Castle Garden.--Su historia.--Su estado
actual.--Colonizacion.--Inmigracion.--Fonda y nevería de
Bigot.--Otra vez la Colonizacion.--Venta de tierras.--El Ministro
Shurtz.--Instrucciones.--D. Andrés Aznar.--New-York del lado del
Este.--Bancos.--Sociedades de seguros.--Woll Street.--Operaciones
de Banco.--Clearing-house.--Cajas de ahorros.--Edificios de la
Aduana.--La Tesorería.
Desde el dia de mi laborioso ascenso á la torre de la Trinidad, al
describir la bahía, quise detenerme en la pintura de una masa de piedra
circular que como que llega á tierra y parece aún flotando sobre las
aguas.
La rotonda á que me refiero, como es una construccion única en su
clase, se singulariza extraordinariamente, y por lo primero que se
pregunta es por _Castle Garden_.
En los alrededores de ese edificio estuvo en un tiempo la insegura
muralla que ceñia y resguardaba la desconocida isla de _Manhattam_.
Allí paseaban fumando sus pipas los gravedosos holandeses, admirando
las piezas de á treinta y dos, que era entónces como la última palabra
del arte de la guerra.
Corrieron los tiempos: el prado en que se solazaban los ganados
primitivamente y despues pasearon los hombres, comenzó á poblarse, y un
dia, dejando su aspecto marcial, se trasformó la insuficiente fortaleza
en el templo de Apolo, y aquello fué un primor.
La Jenny Lind, Mario, la Grisi sobre todos, regaron con sus conciertos
populares el aroma delicioso del buen gusto desde aquel sitio; pero
hostigado al fin el padre Apolo de los calores, de los mosquitos y de
cada ventisco que lo tenia sin sacar las narices por semanas enteras,
abandonó su templo y lo ocuparon los primeros que llegaban á tierra. De
este modo la coraza de Marte y la lira de Apolo, fueron suplantados por
el baston y el saco de viaje del emigrante.
Ni por esas levantó cabeza _Castle Garden_: quedaron silenciosos sus
muros, la basura le vistió como harapos de miseria, y la soledad se
sentó, como Job, casi á maldecir el dia en que el castillo vió la luz.
Un dia, al fin, sonó la hora de la resurreccion, se barrieron las
basuras, se trazaron verjeles, se abrieron amplias calles, brotaron del
suelo árboles de pomposo follaje y frescas sombras, y _Castle Garden_,
afeitado, vestido de limpio, alegre y con sombrero en mano, se adelantó
á la orilla del mar á recibir á los emigrantes, como persona que sabe
hacer con toda pulcritud los honores de la casa.
Hoy _Castle Garden_ es una oficina anexa á las empresas de colonizacion.
Pero el parque lindísimo á que afluyen las avenidas todas, como un
receptáculo de muchas aguas, para distribuirse en los muchos muelles
que conducen al mar y son como pórticos de la bahía, y el parque
contiguo á la batería que le sigue, sin más division que una calle, son
bellos de belleza indescribible. Colocado el espectador al extremo y
principio á la vez de la calle de Broadway, se encuentra al frente de
un inspirado panorama. A su frente, y por entre las tupidas ramas de
los árboles, se perciben las grandes calzadas con sus orlas de asientos
y los prados en que los niños juegan, entre el tragin de carros,
ómnibus y wagones. Si levanta la vista el espectador, casi le espanta
ver atravesar fantásticos, perderse entre las copas de los árboles y
desaparecer, los trenes del ferrocarril elevado sobre sus arcos, por
donde cruzan los carruajes y entre cuyos ojos se descubre el mar con
sus navíos, su bosque de mástiles, sus mil banderas agitándose, como si
fueran congregadas á un festin divino todas las naciones del globo.
El rodar de los trenes y carros, los mugidos del vapor, los gritos del
hombre, las explosiones de alegría del niño, todo se escucha, y se ve
un todo en que los colores y las formas, y la luz, y el aire, se funden
para producir sensaciones desconocidas é inexplicables.
Y aquella sensacion la nutrimos, porque vive en nosotros y nosotros
vivimos de ella en comunion deliciosa, como se agita la última hoja del
árbol con una brisa pura, como se refrigera el último de nuestros poros
en un baño voluptuoso.
