[71] Regla décima: _En las cosas de hecho y de doctrina, para

admitirlas, es preciso considerar las pruebas y fundamentos de ellas,

sea quien quiera el Autor que las afirma_. Esta máxîma es importantísima

en el uso de las Artes y Ciencias humanas, en el trato civil, en la

política, y económica, y otras semejantes ocurrencias, en que hemos de

saber las cosas que los hombres nos comunican. Fúndase esta regla en que

todo hombre es falaz, y ninguno hay que no suela preocuparse, ó

precipitar el juicio, ni todos saben hacer buen exercicio de los

sentidos, ni evitar los errores que ocasionan las pasiones, y la

imaginacion: por consiguiente á nadie hemos de creer sobre su palabra,

sino sobre sus razones. Fuera de esto no debemos cautivar nuestro

entendimiento en obsequio de lo que los demas hombres piensan, porque

esto es privilegio especial de Dios, á cuyas voces hemos de sujetar

nuestra creencia sin exámen. Pero como cada uno de nosotros tiene

derecho á no ser engañado, y por experiencia incontrastable sabemos que

los hombres estan expuestos al error, y que todos nos pueden engañar, ó

por ignorancia, ó por malicia, por esto á nadie se debe creer

absolutamente y por sí, sino solo segun las pruebas que alegare. El

creer ciegamente á los hombres sin discernimiento y sin exámen, ha hecho

que en muchos libros no se halla la verdadera Filosofía, sino lo que

dixo Aristóteles, ó Averrohes, ó Cartesio, ó Newton; y es cosa

comunísima ver, que no tanto se intenta convencer la verdad con las

pruebas fundadas en la razon, como en la autoridad de los hombres que

pueden engañarnos, y que solo han de convencernos por las razones con

que apoyan sus dictámenes. Así que el hombre ha de gobernarse por la

razon, y esta es la que en las Ciencias humanas ha de obligarle al

asenso. Y es bien cierto, que los referidos Autores no siguieron en

muchas cosas á los pasados, y el mismo derecho tenemos nosotros, y la

misma libertad para seguirlos, ó para no creerlos. Quando yo veo á los

Médicos, y en especial á los Letrados, que para probar un asunto citan

doscientos Autores acinados, y lo suelen hacer para confirmar una verdad

notoria de las que llamamos de _Pero Grullo_, y no trabajan en otra

cosa, que en amontonar citas, me maravillo del poco uso que hacen de la

razon, siendo cierto que toda aquella multitud no puede contrarrestar á

una sola razon sólida y bien fundada, que haya en contrario. Añádese,

que entre los Escritores crédulos suele suceder, que unos afirman lo que

leyeron en otros sin haberlo exâminado, estos lo que vieron en aquellos,

y así acontece, que uno solo inventó una cosa, y son diez mil los que la

apoyan, sin otro fundamento que verla escrita los unos en los otros. Por

esto no han de extrañar los Médicos, ni los Filósofos, ni los Letrados,

que un Autor solo pretenda prevalecer sobre muchos, quando son sólidas y

firmes las razones con que intenta combatirlos. Ya se ve, que hombres

muy críticos, y desengañados de estas cosas, suelen citar tambien muchos

Autores para probar una opinion; pero tal vez se ven obligados á hacerlo

así, porque no son estimados los escritos donde falta esto, y harán

juicio que es preciso algunas veces no filosofar contra el vulgo. Fuera

de que, si un Autor que se ha adquirido crédito por su exâctitud afirma

una cosa con buenas pruebas, es conducente su testimonio. En efecto es

moda citar para cada friolera cien Autores. El célebre HEINECCIO,

burlándose de los Abogados, que ponen la fuerza de la justicia en el

número de las citas, dice, que un Letradillo citó en cierta ocasion á

Salgado en el célebre tratado de _Somosa_, siendo así que Somosa no es

tratado, sino apellido de aquel Autor[a]. Hasta aquí hemos hablado de

las citas importunas, aun siendo legítimas: qué dirémos de las

infinitas citas falsas que hay en los libros, en las conversaciones, y

en los alegatos? La vanidad, el poco amor á la verdad, y el interes

hacen traer citas vanísimas y falsas para captar con ellas á los

incautos, y adquirirse reputacion de doctos. Cómo se ha de tolerar el

que esté uno sosteniendo disparates, ó á lo mas una cosa de pura

opinion, y no se le cayga de la boca: _Todos los Autores lo dicen_? como

si hubiese quien los haya visto todos: como si pudiesen juntarse todos

en cosas opinables. Dexo lo poco que se estudia, lo mucho que se habla,

la fanfarronería que domina, las artes de truncar textos, la mala fé

para seducir, y otras tergiversaciones que se usan entre los hombres;

