Donde el zorro se forja la ilusión de que la gallina puede venir a
entregársele
Tanto se envalentonó don Juan a consecuencia de la entrevista en la
Moncloa que, por conducto de Julia, envió a su hermosa deseada la carta
siguiente:
_«Cristeta de mi vida: No renuncio a que hablemos en lugar seguro.
Tu marido está muy lejos de Madrid, y nada tiene de particular que
una señora pase a cualquier hora del día por esta calle. Aquí en mi
casa te aguardo mañana a las tres. No hay ni puede haber lugar más
seguro. En lo porvenir acaso esto fuese imprudente: ahora no. Ven
sin miedo. No tendrás necesidad de llamar porque estaré solo y al
cuidado para recibirte, y al salir hallarás en la puerta un coche
que te llevará hasta donde quieras. ¿Vendrás? Me dice el corazón
que sí, y por supuesto, te doy palabra de honor de que no haré
nada, absolutamente nada que pueda enojarte. Vienes a casa de un
caballero. Te he querido, te quiero, y haré los imposibles por
demostrarte que estoy resuelto a poner remedio a tan dolorosa y
difícil situación. Piensa que vas a decidir de los dos para siempre
y ven sin miedo y quema este papel. Por Dios, no faltes. Tuyo
siempre,_
_Juan_
_Infantas, 80 duplicado, entresuelo.»_
Luego de enviada la carta, cayó en la cuenta de que tal vez fuese
demasiado expresiva y comprometedora; pero tal era la exaltación de su
ánimo, que se dijo: «No importa; hoy por hoy no hay peligro y aunque
estuviese aquí el marido, haría lo mismo. Lo esencial es que ella venga,
y vendrá.»
Aquella noche durmió mal, tras madrugar mucho, almorzó sin gana y se
vistió como quien pretende agradar.
Sobre la chimenea del despacho colocó dos jarroncillos llenos de flores;
en seguida, por si era curiosa y le revolvía los papeles, como habían
hecho otras, escondió varias cartas en una sombrerera vieja, arrojándola
encima de un armario, y quitó de la vista dos retratos de antiguas
conocidas y otro de una cómica fotografiada en ademán provocativo. En un
veladorcito puso un sortijero con alfileres, horquillas, agujas,
imperdibles y un gran frasco de agua de Colonia sin destapar, con su
caperuza de pergamino y sus cordones de colores. Pero, de allí a poco,
pensándolo mejor, e imaginando que aquello, además de estar en
contradicción con su carta, denotaba práctica de libertino a sangre
fría, solamente dejó el perfume y las flores.
Según las manecillas del reloj iban avanzando despacito, comenzó a
recapacitar si todo estaba dispuesto y en su punto. Nada ni nadie podría
turbarles. Los criados fueron alejados engañosamente, y la portera
advertida de que sólo dejase subir a la señora que había de llegar a las
tres.
Comenzó don Juan a dar paseos por el cuarto, y cada vez que llegaba
hasta la puerta de la escalera, aguzaba el oído, esforzándose en
distinguir y diferenciar los pasos de las gentes que subían... Los
peldaños crujen... ¡no es ella!; debe de ser una mujer muy gorda; luego
un chico que baja de estampía; después la pausada y ruidosa ascensión
del... De pronto sonó un campanillazo; tornó de puntillas hasta la
puerta, descorrió con gran tiento el ventanillo, y por una rendija
imperceptible, conteniendo la respiración, miró. Era un amigo: la
portera se había descuidado. Otro campanillazo, dos más, el último a la
desesperada, mucho más fuerte... y el inoportuno bajó lentamente la
escalera como quien da tiempo a que abran y le llamen.
Las tres menos diez. Hasta las flores, mal puestas en los búcaros,
caídas y doblados los tallos, parecían cansadas de esperar. Silencio
completo. De repente don Juan se dirige hacia la alcoba, porque más allá
del hueco que la separa del despacho, se ve la cama cubierta de un rico
paño japonés.
«Esto está mal; no debe verse tanto» pensó, y desplegando un biombo de
telas antiguas, ocultó el lecho, del cual sólo quedaron visibles las
almohadas, blancas, limpísimas, aún cuadriculadas por los dobleces del
planchado.
Al pasar ante un espejo se miró un instante y sonrió satisfecho. Tenía
la barba sedosa y muy cuidada; los ojos algo tristes, como de quien
espera una dicha, desconfiando lograrla porque no cree merecerla... El
gozo, la alegría, serán luego, cuando ella entre, porque no ha de
faltar. El marido no está en Madrid, el sitio es seguro, la impunidad
completa. Por otra parte, él se ha resignado de antemano a portarse como
caballero, a estar casi platónico para inspirar confianza. Lo demás
vendrá con el tiempo.
De cuatro miradas examinó el cuarto y le pareció que no estaba mal.
Alejando toda sospecha de ocio y frivolidad, había sobre una mesa varios
libros con señales interpoladas entre las hojas, y páginas dobladas. En
un testero de pared, llenando un hueco entre dos cuadros, se veían
brillar dos espadas de duelo que representaban la dignidad y el valor.
La alfombra no tenía motas, ni manchas de ceniza de cigarro; ni un átomo
de polvo empañaba los muebles.
¡Menos cinco! Se dirigió al balcón, y apoyando la frente contra el
vidrio, miró hacia la calle que enfilaba con el portal, por donde ella
probablemente vendría. Así permaneció un rato, que se le antojó muy
largo; mas al consultar de nuevo el reloj, vio que apenas se había
movido el minutero.
«Es difícil que una señora sea puntual; ¡tardan tanto en emperejilarse!»
Quiso distraerse leyendo periódicos; pero su imaginación tomó rumbo
hacia Cristeta y comenzó a fingírsela presente deleitándose en ella
igual que si la tuviese ante los ojos. Ensimismado y desprendido de
cuanto le rodeaba, creyó verla mientras en su casa se vestía, desazonada
y trémula, engalanándose con premeditación para venir a rendírsele. ¡Oh
portentosa fuerza de abstracción! ¡Oh bienhechora potencia imaginativa!,
¡sed benditas, porque dais al hombre la visión de la dicha deseada
cuando aún la tiene lejos... cuando acaso jamás ha de llegar!...
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No, no es visión, es realidad; no imagina verla, sino que la está
mirando.
Su tocador, ni grande ni lujoso, respira limpieza y elegancia. Cristeta,
en pie, frente al espejo, pincha en el rodete rubio la última horquilla,
y con la yema de los dedos se arregla los ensortijados ricillos de la
nuca. Estremecida de pudor y de frío, se quita la bata y la tira sobre
un sofá. Las ropas interiores son finísimas; están adornadas de
estrechas cintas de tonos pálidos, y trascienden suavemente a verbena.
Las medias son negras, como exige la impúdica perversión de la moda; las
ligas, de color de rosa. Ya se calza los bien formados pies. Ahora se
pone el corsé, lleno de vistosos pespuntes, y encima el cuerpo de suave
batista para no ensuciarlo. En seguida el vestido que, arrugando el
canesú de la camisa, oculta el nacimiento del pecho y los hermosos
brazos. La falda cae, resbalando a lo largo de la enagua; se abrocha de
prisa; busca entre varias horquillas un alfiler largo para sujetar el
sombrero, y se lo prende, dejando que el velo caiga, sombreándola el
rostro dulcemente. Los guantes..., una pulsera..., la lisa de plata,
nada que tenga pedrería. Se acabó. Algo falta: pudorosa, aunque nadie
puede verla, se vuelve de espaldas a la puerta y se estira una media.
«¡Qué hermosa es! ¡Cuánta cosa bonita y elegante se ha puesto! ¡Y pensar
que tal vez yo se lo vaya quitando todo poco a poco, con mimo,
lentamente, lazo a lazo, botón a botón, broche a broche, sin que oponga
resistencia ni enfado! Pero sabe Dios lo que sucederá, porque es una
mujer excepcional, capaz, aunque venga, de no dejarse besar ni las yemas
de los dedos. Sería desesperante y ridículo que sólo viniese para que
tuviéramos una escena romántica... con lágrimas.»
El reloj marca las tres en punto, la máquina produce un quejido metálico
y el timbre suena pausadamente. ¡Qué espacio tan largo entre una y otra
campanada! Hasta los objetos parece que aguardan impacientes. Don Juan
vuelve de nuevo a pasear, atento el oído hacía la puerta y fruncido el
entrecejo por el enojo. Empieza a desconfiar.
«¡No viene! ¿Qué ridículo miedo, qué recelo se le habrá metido en el
alma? ¡Virtud de última hora!»
Torna al balcón, apoya la cabeza en la vidriera, que se empaña con el
vaho de su aliento, y exclama, hablando solo:
--¡Gracias a Dios! ¡Allí está!
Cristeta viene por lo alto de la calle, vestida como él la soñó. Sus
enguantadas manos oprimen un grueso devocionario, sujeto con un elástico
rojo, y bajo el tul del velo brillan sus rizos de oro. A cada instante
vuelve la cabeza hacia atrás. Entonces, don Juan sonríe con orgullo y se
dirige lentamente a la puerta.
Al cruzar el despacho, lo inspecciona todo por última vez. Nada falta.
Para ella la butaca en que descansará su cuerpo agitado por la emoción y
el miedo, ¡quizá por el amor! En el suelo, el almohadón, bordado por
otra mujer ya olvidada, y muy cerca, la silla baja de fumar, que él
tomará para sí, cogiéndola como al descuido, procurando tener la presa
al alcance de la mano.
Pero en la escalera no suena el esperado taconeo ni el roce crujiente de
la falda.
«¿Qué será esto?»
Vuelve precipitadamente al balcón, alza el visillo y la ve en la acera
opuesta parada ante un escaparate, como si con disimulo se contemplara
en su cristal. En realidad, lo que hace es mirar con terror a derecha e
izquierda; hasta se nota la respiración alterada que levanta y deprime
su hermosísimo pecho, Don Juan piensa:
«Esta es la última vacilación.»
De pronto, Cristeta se vuelve, avanza en dirección al portal... se
detiene para dejar paso a un hombre que va cargado, y en seguida,
obedeciendo a un impulso inesperado, con un movimiento nervioso, se
vuelve de espaldas y echa a andar muy de prisa, calle arriba, por donde
vino. Pero aún queda esperanza: de repente acorta el paso, sigue
despacio, parece que duda, vacilando entre la cita y el deber... Por fin
acelera la marcha, se aleja casi corriendo, y allá, en lo alto de la
calle, se pierde confundida en un grupo de gente, mientras don Juan,
humillado y rabioso, murmura entre dientes, rasgando el visillo del
balcón:
--¡Cobarde! ¡Bribona!
Si la coge en aquel momento, la mata.
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Al anochecer se presentó en la casa un mozo de cuerda, mostrando tal
empeño por entregar al señor una carta en propia mano, que para tomarla
de la suya don Juan, todavía mohíno, salió al recibimiento.
Rasgó el sobre: lo que dentro venía era una tarjeta: el nombre
litografiado decía: _Cristeta Moreruela de Martínez_, y encima, escritas
con lápiz y mano temblorosa, estas palabras:
_«He ido asta la puerta de tu casa, y me a faltado balor. No pidas
lo imposible. Perdona a esta pobre mujer que sufre mucho, y
holbídame adiós para sienpre._