_Castle Garden_ está ceñido de una pared exterior como una faja. Su
entrada ve al Este.
Atravesamos un patio estrecho, penetramos por encrucijadas y salones en
que habia gente escribiendo, y desde una puerta que da á una empinada
escalera, pudimos abrazar la inmensa sala circular, cuyo exterior llama
tanto la atencion del viajero.
El salon tiene el aspecto de una inmensa plaza de gallos, sin circo ó
estadio en el centro. Al Oriente y al Occidente hay puertas: la una da
á los parques por donde llegamos; la otra al muelle en que desembarcan
los emigrantes y tiene al lado las oficinas de la Aduana.
Al frente de la comunicacion de tierra hay oficinas telegráficas y de
despachos de ferrocarriles, unidas á un gran mostrador de muchas varas
en forma de martillo, que es el despacho de los emigrantes. Frente al
mostrador hay una cantina y á su inmediacion bancas.
Cruzan las alturas las cañerías del gas. El muelle es un tablado que
toca en las olas, bajo una sombra de lona que protege á los empleados
y á los amigos de los viajeros. Estos, á su entrada al edificio, toman
á la izquierda y la puerta se cierra, quedando como toril la parte
interior del edificio, y sin comunicacion los que están con los que
llegan, hasta que no han llenado todas las formalidades del desembarque.
Yo me quedé mucho tiempo en el muelle, esperando la llegada de unos
Mormones. Era de verse y trabar conocimiento con esos chicos, á quienes
toca la fortuna ó desdicha de tener cinco hembras por barba.
Muchos participaban de mi curiosidad. Esperamos en vano. En vez de
Mormones llegaron unos cientos de austriacos.
Era aquel un enjambre de rostros patibularios, y trapos y sombreros
como llovidos sobre sus cuerpos.
Casi todos traian consigo algun signo de su trabajo, como quien
presenta ante todo su título social, y como quien no quiere
desprenderse de su áncora de salvacion.
Una mujer, bajo su pañolon de lana, llevaba la parte superior de su
máquina de coser; aquel atleta medio azorado blandia su serrucho; la
jóven tímida tenia su cajita de pinturas; aquel caravanista de cachucha
de lienzo llevaba colgado del brazo su violin; aquella especie de
bueyes de sombrero de fieltro eran labradores.... y ¡oh nacion feliz!
¡ninguno de aquellos llevaba negocito de papeles con el Gobierno!
La mayor parte de los emigrantes, luego que se inscribieron en el
registro que estaba en un mostrador, pasaron á otro en que se expedian
boletas de ferrocarril.
La inmigracion ha sido una de las causas más poderosas del
engrandecimiento sorprendente de esta nacion.
Estímulo eficaz del trabajo, medio rápido de educacion por el ejemplo,
renovacion perpétua de la sávia popular y expresion la más pura de la
riqueza, porque el hombre es una riqueza, sin duda la de más valía.
Los americanos han prestado la más séria atencion á esta fuente de
prosperidad nacional.
La Irlanda con su opresion y su pobreza; la Inglaterra con el cáncer de
su pauperismo; la Alemania con su despotismo militar, son las naciones
que han dado más fecundas creces á la inmigracion americana.
La audacia y el espíritu aventurero del colono; la desaparicion de
razas opresoras; el espectáculo de colonos que llegaron en sus mismas
condiciones y se encuentran en la cumbre de la fortuna, y participando
del poder y el encuentro con gentes que poseen su idioma, tienen sus
tradiciones y les abren paso para su establecimiento, sobre todo las
garantías que rodean sus personas y trabajo, incentivos son estos
capaces por sí mismos de atraer al inmigrante; pero, en mi juicio, hay
otras causas que les sirven, á más de las enumeradas, de poderosos
alicientes.
La espectativa del ingreso á una sociedad en que pueden figurar en
todos los círculos, sin otro título que la posicion que se procuren;
una remuneracion del trabajo que no alcanzarian en sus países, en que
el salario es tan mezquino en relacion con sus necesidades; un mercado
próximo y abierto siempre á la realizacion del esfuerzo humano, y una
facilidad suma de comunicarse con el suelo que los vió nacer, son
motivos, en mi juicio, que independientes del pábulo oficial, asimilan
dia por dia elementos á la nacion que consolidan, y extienden su
prosperidad.
