admitirlas, es preciso considerar las pruebas y fundamentos de ellas,
sea quien quiera el Autor que las afirma_. Esta máxîma es importantísima
en el uso de las Artes y Ciencias humanas, en el trato civil, en la
política, y económica, y otras semejantes ocurrencias, en que hemos de
saber las cosas que los hombres nos comunican. Fúndase esta regla en que
todo hombre es falaz, y ninguno hay que no suela preocuparse, ó
precipitar el juicio, ni todos saben hacer buen exercicio de los
sentidos, ni evitar los errores que ocasionan las pasiones, y la
imaginacion: por consiguiente á nadie hemos de creer sobre su palabra,
sino sobre sus razones. Fuera de esto no debemos cautivar nuestro
entendimiento en obsequio de lo que los demas hombres piensan, porque
esto es privilegio especial de Dios, á cuyas voces hemos de sujetar
nuestra creencia sin exámen. Pero como cada uno de nosotros tiene
derecho á no ser engañado, y por experiencia incontrastable sabemos que
los hombres estan expuestos al error, y que todos nos pueden engañar, ó
por ignorancia, ó por malicia, por esto á nadie se debe creer
absolutamente y por sí, sino solo segun las pruebas que alegare. El
creer ciegamente á los hombres sin discernimiento y sin exámen, ha hecho
que en muchos libros no se halla la verdadera Filosofía, sino lo que
dixo Aristóteles, ó Averrohes, ó Cartesio, ó Newton; y es cosa
comunísima ver, que no tanto se intenta convencer la verdad con las
pruebas fundadas en la razon, como en la autoridad de los hombres que
pueden engañarnos, y que solo han de convencernos por las razones con
que apoyan sus dictámenes. Así que el hombre ha de gobernarse por la
razon, y esta es la que en las Ciencias humanas ha de obligarle al
asenso. Y es bien cierto, que los referidos Autores no siguieron en
muchas cosas á los pasados, y el mismo derecho tenemos nosotros, y la
misma libertad para seguirlos, ó para no creerlos. Quando yo veo á los
Médicos, y en especial á los Letrados, que para probar un asunto citan
doscientos Autores acinados, y lo suelen hacer para confirmar una verdad
notoria de las que llamamos de _Pero Grullo_, y no trabajan en otra
cosa, que en amontonar citas, me maravillo del poco uso que hacen de la
razon, siendo cierto que toda aquella multitud no puede contrarrestar á
una sola razon sólida y bien fundada, que haya en contrario. Añádese,
que entre los Escritores crédulos suele suceder, que unos afirman lo que
leyeron en otros sin haberlo exâminado, estos lo que vieron en aquellos,
y así acontece, que uno solo inventó una cosa, y son diez mil los que la
apoyan, sin otro fundamento que verla escrita los unos en los otros. Por
esto no han de extrañar los Médicos, ni los Filósofos, ni los Letrados,
que un Autor solo pretenda prevalecer sobre muchos, quando son sólidas y
firmes las razones con que intenta combatirlos. Ya se ve, que hombres
muy críticos, y desengañados de estas cosas, suelen citar tambien muchos
Autores para probar una opinion; pero tal vez se ven obligados á hacerlo
así, porque no son estimados los escritos donde falta esto, y harán
juicio que es preciso algunas veces no filosofar contra el vulgo. Fuera
de que, si un Autor que se ha adquirido crédito por su exâctitud afirma
una cosa con buenas pruebas, es conducente su testimonio. En efecto es
moda citar para cada friolera cien Autores. El célebre HEINECCIO,
burlándose de los Abogados, que ponen la fuerza de la justicia en el
número de las citas, dice, que un Letradillo citó en cierta ocasion á
Salgado en el célebre tratado de _Somosa_, siendo así que Somosa no es
tratado, sino apellido de aquel Autor[a]. Hasta aquí hemos hablado de
las citas importunas, aun siendo legítimas: qué dirémos de las
infinitas citas falsas que hay en los libros, en las conversaciones, y
en los alegatos? La vanidad, el poco amor á la verdad, y el interes
hacen traer citas vanísimas y falsas para captar con ellas á los
incautos, y adquirirse reputacion de doctos. Cómo se ha de tolerar el
que esté uno sosteniendo disparates, ó á lo mas una cosa de pura
opinion, y no se le cayga de la boca: _Todos los Autores lo dicen_? como
si hubiese quien los haya visto todos: como si pudiesen juntarse todos
en cosas opinables. Dexo lo poco que se estudia, lo mucho que se habla,
la fanfarronería que domina, las artes de truncar textos, la mala fé
para seducir, y otras tergiversaciones que se usan entre los hombres;
pues todas estas cosas nos han de tener desconfiados de sus aserciones,
haciéndonos entender, que nuestra creencia solo se ha de dar á sus
pruebas, y á las razones en que fundan lo que afirman.