pues todas estas cosas nos han de tener desconfiados de sus aserciones,

haciéndonos entender, que nuestra creencia solo se ha de dar á sus

pruebas, y á las razones en que fundan lo que afirman.

[Nota a: Heicnecc. _Praef. in Elementa Juris Civilis._]

[72] Segun esto, dirá alguno, no ha de creerse á los Maestros, ni á los

peritos. Yo siempre aconsejaré, que no se crean unos, ni otros

ciegamente, y sobre su palabra, sino por las razones de su doctrina; y

nada es mas conducente que respetar á los Maestros y á los peritos, y no

jurar en defensa de sus palabras y sentencias. Así será conveniente que

los discípulos, en aquellas cosas á que alcanzaren sus fuerzas, exâminen

las máxîmas de los Maestros, y las crean quando las hallen conformes con

la razon; y si no están instruidos bastantemente para exâminar la

doctrina del Maestro, es menester recibirla con la presuncion de que lo

que este enseña, lo habrá averiguado; pero nunca se han de recibir las

máxîmas de los Maestros, ni mantenerse con terquedad y obstinacion,

porque suele suceder que con el tiempo se halla el discípulo dispuesto á

exâminar las opiniones del Maestro, y no pareciéndole conformes á la

verdad, las rechaza y muda de dictamen; y otras veces acontece, que por

recibir muchos desde la niñez y mantener despues porfiadamente las

máxîmas de los malos Maestros, son infelices perpetuamente. Esto lo notó

muy bien un nuevo Impugnador[a] de la Crítica, el que ciertamente

hiciera resplandecer mas sus buenos talentos, si no se manifestase tan

severo protector de las opiniones vulgares. En quanto á los peritos es

necesario no creerlos sobre su palabra, porque acontece que el Pueblo

tiene por peritos á los que no lo son, y para no ser engañados es

preciso que oigamos sus pruebas. Esta sola razon es bastante para que

los hombres no se contenten con el estudio de una ciencia, porque

teniendo noticias de muchas cosas, no será tan facil que les engañen los

peritos de que han de fiarse; y por esta ignorancia sucede, que un gran

Teólogo busca para curarse á un mal Médico, y un buen Filósofo yerra en

la eleccion del Letrado para mantener y guardar su hacienda. Finalmente

importa mucho considerar, que para creer á los hombres, y seguir sus

opiniones, las hemos de hallar conformes con los principios

fundamentales de la razon humana: y nos ha de constar, que el que afirma

una cosa ha puesto la atencion necesaria para alcanzar la verdad de

ella, y que sabe hacer buen uso de los sentidos, y evitar los errores

que ocasionan las pasiones, la memoria, y la imaginacion, y usa de buena

Lógica; y constándonos de todo esto, podrémos inclinar nuestro asenso: y

hacerlo sin estas precauciones, es creer con ligereza. Por esto,

sabiendo que de ordinario los hombres se gobiernan mas por las pasiones,

y representaciones de la fantasía, que por la razon, no hemos de

creerlos sobre su palabra, sino sobre las pruebas que alegan.