La sola inmigracion irlandesa de 1846 á la fecha, se calcula en dos
millones de almas.
En 1869, llegaron de Alemania 132,537; 60,286 de la Gran Bretaña;
64,938 de Irlanda; 24,224 de Suecia; 20,918 de la América Septentrional
inglesa; 16,068 de Noruega; 12,874 de China; 3,879 de Francia; 3,650 de
Suiza; 3,649 de Dinamarca.
De estos inmigrantes fueron: 88,649 obreros; 28,096 labradores; 16,553
artesanos; 10,265 sirvientes; 8,809 mercaderes, etc., etc.
La inmigracion se ha verificado en los términos que vamos á exponer,
suponiendo un contingente en cualquiera de los años anteriores, de
345,837 emigrantes:
Nueva-York 253,754
Michigan 35,586
Boston 23,294
San Francisco 13,490
Baltimore 11,202
Portland 4,026
Nueva Orleans 3,424
Filadelfia 1,061
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345,837
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El reparto sigue invariablemente la proporcion de la demanda de brazos,
y la facilidad del trasporte distribuye los elementos de vivificacion
donde son más necesarios.
El pasado año fiscal disminuyeron en mucho los emigrantes,
atribuyéndose á repulsion por el mal estado de los negocios, que sufren
indudablemente una crísis en su conjunto.
La inmigracion ha hecho tan sensibles sus beneficios, que un
sentimiento unánime la acoge con benevolencia, porque realmente, con
especialidad en Nueva-York, se arriba á un país de extranjeros; pero
los muchos que se encuentran en una misma situacion, se buscan, se
agrupan, se estrechan, revisten con la poesía de los recuerdos sus
costumbres, se congregan al rededor del templo y se señalan como puntos
luminosos en los paseos y en los teatros.
La conveniencia de la especulacion rodea al extranjero de medios de
comunicarse; en los establecimientos públicos se habla frances con
generalidad; los sirvientes que saben dos ó tres idiomas tienen más
pingües salarios que los otros; en varias peluquerías y tiendas está
escrito en letras muy perceptibles: _Se habla español_, y no es raro
que al entrar uno en una tienda, le saluden con un _buenas noches_ que
lo deja frio, para dar á entender el comerciante que conoce el idioma
de Cervantes.
A pesar de la confusion descrita, por regla general, las mujeres y
señoras europeas son las que reniegan más desvergonzadamente á su
nacionalidad.
El trage largo y escurrido con profusa cola, el zapatazo con tacon
agudo, el corsé tiránico, el gorrito retrechero, el portamoneda,
el pañuelo abajo del cuadril en la bolsa especial del túnico, la
sombrilla, todos los adminículos son objeto de su eleccion, y á los
ocho dias ya le dice una europea, no inglesa, _kandeschifer_ al
pañuelo, _guater_ al agua; pero en esta apostasía de la patria, la
vieja se señala con una desfachatez que enferma los nervios, y más la
vieja de raza española.
Es para ella tan inesperado el agasajo, le es tan extraña la
compostura, el aprovechamiento de los despojos de su olvidada
juventud le es tan simpático, que realmente se vuelve loca, se hace
la mocozuela, se habilita de dientes en un decir "Jesus," se tiñe las
canas en ménos que canta un gallo, se afila las uñas, se da colorete,
se planta un gorro como un morrion, y se alista á correr la tuna como
una polluela de quince años, diciendo á todo: _yes_, entre toses y
sonrisas.
El hombre se obstina en sus hábitos, y si es español anda en el Parque
ó en Broadway, lo propio que en cualquiera calle de Madrid ó de
Sevilla, diciendo cada picardía que eriza los cabellos y sintiendo que
todas aquellas _ladies_ se condenen porque no conocen la gracia de Dios.
El italiano que tiene el monopolio de las frutas, conserva su tipo
miéntras está en la miseria, vaga con su organito, sus arpas y
violines, exhala sus cantos y riega á veces por estos mundos los
suspiros de su lengua dulcísima.