[Nota a: Heicnecc. _Praef. in Elementa Juris Civilis._]
[72] Segun esto, dirá alguno, no ha de creerse á los Maestros, ni á los
peritos. Yo siempre aconsejaré, que no se crean unos, ni otros
ciegamente, y sobre su palabra, sino por las razones de su doctrina; y
nada es mas conducente que respetar á los Maestros y á los peritos, y no
jurar en defensa de sus palabras y sentencias. Así será conveniente que
los discípulos, en aquellas cosas á que alcanzaren sus fuerzas, exâminen
las máxîmas de los Maestros, y las crean quando las hallen conformes con
la razon; y si no están instruidos bastantemente para exâminar la
doctrina del Maestro, es menester recibirla con la presuncion de que lo
que este enseña, lo habrá averiguado; pero nunca se han de recibir las
máxîmas de los Maestros, ni mantenerse con terquedad y obstinacion,
porque suele suceder que con el tiempo se halla el discípulo dispuesto á
exâminar las opiniones del Maestro, y no pareciéndole conformes á la
verdad, las rechaza y muda de dictamen; y otras veces acontece, que por
recibir muchos desde la niñez y mantener despues porfiadamente las
máxîmas de los malos Maestros, son infelices perpetuamente. Esto lo notó
muy bien un nuevo Impugnador[a] de la Crítica, el que ciertamente
hiciera resplandecer mas sus buenos talentos, si no se manifestase tan
severo protector de las opiniones vulgares. En quanto á los peritos es
necesario no creerlos sobre su palabra, porque acontece que el Pueblo
tiene por peritos á los que no lo son, y para no ser engañados es
preciso que oigamos sus pruebas. Esta sola razon es bastante para que
los hombres no se contenten con el estudio de una ciencia, porque
teniendo noticias de muchas cosas, no será tan facil que les engañen los
peritos de que han de fiarse; y por esta ignorancia sucede, que un gran
Teólogo busca para curarse á un mal Médico, y un buen Filósofo yerra en
la eleccion del Letrado para mantener y guardar su hacienda. Finalmente
importa mucho considerar, que para creer á los hombres, y seguir sus
opiniones, las hemos de hallar conformes con los principios
fundamentales de la razon humana: y nos ha de constar, que el que afirma
una cosa ha puesto la atencion necesaria para alcanzar la verdad de
ella, y que sabe hacer buen uso de los sentidos, y evitar los errores
que ocasionan las pasiones, la memoria, y la imaginacion, y usa de buena
Lógica; y constándonos de todo esto, podrémos inclinar nuestro asenso: y
hacerlo sin estas precauciones, es creer con ligereza. Por esto,
sabiendo que de ordinario los hombres se gobiernan mas por las pasiones,
y representaciones de la fantasía, que por la razon, no hemos de
creerlos sobre su palabra, sino sobre las pruebas que alegan.
