Don Quintín, sirviéndose, reflexiona: «¿Pues dónde los había de poner?»

Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrión:

--Sí, tenemos que hablar largo y tendido.

--Soy todo orejas.

--Pues bien: ha de saber usted que yo presté dinero a un amigo mío

empresario del _Teatro de las Musas_; no ha podido pagarme, y por tratos

y combinaciones que hemos hecho, y con los cuales no quiero molestar a

usted..., total, que me quedo de empresario. En mi vida las he visto más

gordas; pero estoy decidido a defender mi dinero, para lo cual formaré

una compañía como en Madrid no se ha oído, y necesito que usted me

ayude.

--¿Yo?

--Usted. Llevo adelantados los trabajos, cuento con artistas..., un coro

que... ya verá usted...; pero nada puedo ultimar si usted no me

favorece.

--No entiendo.

--Yo no hago nada sin contar con su sobrina Cristeta; y además, necesito

una persona de toda confianza para representante de la empresa, y esa

persona es usted.

A don Quintín se le atragantó un sorbo de Burdeos, que para él tenía

sabor de chacolí detestable. Las palabras que acababa de oír le

parecieron el principio de una complicadísima serie de mentiras; pero en

seguida se le ocurrió la idea de que si aquello fuese cierto, no habría

de faltarle contrato para Carola, es decir, querida por cuenta ajena...

y un coro a su disposición. Ocultando la sorpresa, repuso:

--De mí disponga usted; en cuanto a mi sobrina, se ha retirado del

teatro.

--Por eso le busco a usted, que es quien ha de convencerla. Yo no me

atrevo..., las mujeres... En fin, usted, antes que tío es usted hombre

de talento y comprenderá mi situación. Yo me permití galantearla,

cortejarla, cuatro bromas: ¡como es tan guapa! No me hizo caso; total,

nada, una niñería..., y es posible que ella tenga reparo de tratar

conmigo. En suma: yo le ofrezco a usted, como tal representante,

cincuenta pesos al mes, y a ella una escritura con mi firma en blanco

para que fije el sueldo que quiera. ¡Verá usted qué temporada!

Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintín le parecieron

patatas de luto; don Juan seguía hablando entre bocado y sorbo.

--Hay que regenerar el gusto del público: nada de revistas ni

pantorrillas..., ésas para usted y para mí. Arte serio; ya ve usted que

la Moreruela es indispensable.

Don Quintín, rebañando con un migote la rica salsa, guardó silencio unos

instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y,

por último, habló resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el

alcance de sus frases:

--Señor mío; usted sí que tiene remuchísimo talento; y todo eso está muy

bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus.

--¿Cómo?

--Que no me engaña usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la

empresa y hasta las buenas mozas del coro.

--Explíquese usted.

--Lo que a usted le interesa es... la muchacha.

--Ahora sí que tiene usted que explicarse--repuso don Juan desconcertado.

--Sí, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le

ponga en contacto con ella.

Don Juan se quedó atónito y a dos dedos de contestar ásperamente; mas no

podía permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que ponía don

Quintín no era de enojo, sino casi de broma.

--Usted ha pensado en mí--prosiguió el estanquero--, para dar más seriedad

a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni

manera de acercarse a la chica, y como no había usted de decirme

descaradamente y en seco su propósito, ha inventado usted eso del

teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi

sobrina, sino de mi mujer..., es decir, _ná_. Segunda: que se ha portado

cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por

último, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo

tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque,

favor por favor; usted me honra convidándome y ofreciéndome un

destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal

sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha

equivocado usted de medio a medio.

--Yo no he querido lastimar en lo más mínimo...

--Esté usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reñir por esa...

ingrata. Harto sé yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno...,

pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes.

Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó:

--¿Que no le importa a usted?

--Absolutamente nada.

Pausa de unos segundos: el amo hace seña al criado, y éste echa Jerez en

la copa grande de don Quintín.