El chino suele atravesar tambien, deleitándose. Y el aleman
perseverante, _que es la araña de la mosca del yankee_, fuma su pipa
y se ríe con sorna cuando ve que el yankee, muy de buena fé, lo cree
sustituyendo al negro.
La irlandesa sirvienta conserva tambien su tipo miéntras no tiene un
chico, señal infalible de que ya posee un marido, un capital y toda la
gracia de San Patricio.
La constante concurrencia de extranjeros, hace en Nueva-York no
solo muy difícil; sino casi imposible, el estudio de las costumbres
americanas, entre otras cosas, porque no existen tales costumbres: los
mismos americanos que han viajado por Europa, y de éstos hay muchos,
han modificado sus costumbres.
Lo más característico en lo ostensible es la comida americana; el
escaso mantel ó mantel de hule, el ejército de platos, que de un tiron
nos invaden con maíces, papas sin pelar, trozos de toro, cebollas,
perejiles y rábanos, el pichel de la melaza, negreando de moscas, el
jarron con agua, del aspecto de un párvulo de cuatro años en camisa, y
el movimiento perpétuo del _convoy_ que riega el vinagre, despolvorea
pimienta como lumbre y tiene por escolta todo un botiquin de mostazas,
_pikles_ y salsas negras, confeccionadas con cardenillo y aguarrás.
Ese es el _plan americano_; pero en semejantes planes entran los
obreros y hombres de negocios. Acaso se observan en el interior de las
familias; pero en la buena sociedad de viajeros, la Francia domina y la
_carte_ del _restaurant_ es la biblia del estómago.
Hé aquí hasta dónde hemos llegado partiendo desde la orilla del mar, ó
como quien dice, desde _Castle Garden_ hasta _Bigot_, que está bajo el
suelo, sacando un ojo para ver _Union Square_.
En este recinto agradable; al ruido de esa fuentecilla con pescados de
colores; viendo reproducida esta concurrencia con sus árboles y fuentes
en el fondo, porque las paredes son como un solo espejo, sin accidente
ni juntura visible; en este recinto descansaremos, para volver á la
tarea con el nuevo dia.
* * * * *
--Bonita divagacion has tenido, me decia Francisco esta mañana cuando
le leí, como de costumbre, lo escrito el dia anterior: ¿en qué quedó lo
de la colonizacion?
--Te diré la verdad: como no estoy muy fuerte en la manera con que el
Gobierno tiene reglamentado el negocio......
--Muy buen economista, que para todo busca al Gobierno y el reglamento.
--Pero, bueno, de alguna manera dirige el Gobierno la colonizacion.
--Y vuelta con la manía de la educacion española. Así te luces si
juzgas á los Estados-Unidos.
--Hombre de Dios, algo ha de haber.
--Sí, señor, hay reglas para la venta de tierras públicas, hay oficina
de esa venta y hay agentes; pero nada sobre colonizacion á nuestra
manera.
--Me estás atarantando. ¿Pues entónces, qué sucede?...
--Sucede que en medio de las muchas inconsecuencias y contradicciones
que tienen estos hombres en su gobierno, y no obstante ser los más
suspicaces en la defensa de su nacionalidad, al extranjero le llenan
de consideraciones, le abren las puertas de los destinos públicos
con poquísimas trabas, le garantizan en el interior plena libertad
y seguridad completa para su persona y bienes, y esto es lo que da
el Gobierno.... y no mas, ¿entiendes? libertad, seguridad y tierras
baratas.
--Hombre, pero yo he visto una que llaman aquí _Homestead-Law_, que
trata de colonizacion.
--No es cierto, mírala bien; esa ley determina las condiciones que
hay que llenar para adquirir tierras, y ni siquiera se refiere á los
inmigrantes en particular.
El Gobierno, es cierto, posee sobre cuatrocientos millones de acres en
quince Estados de la Federacion; en los territorios tendrá otro millon.
De 1874 á 1875 se vendieron nueve millones de acres.
El precio de las tierras es en lo general un peso veinticinco centavos
por acre, y en las inmediaciones de los caminos de fierro dos pesos
cincuenta centavos por acre.