[Nota a: _Cris. de Critices arte, pág. 146._]

[73] Muchas veces acontece, que damos asenso á las opiniones y

dictámenes de los hombres autorizados, ó por su caracter, ó por sus

riquezas, y en esto nos preocupamos facilmente, porque creemos que á las

dignidades, honras, y riquezas suele acompañar la ciencia, y la

inteligencia de las cosas; y aunque algunas veces andan juntas las

dignidades con los merecimientos, pero dexan de acompañarse en muchas

ocasiones, y esto nos puede hacer suspender el juicio[a]. Añádese, que á

los tales ordinariamente los juzgamos tan hábiles como quisiéramos ser

nosotros mismos; y ya notó muy bien Ciceron[b], que la autoridad que se

funda en los títulos, y dignidades es de poco peso para obligarnos al

asenso. La experiencia por otra parte muestra, que hombres constituidos

en grandes dignidades han adoptado opiniones ridículas y vanísimas: y

discurriendo por la antigüedad, fuera facil traer á la memoria muchos

exemplos; de suerte, que apenas se hallará Ciencia alguna, en que no se

hayan extraviado sugetos de mucho caracter, admitiendo errores, y

propagándolos como verdades certísimas. La conclusion es, que el que

sepa evitar los errores de las pasiones, del ingenio, memoria, sentidos,

imaginacion, gobernándose con buena Lógica, será gran Crítico, y

conocerá los defectos literarios de los demas para enmendarlos, y no

caer en ellos.

[Nota a: _Dives loquutus est, & omnes tacuerunt, & verbum illius usque

ad nubes perducent. Pauper loquutus est, & dicunt: Quis est hic? Et si

offenderis, subvertunt illum._ Ecclesiastic. _cap. 13. vers. 28. & 29._]

[Nota b: _Persona autem non qualiscumque testimonii pondus habet; ad

faciendam enim fidem auctoritas quaeritur; sed auctoritatem, aut natura,

aut tempus affert. Naturae auctoritas in virtute inest maximè. In

tempore autem multa sunt, quae afferant auctoritatem: ingenium, opes,

aetas, fortuna, ars, usus, necessitas, concursio etiam nonnumquam rerum

fortuitarum. Nam & ingeniosos, & opulentos, & aetatis spatio probatos

dignos, quibus credatur, putant: non rectè fortasse, sed vulgi opinio

mutari vix potest, ad eamque omnia dirigunt, & qui judicant, & qui

existimant._ Cic. _Top. ad Treb. p. 672._]

LIBRO SEGUNDO.

CAPITULO I.

_DE LOS ERRORES QUE OCASIONAN los sentidos._

[1] La razon humana, como hemos dicho, y conviene tenerlo presente,

averigua las cosas de dos maneras, ó por la fuerza de razonar, ó por los

sentidos. Del primer modo alcanza los primeros principios, y verdades

que hemos llamado razon, ó luz natural. Del segundo descubre la

naturaleza, y propiedades de los objetos sensibles y corporeos. Y aunque

sea verdad que las puras intelecciones, y raciocinios no se excitan en

el alma sino por las nociones sensibles que antes tiene de los objetos,

no obstante distinguimos estas dos clases para señalar los errores que

se mezclan en estos diversos modos de percibir las cosas, y empezamos á

explicar los que tocan á los sentidos, porque son las primeras sendas

por donde camina el alma ácia el conocimiento de la verdad. Aquí

conviene advertir, que aunque el error como falsedad está siempre en el

juicio que afirma, ó niega una cosa de otra, suele tomar el motivo y

ocasion de la falta y poca exâctitud de las nociones de las demas

potencias; y es preciso purificar á estas para que por ellas no yerre el

juicio. Así que llamamos _error_ al presente qualquiera defecto de las

nociones mentales, que pueda dar ocasion á la potencia de juzgar para

engañarse, y recibir lo falso en lugar de lo verdadero.

[2] Dicen algunos, que los sentidos nos engañan con facilidad, y dicen

bien. Dicen otros, que el principal criterio; esto es, el principal

camino por donde se llega á la verdad, son los sentidos, y tambien

tienen razon. Consiste esto en que los sentidos son fieles en

representar las cosas segun se les presentan, y así no engañan; pero

juzgando precipitadamente por el informe de ellos, caemos facilmente en

el error. Por esta razon ha de ponerse el cuidado posible en asegurarse

de las cosas que se ofrecen á los sentidos, pues por ellos, si se hace

debido uso de sus operaciones, se alcanzan muchas, y muy importantes

verdades. ¿Quién podrá negar que muchos descubrimientos útiles se deben

á la experiencia? ¿Y que la verdad que sabemos por experiencia nos

ilustra el entendimiento? Quanto bueno tienen y enseñan la Física,

Medicina y Ciencias Físico-Matemáticas, debe su intrínseco valor á la

experiencia. Tengo, pues, por suma necedad negar aquello que consta por

racional experiencia; y quando veo que algunos lo hacen, no puedo

atribuirlo sino á que no distinguen la experiencia de los experimentos.

