Capítulo XVIII

De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y

el estanquero libertino, con otros graves sucesos

Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió

visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso

los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando

hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al

chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba.

--¿Está el amo?

--El señor Juaneca ha salido.

--No, don Quintín.

--Ese era el de _enantes_, que vendía pitillos de contrabando y lo

quitaron por gandul.

--¿Y dónde ha ido a parar?

--Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar

él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos

esto, mal _comparao_, lo _mesmo_ que una pocilga, con perdón de usted;

menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.

«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»--pensó

don Juan, y en seguida dijo:

--¿Conque le dieron otro estanco? ¿dónde?

--En la taberna de al _lao ú_ en _ofecinas_ de estancadas, le darán a

usted razón.

Don Juan pagó los Puros, dejando la vuelta como propina, y salió.

Luego, mediante encargo que confió a un diputado amigo suyo, el cual

hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de

don Quintín estaba en la poco aristocrática calle de la Pingarrona, y

allí imaginó ir a buscarle; pero pensándolo mejor, mandó a su ayuda de

cámara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvió con más noticias que

un corresponsal del _Times_. Primero, pagando _tintas_ al doncel de los

sabañones, y después a un vecino pingarronesco, Benigno averiguó cuanto

a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintín con Carola,

trapicheo que sólo doña Frasquita ignoraba en el barrio: criadas,

vecinos, porteros y parroquianos, todos sabían que el estanquero tenía,

como ellos decían, un _apaño_. De lo que nadie tenía pleno conocimiento

era de la precaria situación a que se veía reducido el ex--miliciano

mujeriego.

La mudanza de tienda y calle no fue para él venir a menos, sino llegar a

casi nada, por lo cual Carola empezó a mostrársele despegada y arisca,

tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y

aquel cajón siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron

los mimos y complacencias de la jamona impúdica. Hízose, sobre todo,

pedigüeña en grado inaguantable.

Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un

corsé de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y

escarolados. La corsetera había dicho a Carola:

--¡Vaya una prenda _pa_ una señora que la pueda lucir!;--y ella lo deseó

como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidióselo a su

Quintín, y éste, fingiendo bromear, repuso:

--¿Corsé? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito

tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas

cosas tan duras.

--En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes

colgando como una vaca.

--Para eso no necesitas corsé de cuatro pesos.

--¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso?

--No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes?

Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio,

como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos

persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose

de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la

ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata

frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y

rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé

negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio:

--Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero

la cama está hecha _peazos_, y el herrero pide tres duros por

componerla.

--¿Tres duros?

--¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima!

--¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más

firme que el propio suelo.

--_U_ con saliva de mona--repuso ella muy enojada--: ¿no sabes que la has

_desatornillao_ toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa?

--Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene...

--Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a

otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha

cumplido ayer; conque venga _parné_ o me busco un _señor_.

Lívido de angustia y coraje, repuso:

--Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.

--Vamos, tú estás más _arrancao_ que árbol viejo.

Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto,

imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al

cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura.

--¡Carola, Carola mía!--exclamó hiposo y sollozante--; tengo que decírtelo

todo.

--Lo que has de hacer es darme algo.

Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de

las de su amada, y dijo:

--¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco

nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes!

--Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú

mismo has _desfondicao_... ni _ná_.

--Más lo siento yo que tú.

Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se

desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente:

--Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra,

que se deja tocar sin que la den de comer.

--Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma!

--Yo soy una mujer que _tié_ que gastar en comer, y en vestir, y en

zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy

a guisar el aire?

--Cuando he tenido... y en cuanto tenga...

--_Pus_ entonces _güelves_.

Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado,

acordándose de las grandes _cocottes_ de París, de quienes en los

folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses

luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y

cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor,

gritando:

--¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés?

¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa!

Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en

su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola,

miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y

penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco.

Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al

pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca

los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo:

--Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has _figurao_ que una hembra

como yo va a esperar _pa_ dejarse querer a que llueva dinero el mes que

viene? Si no me _pués_ mantener con decoro, ¿_pá_ qué te me has

_arrimao_, cara de siglo?

Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emoción, sintió

que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel

señora una mirada lánguida de bestia moribunda, entre súplica y

reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo sillón donde

antes los dos solían sentarse para que él la estrechase entre los

avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran señora y copa en mano,

entonaba un vals callejero convertido en brindis orgiástico... El

recuerdo de aquellos momentos fue como visión rapidísima que le llenó de

amargura el alma. En seguida se quedó absorto, con los ojos asombrados y

saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diabólica de ángel

caído. Tan feo se puso que Carola soltó la carcajada. Entonces, pasando

de la estupidez al furor, sintió que en lo más hondo del pensamiento

surgía la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en

situaciones análogas se den puñaladas y mueran las queridas traidoras a

manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridículo. Carola se

convenció de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirón

de orejas; pero vio claro que haría cualquier disparate por seguir

poseyéndola o por hacerse la ilusión de que la poseía, y con aviesa

intención, para enloquecerle y hechizarle, comenzó a desabrocharse el

cuerpo del vestido y luego se alzó ligeramente la falda mientras

moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, decía con

voz de chula raída y descocada:

--¿Crees que esta personilla se va a quedar sin corsé, y que estos pies

van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha _nacío_ para tumbarse en un

catre _desvencijao_? ¿Crees que voy a domesticar al _administraor_

pagándole en carne? Si no tenías dinero, podías haberte _quedao_ dando

_cabezás_ contra el mostrador, _ú_ poniendo bizmas a la vieja, que

_paece_ un vencejo _atontao_.

--¡Carola! ¡Señora!

--Aquí no hay más señora que una fiera, porque ¿sabes lo que te digo? Que

me temo que te lo estés gastando con otras; ¡conque fuera de aquí, a

buscar guita! Lo que decía mi pobrecita madre: «sin bolsa llena, ni

rubia ni morena».

Empujándole hacia la puerta, le echó del cuarto; pero en el pasillo, a

oscuras, varió de súbito el tono de la voz, y ciñéndole al cuello los

brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos:

--Rico del alma, fuera de broma, tráeme unos durillos, que me hacen mucha

falta.

Y le plantó en el descansillo de la escalera, dejándole turulato, ya

convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados

eran para él cosa perdida como no arbitrase recursos.

¿A quién pediría prestado, qué malbarató o empeñó? No se sabe; pero a la

tarde siguiente llevó trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo

corsé y quedó restaurado el catre. Sin embargo, en días posteriores,

menudearon las exigencias de la impura. Pidió un boa, jabón de olor, un

palanganero, chambras bordadas y una bata. El espíritu de don Quintín se

llenó de sombras: parecía que en su pensamiento se habían juntado el

furor de los héroes clásicos, la melancolía de los galanes románticos y

el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el

pobre hombre, instintivamente, resumía en aquella horrible frase de su

querida: «Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.»

Tal era su situación de ánimo cuando una mañana se le presentó Benigno

en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado:

--De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y

que le espera mañana a las doce en su casa--(y dio las señas)--para

almorzar.

Dicho lo cual se fue.

Acordándose entonces del último diálogo que tuvo con su sobrina cuando

ella le mandó llamar después de ver a don Juan en la Moncloa, el

estanquero pensó:

«El grandísimo pillo me busca; tenía razón la chica; pues sí que iré, y

veremos por dónde respira. ¡Canalla...! ¡A ese sí que no le faltará

dinero para tener queridas!»

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Son las once Y media de la mañana. La escena pasa en el gabinete de don

Juan.

Las paredes están cubiertas de pinturas, fotografías y grabados que

representan retratos de beldades célebres más o menos vestidas, y

episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la

pasión: mitos sagrados, tradiciones históricas y engendros literarios.

Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel

Penélope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa

desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un

naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Bárbara de

Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de

nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por

un canónigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo

sano de la Éboli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea;

Felipe IV desciñe a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se

divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa

el retrato de Sofía; Fernando VII hace cosquillas a _Pepa la Naranjera_;

Rodolfo de Austria expira en brazos de María Véscera, y como síntesis de

la dulce locura que a todos agitó, el gran Don Quijote muere resignado

sin haber poseído jamás a Dulcinea.

En el centro del cuarto está puesta la mesa; el mantel es adamascado y

fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las

copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un

veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas

girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cápsulas rojas, una de

Champaña con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro líquido.

Don Juan espera impaciente abrochándose el batín oscuro de alamares

negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno,

servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta poniéndose los guantes

blancos de algodoncillo.

Don Quintín, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado,

receloso, pero sonriente y haciendo cortesías. Acude a la cita porque a

ello le obliga su situación respecto de Cristeta, que puede contar a

Frasquita lo que ésta debe ignorar, y también porque, descubriendo los

pensamientos de don Juan, le será más fácil la venganza.

Su antiguo conocido le recibe amabilísimamente.

--¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi

choza! ¿Cómo va ese valor?

--¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos?

--Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba

hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes.

--Tantas gracias.

Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios

de los cuadros, y comienza el festín.

Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el

cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo _ad hoc_,

le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero

que probase esta porquería?»

Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:

--Huevos _al plato_.

Dulce y sabrosa · 第 42 / 53 题