[58] Quando los acontecimientos son pasados, ó suceden en lugares

distantes, donde nosotros no podemos hallarnos para asegurarnos de

ellos, supuesta su verosimilitud, no resta otra cosa para creerlos, que

atender la calidad de los que nos los cuentan, ó la gravedad de los

mismos hechos. La calidad de los testigos es de gran peso para

inclinarnos al asenso. Porque si nos cuenta una cosa un hombre, que

sabemos que suele mentir, ya no lo creemos, y dudamos si miente tambien

quando nos refiere el suceso[a]. Por el contrario, si el que refiere una

cosa es hombre de buena fe, y amante de la verdad, da un gran peso á lo

que dice; bien que para creer las cosas que nos dicen los hombres de

bien no basta su buena fe, es menester que sean entendidos de suerte,

que no dexen engañarse por los sentidos, ni por la imaginacion, ni hayan

precipitado el juicio, ni le tengan preocupado: porque si un hombre

veraz no evita los errores que las cosas sobredichas ocasionan,

facilmente juzgará de lo que se le presenta, y con la misma facilidad

creerá quanto otros le dicen, y tal vez nos comunicará las cosas, no

como en sí son, sino del modo que él las cree. Por exemplo: Nadie cree á

Filostrato entre los antiguos, porque todos saben que fué insigne

embustero. Juan Anio de Viterbo, el P. Herman de la Higuera son

despreciados de todos los hombres de juicio, porque descubiertamente, y

de intento han engañado á muchos, fingiendo aquel inscripciones

antiguas, y este libros apócrifos, como son los Cronicones de Flavio

Déxtro, y otros que ha rechazado D. Nicolas Antonio. PARACELSO dixo

infinitas mentiras, y los Alquimistas son gente mentirosísima, de

suerte, que ya los que conocen sus artificios, no creen los hechos con

que aseguran haber convertido en oro los demas metales.

[59] Pero se ha de advertir, que los que así engañan son pocos, si se

comparan con los que nos engañan con buena fe, y por sobrada creencia.

Así en la Medicina como en la Historia pueden señalarse muchos, que

traen hechos falsos, y ellos los tuvieron por verdaderos. DIOSCÓRIDES

asegura muchas cosas falsísimas. Lo mismo hacen los que creen fuera de

propósito las virtudes de muchos remedios. Quando los que aseguran una

cosa son hombres de buena fe, aunque una, ú otra vez falten á la verdad,

porque no examinaron debidamente el suceso, no han de tratarse como los

que son mentirosos, antes por el contrario conviene oir lo que refieren,

combinarlo con lo que otros dicen sobre el mismo asunto, ver si han

puesto la atencion necesaria para asegurarse de la verdad, atender todas

las circunstancias del hecho, y en fin observar la gravedad, ó pequeñez

de la cosa que cuentan, y bien exâminadas estas cosas, inclinarse al

asenso, ó disenso.

[Nota a: _Ubi semel quis pejeraverit, ei credi postea, etiamsi per

plures Deos juret, non oportet_. Cicer. _pro. C. Rabir. posthumo_.]

[60] La grandeza de la cosa es de suma consideracion, porque facilmente

creemos aquello que observamos cada dia, y en las cosas fáciles de

acontecer no necesitamos de grandes testigos. Por el contrario, quando

son las cosas muy extrañas, y muy grandes, necesitamos de grandes

pruebas para creerlas, porque por ser extrañas están fuera de nuestra

comun observacion, y así para darlas el asenso es menester que los que

las aseguran sean veraces, desapasionados, buenos Lógicos, y amantes de

la verdad; y si les faltan estas circunstancias, no han de ser creidos.

Los milagros son hechos estupendos, y su exîstencia es certísima; pero

no son tan comunes como piensa el vulgo. La razon es, porque en el

milagro se excede el orden de la naturaleza, de suerte, que es una

operacion superior á las fuerzas naturales; de que se sigue que el

hombre, ó quiere verle para que le crea, ó á lo menos desea asegurarse

de él por testigos que no le engañen. Esto se funda en que el

entendimiento no tiene otro camino para juzgar de las cosas expuestas á

los sentidos, que el de la experiencia, y esta puede ser propia, ó

agena; de suerte, que la que otros hacen nos asegura la cosa del mismo

modo que la nuestra, si por otra parte estamos asegurados de la rectitud

con que observan los demas las cosas que nos refieren, y estamos ciertos

de su buena fe. Esto supuesto, se ve quan temerariamente niegan algunos

Sectarios la existencia de los milagros solo porque ellos, no los ven; y

con quánta imprudencia niegan el crédito á algunos Varones, que por su

santidad y sabiduría deben ser creidos. Refiere S. AGUSTIN, que las

reliquias de los Santos Mártires Gervasio, y Protasio se aplicaron á un

ciego, que ya muchos años lo era, y recobró milagrosamente la vista.