El experimento es el hecho que observamos con los sentidos, y se pinta

en la imaginacion: en el exámen de este puede haber engaño. La

experiencia es el conocimiento racional que tenemos de una cosa por

repetidos experimentos. De aquí se sigue, que con dos, ó tres

experimentos no siempre hay experiencia: es menester á veces hacer

muchos, repetirlos en distintas ocasiones y lugares, combinarlos, y

asegurarse de los sucesos, y despues de todas estas averiguaciones se

logra aquel conocimiento que llamamos _experiencia_. Esta si es racional

es certísima, porque si es racional se funda en experimentos hechos con

toda exâctitud. Si el hombre está asegurado de la verdad por racional y

bien fundada experiencia, puede reirse con mucha satisfaccion de los

Sofistas, que con gran desembarazo dicen: _Niego la experiencia: no me

hace fuerza la experiencia_. Va un hombre por una senda poco trillada á

un lugar. La primera vez pierde el camino divirtiéndose ya á esta parte,

ya á la otra, mas al fin llega al sitio que busca. Ofrécese volver

segunda vez, y no bien asegurado va temeroso, tal vez vuelve á dexar el

camino y se desvia. Pero repitiendo distintas veces su viage se hace

dueño del camino; de suerte, que si se ofrece puede ir con los ojos

vendados, ó en una noche obscura. Si á este le saliera al encuentro un

Sofista, y le dixera que adónde iba, y, respondiendo que á tal Lugar,

instase el Sofista: No puede Vmd. llegar á él en manera ninguna, porque

me han dicho y asegurado grandes hombres, que ese Lugar es inaccesible,

y la razon lo dicta, porque no hay senda, y porque hay pasos

insuperables; quizá el otro con sosiego le respondería: Pues yo he

llegado varias veces al Lugar que busco, y tengo certidumbre que se

engañan esos Señores que á Vmd. le han informado, y mas, que esto lo sé

por _experiencia_. Aquí el Sofista dice: Yo niego esa _experiencia_; mas

el otro asegurado por la repeticion de los hechos, no puede menos de

reirse como reía Diógenes quando estaba paseándose, para rechazar á

Zenon que decia, que no habia movimiento.

[3] De lo dicho se deducen dos cosas certísimas, y es necesario

observarlas para no caer en el error. La primera es, que el que quiera

asegurarse de la verdad por la experiencia, ha de cuidar mucho en hacer

los experimentos con exâctitud, y con las debidas precauciones para que

no se engañe. La segunda es, que los hombres que alegan á su favor la

experiencia, no han de ser creidos hasta que conste que en el exercicio

de los experimentos pusieron el cuidado que es necesario para no

engañarse. ¡O! dicen algunos, Fulano es gran Médico, porque tiene ya

muchos años de práctica. No hay que dudar, que si la experiencia de

muchos años en la Medicina es racional, y fundada en buenos

experimentos, hará un gran Médico, porque Hippócrates no lo fué sino por

la larga y racional experiencia; pero en esto se detienen pocos, y

llaman experiencia el visitar mucho tiempo á los enfermos, como si fuese

lo mismo hacer experimentos y observaciones, que hacerlas bien. El mismo

juicio ha de hacerse de aquellos, que toda su vida han vivido en

perpetuo ocio sin cultivar la razon, ni aplicarse á los estudios, y no

obstante por solos sus años y por sola su experiencia quieren forzar á

todos á seguir su dictamen. En contradiciéndoles, luego se enfurecen, y

gritando dicen: _Yo tengo mucha experiencia de esto, Vmd. es mozo, y ha

visto poco_. Estos por lo ordinario son hombres de cortísimas luces, y

la multitud de sucesos los ofusca, no los alumbra; y si caen una vez en

el error, son incorregibles[a].

