De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y
el estanquero libertino, con otros graves sucesos
Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió
visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso
los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando
hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al
chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba.
--¿Está el amo?
--El señor Juaneca ha salido.
--No, don Quintín.
--Ese era el de _enantes_, que vendía pitillos de contrabando y lo
quitaron por gandul.
--¿Y dónde ha ido a parar?
--Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar
él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos
esto, mal _comparao_, lo _mesmo_ que una pocilga, con perdón de usted;
menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.
«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»--pensó
don Juan, y en seguida dijo:
--¿Conque le dieron otro estanco? ¿dónde?
--En la taberna de al _lao ú_ en _ofecinas_ de estancadas, le darán a
usted razón.
Don Juan pagó los Puros, dejando la vuelta como propina, y salió.
Luego, mediante encargo que confió a un diputado amigo suyo, el cual
hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de
don Quintín estaba en la poco aristocrática calle de la Pingarrona, y
allí imaginó ir a buscarle; pero pensándolo mejor, mandó a su ayuda de
cámara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvió con más noticias que
un corresponsal del _Times_. Primero, pagando _tintas_ al doncel de los
sabañones, y después a un vecino pingarronesco, Benigno averiguó cuanto
a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintín con Carola,
trapicheo que sólo doña Frasquita ignoraba en el barrio: criadas,
vecinos, porteros y parroquianos, todos sabían que el estanquero tenía,
como ellos decían, un _apaño_. De lo que nadie tenía pleno conocimiento
era de la precaria situación a que se veía reducido el ex--miliciano
mujeriego.
La mudanza de tienda y calle no fue para él venir a menos, sino llegar a
casi nada, por lo cual Carola empezó a mostrársele despegada y arisca,
tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y
aquel cajón siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron
los mimos y complacencias de la jamona impúdica. Hízose, sobre todo,
pedigüeña en grado inaguantable.
Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un
corsé de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y
escarolados. La corsetera había dicho a Carola:
--¡Vaya una prenda _pa_ una señora que la pueda lucir!;--y ella lo deseó
como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidióselo a su
Quintín, y éste, fingiendo bromear, repuso:
--¿Corsé? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito
tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas
cosas tan duras.
--En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes
colgando como una vaca.
--Para eso no necesitas corsé de cuatro pesos.
--¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso?
--No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes?
Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio,
como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos
persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose
de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la
ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata
frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y
rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé
negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio:
--Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero
la cama está hecha _peazos_, y el herrero pide tres duros por
componerla.
--¿Tres duros?
--¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima!
--¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más
firme que el propio suelo.
--_U_ con saliva de mona--repuso ella muy enojada--: ¿no sabes que la has
_desatornillao_ toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa?
--Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene...
--Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a
otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha
cumplido ayer; conque venga _parné_ o me busco un _señor_.
Lívido de angustia y coraje, repuso:
--Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.
--Vamos, tú estás más _arrancao_ que árbol viejo.
Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto,
imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al
cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura.
--¡Carola, Carola mía!--exclamó hiposo y sollozante--; tengo que decírtelo
todo.
--Lo que has de hacer es darme algo.
Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de
las de su amada, y dijo:
--¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco
nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes!
--Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú
mismo has _desfondicao_... ni _ná_.
--Más lo siento yo que tú.
Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se
desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente:
--Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra,
que se deja tocar sin que la den de comer.
--Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma!
--Yo soy una mujer que _tié_ que gastar en comer, y en vestir, y en
zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy
a guisar el aire?
--Cuando he tenido... y en cuanto tenga...
--_Pus_ entonces _güelves_.
Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado,
acordándose de las grandes _cocottes_ de París, de quienes en los
folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses
luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y
cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor,
gritando:
--¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés?
¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa!
Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en
su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola,
miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y
penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco.
Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al
pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca
los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo:
--Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has _figurao_ que una hembra
como yo va a esperar _pa_ dejarse querer a que llueva dinero el mes que
viene? Si no me _pués_ mantener con decoro, ¿_pá_ qué te me has
_arrimao_, cara de siglo?
Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emoción, sintió
que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel
señora una mirada lánguida de bestia moribunda, entre súplica y
reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo sillón donde
antes los dos solían sentarse para que él la estrechase entre los
avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran señora y copa en mano,
entonaba un vals callejero convertido en brindis orgiástico... El
recuerdo de aquellos momentos fue como visión rapidísima que le llenó de
amargura el alma. En seguida se quedó absorto, con los ojos asombrados y
saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diabólica de ángel
caído. Tan feo se puso que Carola soltó la carcajada. Entonces, pasando
de la estupidez al furor, sintió que en lo más hondo del pensamiento
surgía la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en
situaciones análogas se den puñaladas y mueran las queridas traidoras a
manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridículo. Carola se
convenció de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirón
de orejas; pero vio claro que haría cualquier disparate por seguir
poseyéndola o por hacerse la ilusión de que la poseía, y con aviesa
intención, para enloquecerle y hechizarle, comenzó a desabrocharse el
cuerpo del vestido y luego se alzó ligeramente la falda mientras
moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, decía con
voz de chula raída y descocada:
--¿Crees que esta personilla se va a quedar sin corsé, y que estos pies
van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha _nacío_ para tumbarse en un
catre _desvencijao_? ¿Crees que voy a domesticar al _administraor_
pagándole en carne? Si no tenías dinero, podías haberte _quedao_ dando
_cabezás_ contra el mostrador, _ú_ poniendo bizmas a la vieja, que
_paece_ un vencejo _atontao_.
--¡Carola! ¡Señora!
--Aquí no hay más señora que una fiera, porque ¿sabes lo que te digo? Que
me temo que te lo estés gastando con otras; ¡conque fuera de aquí, a
buscar guita! Lo que decía mi pobrecita madre: «sin bolsa llena, ni
rubia ni morena».
Empujándole hacia la puerta, le echó del cuarto; pero en el pasillo, a
oscuras, varió de súbito el tono de la voz, y ciñéndole al cuello los
brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos:
--Rico del alma, fuera de broma, tráeme unos durillos, que me hacen mucha
falta.
Y le plantó en el descansillo de la escalera, dejándole turulato, ya
convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados
eran para él cosa perdida como no arbitrase recursos.
¿A quién pediría prestado, qué malbarató o empeñó? No se sabe; pero a la
tarde siguiente llevó trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo
corsé y quedó restaurado el catre. Sin embargo, en días posteriores,
menudearon las exigencias de la impura. Pidió un boa, jabón de olor, un
palanganero, chambras bordadas y una bata. El espíritu de don Quintín se
llenó de sombras: parecía que en su pensamiento se habían juntado el
furor de los héroes clásicos, la melancolía de los galanes románticos y
el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el
pobre hombre, instintivamente, resumía en aquella horrible frase de su
querida: «Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.»
Tal era su situación de ánimo cuando una mañana se le presentó Benigno
en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado:
--De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y
que le espera mañana a las doce en su casa--(y dio las señas)--para
almorzar.
Dicho lo cual se fue.
Acordándose entonces del último diálogo que tuvo con su sobrina cuando
ella le mandó llamar después de ver a don Juan en la Moncloa, el
estanquero pensó:
«El grandísimo pillo me busca; tenía razón la chica; pues sí que iré, y
veremos por dónde respira. ¡Canalla...! ¡A ese sí que no le faltará
dinero para tener queridas!»
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Son las once Y media de la mañana. La escena pasa en el gabinete de don
Juan.
Las paredes están cubiertas de pinturas, fotografías y grabados que
representan retratos de beldades célebres más o menos vestidas, y
episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la
pasión: mitos sagrados, tradiciones históricas y engendros literarios.
Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel
Penélope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa
desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un
naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Bárbara de
Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de
nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por
un canónigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo
sano de la Éboli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea;
Felipe IV desciñe a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se
divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa
el retrato de Sofía; Fernando VII hace cosquillas a _Pepa la Naranjera_;
Rodolfo de Austria expira en brazos de María Véscera, y como síntesis de
la dulce locura que a todos agitó, el gran Don Quijote muere resignado
sin haber poseído jamás a Dulcinea.
En el centro del cuarto está puesta la mesa; el mantel es adamascado y
fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las
copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un
veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas
girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cápsulas rojas, una de
Champaña con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro líquido.
Don Juan espera impaciente abrochándose el batín oscuro de alamares
negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno,
servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta poniéndose los guantes
blancos de algodoncillo.
Don Quintín, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado,
receloso, pero sonriente y haciendo cortesías. Acude a la cita porque a
ello le obliga su situación respecto de Cristeta, que puede contar a
Frasquita lo que ésta debe ignorar, y también porque, descubriendo los
pensamientos de don Juan, le será más fácil la venganza.
Su antiguo conocido le recibe amabilísimamente.
--¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi
choza! ¿Cómo va ese valor?
--¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos?
--Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba
hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes.
--Tantas gracias.
Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios
de los cuadros, y comienza el festín.
Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el
cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo _ad hoc_,
le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero
que probase esta porquería?»
Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:
--Huevos _al plato_.