[Nota a: _Cris. de Critices arte, pág. 146._]
[73] Muchas veces acontece, que damos asenso á las opiniones y
dictámenes de los hombres autorizados, ó por su caracter, ó por sus
riquezas, y en esto nos preocupamos facilmente, porque creemos que á las
dignidades, honras, y riquezas suele acompañar la ciencia, y la
inteligencia de las cosas; y aunque algunas veces andan juntas las
dignidades con los merecimientos, pero dexan de acompañarse en muchas
ocasiones, y esto nos puede hacer suspender el juicio[a]. Añádese, que á
los tales ordinariamente los juzgamos tan hábiles como quisiéramos ser
nosotros mismos; y ya notó muy bien Ciceron[b], que la autoridad que se
funda en los títulos, y dignidades es de poco peso para obligarnos al
asenso. La experiencia por otra parte muestra, que hombres constituidos
en grandes dignidades han adoptado opiniones ridículas y vanísimas: y
discurriendo por la antigüedad, fuera facil traer á la memoria muchos
exemplos; de suerte, que apenas se hallará Ciencia alguna, en que no se
hayan extraviado sugetos de mucho caracter, admitiendo errores, y
propagándolos como verdades certísimas. La conclusion es, que el que
sepa evitar los errores de las pasiones, del ingenio, memoria, sentidos,
imaginacion, gobernándose con buena Lógica, será gran Crítico, y
conocerá los defectos literarios de los demas para enmendarlos, y no
caer en ellos.
[Nota a: _Dives loquutus est, & omnes tacuerunt, & verbum illius usque
ad nubes perducent. Pauper loquutus est, & dicunt: Quis est hic? Et si
offenderis, subvertunt illum._ Ecclesiastic. _cap. 13. vers. 28. & 29._]
[Nota b: _Persona autem non qualiscumque testimonii pondus habet; ad
faciendam enim fidem auctoritas quaeritur; sed auctoritatem, aut natura,
aut tempus affert. Naturae auctoritas in virtute inest maximè. In
tempore autem multa sunt, quae afferant auctoritatem: ingenium, opes,
aetas, fortuna, ars, usus, necessitas, concursio etiam nonnumquam rerum
fortuitarum. Nam & ingeniosos, & opulentos, & aetatis spatio probatos
dignos, quibus credatur, putant: non rectè fortasse, sed vulgi opinio
mutari vix potest, ad eamque omnia dirigunt, & qui judicant, & qui
existimant._ Cic. _Top. ad Treb. p. 672._]
LIBRO SEGUNDO.
CAPITULO I.
_DE LOS ERRORES QUE OCASIONAN los sentidos._
[1] La razon humana, como hemos dicho, y conviene tenerlo presente,
averigua las cosas de dos maneras, ó por la fuerza de razonar, ó por los
sentidos. Del primer modo alcanza los primeros principios, y verdades
que hemos llamado razon, ó luz natural. Del segundo descubre la
naturaleza, y propiedades de los objetos sensibles y corporeos. Y aunque
sea verdad que las puras intelecciones, y raciocinios no se excitan en
el alma sino por las nociones sensibles que antes tiene de los objetos,
no obstante distinguimos estas dos clases para señalar los errores que
se mezclan en estos diversos modos de percibir las cosas, y empezamos á
explicar los que tocan á los sentidos, porque son las primeras sendas
por donde camina el alma ácia el conocimiento de la verdad. Aquí
conviene advertir, que aunque el error como falsedad está siempre en el
juicio que afirma, ó niega una cosa de otra, suele tomar el motivo y
ocasion de la falta y poca exâctitud de las nociones de las demas
potencias; y es preciso purificar á estas para que por ellas no yerre el
juicio. Así que llamamos _error_ al presente qualquiera defecto de las
nociones mentales, que pueda dar ocasion á la potencia de juzgar para
engañarse, y recibir lo falso en lugar de lo verdadero.
[2] Dicen algunos, que los sentidos nos engañan con facilidad, y dicen
bien. Dicen otros, que el principal criterio; esto es, el principal
camino por donde se llega á la verdad, son los sentidos, y tambien
tienen razon. Consiste esto en que los sentidos son fieles en
representar las cosas segun se les presentan, y así no engañan; pero
juzgando precipitadamente por el informe de ellos, caemos facilmente en
el error. Por esta razon ha de ponerse el cuidado posible en asegurarse
de las cosas que se ofrecen á los sentidos, pues por ellos, si se hace
debido uso de sus operaciones, se alcanzan muchas, y muy importantes
verdades. ¿Quién podrá negar que muchos descubrimientos útiles se deben
á la experiencia? ¿Y que la verdad que sabemos por experiencia nos
ilustra el entendimiento? Quanto bueno tienen y enseñan la Física,
Medicina y Ciencias Físico-Matemáticas, debe su intrínseco valor á la
experiencia. Tengo, pues, por suma necedad negar aquello que consta por
racional experiencia; y quando veo que algunos lo hacen, no puedo
atribuirlo sino á que no distinguen la experiencia de los experimentos.
