POR DIA.

Albañiles, carpinteros, torneros, herreros, toneleros,

ebanistas, pintores de brocha gorda, canteros,

hojalateros, sastres y zapateros $2 50 á $3

En las fábricas el salario es á doce pesos por semana, y para las artes

mecánicas se calcula en veinte pesos.

No quise abusar más tiempo de la bondad de los señores de la Casa de

Hallen. D. Andrés me impuso de la facilidad con que habia logrado

situar muchas de aquellas máquinas en Campeche y Yucatan.

Tengo entendido que sin esfuerzo alguno podria formarse en nuestra

Biblioteca una seccion con todos los avisos que aquí se riegan en los

suelos y que se dan á los que pasan. Eso, solo por el atractivo de las

figuras, seria una instruccion, haria llegar á conocimiento de todos,

mejoras y progresos de todo punto desconocidos.

Al regresar por entre el tejido de callejones y vericuetos, fuí testigo

de una escena que me hizo olvidar un tanto mi fatiga.

En la esquina de una de esas calles angostas y pendientes, al rayo

del sol quemante, sobre un cajon de vino, con una mesita de tijera

al frente, un yankee en toda la gloria del _humbug_ proclamaba las

excelencias de unos polvos maravillosos para poner los dientes como el

marfil; suavizar los labios como pétalos de rosa y perfumar el aliento.

El hombre hablaba como un energúmeno y sudaba á mares.

En mangas de camisa y sombrero alto, pelo rubio, nariz aguzada, un

cuello como barnizado con tierra roja, escaso bigote rubio.

Usa chaleco negro, y de sus ojales penden toda especie de colgajos que

remedan medallas, entre ellas una de la Vírgen de Guadalupe, y un peso

español, son sus distinciones de honor, al decir de las gentes; se

pasaba el cepillo por los dientes y salia un liston, ó unas letras de

oro, ó una pluma: la gente estaba lela.... endiosada.... habia aplausos

y silbidos, que aquí es otra variante del aplauso.

Hablando, hablando, se apoderó de un muchacho que estaba cerca, se lo

sentó encima, lo sujetó, y ántes que pudiera volver en sí el chico,

ya le habia metido el cepillo con polvos en la boca y le habia dado

algunos restregones; el muchacho, entre llorando y riendo, mostraba una

dentadura deliciosa.... la gente aplaudia.... y yo me retiré, porque

aquel caribe, una vez enfurecido, podia seguir barriendo las dentaduras

de todos los circunstantes.

Cuando doblé la esquina, ya habia tres muchachos pelando los dientes,

como avisos animados de la mercancía del embaucador.

En la noche tomé uno de los carritos, con mil trabajos, y me dirigí á

mi tertulia de los viérnes.

He dicho que cogí el carrito con mil trabajos, porque no obstante

haber carros en todas las Avenidas, ménos en la Quinta y en varias

calles, y no obstante que en la doble vía se suceden sin interrupcion

esos carros, formando líneas en contínuo movimiento, los carros están

constantemente llenos, y á ciertas horas son asaltos, aprensamientos y

luchas formales las que se tienen que emprender para trasladarse de un

lugar á otro, por el módico precio de cinco centavos, en trayectos que

pasan de dos leguas algunos de ellos.

El conductor del wagon jamás rehusa viajeros, aunque el vehículo rebose

en gente y vayan en racimos en las plataformas y escaleras.

Lleno el número de asientos de cada carro, la gente se coloca de pié

dominando á los que van sentados, y se afianza á unos palos que hay en

la parte superior del wagon con unas argollas de cuero. Así, la parte

excedente, ó va como racimos colgada en un perchero, ó se abre de

brazos, y es una preciosa procesion de Cristos la que se presenta á la

vista; en el invierno suele la alta temperatura, que en todos sentidos

produce la aglomeracion de gente, tener sus atractivos; pero en verano,

el _rosbeef_ humano es, bajo todos sus aspectos, desagradable.

La _controle_ de los entrantes y salientes la marcan una especie de

horario y minutero en una como carátula de reloj: á cada pasajero que

entra, tira el conductor de un cordel, suena una campana y marca el

minutero una línea; el horario señala con números los centenares de

viajeros.

En uno de los dias de la semana anterior, un solo carro de diez

asientos de la Cuarta Avenida, habia conducido mil quinientos pasajeros.

Adviértase que la Cuarta Avenida no tiene en toda su extension el

tráfico que la Quinta, la Sétima y Octava; en la Sexta están en

movimiento carros de dos pisos; el superior con sus asientos al

aire libre y su toldo. Se asciende á ese primer piso por escaleras

exteriores á que trepan, las _ladies_ esencialmente, con el mayor

desembarazo.