[Nota a: _Vel quia nihil rectum, nisi quod placuit sibi, ducunt; Vel

quia turpe putant parere minoribus; & quae Imberbes didicere, senes

perdenda fateri_. Hor. _Epist. lib. 2. ep. I. v. 83_.]

[4] Suponiendo, pues, que algunas veces nos engañamos por los sentidos,

y que haciendo buen uso de ellos alcanzamos la verdad, explicaré esto

con un poco mas de extension para que todos queden enterados cómo han de

portarse en este asunto. No hay ninguno, que, si hace un poco de

reflexîon, no pueda conocer por sí mismo, que alguna vez se ha engañado

con la vista. Si un hombre está en un navio quieto, y desde él mira á

otra nave que se mueve, luego le parece que se mueve tambien la suya, y

se lo hiciera creer la vista si no le desengañára la razon. Todos los

dias vemos al Sol y á la Luna de una magnitud, sin duda mucho menor de

lo que son en realidad, y aun en el Orizonte, esto es, quando salen, nos

parecen mayores que en el Meridiano, y no es así, porque son de

invariable grandeza. Mirémos una torre que está á la otra parte de un

monte de modo que de esta no veamos sino el remate, y nos parecerá que

está pegada al mismo monte, despues mirando la misma torre desde la

cumbre del monte nos parecerá muy apartada. He conocido y tratado á un

hombre que veía los objetos al reves, y cada dia sucede que á los que

padecen vahidos les parecen moverse los cuerpos que están quietos. Si

hacemos dar vueltas en derredor á una brasa encendida, nos parece que

siempre ilumina todo aquel espacio, y en la realidad la luz no está mas

que en un punto del círculo que describe la brasa.

[5] Del mismo modo nos engañan los otros sentidos. Si cruzamos el índice

y el dedo _mediano_, y con los dos movemos sobre una mesa una bolita de

cera á la redonda, nos parecerán dos las bolas, y entonces nos engaña el

tacto. Al enfermo parece amarga la bebida que es dulce para el sano, así

nos engañamos por el gusto. Del mismo modo á uno parece picante una

cosa, y á otro salada; á veces un mismo manjar es sabrosísimo para uno,

y desabrido, y tal vez áspero para otro. Esto es tan comun, que no hay

necesidad de detenerme en probarlo, y puede verse tratado muy largamente

en Sexto Empírico. Lo que toca especialmente á la Lógica es advertir,

que el error que se comete por los sentidos está en el juicio, que suele

comunmente acompañar á las percepciones de ellos. Para comprehender esto

mejor, se ha de saber, que desde que nace el hombre hasta que empieza á

exercitar la razon, no le ocupan otros objetos que los sensibles. Hácese

con la continuacion á percibirlos de manera, que no exâmina en toda

aquella edad lo que le sucede quando percibe semejantes objetos, ni está

dispuesto su entendimiento para hacer este exámen. Síguese de esto, que

cree y juzga de las cosas segun le parecen quando se le presentan á los

sentidos, y no segun son en sí, y por eso despues son los hombres tan

porfiados en mantener aquello que entonces juzgaron[a], porque aquella

edad es blanda, y las cosas que se imprimen en ella suelen durar á veces

toda la vida[b].

[Nota a: _Et natura tenacissimi sumus eorum, quae rudibus annis

percepimus, ut sapor quo nova imbuos durat ... & haec ipsa magis

pertinaciter haerent quae deteriora sunt._ Quintilian. _Instit. Orator.

lib. 1. cap. 1._]

[Nota b: _Quo semel est imbuta recens, servabit odorem. Testa diu._

Horat. _Epist. lib. 1. ep. 2. vers. 69._]

[6] Débese tambien advertir, que los sentidos de suyo son fieles; es

decir, representan, ú ofrecen las cosas como á ellos se presentan, y

conforme las reciben; y si el juicio no errara, no nos engañaran jamas

semejantes percepciones. Para entender esto se ha de saber, que los

sentidos solo nos informan de las cosas segun la proporcion, ó

improporcion (algunos lo llaman _relacion_) que estas tienen con nuestro

cuerpo, y no segun son ellas en sí mismas, porque el Criador los ha

concedido para la conservacion del cuerpo, y no para alcanzar el fondo

de las cosas; y si se hace un poco de reflexîon, qualquiera conocerá,

que la vista no ve otro que los colores de los objetos, mas no la

substancia de ellos. El oido percibe el sonido, que no es esencial á los

objetos sonoros; el tacto distingue lo frio, caliente, duro, blando,

áspero, igual, ó desigual de las cosas, y no el verdadero ser de ellas;

porque para nuestra conservacion basta esto, y no es necesario lo demas.