El experimento es el hecho que observamos con los sentidos, y se pinta
en la imaginacion: en el exámen de este puede haber engaño. La
experiencia es el conocimiento racional que tenemos de una cosa por
repetidos experimentos. De aquí se sigue, que con dos, ó tres
experimentos no siempre hay experiencia: es menester á veces hacer
muchos, repetirlos en distintas ocasiones y lugares, combinarlos, y
asegurarse de los sucesos, y despues de todas estas averiguaciones se
logra aquel conocimiento que llamamos _experiencia_. Esta si es racional
es certísima, porque si es racional se funda en experimentos hechos con
toda exâctitud. Si el hombre está asegurado de la verdad por racional y
bien fundada experiencia, puede reirse con mucha satisfaccion de los
Sofistas, que con gran desembarazo dicen: _Niego la experiencia: no me
hace fuerza la experiencia_. Va un hombre por una senda poco trillada á
un lugar. La primera vez pierde el camino divirtiéndose ya á esta parte,
ya á la otra, mas al fin llega al sitio que busca. Ofrécese volver
segunda vez, y no bien asegurado va temeroso, tal vez vuelve á dexar el
camino y se desvia. Pero repitiendo distintas veces su viage se hace
dueño del camino; de suerte, que si se ofrece puede ir con los ojos
vendados, ó en una noche obscura. Si á este le saliera al encuentro un
Sofista, y le dixera que adónde iba, y, respondiendo que á tal Lugar,
instase el Sofista: No puede Vmd. llegar á él en manera ninguna, porque
me han dicho y asegurado grandes hombres, que ese Lugar es inaccesible,
y la razon lo dicta, porque no hay senda, y porque hay pasos
insuperables; quizá el otro con sosiego le respondería: Pues yo he
llegado varias veces al Lugar que busco, y tengo certidumbre que se
engañan esos Señores que á Vmd. le han informado, y mas, que esto lo sé
por _experiencia_. Aquí el Sofista dice: Yo niego esa _experiencia_; mas
el otro asegurado por la repeticion de los hechos, no puede menos de
reirse como reía Diógenes quando estaba paseándose, para rechazar á
Zenon que decia, que no habia movimiento.
[3] De lo dicho se deducen dos cosas certísimas, y es necesario
observarlas para no caer en el error. La primera es, que el que quiera
asegurarse de la verdad por la experiencia, ha de cuidar mucho en hacer
los experimentos con exâctitud, y con las debidas precauciones para que
no se engañe. La segunda es, que los hombres que alegan á su favor la
experiencia, no han de ser creidos hasta que conste que en el exercicio
de los experimentos pusieron el cuidado que es necesario para no
engañarse. ¡O! dicen algunos, Fulano es gran Médico, porque tiene ya
muchos años de práctica. No hay que dudar, que si la experiencia de
muchos años en la Medicina es racional, y fundada en buenos
experimentos, hará un gran Médico, porque Hippócrates no lo fué sino por
la larga y racional experiencia; pero en esto se detienen pocos, y
llaman experiencia el visitar mucho tiempo á los enfermos, como si fuese
lo mismo hacer experimentos y observaciones, que hacerlas bien. El mismo
juicio ha de hacerse de aquellos, que toda su vida han vivido en
perpetuo ocio sin cultivar la razon, ni aplicarse á los estudios, y no
obstante por solos sus años y por sola su experiencia quieren forzar á
todos á seguir su dictamen. En contradiciéndoles, luego se enfurecen, y
gritando dicen: _Yo tengo mucha experiencia de esto, Vmd. es mozo, y ha
visto poco_. Estos por lo ordinario son hombres de cortísimas luces, y
la multitud de sucesos los ofusca, no los alumbra; y si caen una vez en
el error, son incorregibles[a].