Ninguno, si no es insensato, puede negar en esto la fe á S. Agustin,

porque era este Santo Doctor enemigo y capital perseguidor de la

mentira: sabía cómo habian de observarse las cosas expuestas á los

sentidos como el que mejor: refiere un hecho, que si fuera falso,

tuviera contra sí todo el pueblo de Milan, que le daría en rostro la

mentira. Lo mismo ha de decirse de otros milagros, que refieren Varones

santos, sabios, y de inviolable integridad. Por el contrario, algunas

cosas prodigiosas que refieren los Gentiles, y no hay otra prueba que el

rumor del pueblo, no han de creerse, porque por ser las cosas extrañas,

y naturalmente imposibles, no podemos inclinarnos á creerlas, quando la

autoridad de los que las refieren no es de ningun momento. Así ningun

hombre de juicio creerá los prodigios que Livio refiere haber acontecido

en la muerte de Rómulo, y otros semejantes.

[61] Pero por ser los milagros operaciones superiores á la naturaleza,

no es de creer que sean tan comunes como piensa el vulgo, ni que Dios,

único autor de ellos, invierta con tanta freqüencia el orden natural de

los cuerpos por cosas pequeñas, y por motivos de ningun momento. Por

esto alabaré siempre la precaucion de aquellos, que en estas cosas

proceden con gran cautela, y no las creen ligeramente, sino que las

averiguan con riguroso exámen. El santo Concilio de Trento mandó, que no

se publicasen milagros sin aprobacion del Ordinario Eclesiástico, y en

algunas Sinodales nuestras se previene, que no se pongan en las Iglesias

las señales que suelen ponerse por indicio del milagro, sin la

aprobacion del mismo Ordinario. En efecto son raros los verdaderos

milagros, si se comparan con los fingidos; y creo yo, que la falsa

piedad, el zelo indiscreto, y la ignorancia de algunos ha llenado de

milagros supuestos, así los libros como los entendimientos de la plebe;

y se ha de notar, que de esto se sigue un gran perjuicio, porque los

Hereges viendo publicar tantos falsos milagros, niegan los que son

verdaderos, creyendo que todos se publican con engaño; y por otra parte

siendo los milagros testimonios evidentes de la verdad de nuestra

santísima Religion, apoyar los que son falsos, y tenerlos por

verdaderos, es alegar un testimonio falso para probar una cosa que es la

misma verdad[a].

[Nota a:_Numquid Deus indiget vestro mendacio, ut pro illo loquamini

dolos_? Job. 13. 7.]

[62] Regla sexta: _Un solo testigo puede ser de mayor autoridad que

diez mil, y por consiguiente con mayor razon podemos á veces creer á uno

solo, que á muchísimos_. Si yo sé que Ticio es hombre de buena fe, que

sabe muy bien evitar los errores que pueden ocasionarle los sentidos y

la fantasía, que no está preocupado, ni ha precipitado su juicio, y me

asegura una cosa, le creeré mejor que á diez mil, y que á todo un gran

Pueblo; y del mismo modo si Ticio, á quien yo considero tan entendido y

veraz, afirma una cosa, y todo un Pueblo la niega, estaré de parte de

Ticio contra toda la multitud. La razon es, porque nosotros debemos

creer, que Ticio despues de haber puesto todo el cuidado posible en

asegurarse de la verdad, no se ha engañado; y si qualquiera de nosotros

hubiera de asegurarse de la misma cosa, no aplicaría para lograrlo otros

medios que los que Ticio ha aplicado, ni la razon humana pide otras

prevenciones para creer las cosas. Pero el Pueblo por lo comun no evita

la preocupacion, de ordinario precipita el juicio, y en lo que no le sea

comun se porta como los niños. De aquí nace, que la multitud se engaña

freqüentísimamente en sus juicios sin conocerlo, y muy raras veces nos

informa de la realidad de las cosas.

[63] Segun esta regla puede hacer mayor fe un solo historiador que

quinientos: y si yo leo á un historiador que escribe desapasionadamente,

que dice la verdad sacrificando intereses, y despreciando dignidades,

que es buen Lógico, y razona bien, y que ha aplicado las diligencias

necesarias para enterarse de lo que dice, tiene para mí mayor autoridad

que otros muchos, que, ó no tienen estas circunstancias, ó se gobiernan

por la multitud.