Por medio de todas estas afecciones de los objetos externos aplicados á

nuestros sentidos, podemos bastantemente percibir lo que sea util, ó

dañoso, proporcionado, ó improporcionado respecto de nosotros. Mas para

mostrarlo mejor, figurémonos que Dios hubiese hecho al mundo no mas que

de la grandeza de una naranja, y que hubiera colocado en él á los

hombres tan pequeños, que tuviesen con aquel mundo la misma proporcion

que hoy tenemos con este que habitamos; en tal caso es cierto, que el

mundo que aquellos hombres habitarian les pareceria tan grande como nos

parece á nosotros el nuestro, y lo sería si se considerase segun la

proporcion que tenia con ellos, pero no en la realidad. Aunque estas

pruebas hypotéticas no son de gran valor, usamos de esta para manifestar

nuestro sentir en este asunto.

[7] De todo lo dicho se deducen las reglas generales, que han de servir

para evitar los errores que los sentidos ocasionan. Será bien, pues,

reflexîonar sobre el juicio que en la niñez hicieron los hombres quando

percibian las cosas sensibles, para corregirle con la razon. Demas de

esto será conveniente asegurarse de las cosas por muchos sentidos á un

tiempo; así aunque al tacto parezcan dos las bolitas de cera, la vista

muestra que no es mas de una; y aunque parezca á la vista torcido el

palo que está dentro del agua, el tacto manifiesta la equivocacion de la

vista. Tambien se ha de observar si los órganos de los sentidos están

sanos, ó enfermos para juzgar de las cosas rectamente, y esta

consideracion es de suma importancia, porque en la enfermedad suele

mudarse todo el orden de las percepciones. Así el que padece _tericia_

ve todas las cosas amarillas, las ve dando giros el que padece

_vahidos_; y á este modo se trastorna el orden regular de las

percepciones en las enfermedades, de lo que pudiera alegar muchos

exemplos. Esto acontece, porque en la enfermedad se muda el orden

natural del cuerpo, y como las percepciones del alma corresponden á

ciertas, y determinadas impresiones, por eso entonces á la impresion

desordenada corresponde desordenada percepcion. Esto confirma, que los

sentidos de suyo son fieles[a], porque siempre ofrecen la impresion

correspondiente á la disposicion de los objetos que la causan, y de las

partes que la exercitan; pero al juicio toca distinguir, y conocer si

son, ó no regladas semejantes representaciones. El medio por donde

suelen propagarse los objetos sensibles ha de observarse tambien para no

errar, porque suele hacer variar notablemente las percepciones. El ayre

sereno nos hace ver los objetos de un modo, y el nebuloso de otro. Del

mismo modo altera el ayre las varias impresiones del sonido. Para

asegurarse, pues, es necesario exâminar la cosa en distintos tiempos, y

en diferentes estados, consultar juntamente otros sentidos[b], y llamar

á su socorro el juicio de otros hombres sobre el mismo asunto, porque la

verdad es simple, y los caminos ácia el error son muchos, y quando se

habrá andado por todos ellos, y no se habrá encontrado embarazo, estará

el entendimiento dispuesto para alcanzarla.

[Nota a: _Ordiamur igitur à sensibus, quorum ita clara judicia, & certa

sunt, ut si optio naturae nostrae detur, & ob ea Deus aliquis requirat,

contentane sit suis integris, incorruptisque sensibus, an postulet

melius aliquid non videam quid quaerat amplius. Neque verò hoc loco

spectandum est, dum de remo inflexo, aut de collo columbae respondeam,

non enim is sum, qui quidquid videtur_ tale _dicam esse_, quale

_videatur._ Cic. _Q. Ac. lib. 2. c. 20._]

[Nota b: _Meo autem judicio ita est maxima in sensibus veritas si & sani

sint, & valentes, & omnia removentur quae obstant, & impediunt, &c_.