El diálogo continúa del siguiente modo:

--Me deja usted espantado.

--Ni tres cominos, por trastuela, ingrata y mala cabeza.

--¿Mala cabeza, y se ha casado?

--¿Está usted seguro de eso? Pues sabe usted más que yo. Desde

Santurroriaga me mandó a pedir ciertos papeles: su fe de bautismo, las

partidas de muerto de sus padres... qué sé yo, algunos documentos tenía

ella...; yo no estuve delante si le dijeron los latines, ni fui padrino;

¡y la grandísima necia descastada, viene luego a Madrid, recoge cuatro

trastos de mi casa; y abur! Yo no he de pedirle ni agua, ni quiero

meterme en su vida privada.

Sorprendido don Juan por la actitud y palabras de don Quintín, cambió de

táctica, y queriendo sacar fruto de su indiferencia, le dijo:

--Vaya, vaya... déjese usted de resentimientos y de delicadezas y piense

usted que lo que le propongo, si es beneficioso para ella, no lo es

menos para usted. Usted no ha de ir a pedirle nada, sino a ofrecerle una

contrata ventajosa.

--Sí; y además a procurar que se vean ustedes.

Don Juan, fingiendo no haber oído, siguió:

--Si no está casada... aceptará, y si lo está, saldremos de dudas.

Don Quintín, puesta de babero la servilleta y empuñando una pata de

pollo frío, se balanceó en la silla, riendo como un sátiro viejo.

Entonces, obediente a una seña de su amo, Benigno escanció otro largo

chorro de sol embotellado en la copa del estanquero, quien sin perder la

serenidad, habló de este modo:

--No quiere usted entenderme... Usted parte un pelo en el aire...; pero

yo, aunque no he recibido cierta educación, tampoco soy _negao_. Me va

usted a llamar sinvergüenza; pero, en fin... juguemos a cartas vistas y

cada cual atienda a su juego. Lo que usted desea es que yo le saque de

dudas sobre lo del casorio, y que le ponga a usted al habla con ella, y

lo ha querido usted conseguir sin que yo me diese cuenta. No me ofendo;

pero en vez de un memo se encuentra usted con un hombre franco que le

dice: mi sobrina nada me importa. ¿Se ha casado? Vaya bendita de Dios.

¿No se ha casado y anda usted tras ella? Me es igual.

Don Juan resolvió jugarse el todo por el todo, a lo menos en lo tocante

a valerse de don Quintín, y apoyando los codos en el mantel, dijo:

--Es usted un lince y un hombre... leal. Franqueza por franqueza. Sí,

señor, me gusta Cristeta...

--A todos nos gustan las mujeres; ¿cree usted que no tengo yo también lo

que necesito?...

--... me gusta Cristeta; pero ¿y si fuera también verdad que deseo

meterme a empresario? Como usted ve, mi casa es pequeña, necesito poner

un cuarto, una oficina donde ultimar contratos, hacer ajustes, etc., y

necesito un representante. ¿Quiere usted serlo? Mil realitos al mes... y

luego si usted logra que yo ajuste a esa señorita...

--¡Ahí le duele!... No andemos con hipocresías. Ya le he dicho a usted

que yo también tengo mis debilidades.

--Entonces... entre hombres debemos ayudarnos. El día menos pensado tiene

usted una conquista seria, y me dice usted: «Amigo Todellas, présteme

usted la llave y váyase usted de paseo»; por un amigo todo se hace.

A don Quintín se le ocurrió una idea portentosa: pareciole que no cabía

más en cerebro humano. Aquel hombre que se había burlado de él, le

estaba facilitando el camino de la más sabrosa venganza. Otra era la que

él tenía pensada; pero, pues las cosas venían rodadas... ¡también

aquélla!

Don Juan continuaba diciendo:

--¿No está usted quejoso de ella, no se ha portado con usted

indignamente?