[64] Esta regla puede tambien extenderse á aquellos que exâminan los

hechos pasados, y para eso se valen de medallas, inscripciones, y

historias; porque un hombre solo que sepa bien distinguir los monumentos

antiguos y verdaderos de los que se han fingido en nuestros tiempos, y

que conozca el caracter de cada historiador, para distinguir lo que es

propio de cada uno, ó lo que es intruso, y sepa usar de las reglas de la

Lógica, será de mayor autoridad que otros mil que ignoren todas estas

cosas, ó la mayor parte de ellas.

[65] Regla séptima: _Un Autor coetaneo á un suceso es de mayor

autoridad que muchos, si son posteriores_. La razon es; porque el Autor

coetaneo averigua por sí mismo las cosas, y así se asegura mejor de

ellas[a]. Los Autores que despues del suceso hablan de él, ó se fundan

en la autoridad del coetaneo, ó en la tradicion. Si se fundan en la fe

del Autor coetaneo, no merecen otro crédito que el que se debe dar á

este: si se fundan en la tradicion, se ha de ver, si algun grave

Escritor, que tenga las calidades arriba expresadas, se opone, ó no á

ella. Si se opone, ha de ser de mayor peso la autoridad de aquel Autor

solo, que la de todo el Pueblo: si la confirma, entonces la tradicion se

hace mas firme. Hablamos aquí solamente de las tradiciones puramente

humanas y particulares, porque sabemos muy bien, que las Apostólicas son

de autoridad infalible, como que pertenecen á la Fe divina. Y se ha de

advertir, que las tradiciones _humanas_ de que hablamos, aunque

pertenezcan á cosas de Religion, estan sujetas á la regla propuesta. D.

NICOLAS ANTONIO se opone á muchas tradiciones particulares que se habian

introducido por los Cronicones, y sola la autoridad de tan grande

Escritor es de mayor peso para los hombres de juicio, que todo el comun

que las admite. Quando las tradiciones particulares de una Ciudad, de un

Reyno, ó de una Provincia tienen mucha antigüedad, y no hay Autor grave

que haya sido coetaneo á su establecimiento, ni que las contradiga, ni

son inverosímiles, entonces será bien suspender el juicio hasta que con

el tiempo se descubra la verdad: porque todo un Pueblo, ó un Reyno, que

cree una cosa por sucesion de siglos, sin haber en contrario especial

prueba positiva, merece fe; y como no sea esta tan grande, que nos

obligue al asenso, será bien suspenderle.

[Nota a: _Testium eo major est fides quo à re gesta propius abfuerunt,

adeò ut aequalium certior sit quàm recentiorum, praesentium quàm

absentium, certissima verò fit eorum qui rem oculis suis inspexerunt._

Huet. _Demonstr. Evang. axiom. 2._]

[66] Las fábulas de los Gentiles empezaron por algun suceso verdadero, y

se propagó por la tradicion; de suerte, que cada dia añadia el Pueblo

nuevas circunstancias falsas y caprichosas, que obscurecian el hecho

principal, de manera, que al cabo de algun tiempo estaba enteramente

desfigurado. Despues los Poetas dieron nuevo vigor á la tradicion del

Pueblo, y así la querian hacer pasar por verdadera, quando no contenia

otra cosa que mil patrañas. Y se ha de notar, que de ordinario solemos

creer con facilidad las cosas pasadas, aunque sean falsas, con tal que

las leamos en algun Autor que haya sido ingenioso, y haya sabido

ponderarlas: cosa que observó Salustio en los Atenienses, como ya hemos

dicho. Algunas tradiciones particulares hay entre los Christianos, que

tuvieron su principio en algun hecho verdadero, despues tan desfigurado

con las añadiduras del Pueblo y con la vehemencia de Escritores poco

exâctos, que ya no parecen sino fábulas. Pero son fáciles de conocer las

que llevan el caracter de la verdad, de las que son falsas, porque

aquellas son uniformes en todas sus circunstancias, y correspondientes

al fin á que pueden dirigirse; por el contrario estas son diformes, y

mas parecen consejas y hablillas que realidades.

