De cómo Cristeta representó en un palco mejor que cuando lo hacía en el
escenario
Don Juan tenía pensado alquilar un cuarto y amueblar en él dos
habitaciones: una tal que pareciese oficina, para dar sombra de
apariencia a lo de la empresa teatral, y otra cuidadosamente alhajada,
donde, atraída Cristeta, quedara su resistencia vencida; pero en vista
de la conferencia con don Quintín, consideró inútil lo primero, pues el
grandísimo bribón no había menester disimulo, sino dinero; por lo cual a
otro día del almuerzo le mandó a Benigno con una carta en que, a modo de
primer mes de sueldo, le remitía mil reales, es decir, el amor de Carola
provisionalmente asegurado. En cuanto a lo de alhajar cómoda y
lujosamente un nido donde recibir a Cristeta, también varió algo su
propósito, discurriendo que tal vez careciera de sentido común el
forjarse ilusiones si la paloma había ya anidado en otro lado, y hasta
hecho cría.
El deseo de aquel hombre iba sufriendo una transformación tan radical
como justificada. Lo que hasta entonces le movió fue el apetito amoroso
que juntamente despertaban en su ánimo la belleza de Cristeta, la
envidia de su legítimo poseedor y la vanidad herida; pero a consecuencia
del almuerzo con don Quintín, todo cambió. Ya no podía bastarle poseer a
Cristeta como a una mujer cualquiera; quería saber si aún era amado de
ella; aquilatar qué clase de afecto profesaba a su marido, o lo que
fuese; obtener pleno conocimiento del origen del niño; en fin, salir de
dudas. La frívola pertinacia del galanteador de oficio, la tenacidad
irritante del mujeriego afortunado, habían cedido el puesto a móviles
más serios. Lo que comenzó a guisa de vulgar conquista, iba
transformándose en drama psicológico, sin puñalada, pistoletazo, ni
catástrofe, pero muy serio: acaso con su catástrofe y todo, porque
¿quién era capaz de prever las complicaciones a que podría dar ocasión
el odioso Martínez? Pero lo grave era que la mujer antes perseguida y
deseada sólo por gentil y graciosa, se había trocado en hechicera
enigmática: ya no era don Juan un temperamento atraído por la belleza,
sino una voluntad obstinada en descubrir el arcano que llevaba una mujer
dentro del pecho. Hasta el pecho ¡lo más hermoso del cuerpo de Cristeta!
se le olvidaba pensando en su corazón.
Tomó un piso entresuelo en cierta casa de un amigo suyo (la calle,
aunque céntrica, casi solitaria), y en cuatro días, a fuerza de dinero y
con ayuda de don Quintín, hizo que le amueblaran un precioso gabinete
donde todo era sencillo y de exquisito gusto. La alfombra, clara; sobre
una mesita, una lámpara preparada, y como adorno, muchas flores. No
había reloj, para indicar que quien lo dirigió todo no quería tasado el
tiempo. Por precaución tenía la estancia puertas francas a escaleras
distintas, y en los balcones visillos muy tupidos. Junto a la chimenea
se veía uno de esos asientos llamados confidentes, dispuestos en forma
de ese, donde una pareja puede mirarse rostro a rostro, llegando tibio
el aliento del que habla a la oreja del que escucha: para diálogo
amoroso, imposible hallarlo mejor; pero no era mueble incitante y
traidor de aquellos en que la castidad suele reclinarse sana y
levantarse herida.
Al quinto día, luego que la casa estuvo dispuesta, don Juan entregó a su
representante una llave por si encontraba momento propicio de llevar a
Cristeta o de hacer que se resolviese a ir; y envolviendo el ruego en
promesas, le suplicó que apurara todos los medios imaginables para que
su sobrina le concediese la deseada entrevista.
En un principio, de acuerdo con ella, don Quintín dio largas pretextando
que no había logrado verla; después dijo que vacilaba y temía; por
último, que comenzaba a desesperar. Así transcurrieron dos semanas, de
beneficioso resultado para su bolsillo y de triste incertidumbre para
don Juan, quien al cabo determinó escribir a su adorada; de lo que se
originó nueva cita con Julia en la Plaza Mayor, y nueva carta, que a la
letra decía estas palabras:
_«Cristeta de mi alma: Ha pasado qué sé yo cuánto tiempo desde que
nos vimos; no tengo ya ninguna esperanza y, sin embargo, no me
resigno a perderte. ¿Dejarás que me marche de Madrid? Porque no
puedo vivir así. No te pido más que una entrevista muy breve, y te
doy palabra de honor que no tendrás que arrepentirte._
_He puesto un cuartito en la calle de Belén, 78, entresuelo. Allí
te aguardo mañana y pasado, desde la una de la tarde hasta el
anochecer. Si no me contestas dentro de cuarenta y ocho horas, será
señal de que nada puedo esperar, y esta misma semana saldré de
Madrid para no volver nunca. Adiós, Cristeta de mis ojos. Medita
bien lo que resuelves, que va de veras, y acuérdate de tu
desgraciado_