Pero, continuó Francisco, con la elocuencia natural que tiene cuando
se exalta, no pierdas de vista que estos no usan jamás la palabra
_colonizacion_; nada indica sumision ni dependencia: el ingreso del
extranjero es insensible y asegurado por hechos positivos.
Si emigra el extranjero á su país despues de naturalizado y allí se
le molesta, se le ampara como americano con toda la energía del poder
nacional. Así sucedia cuando los alemanes, huyendo de la conscripcion
de la guerra, vinieron y se naturalizaron: al regresar á su país se les
quiso perseguir, y allí los amparó el poder americano.
¿Qué más? Shurtz, el sabio ilustre, el orador eminente, el ministro del
Interior hoy, ha llegado aquí como un fugitivo escapando como liberal á
una cruel persecucion.
El menestral europeo que nació en una condicion humilde; el agricultor
que hizo brotar de la tierra regada con su sudor, los títulos que
merecen la honradez y el trabajo, no puede alternar con la gente
decente: se le despide de los salones aristocráticos, se le humilla, y
solo por contadas excepciones se le admite en el ejercicio del poder.
Aquí, al llegar, se siente soberano; á los seis meses se le llama á
la eleccion: con la excepcion única de la presidencia, puede figurar
en todos los rangos de la administracion; y cuando despues de seis
meses en su pueblo, nota algo que le repugne, el municipio le abre las
puertas, y puesto que paga su agua, y su luz, y su empedrado, y su
policía, están á su alcance los goces sociales, de una manera fácil y
segura.
Uno de los más poderosos elementos de verdadera grandeza están en estas
leyes, que para un americano son prácticas y convierten en la gran
nacionalidad del mundo la nacionalidad americana....
--Francisco, déjame por vida tuya enviar en deseo y aplicarme
algunas docenas de azotes por estas leyes de colonizacion, agencias,
direcciones, folletos, colonias y toda esa multitud de supercherías de
que todavía tenemos lleno el chirúmen....
--Yo te he dicho ideas muy generales: si quieres estudiar la materia,
lee á Chevalier (_Cartas sobre los Estados-Unidos_); lee _Un Reporter_,
publicado en 1872, escrito por Young, ó por lo ménos el _Atlantic
Montly_ de Abril de 1872, en donde hallarás verdadera instruccion.
--Ya leeré todo eso; pero aquí he indicado lo bastante para llamar la
atencion sobre la materia y para que no se duerman mis lectores.
* * * * *
Y ya era tiempo que dejara la pluma, pues por segunda vez tocaba la
puerta Andrés Aznar, para llevarme á la parte baja de la ciudad, del
lado del Este.
Desde que se llega á City Hall se conoce que se ha tocado, sin dejar
Broadway, en una region de actividad suma: por millares acude la gente,
rebosa en las banquetas, hormiguea en las plazas y hierve entre carros,
ómnibus, tilburys, carrillos de mano y cuanto mueble rodante se ha
inventado en esta bendita tierra.
Gigantes edificios, ó mejor dicho, alcázares en que el crédito ejerce
su poder mágico en Bancos, Sociedades y Compañías; palacios en que se
asienta dominante el cálculo para combatir la tempestad, contrariar
el fuego y desarmar á la muerte de su saña destructora; y para hablar
en plata, Bancos, Sociedades de seguros, Compañías de telégrafos, de
ferrocarriles, de gas. Es decir, la especulacion con la vida, con el
viento, con la llama, con las ilusiones y con las esperanzas, y todo
en accion; de suerte que cruzan los aires viajeros por los elevadores,
suben, bajan y se derraman de las escaleras y brotan de los
_bassements_ á incorporarse con los raudales que cruzan y se escurren
por las bocacalles.
Estas bocacalles, en la parte que recorriamos, llevan á calles
tortuosas, desordenadas, de angostas banquetas y piso desigual, llenas
de lodo y estorbos, interceptadas por carros y caballos, presentando
fachadas, y torres, y aceras curvas y sesgas que forman verdaderos
laberintos: allí se apiña aún más el gentío, y es una de empellones y
codazos, que magulla el cuerpo.
