CRISTA.»

Al releer aquellas cuatro líneas, luego de ido el mozo, don Juan sonrió

como si contemplara un billete de lotería premiado.

«No me esperaba esta satisfacción, que casi es una promesa--se decía

paseando desde la sala al despacho y viceversa--: nos acercamos al

momento supremo de la crisis. Lo que me figuré: casada por despecho, y

arrepentida. Me quiere... y le falta valor... lo cual prueba que no es

mala. Yo tengo la culpa de todo. ¡Qué lucha habrá sostenido la pobre

consigo misma! ¡Qué noche habrá pasado! Porque... vamos a cuentas: si se

ha casado, aunque me quiera, por fuerza ha de costarle trabajo hacer

traición... traición, no; pero, en fin, engañar al otro. Lo que en

realidad no es más que la vuelta al primer amor, creerá ella que es una

liviandad imperdonable, y no le faltará razón, pero ¿a mí qué? Yo no soy

el marido. Por supuesto que si no hay tal marido, si sólo se trata de un

amante, y le deja por mí, ella tiene que considerarse como una mujer que

va de hombre a hombre, como hueso de perro a perro, o baraja de mano en

mano. En fin, me parece que está al caer. Lo cierto es que nosotros

somos responsables de todos los pecados, desórdenes y zorrerías que

cometen las pobres mujeres. Ésta, por ejemplo, me gustó; preparé las

cosas... y ¡mía! Luego la dejo plantada, y ella encuentra modo de

remediarse o redimirse, y lo acepta: vuelvo a verla, me encapricho de

nuevo y ¡seamos justos! ¿qué derecho tengo para quejarme ni para

llamarle _las cuatro letras_ porque también ella vuelva a encapricharse

conmigo? Indudablemente ha experimentado al verme lo mismo que yo he

sentido al mirarla... ¡Cómo se habrá acordado de las noches de

Santurroriaga! Yo estaba enviciado con amores de otra clase. La verdad

es que cuantas se me han entregado, lo han hecho por interés o por _lo

otro_: cuando no he sido pagano, he sido apagafuegos, casi un bombero

del amor. Con Crista, no. Esta tarde la hubiera matado... Y el caso es

que ha venido, ha llegado hasta la puerta... después debió de darle

miedo, es decir, no precisamente de mí, sino de sí misma, de verse

conmigo a solas. No podríamos contenernos. Mientras nos veamos al aire

libre, todo va bueno; pero como lleguemos a encontrarnos entre cuatro

paredes ¡solos! del primer beso la dejo los labios descoloridos. Ella sí

que cuando me besaba, parecía que me sorbía el alma. Hablaba más con los

ojos que con los labios. Me sucedía respecto de ella una cosa

enteramente nueva: con todas las mujeres, el verdadero encanto es antes;

con ella, la verdadera delicia era después, porque cuando se le adormece

la voluptuosidad, se le despierta la ternura. A pesar de lo cual, me

largué por cobardía, pero sin hastío. Lo cierto es que si, uno pensara

mucho en estas cosas, se volvería loco. En toda posesión hay un momento

terrible, un instante en que, al separarse las cabezas, cada uno quiere

respirar solo, a gusto, como si no hubiera pasado nada: con Crista,

no... jamás sentí a su lado el egoísmo del reposo. Los últimos besos me

sabían mejor que los primeros. Entonces, ¿por qué hice la burrada de

marcharme, humillándola y dejándola mil duros, es decir, lo que cuesta

en ramos, palcos y dijes cualquier señora de las que no tienen

vergüenza? Sin embargo, esa mujer ha venido hasta la puerta de mi casa.

Por codicia no es; basta ver la elegancia con que viste para comprender

que no necesita nada: por lujuria tampoco, porque no es viciosa. ¡Pues

si ha venido, señal de que sufre y me quiere! ¡Daría el alma por

saberlo! ¿Qué habrá hecho, qué habrá pensado antes de decidirse a venir?

La chica, Julia, me dará detalles; ataré cabos, y por el hilo sacaré el

ovillo. Mañana lo sabré.»

Toda la noche se pasó en claro el pobre don Juan haciendo planes,

ideando recursos y arrostrando mentalmente las consecuencias de cuanto

se le ocurría, que era gravísimo, porque en sus pensamientos, cálculos y

temores, ya no figuraba él solo frente a la irresoluta Cristeta, sino

que entre ambos se alzaba, misterioso y tremendo, un nuevo personaje: el

señor Martínez, propietario legítimo de aquel cuerpo adorable, dueño

legal de la mujer amada.