[Nota a: _Vel quia nihil rectum, nisi quod placuit sibi, ducunt; Vel
quia turpe putant parere minoribus; & quae Imberbes didicere, senes
perdenda fateri_. Hor. _Epist. lib. 2. ep. I. v. 83_.]
[4] Suponiendo, pues, que algunas veces nos engañamos por los sentidos,
y que haciendo buen uso de ellos alcanzamos la verdad, explicaré esto
con un poco mas de extension para que todos queden enterados cómo han de
portarse en este asunto. No hay ninguno, que, si hace un poco de
reflexîon, no pueda conocer por sí mismo, que alguna vez se ha engañado
con la vista. Si un hombre está en un navio quieto, y desde él mira á
otra nave que se mueve, luego le parece que se mueve tambien la suya, y
se lo hiciera creer la vista si no le desengañára la razon. Todos los
dias vemos al Sol y á la Luna de una magnitud, sin duda mucho menor de
lo que son en realidad, y aun en el Orizonte, esto es, quando salen, nos
parecen mayores que en el Meridiano, y no es así, porque son de
invariable grandeza. Mirémos una torre que está á la otra parte de un
monte de modo que de esta no veamos sino el remate, y nos parecerá que
está pegada al mismo monte, despues mirando la misma torre desde la
cumbre del monte nos parecerá muy apartada. He conocido y tratado á un
hombre que veía los objetos al reves, y cada dia sucede que á los que
padecen vahidos les parecen moverse los cuerpos que están quietos. Si
hacemos dar vueltas en derredor á una brasa encendida, nos parece que
siempre ilumina todo aquel espacio, y en la realidad la luz no está mas
que en un punto del círculo que describe la brasa.
[5] Del mismo modo nos engañan los otros sentidos. Si cruzamos el índice
y el dedo _mediano_, y con los dos movemos sobre una mesa una bolita de
cera á la redonda, nos parecerán dos las bolas, y entonces nos engaña el
tacto. Al enfermo parece amarga la bebida que es dulce para el sano, así
nos engañamos por el gusto. Del mismo modo á uno parece picante una
cosa, y á otro salada; á veces un mismo manjar es sabrosísimo para uno,
y desabrido, y tal vez áspero para otro. Esto es tan comun, que no hay
necesidad de detenerme en probarlo, y puede verse tratado muy largamente
en Sexto Empírico. Lo que toca especialmente á la Lógica es advertir,
que el error que se comete por los sentidos está en el juicio, que suele
comunmente acompañar á las percepciones de ellos. Para comprehender esto
mejor, se ha de saber, que desde que nace el hombre hasta que empieza á
exercitar la razon, no le ocupan otros objetos que los sensibles. Hácese
con la continuacion á percibirlos de manera, que no exâmina en toda
aquella edad lo que le sucede quando percibe semejantes objetos, ni está
dispuesto su entendimiento para hacer este exámen. Síguese de esto, que
cree y juzga de las cosas segun le parecen quando se le presentan á los
sentidos, y no segun son en sí, y por eso despues son los hombres tan
porfiados en mantener aquello que entonces juzgaron[a], porque aquella
edad es blanda, y las cosas que se imprimen en ella suelen durar á veces
toda la vida[b].
[Nota a: _Et natura tenacissimi sumus eorum, quae rudibus annis
percepimus, ut sapor quo nova imbuos durat ... & haec ipsa magis
pertinaciter haerent quae deteriora sunt._ Quintilian. _Instit. Orator.
lib. 1. cap. 1._]
[Nota b: _Quo semel est imbuta recens, servabit odorem. Testa diu._
Horat. _Epist. lib. 1. ep. 2. vers. 69._]
[6] Débese tambien advertir, que los sentidos de suyo son fieles; es
decir, representan, ú ofrecen las cosas como á ellos se presentan, y
conforme las reciben; y si el juicio no errara, no nos engañaran jamas
semejantes percepciones. Para entender esto se ha de saber, que los
sentidos solo nos informan de las cosas segun la proporcion, ó
improporcion (algunos lo llaman _relacion_) que estas tienen con nuestro
cuerpo, y no segun son ellas en sí mismas, porque el Criador los ha
concedido para la conservacion del cuerpo, y no para alcanzar el fondo
de las cosas; y si se hace un poco de reflexîon, qualquiera conocerá,
que la vista no ve otro que los colores de los objetos, mas no la
substancia de ellos. El oido percibe el sonido, que no es esencial á los
objetos sonoros; el tacto distingue lo frio, caliente, duro, blando,
áspero, igual, ó desigual de las cosas, y no el verdadero ser de ellas;
porque para nuestra conservacion basta esto, y no es necesario lo demas.