* * * * *

En mi tertulia me esperaban las excelentes personas con quienes ya

tienen conocimiento mis lectores, y que me han procurado los únicos

goces parecidos á los goces de familia que haya en Nueva-York.

D. Ramon, D. Pedro, Doña Ambrosia, Adela, Pepita, me recibieron con su

amabilidad de costumbre. Hablábase de modas, de guisos, de teatros y no

sé cuántas cosas más; pero en lo que se fijaban muy esencialmente, era

en las criadas.

--Tener uno servidumbre irlandesa ó americana es mucho cuento, es

buscar á quien servir. La criada se ajusta de diez á catorce pesos,

pide su programa como un ministro de Estado, y no la saca vd. de ahí ni

para poner á un niño un babero.

--Por supuesto que en ese programa no entra, continuó D. Ramon, estar

en la casa por la noche, y esto es lo que más escuece á mi Sra. Doña

Ambrosia.

--A la oracion de la noche, recamareras y fregonas se lavan, se asean,

se plantan su gorrillo y recorren las calles como la señora más

encopetada.

--Yo no soy para esas cosas, porque hasta en el cielo hay jerarquías:

habla vd. con una criada, y se alista á tomar asiento; cuando vd. va

á buscar á otra, está con el periódico ó con la pluma en la mano:

¡igualadas! y cada una se sueña mujer del Presidente de la República.

--En California, dije yo, habia una señora mexicana muy distinguida,

que daba lecciones de español y de música, sosteniendo con este

recurso, muy decentemente, su familia: faltóle una criada, y se

presentó, como todas, de sombrilla, guantes y muy desembarazada, una

hija del país.--¿Cuánto quiere vd. de salario? le dijo la señora.--Me

he propuesto servir á vd. por solo la comida.--¿Cómo así?--Lo que vd.

oye, señora; pero luego que acabe yo mi trabajo, y despues de vestirme,

me dará vd. lecciones de español y de música, con toda dedicacion.

--No siga vd., _Fidel_, no siga, me dijo Doña Ambrosia, porque se

me alborota la bílis; yo hubiera echado á rodar las escaleras á esa

insolente.

--¡Insolente! ¿por qué? ¿porque proponia un cambio de servicios, tan

honroso el uno como el otro? Confiese vd. que lo que nosotros queremos

son esclavos, y que nos asombra verlos entre gentes; ¿por qué la criada

no ha de ver el teatro ni concurrir al paseo?

--La casa es su oficina, decia Don Ramon como en broma, cultiva

relaciones y familia, se sujeta al pacto celebrado, y esto es todo. En

la casa se regularizan las costumbres.

--Mucho que se regularizan: á la oracion de la noche no arde lumbre en

ninguna parte; y ya vd. lo habrá visto, el dia que hay una necesidad,

uno va á las _grozeries_ por lo más preciso.

--Pues yo en los hoteles en que he estado he visto servir á las

irlandesas, como no es decible, y en general son laboriosas, seguras,

y la que se aquerencia en una casa, es inmejorable.

--Hay de todo, replicaba Doña Ambrosia, y como vdes. no lidian con

ellas.... No, yo no estoy por esas igualdades.

--Entremos en cuentas: ¿qué tenemos de más que los criados? ¿No valen

más un cochero honrado, un cocinero hábil y cumplido, un cargador

puntual, que multitud de vagos petardistas y demás gente perdida? Entre

nosotros, ese cochero y ese camarista es un animal doméstico: aquí es

un hombre.

Por otra parte, la criada presa es perezosa y ladina; no habla á la

señorita como igual, pero la adula y se convierte en su complice, ó

bien chismea y se hace el espía de la vieja. El _nene_ de la casa no la

pedirá en matrimonio, pero la seducirá como un vil y se le lanzará con

infamia de la casa, aunque lleve consigo algo muy allegado á la familia.

--La educacion latina y colonial, decia D. Pedro. ¿Cómo atreverse á

pensar los siervos? ¿cómo vestir el lacayo como el señor? De ahí esas

libreas que hacen de cada criado un polichinela, que lleva como una

patente de degradacion á cuestas. Ese cochero de escarapela de cintas

y alamares, ese _joquey_ vestido de encarnado, es el _hazme reir_....

Aquí el cochero viste lo propio que cualquier diputado, porque es

lo mismo, y el dependiente de hoy, puede ser nuestro juez mañana.

