_ del aseo, se inclinó el atleta
sobre un lavabo, y con un jabon arenisco como de piedra pómez, se dió
una raspada, que equivalió para mí á la sensualidad de desollarse vivo.
Despues se introdujo como furtivamente tras la armazon de la barbería.
La facha del hombre aquel me pareció repugnante; pero su desbarajuste,
sus harapos, su mugre, sus botas despedazadas, lo hacian
insoportable.... Sin embargo, seguia sus movimientos con curiosidad.
De repente, de por el lugar donde el rinoceronte aquel habia
desaparecido, salió un caballero perfectamente vestido, airoso, de
fieltro flamante, de calzado lustroso.... me pareció un banquero....
Era el mismo personaje del Kentuky, que habia hecho su trasformacion de
pié y como quien se baña, dejando su equipo, ó como quien dice, su piel
antigua, para que la tiraran á la basura......
Reímos del desenfado del de Kentuky, y un españolito de la primera
tijera con el pelo de la dehesa, nos dijo:
--Pues á mí, fresquecito me acaba de acontecer un percance que me
dijeron que era de un chistoso, y que me tostó la sangre.
Era un dia de Norte; la gente tiritaba, yo no tenia maldito el frio....
y por otra parte, estaba desprevenido contra aquel malhumor del cielo.
Así es que no fué obstáculo para que saliese á la calle, mi pantalon de
lienzo y todo mi equipo de verano.
El lance fué en Orleans, y el teatro representa una casa en que se
venden ostras, frente á la Levé.
Me azotaba la cara el cierzo: para refocilarme, resolví echar un buen
trago sobre una docena de ostiones. Dirigíme á la casa susodicha;
tras de la puerta estaba un viejecillo en cuatro dobleces, con más
envolturas que regalo de novia.
Pedí en el mostrador las ostras y el Jerez, sin cuidarme del avechucho
aquel de detrás de la puerta; pero éste me llamó, y despues de dar dos
ó tres fumadas á su pipa, me dijo con voz agridulce llena de malicia:
--Ese pantalona está perdido por hoy....
Un tanto molesto, pero no queriendo ser descortés, le repliqué:
--Es cierto; pero salí con precipitacion....
Me volví al mostrador, tomé un plato y dije al viejo:
--¿Vd. gusta?
--Gracias, gracias.... aunque diré á vd. que ese pantalona está perdido
por hoy....
--Pues vea vd., á mí no me importa.
--Justamente.... dijo el viejo.
Tomé mis ostras, bebí mi trago.
El viejo se puso en pié y me dijo:
--Siempre me permito, señor, decir á vd. que ese pantalona está perdido
por hoy....
--Pues yo usaré el pantalon que se me dé la gana, está vd., y á vd. no
le va ni le viene meterse en mis negocios; y si no fuera vd. viejo, le
corregiria por imprudente.
--Tal vez lo mereceria.... añadió el moscon aquel; pero diré á vd. en
mi conciencia, que ese pantalona está perdido por hoy....
Yo estaba al saltarle al cuello al viejo ridículo.... los dependientes
de la casa reian... uno de ellos me dijo "que aquel era un caballero
excelente; que usaba aquellas bromitas precisamente con las personas
que le simpatizaban; que era un excéntrico...." En efecto, me brindó
con una copa, y me encontré con el hombre más amable, y á quien quise
mucho.... pero me dió un tabardillo.
Los dichos agudos que se citan de los americanos, tienen un carácter
peculiar.
--No irriten vdes. á la Francia, decia un compatriota de Víctor Hugo,
porque cada frances vale por tres _yankees_.
--Bien, bien, decia con flema el hijo de Guillermo Pen, ya les
pondremos cuatro yankees.
--¿Por qué usan muchos de vdes. una sola espuela cuando montan á
caballo?
--Porque el otro medio caballo nunca se queda atrás, respondió el
yankee.
--Pondré á la vista de vdes., interrumpí yo, el retrato de un yankee de
mi particular estimacion. Es uno de mis conocimientos más cariñosos de
Nueva-York: