Capítulo XIX

De cómo Cristeta representó en un palco mejor que cuando lo hacía en el

escenario

Don Juan tenía pensado alquilar un cuarto y amueblar en él dos

habitaciones: una tal que pareciese oficina, para dar sombra de

apariencia a lo de la empresa teatral, y otra cuidadosamente alhajada,

donde, atraída Cristeta, quedara su resistencia vencida; pero en vista

de la conferencia con don Quintín, consideró inútil lo primero, pues el

grandísimo bribón no había menester disimulo, sino dinero; por lo cual a

otro día del almuerzo le mandó a Benigno con una carta en que, a modo de

primer mes de sueldo, le remitía mil reales, es decir, el amor de Carola

provisionalmente asegurado. En cuanto a lo de alhajar cómoda y

lujosamente un nido donde recibir a Cristeta, también varió algo su

propósito, discurriendo que tal vez careciera de sentido común el

forjarse ilusiones si la paloma había ya anidado en otro lado, y hasta

hecho cría.

El deseo de aquel hombre iba sufriendo una transformación tan radical

como justificada. Lo que hasta entonces le movió fue el apetito amoroso

que juntamente despertaban en su ánimo la belleza de Cristeta, la

envidia de su legítimo poseedor y la vanidad herida; pero a consecuencia

del almuerzo con don Quintín, todo cambió. Ya no podía bastarle poseer a

Cristeta como a una mujer cualquiera; quería saber si aún era amado de

ella; aquilatar qué clase de afecto profesaba a su marido, o lo que

fuese; obtener pleno conocimiento del origen del niño; en fin, salir de

dudas. La frívola pertinacia del galanteador de oficio, la tenacidad

irritante del mujeriego afortunado, habían cedido el puesto a móviles

más serios. Lo que comenzó a guisa de vulgar conquista, iba

transformándose en drama psicológico, sin puñalada, pistoletazo, ni

catástrofe, pero muy serio: acaso con su catástrofe y todo, porque

¿quién era capaz de prever las complicaciones a que podría dar ocasión

el odioso Martínez? Pero lo grave era que la mujer antes perseguida y

deseada sólo por gentil y graciosa, se había trocado en hechicera

enigmática: ya no era don Juan un temperamento atraído por la belleza,

sino una voluntad obstinada en descubrir el arcano que llevaba una mujer

dentro del pecho. Hasta el pecho ¡lo más hermoso del cuerpo de Cristeta!

se le olvidaba pensando en su corazón.

Tomó un piso entresuelo en cierta casa de un amigo suyo (la calle,

aunque céntrica, casi solitaria), y en cuatro días, a fuerza de dinero y

con ayuda de don Quintín, hizo que le amueblaran un precioso gabinete

donde todo era sencillo y de exquisito gusto. La alfombra, clara; sobre

una mesita, una lámpara preparada, y como adorno, muchas flores. No

había reloj, para indicar que quien lo dirigió todo no quería tasado el

tiempo. Por precaución tenía la estancia puertas francas a escaleras

distintas, y en los balcones visillos muy tupidos. Junto a la chimenea

se veía uno de esos asientos llamados confidentes, dispuestos en forma

de ese, donde una pareja puede mirarse rostro a rostro, llegando tibio

el aliento del que habla a la oreja del que escucha: para diálogo

amoroso, imposible hallarlo mejor; pero no era mueble incitante y

traidor de aquellos en que la castidad suele reclinarse sana y

levantarse herida.

Al quinto día, luego que la casa estuvo dispuesta, don Juan entregó a su

representante una llave por si encontraba momento propicio de llevar a

Cristeta o de hacer que se resolviese a ir; y envolviendo el ruego en

promesas, le suplicó que apurara todos los medios imaginables para que

su sobrina le concediese la deseada entrevista.

En un principio, de acuerdo con ella, don Quintín dio largas pretextando

que no había logrado verla; después dijo que vacilaba y temía; por

último, que comenzaba a desesperar. Así transcurrieron dos semanas, de

beneficioso resultado para su bolsillo y de triste incertidumbre para

don Juan, quien al cabo determinó escribir a su adorada; de lo que se

originó nueva cita con Julia en la Plaza Mayor, y nueva carta, que a la

letra decía estas palabras:

_«Cristeta de mi alma: Ha pasado qué sé yo cuánto tiempo desde que

nos vimos; no tengo ya ninguna esperanza y, sin embargo, no me

resigno a perderte. ¿Dejarás que me marche de Madrid? Porque no

puedo vivir así. No te pido más que una entrevista muy breve, y te

doy palabra de honor que no tendrás que arrepentirte._

_He puesto un cuartito en la calle de Belén, 78, entresuelo. Allí

te aguardo mañana y pasado, desde la una de la tarde hasta el

anochecer. Si no me contestas dentro de cuarenta y ocho horas, será

señal de que nada puedo esperar, y esta misma semana saldré de

Madrid para no volver nunca. Adiós, Cristeta de mis ojos. Medita

bien lo que resuelves, que va de veras, y acuérdate de tu

desgraciado_

Dulce y sabrosa · 第 44 / 53 题