En Nueva-York se usa la librea, sin que por esto deje el cochero su

carácter de ciudadano: la librea es más bien institucion de lujo

europeo.

--Así es en todo, replicaba Pepita: nosotros teniamos distinciones para

todo; aquí todo se iguala. Vd. lo ve, teniamos la costumbre de ver

al vecino de limpiabotas; hizo un viaje, volvió poderoso y acaba de

mudarse á la Quinta Avenida, á una casa mucho mejor que esta.

--Decimos igualdad, clamamos por ella y nos espanta verla aquí

realizada, decia D. Pedro.

--Bueno será todo esto, decia D. Ramon; pero la educacion es una

distincion que se impone, aunque dominen las ideas más liberales.

--Para eso que la eleccion depende de uno, replicaba Juanito; y cuando

se elige mal, nadie tiene la culpa sino el que eligió.... ¿Vdes.

conocen á mi amigo Eduardo Piña?

--Lo conozco, dijo D. Pedro, es un excelente muchacho: se hace notable,

sobre todo, por su finura y moderacion.

--Pues oigan vdes., continuó Juanito, lo que le aconteció, á los

muy pocos dias de llegado aquí. No sabia palabra de inglés y vagaba

deslumbrado con las muchas mujeres que pululan por todas partes en esta

ciudad.

Una tarde encontró en un carrito una jóven de singular hermosura; la

vió, coqueteó, sonrió.... la jóven salió del carro y él en pos de

ella; anduvo un poco, tomó otro carro, y Eduardo la siguió frenético:

al bajar por segunda vez, le dijo: "Yo amo á vd.," únicas palabras

que sabia de inglés: ella sonrió, y á poco caminaban del brazo como

Julieta y Romeo: al pasar por uno de esos _restaurants_, que son como

desbordamientos de luz vivísima, como Dios dió á entender á Eduardo

invitó á su adorado tormento á tomar alguna cosa, haciéndole señas, ó

como pudo. La jóven aceptó; penetraron salones, subieron escaleras,

y en un gabinete reservado, un criado oficioso sirvió ostiones,

Champaña y no sé cuántas cosas más, porque ya sabemos que tienen diente

devorador por aquí las hijas de Eva: terminado el refrigerio, como es

costumbre, el criado presentó en un platillo de plata su cuenta. Eran

seis pesos y no sé cuántos centavos.

Sacó Eduardo un billete de á diez pesos: la jóven lo tomó y le

dirigió la palabra al criado: el criado replicó, Eduardo no entendia

una sílaba; pero veia algo de descompasado en la señora de sus

pensamientos; acudió gente; á Eduardo se le figuró que el criado

faltaba al respeto á la señora y se dispuso á arremeter con él, todo en

medio de gritos y de escándalo, en que mi pobre amigo tenia fiebre....

sobre todo porque no entendia una sílaba.... por fin, vino el

administrador de la casa, que sabe algo de frances, y explicó á Eduardo

que la señorita creia exagerada la cuenta, y defendia á capa y espada

unos veinticinco centavos.... Eduardo hubiera dado lo que llevaba en

el bolsillo por haber evitado el escándalo.... ella estaba rabiosa, y

á pesar de la conformidad de Eduardo, defendia sus intereses como una

verdulera....

--Ya vd. lo ve; y si Eduardo fuera de ménos talento, diria que las

damas americanas son pleitistas y furibundas como unas arpías. Aquella

era una honrada cocinera.

--Añada vd. á eso, dijo Adela, que hay muchas criadas de buena

educacion, y de modales que en nada se diferencían de los usados en la

buena sociedad.

--Por qué no dices de una vez, que aquí se le ha hecho á la gentuza la

suya, y así te quitarias de distinciones. ¿Dónde está la gente fina

y de título?.... y no la hay. ¿Cuál es la clase media? y ni quien

conteste. ¿Dónde está la canalla?.... pues si aquí no hay canalla; y

tienen vdes. que pierde la cabeza el más pintado, porque uno tiene la

costumbre de ver las cosas de otra manera.

--En efecto, señora, lo que hay aquí es pueblo, que es lo que se

encuentra con gran dificultad en nuestra tierra y en la de _Fidel_,

repuso D. Pedro.

--¡Ave María Purísima! dijo Doña Ambrosia, ya vamos á entrar en la

política, que á todos nos pone de mal humor.

--Ya no sigo, Sra. Doña Ambrosia, repuso D. Pedro; pero otro dia

hablaremos de la gente fina y de las categorías sociales.

Viaje a los Estados Unidos, Tomo III · 第 20 / 153 题