Cicero _Quaest. Acad. lib. 2. cap. 21._]

[8] Todo esto es menester que adviertan los que hacen experimentos, y

profesan las ciencias naturales, si no quieren ser engañados en aquello

mismo que observan. Ultimamente se ha de advertir, que la equivocacion

en las voces ha de quitarse quando se explican las cosas que percibimos

por los sentidos, porque ordinariamente con una misma voz significamos á

la percepcion del objeto, y al juicio que la acompaña, siendo cierta la

primera, y muchas veces errado el segundo. Por exemplo: ve Ticio desde

lejos un perro, pero no divisa sino un bulto que tiene la forma exterior

de un lobo, y si es tímido luego dice: _Allá veo un lobo_. Con estas

palabras confunde la sensacion con el juicio: la sensacion es cierta, y

el juicio es falso; porque es cierto que se le presenta un objeto que

tiene quatro pies, y demas partes que forman la figura del lobo. Si

Ticio dixera: _Yo veo una cosa que tiene quatro pies, y que se parece á

un lobo, mas no puedo afirmarlo_, diría lo que realmente percibe; pero

como sin otro exámen que aquella primera percepcion luego afirma, que lo

que ve es lobo, por eso yerra, y si la pasion del miedo se junta, yerra

con mayor tenacidad. Si la voz _veo_ significara solamente la

representacion que Ticio tiene del objeto, no hubiera error; pero con

ella ordinariamente se junta la afirmacion de que aquello que percibe

es un tal objeto, en lo qual está el engaño, y este en la explicacion

nace de la equivocacion de las voces. El motivo de esta equivocacion,

que es comunísima, procede de que los hombres han puesto á las voces un

_nombre_ para significar cosas distintas: si estas suelen ir juntas, con

dificultad percibe el entendimiento la separacion; y como el juicio que

acompaña á semejantes percepciones esté siempre junto con ellas, y desde

la niñez nos hagamos á juntarlo, por eso los significamos con una voz,

aunque sean en realidad cosas distintas. Tambien se ha de advertir, que

los hombres no han inventado voces bastantes para significar todas las

percepciones que tenemos por los sentidos, de lo que nacen muchas

equivocaciones y errores. El que padece melancolía tiene dentro de sí

muchas percepciones que no hay nombres para explicarlas, y á veces por

esto no puede hacer creer á los demas lo que padece. Porque para que con

una voz comprehendan los hombres una misma cosa, es menester que tengan

todos una misma nocion de ella, ó corresponda en todos un mismo

significado, pues de otra manera quando el uno nombrará una cosa con una

voz, el otro entenderá diferente. Los melancólicos, é hipocondríacos

sienten algunos males que los afligen, y para explicarlos se aprovechan

de las voces _opresion, desmayo_, y otras semejantes, que hacen formar á

los oyentes distinto conocimiento del que los enfermos pretenden

manifestar. En efecto á un hombre que jamas hubiera tenido _dolor_,

sería muy dificultoso hacerle comprehender que otro lo padecia, aunque

se lo explicase con aquella voz, porque le faltaba la nocion del

significado: al modo que sería imposible hacer entender á un ciego lo

que es _verde, azul_, ó _amarillo_, porque oiría estas voces, mas no las

entenderia por no tener noticia de sus objetos. De esto nacen no solo

muchos errores, que pertenecen á los sentidos, sino infinitas disputas,

que mueven gran ruido, y son fáciles de entender si se explican con

claridad las voces. De todo lo dicho concluyo, que los sentidos de suyo

son fieles, porque siempre representan las cosas segun las impresiones

que estas hacen en el cuerpo: que sus impresiones son respectivas; esto

es, solo muestran la proporcion, ó improporcion que los objetos tienen

con nosotros; y que los errores que cometemos por medio de ellos

consisten en el juicio que solemos juntar á la percepcion de las cosas.

CAPITULO II.

_Continúase la explicacion de los errores de los sentidos._

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