Por medio de todas estas afecciones de los objetos externos aplicados á
nuestros sentidos, podemos bastantemente percibir lo que sea util, ó
dañoso, proporcionado, ó improporcionado respecto de nosotros. Mas para
mostrarlo mejor, figurémonos que Dios hubiese hecho al mundo no mas que
de la grandeza de una naranja, y que hubiera colocado en él á los
hombres tan pequeños, que tuviesen con aquel mundo la misma proporcion
que hoy tenemos con este que habitamos; en tal caso es cierto, que el
mundo que aquellos hombres habitarian les pareceria tan grande como nos
parece á nosotros el nuestro, y lo sería si se considerase segun la
proporcion que tenia con ellos, pero no en la realidad. Aunque estas
pruebas hypotéticas no son de gran valor, usamos de esta para manifestar
nuestro sentir en este asunto.
[7] De todo lo dicho se deducen las reglas generales, que han de servir
para evitar los errores que los sentidos ocasionan. Será bien, pues,
reflexîonar sobre el juicio que en la niñez hicieron los hombres quando
percibian las cosas sensibles, para corregirle con la razon. Demas de
esto será conveniente asegurarse de las cosas por muchos sentidos á un
tiempo; así aunque al tacto parezcan dos las bolitas de cera, la vista
muestra que no es mas de una; y aunque parezca á la vista torcido el
palo que está dentro del agua, el tacto manifiesta la equivocacion de la
vista. Tambien se ha de observar si los órganos de los sentidos están
sanos, ó enfermos para juzgar de las cosas rectamente, y esta
consideracion es de suma importancia, porque en la enfermedad suele
mudarse todo el orden de las percepciones. Así el que padece _tericia_
ve todas las cosas amarillas, las ve dando giros el que padece
_vahidos_; y á este modo se trastorna el orden regular de las
percepciones en las enfermedades, de lo que pudiera alegar muchos
exemplos. Esto acontece, porque en la enfermedad se muda el orden
natural del cuerpo, y como las percepciones del alma corresponden á
ciertas, y determinadas impresiones, por eso entonces á la impresion
desordenada corresponde desordenada percepcion. Esto confirma, que los
sentidos de suyo son fieles[a], porque siempre ofrecen la impresion
correspondiente á la disposicion de los objetos que la causan, y de las
partes que la exercitan; pero al juicio toca distinguir, y conocer si
son, ó no regladas semejantes representaciones. El medio por donde
suelen propagarse los objetos sensibles ha de observarse tambien para no
errar, porque suele hacer variar notablemente las percepciones. El ayre
sereno nos hace ver los objetos de un modo, y el nebuloso de otro. Del
mismo modo altera el ayre las varias impresiones del sonido. Para
asegurarse, pues, es necesario exâminar la cosa en distintos tiempos, y
en diferentes estados, consultar juntamente otros sentidos[b], y llamar
á su socorro el juicio de otros hombres sobre el mismo asunto, porque la
verdad es simple, y los caminos ácia el error son muchos, y quando se
habrá andado por todos ellos, y no se habrá encontrado embarazo, estará
el entendimiento dispuesto para alcanzarla.
[Nota a: _Ordiamur igitur à sensibus, quorum ita clara judicia, & certa
sunt, ut si optio naturae nostrae detur, & ob ea Deus aliquis requirat,
contentane sit suis integris, incorruptisque sensibus, an postulet
melius aliquid non videam quid quaerat amplius. Neque verò hoc loco
spectandum est, dum de remo inflexo, aut de collo columbae respondeam,
non enim is sum, qui quidquid videtur_ tale _dicam esse_, quale
_videatur._ Cic. _Q. Ac. lib. 2. c. 20._]
[Nota b: _Meo autem judicio ita est maxima in sensibus veritas si & sani
sint, & valentes, & omnia removentur quae obstant, & impediunt, &c_.