«¿Amada?--se decía--. No, esto no es amor, es obcecación, empeño, vanidad,

capricho: tiene que ser mía veinticuatro horas o lo que me dé la

gana...: si quiero, toda la vida: pero mía y remía como mis ideas, como

mis pensamientos. ¿Qué puede suceder? ¿Que me encapriche seriamente? Así

como así, ninguna vale lo que ella; y además, si ésta es buena, ¿voy a

pasar años y más años cambiando de mujeres?»

Muy de mañana, yerto de frío y nervioso de impaciencia, esperó a Julia

en la Plaza Mayor, viéndola llegar como el reo de muerte a quien le trae

el indulto. La chica venía esperanzada en que sus palabras se trocarían

pronto en buena propina, y sin dar tiempo a que él desplegase los

labios, dijo:

--Hoy sí que tengo cosas que hablar con usted. Pero ¿qué le ha hecho

usted a mi señorita? Razón tenía yo _pa_ maliciarme que iba usted a

meternos en un lío _mú_ gordo.

--Cuenta, cuenta. ¿Qué ha pasado? Dímelo todo; ya sabes que tu señorito

soy yo.

--¿Lo que ha pasado? La mar de lágrimas. Cuando el otro día _golví_ a

casa con la tarjeta de usted, me dije: «Suceda lo que quiera, no ando

con tapujos»; y se la di como si fuera cosa corriente. Ni chistó:

_endispués_ de leerla se puso pálida, como _amortajá_, ¡y le entró un

temblor! ¡Me daba una lástima! ¡Y _miusté_ que _pa_ darme a mí lástima

una señorita! La noche... ¡ha _tomao_ más tila! _Cá_ vez que una mujer

_tié_ que tomar tila, le debían dar rejalgar a un hombre. Al otro día,

es decir, ayer, comenzó a vestirse a las doce: se puso maja de veras. En

enaguas... un ángel. Pidió el coche _pa_ las dos. Luego supe yo, por el

cochero, que lo dejó esperando junto al oratorio de la calle de

Valverde, y se fue sola, y tardó... menos de media hora. Poco tiempo es

_pa_ cosa mala.

--Sigue, sigue.

--Yo creí, pues, que había ido _enonde_ usted, a buscarle; pero me chocó

que volviera _demasiao_ pronto: y lo mismo fue entrar en casa, que ir y

tirarse llorando encima de la cama. Y llora que te llora la _tié_ usted.

Esto acabará _mú remal_. En fin, que _golvió_ hecha una _Madalena_. Si

sigue así, se pone mala de verdad. Por supuesto, el día que venga el

amo, no paro en la casa ni _pa_ tomar dulces.

--De modo que tú crees que ella... está interesada.

--Ella está por usted, pero tiene un miedo atroz...; _lo cual que_ el

miedo puede más que usted.

--Pues adelante con los faroles, y ya sabes que todos estos paseos yo te

los pagaré bien.

--Es que... hay más, y gordo. Usted me dijo que averiguara aquello de

cuándo se había _casao_, y del _treato_, y de si tenía unos parientes

con tienda.

--Todo ello importantísimo.

--Pues la cocinera _m'a_ dicho que la señorita ha _sío_ cómica, que una

vez la vio _de_ trabajar, pero que ahora está _desconocía_, porque está

muchísimo más guapa; y que fuera de Madrid tomó relaciones con un señor

y se casó; pero algunos dicen que no están _casaos_, y que por eso no la

_quién_ ver sus tíos, que son estanqueros; y otros dicen que ella es la

que no le da la gana de _ajuntarse_ con ellos, porque le da vergüenza de

que son gente ordinaria; y me extraña, porque la señorita es buena.

--En resumen; seguro no sabes nada.

--¡Si _quedrá_ usted que le traigan a la señorita ya mansa y conforme!...

¿_Tié_ usted más que buscar a esos estanqueros, y ponerse al habla con

ellos y que desembuchen la verdad?

Don Juan, considerando inútil enterar a Julia de cuanto sabía relativo a

los antecedentes de Cristeta y sus tíos, calló; y acordándose de don

Quintín, se dijo que podría sacar de él gran partido.

--No andas descaminada: buscaré a los estanqueros.

--_Qué icir_ que si no está casada...; pero lo que yo me digo: si no lo

está, si es dueña de hacer de su capa un sayo, ¿por qué llora tanto?

--Muchacha, eres un dije: toma--(la propina fue espléndida)--, y desde

mañana vienes aquí, sin falta, todos los días a la misma hora, a recibir

órdenes como un corneta.

--Es que la señorita se ha _calao_ que yo salgo por hablar con usted. Si

me regaña o me dice cualquier cosa, ¿qué contesto?

--Por ahora... dices que no te dejo a sol ni a sombra; que tú crees que

yo ando loco por ella, sobre todo muy triste...