En aquellos callejones, no obstante, continúan las tiendas
deslumbradoras de riqueza: muebles, relojes, carros, joyerías, ropa
hecha, frutas y grandes almacenes de todas clases, haciendo sus
enfardelamientos, sus cargas y descargas, en medio de la banqueta, sin
cuidarse maldita la cosa de los transeuntes.
--Esta es la calle de Woll: se compone casi en su totalidad de Bancos,
me decia D. Andrés; antiguamente, como vd. sabe, se proclamaba la
libertad de los Bancos; es decir, que Perico el de los Palotes podia,
si queria, sin satisfacciones ni escrúpulos, poner su Banco y emitir
sus billetes, ó sea papel moneda circulante, segun el crédito ó la
voluntad de la Compañía.
Muchas veces una caja de fierro, un mostrador y unos cuantos libros,
fué el capital del Banco, porque el resto del aparato lo daba la casa.
Las quiebras se repitieron y el contagio de los desfalcos producia el
pánico, ó como quien dice, el terror á las pérdidas, motivo de grandes
trastornos.
Ahora cada propietario ó Compañía deposita en el Gobierno una suma en
papel que sirve de garantía á las operaciones del Banco, y tienen otras
seguridades las transacciones. En cambio, los banqueros tienen mayor
preponderancia, como que la concurrencia es menor.
No obstante, puede calcularse en 300 millones de pesos el giro activo
de los Bancos, lo que no es un grano de anís.
Las mil transacciones se purifican y rectifican diariamente en la Casa
de liquidacion, que es exactamente como el _Clearing-House_ de Lóndres.
Es decir, casa en que á una hora dada, asisten los dependientes y
cambian sus bonos, liquidando y pasando las sumas que uno da á la
cuenta del que recibe, y vice versa, resultando cambios de muchos
millones diarios, lo que es poderosísimo aliciente para la circulacion.
Hoy existen en la ciudad 72 Bancos de depósito y descuento, y 42 Cajas
de ahorros.
El interes del dinero ha oscilado entre el 5 y el 7%, de algunos años á
esta parte.
El Banco de Nueva-York, el de América, el del Comercio, son magníficos;
son verdaderos templos, y el lujo ha agotado sus recursos en esos
establecimientos.
--Ese grande edificio que está vd. queriendo reconocer, me decia
D. Andrés, es la Aduana: tiene 200 piés de largo, 171 de ancho, 77
de altura. En el salon en que vió vd. tanta gente, caben tres mil
personas, el costo del edificio fué un millon ochocientos mil pesos.
Vd., continuó D. Andrés, que siempre se está fijando en las
irregularidades de la arquitectura, vea con cuidado ese edificio: es
la Tesorería. ¡Qué correccion de pórtico! ¡cómo no desmiente una línea
el órden dórico de las columnas de ocho varas de altura y más de cinco
piés de diámetro! Se sube al pórtico por 18 escalones de granito.
El arquitecto, Juan Frases, hizo una copia feliz del Partenon de
Aténas: no tiene vd. un trozo de madera de una pulgada en todo el
edificio. Hay quien asegure que se depositan en él, dia á dia, las dos
terceras partes de las rentas de los Estados-Unidos.
--Advierto á vd., le dije á D. Andrés, que voy sudando la gota tan
gorda y que estoy rendido.
--He querido, me dijo, torciendo una esquina, traer á vd. á la gran
Casa de Hallen (y como esta hay muchas), á que vea la multitud de
máquinas para la agricultura. En México, continuó, ¿conocen vdes. esas
máquinas?
--Sí, señor, se conocen muchas; pero, como secretos, no están al
alcance de todas las fortunas; los dueños de las fincas suelen
comunicarse sus ensayos, y si resultan felices, se los guardan para
obtener ventajas en su explotacion: despues de mucho indagar, sabe un
curioso que en tal calle ó en tal almacen hay unas máquinas.
X
Casa de Hallen.--Zapatos para caballos.--Máquina
pulverizadora.--Molino de viento aplicado al
riego.--Recuerdos.--Los cepillos de dientes.--Los wagones.--Reloj
inspector.--Mi tertulia.--Los criados.
Entramos á la Casa de Hallen, que se compone de grandes galeras con
toda clase de instrumentos y máquinas para la agricultura.--Ví en
las paredes podaderas y tijeras adheridas á palos que prolongan sus
piernas, y con las que se alcanzan grandes alturas.