Cicero _Quaest. Acad. lib. 2. cap. 21._]
[8] Todo esto es menester que adviertan los que hacen experimentos, y
profesan las ciencias naturales, si no quieren ser engañados en aquello
mismo que observan. Ultimamente se ha de advertir, que la equivocacion
en las voces ha de quitarse quando se explican las cosas que percibimos
por los sentidos, porque ordinariamente con una misma voz significamos á
la percepcion del objeto, y al juicio que la acompaña, siendo cierta la
primera, y muchas veces errado el segundo. Por exemplo: ve Ticio desde
lejos un perro, pero no divisa sino un bulto que tiene la forma exterior
de un lobo, y si es tímido luego dice: _Allá veo un lobo_. Con estas
palabras confunde la sensacion con el juicio: la sensacion es cierta, y
el juicio es falso; porque es cierto que se le presenta un objeto que
tiene quatro pies, y demas partes que forman la figura del lobo. Si
Ticio dixera: _Yo veo una cosa que tiene quatro pies, y que se parece á
un lobo, mas no puedo afirmarlo_, diría lo que realmente percibe; pero
como sin otro exámen que aquella primera percepcion luego afirma, que lo
que ve es lobo, por eso yerra, y si la pasion del miedo se junta, yerra
con mayor tenacidad. Si la voz _veo_ significara solamente la
representacion que Ticio tiene del objeto, no hubiera error; pero con
ella ordinariamente se junta la afirmacion de que aquello que percibe
es un tal objeto, en lo qual está el engaño, y este en la explicacion
nace de la equivocacion de las voces. El motivo de esta equivocacion,
que es comunísima, procede de que los hombres han puesto á las voces un
_nombre_ para significar cosas distintas: si estas suelen ir juntas, con
dificultad percibe el entendimiento la separacion; y como el juicio que
acompaña á semejantes percepciones esté siempre junto con ellas, y desde
la niñez nos hagamos á juntarlo, por eso los significamos con una voz,
aunque sean en realidad cosas distintas. Tambien se ha de advertir, que
los hombres no han inventado voces bastantes para significar todas las
percepciones que tenemos por los sentidos, de lo que nacen muchas
equivocaciones y errores. El que padece melancolía tiene dentro de sí
muchas percepciones que no hay nombres para explicarlas, y á veces por
esto no puede hacer creer á los demas lo que padece. Porque para que con
una voz comprehendan los hombres una misma cosa, es menester que tengan
todos una misma nocion de ella, ó corresponda en todos un mismo
significado, pues de otra manera quando el uno nombrará una cosa con una
voz, el otro entenderá diferente. Los melancólicos, é hipocondríacos
sienten algunos males que los afligen, y para explicarlos se aprovechan
de las voces _opresion, desmayo_, y otras semejantes, que hacen formar á
los oyentes distinto conocimiento del que los enfermos pretenden
manifestar. En efecto á un hombre que jamas hubiera tenido _dolor_,
sería muy dificultoso hacerle comprehender que otro lo padecia, aunque
se lo explicase con aquella voz, porque le faltaba la nocion del
significado: al modo que sería imposible hacer entender á un ciego lo
que es _verde, azul_, ó _amarillo_, porque oiría estas voces, mas no las
entenderia por no tener noticia de sus objetos. De esto nacen no solo
muchos errores, que pertenecen á los sentidos, sino infinitas disputas,
que mueven gran ruido, y son fáciles de entender si se explican con
claridad las voces. De todo lo dicho concluyo, que los sentidos de suyo
son fieles, porque siempre representan las cosas segun las impresiones
que estas hacen en el cuerpo: que sus impresiones son respectivas; esto
es, solo muestran la proporcion, ó improporcion que los objetos tienen
con nosotros; y que los errores que cometemos por medio de ellos
consisten en el juicio que solemos juntar á la percepcion de las cosas.
CAPITULO II.
_Continúase la explicacion de los errores de los sentidos._