[67]. Regla octava: _Los hechos sensibles afirmados unanimemente por

testigos de distintas naciones, de diversos institutos, de opuestos

intereses, y de distintos tiempos, han de tenerse por verdaderos_. La

razon es, porque son menester pruebas muy claras para que crean una cosa

los hombres de diversas sectas, y de opuestos intereses; pues como cada

uno suele afirmar ó negar las cosas segun la conveniencia y la pasion,

es preciso que para que las gentes de diversas inclinaciones y intereses

crean uniformemente una misma cosa, sea tan clara la verdad de ella, que

no haya duda ninguna. CICERON se aprovechó del consentimiento general

con que todas las naciones adoran alguna Deidad, para probar la

exîstencia de Dios, porque aquel general consentimiento prueba que á

todos se presenta la nocion de un Ser infinito, y adorable; bien que por

el error de la educacion, ó de las pasiones alteraron muchos este

conocimiento, y dieron el culto á quien no debian. Este consentimiento

general de todos los Sabios de todas las naciones, y de todos los

tiempos, nos hace estar ciertos de que hubo Filósofos Griegos, que hubo

Oradores Romanos, que hubo Aristóteles, Ciceron, y otros Héroes de la

Gentilidad[a]. Por el mismo sabemos que hubo Alexandro Magno, que

fueron ciertas las guerras entre Pompeyo y Cesar, y que hubo un Escritor

de la Historia Romana llamado Tito Livio. ¿Será bien, pues, creer á uno,

ú otro, que ridículamente ha pensado, que ni hubo tal Ciceron, ni tal

Alexandro, ni hubo Tito Livio, sino que todos estos fueron fingidos? Ya

se ve que ninguno pensará tan desatinadamente, sino es que esté privado

enteramente de la razon.

[Nota a: _Platonis, Aristotelis, Ciceronis, Varronis, aliorumque

hujusmodi Auctorum libros, unde noverunt homines quod ipsorum sint, nisi

eadem temporum sibimet succedentium_ contestatione continua? S.

Augustinus _lib. 33. contra Faustum, capit. 6_.]

[68] Regla nona: _El silencio de algunos Escritores suele ser prueba de

no haber acontecido un hecho_. La prueba con que algunos Críticos

intentan negar un hecho por el silencio de los Escritores coetaneos, ó

poco posteriores, es llamada _argumento negativo_; y aunque muchos le

tienen por de poca fuerza, no hay que dudar que algunas veces es

bastante por sí solo para negar un suceso. JUAN LAUNOY dió mucha fuerza

á este argumento en un discurso que compuso sobre esto. Como tomó con

demasiado extremo muchos asuntos, lo hizo tambien en este, de modo, que

todo hombre cuerdo debe leerle con alguna desconfianza, y armado de

buena Lógica. Juzgo, pues, que son menester dos cosas para que tenga

fuerza el argumento negativo. La primera es, que los Autores coetaneos

al suceso, ó poco posteriores hayan _podido_ notarlo, esto es, no hayan

tenido el estorbo de decir la verdad por respetos humanos, ó por miedo:

que hayan tenido ocasion de observar el hecho, ó de asegurarse de él, y

que tuvieran facilidad de escribirle. La segunda circunstancia es, que

los Escritores _debieran_ haber notado aquel hecho; porque aunque hayan

podido, si no se han considerado obligados, pueden haberle omitido, ó

por ocupacion, ó solo porque de ordinario dexamos de hacer muchas cosas,

si nos parece que no tenemos obligacion, ni hay necesidad de

executarlas. Si algunos Escritores coetaneos, pudiendo y teniendo

obligacion de notar algun suceso, no lo han hecho, es prueba de no haber

acontecido; y aunque algunos otros le afirmen en los tiempos venideros,

han de considerarse de poco momento. Bien es verdad, que para hacer buen

uso del argumento negativo, es menester gran juicio y atinada crítica, y

haber leido muchos Autores, y en especial todos los de aquel tiempo en

que aconteció la cosa, porque puede suceder que creamos que ningun Autor

lo ha dicho sin haberlos visto todos, lo que es precipitacion de

juicio[a].

[Nota a: _Necesse est nedum singulos evolvisse Scriptores ex quorum

silentio tale argumentum eruitur, sed insuper nullatenus ambigere, num

aliqui nobis desint, qui fuerint ipsis contemporanei. Contingere namque

potest, quod Auctor, cujus scripta ad nos minimè devenerint, rei

alicujus mentionem fecerit, quae tamen à caeteris fuerit praetermissa.

Praeterea manifesta quadam ratione certi simus oportet, quod nihil, de

iis quae evenerunt in materia de qua agitur, Scriptorum illius aevi qui

nobis supersunt, solertia praeterierit._ Mabillon _de Stud. Monast. p.