--Tiene usted razón; trato hecho. Yo le llevaré a usted la... tiple.

--Y yo le nombro a usted... eso que he dicho antes.

Don Quintín representaba la comedia por imposición y encargo ajeno; pero

al mismo tiempo, le sonreía la perspectiva de aquella venganza que había

imaginado; además, si lo de la empresa teatral fuese recurso cierto,

ideado por don Juan para entenderse con Cristeta, también de esto

sacaría él partido, procurando el ajuste de Carola. En vista de lo cual,

aunque desconfiaba de la farsa, fingió aceptarla, considerándola como un

_modus vivendi_ necesario para sellar el vergonzoso pacto. El taponazo

del Champaña le sacó de sus cavilaciones.

Don Juan, alzando la espumante copa, le dijo, como si fuesen antiguos

compañeros de calaveradas:

--Cuando dos caballeros quieren entenderse, no hay quien pueda con ellos.

Todavía tiene usted que hacer buenas migas con este cura... ya sé yo los

puntos que usted calza. (_Pausa larga_.) Vaya, el día que se canse usted

de Carola, le voy a presentar a usted a una chica de veinte que le

vuelve a usted tarumba.

--¿Pero usted sabía?...

--¿Lo de Carolina? Todo Madrid lo sabe, y ándese usted con tiento..., es

guapa mujer, pero costosa, exigente, acostumbrada a mucho señorío; no le

vendrán a usted mal los cincuenta de la representación. Lo grave sería

que lo supiese su esposa de usted.

Este momento fue el único en que don Quintín perdió terreno. No era sólo

Cristeta quien podía perderle; también aquel hombre conocía su

secreto...; pero ¿qué secreto si acababa de oír que Carola era mujer de

fama?

--¿Quedamos--preguntó don Juan--, en que somos buenos amigos?

--Sí, señor. ¡Tiene usted un modo de tratar las cosas!... Vaya, y para

que usted no pueda tener queja de mí, le diré a usted una sospecha, no

pasa de sospecha, que yo tengo. Usted sabe que Cristeta fue a

Santurroriaga hace cerca de tres años. Pues bien; la doncella que la

acompañó me ha contado que allí tuvo algo con no sabe quién..., de

cierto, nada; pero algún lío debía de traer entre manos, porque, según

la chica, en cuanto llegaban por la noche del teatro a la fonda,

Cristeta la despedía sin dejar que la desnudase; y otras veces se

quedaba escribiendo hasta muy tarde.

Aquí a don Juan se le alegra la mirada de un modo apenas perceptible, y

rueda por sus labios una sonrisa.

Prosigue don Quintín:

--En seguida, o poco después, vino lo del casorio con Martínez que, según

mis noticias, es un animalote ordinario que se chifló atrozmente por

ella.

Don Juan se pone muy serio y escucha con mayor interés.

El estanquero continúa:

--Bueno; pues yo, teniendo en cuenta lo lista que es Cristeta y lo

apasionado que llegó a estar Martínez por ella, me hago la siguiente

pregunta, y usted dirá si es un disparate: ¿no es posible que el chico

sea del otro de quien habla la doncella, suponiendo que sea verdad, y

que Cristeta, al casarse con el Martínez, le haya hecho apechugar con el

muñeco... ya nacido o en vísperas? Crea usted que una mujer que se ve

perdida es capaz de todo, y un hombre enamorado también. He dicho

sospecha, nada más que sospecha; pero tiene su poquito de fundamento,

porque fíjese usted: primero lo que dice la doncella, y luego el casarse

con un tío tan ordinario, sólo puede haberlo hecho por cálculo; ¿y qué

mayor provecho que legalizar la situación en que se hallaba?; por

último: ¿a qué esconderse de mí y de mi mujer, a quienes debía estar tan

agradecida, esquivándonos como lo ha hecho? Vamos, yo veo la cosa

turbia.

La impresión que recibió don Juan fue horrible.