--_Pa_ triste, ella. ¡Si la viera usted _de_ llorar! En fin, Dios nos

tenga de su mano. Mire usted que, según me han dicho, ¡el marido es más

bruto! Una fiera. Si se plantase aquí de repente, salíamos en los

papeles.

El grupo que durante estos diálogos formaba la pareja de señorito y

niñera, merecía tomarse como asunto de un buen romance castizo. Ella,

traviesa y pícara, rebosándole malicia los ojos y desparpajo los labios,

sin pañuelo a la cabeza, y liada en el mantón, dentro del cual removía

el airoso cuerpo para sentirse acariciada del calor; él soñoliento,

molesto, desasosegado y frío, trayéndose a cada instante sobre el hombro

el embozo de la capa; la chica, toda viveza, el hombre, todo

impaciencia. En torno, gente que pasaba mirándoles de reojo y

barruntando trapicheo; algún chico parado, con los libros sujetos entre

las piernas, ocupados dientes y manos en el aceitoso buñuelo; al fondo,

los soportales de la Plaza esfumados en la neblina temprana; las mulas

del tranvía despidiendo del cuerpo nubes de vaho; la atmósfera húmeda,

impregnada del olor al café que un mancebo tostaba ante una tienda; el

ambiente sucio, como si en él se condensaran los soeces ternos y tacos

de los carreteros; las piedras resbaladizas, y en el centro del

jardinillo, descollando sobre un macizo de arbustos amoratados por los

hielos, la estatua del pobre Felipe III, con el cetro y los bigotes

acaramelados por la escarcha.

Pero lo más notable era la cara que ponía Julia cuando se separaba de

Juan. De fijo que no se divirtieron tanto con el inmortal Manchego las

doncellas de los Duques, ni la propia Lozana con los clérigos a quienes

se vendía por nueva, como ella gozaba en contribuir al rendimiento del

Tenorio decadente.

Julia servía con el mayor celo a Cristeta: primero, por obediencia a sus

padres y a Inés, que se lo encargaron; segundo, porque don Juan,

espléndido y dadivoso, le regalaba continuamente duros y pesetas con

novelesca prodigalidad; además, se divertía mucho contribuyendo a traer

engañado a un caballero. Acordábase instintivamente de que era mujer y

trabajaba en provecho ajeno como si fuera en causa propia. ¿Dónde mayor

alegría para una mujer lista que entrar en pacto contra un hombre? Así

que, tras cada entrevista con don Juan, refería a su ama cuanto con él

hablaba. Aquel día Cristeta la escuchó con vivo interés.

--Todo va bien--dijo después de oírla--; de modo que...

--Ese _señor_ está _perdío_ por usted: debe de ser..., no se enfade

usted..., vamos, ¡un _gatera_ más listo!; pero esta vez..., ya no sabe

el hombre lo que se pesca. De fijo que a estas horas anda por esas

calles brincando como una cabra en busca de sus tíos de usted. ¿No era

eso lo que hacía falta?

--Cabal.

--¿Y esto, señorita? ¡Mire usted que es mucha plata!--dijo Julia

presentando el puñado de pesetas, fruto de la última propina.

--Eso es tuyo. Lo que yo te doy de menos él te lo da de más. Anda, que

pronto se te acabará.

--Lo que hace falta es que usted acabe con él..., es decir, que empiece.

Cuando la señorita se case me lleva de doncella, y luego, si Dios es

servido... de niñera.

--¡Ave María Purísima!

Las dos sonrieron, pero de distinto modo; la criada con la satisfacción

de la codicia lograda; el ama, con la esperanza de la dicha.

Al quedarse sola Cristeta se sentó en una silla baja de hacer labor, y

tapándose los ojos para no ver las cosas de este mundo, se puso

voluntariamente soñadora, pareciéndole ver a don Juan, también solo en

su casa, triste, malhumorado, vuelto hacia ella el pensamiento y

sintiendo lo que jamás hasta entonces ninguna otra mujer le hizo sentir.

¿Existirá en el mundo de las pasiones influencia secreta que aproxime y

relacione las almas separadas moviéndolas simultáneamente con un mismo

afecto, como viento invisible que a un tiempo menea en parajes apartados

las ramas de los árboles? ¡Quién sabe! Lo cierto es que, mientras la

esperanzada Cristeta veía posible la realización de su ventura, don

Juan, puestos en ella los cinco sentidos con amoroso empeño, tomaba la

resolución de buscar a don Quintín para que éste le sacase de dudas

sobre si era o no verdad lo del casorio, y pensando en él se decía:

«Está visto que ese pobre majadero ha nacido en provecho mío.»

Dulce y sabrosa · 第 41 / 53 题