2. cap. 13._]

[69] Con la buena aplicacion de estas reglas, podrémos distinguir los

escritos que son de algun Autor de la antigüedad, y los que son

espureos. Siempre la codicia ha introducido cosas falsas para adulterar

las verdaderas, y en los libros sucede lo que en las drogas, viciando

los Mercaderes las buenas, y corrompiéndolas con la mezcla de las que no

son legítimas. Y es cosa averiguada, que los Escritores quanto han sido

mas famosos, tanto han estado mas expuestos á la falsificacion, porque

los codiciosos han publicado varios libros en nombre de algun Autor

acreditado, no conteniendo á veces sino _rapsodias_ indignas del Autor á

quien las atribuyen. Para distinguir, pues, los escritos legítimos de

los espureos, se ha de atender la tradicion, y consentimiento de los

otros Escritores, ó coetaneos ó poco posteriores, porque si estos están

conformes se han de tener por legítimos; pero si dudan algunos, se ha de

considerar entonces la calidad del que duda, y así podrá gobernarse el

entendimiento para no errar en estas cosas. Hase de atender tambien para

conocer los Escritos de un Autor el modo con que habla este en aquellos

que nadie dudare ser suyos, y se han de comparar unos con otros. Así se

ha de atender el estilo, la fuerza de la imaginacion, la rectitud de

juicio del Autor, se ha de saber en qué tiempo vivió, y se ha de notar

si se contradice en cosas de importancia, ó habla de cosas posteriores á

su tiempo, porque con todas estas prevenciones se podrán bastantemente

distinguir los escritos que sean legítimos, y los que sean falsamente

atribuidos. Por exemplo: HIPPÓCRATES escribió los libros de los

Aforismos, de los Pronósticos, y algunos de las Epidemias; y no dudando

nadie que estos escritos sean legítimamente de Hippócrates, observamos

que habla con gravedad, sencillez, brevedad, y precision, y que sus

descripciones históricas de las enfermedades son exâctas, y conformes á

las que otros Griegos hicieron; y no observándose estas cosas en algunos

otros de los escritos que andan impresos con el nombre de Hippócrates,

por eso no han de tenerse por suyos. En efecto, Gerónimo Mercurial,

Daniel Le-Clerc, y otros Médicos críticos, no solo han tenido por

espureos muchos de los libros atribuidos á Hippócrates, sino que hacen

varios Catálogos para separarlos de los verdaderos, asunto que he

tratado con extension en mis obras Médicas. En las cosas de Religion

sucede lo mismo, pues el Evangelio de Santiago, el de San Pedro, y otros

muchos fingidos, de que trata Calmet en una _disertacion_ que compuso de

propósito sobre los _Evangelios apócrifos_, son libros que formaron los

Hereges, y para autorizarlos los atribuyeron á Autores de mucha

reputacion; y esto es lo que obligó al Papa Gelasio en el Concilio que

celebró en Roma ácia los fines del siglo quinto, á declarar semejantes

libros por apócrifos, y formar el catálogo de ellos tan sabido de los

Críticos.

[70] Debo aquí advertir, que para hacer buen uso de estas reglas, se han

de considerar como he dicho todas las calidades del Autor, cuyos

escritos se pretenden averiguar; y no basta gobernarse por solo el

estilo, como hacen algunos, porque no es dudable, que los Autores suelen

variar mucho los estilos, y un mismo sugeto escribe de un modo en la

juventud, y de otro en la vejez, cosa que ya observó Sorano, antiguo

Escritor de la vida de Hippócrates, en las obras de este insigne Médico;

bien que como los estilos siguen los genios y natural de los Escritores,

duran aquellos al modo de estos toda la vida. Por donde se ha de

reparar, si la mudanza es solo en alguna, cosa de poco momento, ó en

todo el artificio y orden de la oracion; pues aunque en parte mude un

Escritor de estilo, en el todo suele guardar uniformidad. La razon es,

porque el estilo especial que cada Escritor tiene, nace en parte de los

afectos, inclinaciones, ingenio, imaginacion, y estudio; y aunque estas

cosas suelen mudarse en diversas edades, y tiempos; pero no suele ser

general la mutacion. Por esto si en un escrito se halla, que la

diversidad de estilo es de poca importancia, comparada con los escritos

genuinos de un Autor, no bastará aquella mudanza para tenerle por

espureo; y si la diferencia fuese notabilísima, da vehementes sospechas

de ser supuesto, y falsamente atribuido,

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