Fingió escucharlo todo sin darle importancia, haciendo como que jugaba

distraídamente con el regojuelo que había quedado sobre la mesa, pero en

realidad estaba profundamente pensativo.

Aquella idea se le había ocurrido alguna vez, muy vagamente, pero jamás

la formuló su pensamiento con tan espantables caracteres de posibilidad.

¡Suyo el hijo de Cristeta! ¡Vaya un final de almuerzo! Poco le faltó

para exigir a don Quintín con malos modos que confesara cuanto supiese;

mas comprendió que la violencia era inútil. Sólo su propio ingenio y la

confesión de Cristeta podían sacarle de dudas: era forzoso que mediase

entre ambos una explicación. Al cabo de unos instantes, sobreponiéndose

al disgusto que experimentaba, reanudó el diálogo y se mostró

amabilísimo con don Quintín. Aquel hombre le era, desgraciadamente,

necesario.

Tomaron exquisito moka, que al estanquero le pareció inferior al del

café, y luego, saboreando unas copas de licor, don Juan le ofreció

habanos.

--No es mal tabaco--decía don Quintín--; pero crea usted que no hay nada

como los peninsulares bien elegidos.

Separáronse tras grandes protestas de lealtad y mutua protección.

Poco después don Quintín iba por la calle haciendo estas reflexiones:

«¡Vaya un tío cuco...! pero se ha fastidiado. ¡Cincuenta duros...!

¡Carola, segura...! En cuanto a lo demás... Cristeta verá lo que hace:

he cumplido sus órdenes; ahora... me lavo las manos.»

Hasta quedarse solo no sintió don Juan en toda su intensidad el

disgustazo que acababan de darle.

Había en los razonamientos de don Quintín, o, mejor dicho, se desprendía

de ellos una consideración de muchísima fuerza. ¿Cómo se explicaba que

Cristeta, tan sentimental y delicada, hubiese consentido en entregarse a

un hombre como Martínez, rico, pero vulgarote y ordinario? Don Juan

recordaba perfectamente las repetidas veces en que Julia le habló de su

amo tratándole de grosero, basto y a la pata la llana. Pensándolo bien,

estas confidencias de la niñera podían servir de base a las conjeturas

en que ahora le hacían caer las frases del estanquero; todo indicaba que

sólo el interés, pero un interés poderosísimo, había determinado la

boda. Por otra parte, no siendo ella codiciosa... ¿qué interés podía

tener...? sólo el de regularizar la falsa situación en que se hallase, o

el ansia de asegurar el porvenir del niño, si ya estaba camino del

mundo.

«Este mamarracho de viejo--se decía--, es un sinvergüenza capaz, por

dinero, de hacernos el embozo de la cama...; pero ¡ella, ella! Ahora me

explico sus lágrimas, su miedo de acercarse a mí, sus palabras

tristes...; no puede menos de quererme. Y el chico... ¿mío? ¡sabe Dios!;

pero no es ningún imposible... y ese señor Martínez... ¡anima!, aunque

no, puede que no esté sino perdidamente enamorado, loco, ¿no ha de poder

trastornarse otro hombre si a mí me están dando ganas de llorar?»

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Aquella misma noche el estanquero refirió a su sobrina cuanto habló con

don Juan durante el almuerzo; pero puso gran cuidado en callar todas

aquellas sospechas que le hizo concebir relacionadas con el origen del

niño, y que respondían a su particular deseo de vengarse. No obstante la

omisión, Cristeta escuchó todo lo demás inquieta y azorada, miedosa de

su propia obra. Una imprudencia, por pequeña que fuese, y estaba

perdida; el menor descuido, y en vez de ingeniosa enamorada, semejaría

codiciosa enredadora.

¡Triste condición de toda mujer amante y burlada, que al reconquistar el

bien perdido, parece trapisondista despreciable!

Dulce y sabrosa · 第 43 / 53 题