Zapatos para el resguardo de los piés de los caballos, que hacen
fáciles sus curaciones. Esqueletos de alambre para enredaderas y adorno
de jardines.
--Ahí tiene vd. todo un trapiche, me dijo, al alcance de las fortunas
más módicas. Esos alambiques duplican el rendimiento de las mieles.
Ese rastrillo para desenyerbar, apénas vale nueve pesos.
Este curioso aparato es para hacer mantequilla; lo mueve un perro, que
al querer ó no, da vuelta á ese cilindro.
Esa parrilla con picos de fierro es una rastra: tiene diez piés de
ancho, se mueve expedita con un solo caballo: cuesta solo veinte pesos.
La máquina que está á su espalda de vd., es lo que se llama _grada
pulverizadora_. Pulveriza perfectamente la tierra, funciona muy bien en
terrenos húmedos. No obstruyen su marcha las raíces: vale treinta pesos.
Cardadores, sembradores, todo lo que quiere decir ahorro de trabajo,
produccion mayor, baratura, está previsto y conciliado en aquellos
esclavos bienhechores del hombre.
Me puso frente á un molino de viento para examinarlo á mi sabor. En
mis tránsitos por este país, en medio de risueñas sementeras, como
complemento de paisajes encantadores, sobresaliendo de las casas, en
vecindad con los palomares y las torres, le habia visto en movimiento,
dando singular animacion á la finca rústica.
Sobre dos piés que unidos á una escalera de mano forman una pirámide
que con robustos travesaños se convierte en sólida torre, se eleva
un gran disco hecho como de los simétricos radios de una rueda: los
ejes en que encaja el radio sostienen una gran pala como la cola de
un cometa; de esa cola depende un fierro vertical que engancha con el
émbolo de una bomba.
El molino se mueve con el viento más suave; cuando el viento es fuerte,
gira expedito, y si es impetuoso, sigue la corriente del aire ó se
plega sin sufrir deterioro alguno.
Este precioso molino, que he visto funcionar admirablemente y que está
vulgarizado en todas partes, seria en México de infinita utilidad.
En esas poblaciones y llanuras sin agua, en donde son tan profundos los
pozos, en donde la noria y el acarreo de mano hacen tan exiguos los
depósitos de agua; en donde hombres y animales se rinden de fatiga,
teniendo que trabajar mucho para arrancar un cántaro del fondo de un
abismo, y donde la esterilidad precursora de la hambre, convierten en
raquíticos, enfermos y sucios, pueblos enteros; se veria en cada molino
un Moisés que refrigerara los hombres y cubriera de fertilidad la
tierra, ó por lo ménos, que aliviara á los viajeros y evitara la muerte
de los ganados.
Muchas veces en un llano árido y quemándome el sol, he esperado á que
se dé agua á los animales que me conducian, presenciando la tarea de
los sirvientes.
Otras veces me he detenido á ver á un muchacho tirando de una cuerda,
desde el brocal de un pozo, y andando con el cordel que pasaba por la
ruidosa carretilla, haciendo empuje con el hombro y el cuerpo, echado
hácia adelante para sacar una bota que no bastaba para apagar la sed de
un caballo, y cuántas ahora, aquí, me he puesto al frente de un raudal
perenne, pensando en México, á ver trabajar este inanimado obrero, al
que se le contempla casi con reconocimiento, porque es el dispensador
del bien.
D. Quijote en las aspas de los molinos veia brazos amenazadores de
gigantes: el brazo del molino americano, nos llama para refrigerarnos,
y agita su pandereta en los aires como una gitana enamorada, para
regocijarnos.
Los precios de los molinos, desde la fuerza de medio á cinco caballos,
es desde noventa hasta quinientos cincuenta pesos; pero estos últimos
se aplican á toda especie de maquinaria.
--Y no obstante la abundancia de máquinas, me decia D. Andrés, ya sabrá
vd. que aquí es donde más alta remuneracion tiene el trabajo; y si no,
vea vd. la lista de salarios que casualmente traigo en el bolsillo.
Sacó su enorme cartera del bolsillo D. Andrés, cartera que balija
parecia, y me leyó: