C.»

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¡Dios santo, qué noche! Averiguó, porque no lo sabía, hacia dónde estaba

la Bombilla, ajustó y citó un carruaje para las seis y media de la

mañana, pensando en tener, si éste faltaba, tiempo de buscar otro;

estuvo leyendo, sin enterarse, hasta las dos; intentó dormir, no pudo, y

desconfiando de que le despertasen oportunamente, se levantó antes de

que amaneciese. A las siete en punto tenía la capa puesta.

Poco después se apeaba ante la ermita de San Antonio de la Florida, y

deseoso de que nadie fuese testigo de lo que ocurriera, dijo al cochero

que le aguardase, y se internó andando por las alamedas de la Moncloa.

La mañana estaba fría, el paseo triste y solitario. Hacia el fondo, en

la lejanía del paisaje, visto a trozos entre grupos de troncos, la

niebla, aún no disipada por el sol pálido y débil, formaba un tenue velo

gris, sobre el cual destacaban los intrincados arabescos del ramaje

seco, los cipreses, cuyo vértice mecía el aire, y las apretadas copas de

los pinos. Una nubecilla brumosa pegada al suelo marcaba el sitio de un

estanque terso como un espejo negro. En los sitios sombríos la escarcha,

no derretida todavía, brillaba como polvo diamantino sobre el musgo

aterciopelado. Las hojas caídas, secas y abarquilladas, se arremolinaban

al menor soplo del viento en torno de los hoyos y socavas. A los lados

de las alamedas, en las cunetas del riego, había charquitos de agua

helada. De largo en largo se retorcían en la atmósfera las espirales

azuladas que formaba el humo de las hoguerillas encendidas por los

guardas. El silencio era tan completo que hasta se percibía el aleteo de

los pájaros al desprenderse de las temblorosas ramas, y de cuando en

cuando, a gran distancia, sonaba el silbato de una locomotora, o el

rechinar de las ruedas de algún carro que pasaba por el camino del

Pardo.

Don Juan andaba despacio, pisando hojarasca, que crujía bajo sus pies

como quejándose. Aguijoneado por la impaciencia se desembozaba

frecuentemente para mirar el reloj; y pareciéndole que las manecillas

estaban inmóviles, se lo aplicaba al oído. De pronto se detenía, y

volviendo pies atrás, desandaba parte de lo andado; parábase de nuevo,

ávido de oír el acercarse de algún coche..., y nada.

¿Sería posible que no viniese? ¿Habría sido capaz de citarle sólo por

dar largas al asunto? ¿Acaso para exasperarle? Si tal sucediera, él se

tendría la culpa por la amenaza de plantarse en su casa. Para una mujer

casada el lance podía resultar comprometido. Sin embargo, como su marido

estaba tan lejos... También para él era..., no enojosa, sino delicada la

entrevista. ¿Cómo no pensó antes en esto? ¿Qué iba a decir para

disculparse de la infamia pasada? ¿Por dónde iba a comenzar? ¿Qué

táctica seguiría? Si aquella mujer por él inicuamente...--no cabía

negarlo, inicuamente seducida y abandonada--, encontró después un hombre,

un filósofo que, mediante matrimonio, o fuese como fuese, aseguró su

porvenir, ¿con qué derecho iba él a turbar su reposo? Si le dijese, que

ciertamente se lo diría: «yo no tengo la culpa», ¿qué contestaría?

Además, ¿qué iba a solicitar? ¿Amor platónico? ¡Absurdo! El amor

platónico es la falsa resignación de los que no pueden besarse. Cuando

una mujer y un hombre se han devorado a caricias, ya no hay platonismo

posible. ¿Volver a las andadas? ¿Para qué? ¿Para cansarse al cabo de un

par de meses, sentir el mismo hastío de la vez primera, y portarse de

nuevo como un charrán?

No estaba seguro de poder reanudar el idilio, y ya entreveía la

contingencia de tener que romperlo. Sin embargo, ni por un momento se le

ocurrió la idea de salirse fuera del paseo y volverse a casa,

renunciando a la cita. Sólo la idea de mirar a Cristeta cerca de sí, de

contemplar su hermosura y oír el timbre de su voz, bastaba para que

olvidase todo lo demás. Lo peor que le podía ocurrir era quedar en

ridículo. ¿En ridículo él? ¡Imposible! La escena tomaría sin duda tono

romántico, al menos al principio. Después... según. Su papel era rogar

mucho, mostrándose arrepentido, en pocas y bien sentidas palabras. Ella

se negaría rotundamente.... ¡pero le oiría! Tal vez trajese el ánimo

dispuesto a concesiones. ¿Cuáles? ¿Citarle nuevamente? ¿Dónde ni con qué

objeto? ¿Para entregársele renovando en perjuicio de otro las venturas

pasadas? Don Juan lo deseaba... y lo temía. Reconquistarla, estrecharla

contra su pecho, volverla loca..., bueno; pero arriesgarse a tener algún

día que esconderse cobardemente, ¡eso no! por muy bravo que fuese el

señor Martínez. En el momento en que ella, casada o libre, accediese a

la consumación del engaño, ya fuese real y positivamente adúltera, ya

tan sólo traidora, dejaría de ser la mujer que le agradaba; seguiría

siendo hermosa...; pero le parecería falsa, viciosa, vulgar. Suponiendo

que se _arreglaran_, palabra vil en este sentido, ¿cómo ponerse de

acuerdo? ¿Pertenecía legítimamente a otro? Pues habría que andar a salto

de mata, recatándose, escondiéndose. Cuando el marido volviese, la

humillación sería completa. Lo raro, el síntoma grave, consistía en que

otras veces no paró mientes ante la perspectiva del placer robado, y

ahora sí. ¡Ruin cosa sería verse obligado a guardar respetos a un

marido! Por supuesto que si no estuviera realmente casada ¡ah!,

entonces, aun transigiría menos. Ocultarse de un legítimo esposo..., tal

vez; pero de un simple poseedor, ¡jamás! No había que perder la

esperanza. En el mero hecho de citarle... ¡Tendría chiste que no

viniese! Pero sí; un coche se acerca; su berlina.

Efectivamente; el carruaje avanzaba de prisa por el centro del paseo.

Don Juan se hizo a un lado, ocultándose tras el grueso tronco de un

álamo. Cristeta, que le había visto desde lejos, mandó parar, y se apeó.

Por su figura y traje venía primorosa. Llevaba falda lisa de paño gris,

formando grandes pliegues, corta para lucir los pies, calzados con

medias negras y zapatitos a la francesa, abrigo muy oscuro, ceñido al

talle con cordones de seda que pendían hasta el suelo, y forro de felpa

roja que se descubría a cada paso; sombrerillo de terciopelo ceniciento

con velito y lazos encarnados; cuello largo de piel que culebreaba sobre

el pecho, y manguito. Tenía la tez algo carminosa, como excitada por el

aire fresco de la mañana; los ojos acusando insomnio y llanto,

contorneados de un livor apenas perceptible; el garbo, la esbeltez, la

manera de andar, eran una delicia.

No estaba todavía lo bastante cerca de don Juan para que pudiera

desmenuzarla con los ojos, pero la presintió; el corazón le brincaba

dentro del pecho como pájaro inquieto en jaula estrecha. Un hombre

ducho, corrido y experimentado en tales lances, ¡temblar de aquel modo,

ni más ni menos que un estudiantillo! ¡Qué vergüenza!

El coche dio la vuelta y quedó parado. Ella cruzó ante el árbol tras el

que don Juan estaba escondido y pasó de largo; él, entonces, salió,

llamándola en voz baja:

--¡Cristeta, Cristeta mía!

Sin detenerse, repuso:

--Anda... anda hasta que perdamos de vista el coche.

Uno tras otro, a veinte pasos de distancia, siguieron cosa de cien

metros, internándose luego hacia la derecha en los jardinillos donde hay

una plazoleta con macizos de boj y bancos de piedra en torno de una

fuente. Allí se detuvo Cristeta, y volviéndose, aguardó al galán; éste

avanzó rápidamente, al llegar junto a ella se desembozó, y mirándola con

ternura, sin desplegar los labios, le tendió las manos. Ella no sacó las

suyas del manguito, y bajando los párpados quedó silenciosa, impasible e

inmóvil, como deidad que se dignase escuchar a un mortal. Viéndola don

Juan en actitud tan indiferente y desdeñosa se amilanó por completo.

Cristeta, después de complacerse unos segundos en saborear aquella

turbación, dijo fríamente:

--Aquí me tienes.

--¡Cuánto te agradezco... vida mía!

--No, Juan, tuya no. He venido y he hecho mal, lo sé; ahora lo siento.

Pero quería suplicarte de rodillas, exigirte, si es necesario, que no

vuelvas a pensar en mí.

--¡Imposible!

--¡Calla! No sabes lo que te dices. En ti sería una locura, en mí una

infamia.

Don Juan, sin dejarla seguir, preguntó dolorosamente:

--¿Luego estás casada?

Cristeta, en vez de contestar categóricamente, dejó caer los brazos

rectos a lo largo del cuerpo, con ademán de profunda resignación, y sin

desplegar los labios inclinó la cabeza sobre el pecho.

Entonces él exclamó:

--¡Mentira parece que hayas tenido valor!

--No tienes derecho a reconvenirme. Te gusté, era libre, y además tonta:

te creí... ¿qué había de suceder? Después me abandonaste sin el más leve

motivo de queja.

Al llegar aquí, don Juan creyó notar que los ojos de Cristeta brillaban

humedecidos en llanto, y que su voz acusaba profunda turbación de

espíritu.

En cuanto a él, no sabía cómo disculparse para salir del paso.

--Mi situación... aquel maldito negocio...--dijo apartando la mirada.

--Todo mentira; ya lo sé. Me dejaste a sangre fría, con una perfidia

inconcebible... Ahora... ¡tú lo has querido! Nada puede haber entre

nosotros.

Estaban solos; no había en torno paseantes, jardineros ni guardas;

nadie. Don Juan hizo ademán de querer sentarse en un banco, y miró a

Cristeta para que también lo hiciese; mas ella movió la cabeza negando,

y aproximándose a la fuente, se apoyó de espalda en los sillares del

pilón.

Los tibios rayos del sol, que ya iban haciendo jirones en la niebla,

comenzaron a reverberar en la limpia superficie del agua, sobre la cual

caía con rumor unísono y constante el chorrito del surtidor. De cuando

en cuando venía una hoja seca revoloteando por el aire, como mariposa de

oro, hasta quedar presa entre los pliegues de la falda de Cristeta,

quien distraída, casi maquinalmente, la tomaba con las puntas de los

dedos, dejándola sobre el haz del agua.

Viendo don Juan que no quería sentarse, permaneció en pie frente a ella

sin atreverse a proferir palabra. Cristeta tornó al pasado juego de

bajar la cabeza para evitar encuentro de miradas, hasta que pasados unos

cuantos segundos, tendió con desconfianza la vista en torno, y dijo:

--Déjame, ingrato, déjame que me vaya... esto es una locura.--Y

apartándose de la fuente, anduvo algunos pasos.

--¡No, por Dios!--exclamó él suplicante--. Tenemos mucho que hablar. No

puedo seguir así; ¿cómo quieres que me resigne a perderte?

--¡Qué remedio! Juan, piénsalo; ni yo soy mujer capaz de cometer una

infamia, ni tú transigirías con ciertas cosas...

--¡Eso jamás!

--Entonces... ¡ya lo ves! Adiós, Juan. ¡Bien sabe Dios que la culpa no es

mía!

--No me has querido nunca.

--¡Qué sabes tú lo que es querer! Sí, con toda mi alma... es decir, te

quise cuando podía quererte.

--No me hubieras olvidado tan pronto.

--¿Merecías otra cosa? En fin, ni tú debes hablar más, ni yo escucharte.

He venido, ¿qué se yo?, por debilidad, por miedo a que tuvieras el

atrevimiento de plantarte en mi casa.

--Estaba resuelto.

--Pues si es verdad que me has querido, que aún me quieres,

demuéstramelo... dejándome vivir tranquila y no te guardaré rencor, es

más, te lo agradeceré con toda mi alma.

--Calla, eso no se le dice a un hombre como yo. ¿Crees que pueden quedar

así las cosas?

--No te forjes ilusiones: aquello acabó para siempre. Ya que no supiste

quererme, veremos si sabes respetarme. Adiós, adiós, Juan, que se hace

tarde y puede venir gente.

Esto dijo con la voz penosamente entrecortada y los ojos nublados de las

mal contenidas lágrimas.

Don Juan concibió, sin embargo, alguna esperanza. Indudablemente,

aquella mujer había ido decidida a darlo todo por concluido; pero sus

miradas, su turbación, el constante aludir a lo pasado, como echándolo

de menos, indicaban que le costaba gran pena resignarse.

--Mira, Cristeta--dijo bajando los ojos, al modo de quien hace una

confesión vergonzosa--, tienes razón. Mi conducta... tú no sabes lo que

es la vida de un hombre... estaba en circunstancias excepcionales...

podré haberme portado mal... pero caro lo estoy pagando.

--Y ahora que no tiene remedio--le interrumpió ella con un mohín

delicioso--es cuando caes en la cuenta.

--¡Si me quisieses de veras!

--¡No sueñes! Nuestras relaciones fueron antes un juego peligroso en que

yo salí perdiendo. Hoy, en cuanto a mí, serían un crimen, y por parte

tuya una vileza. Concluiríamos aborreciéndonos.

--Bueno, como quieras, puede que tengas razón; pero yo no me conformo.

¡Qué impresión me causó encontrarte! ¡Cuánto me has hecho soñar! Ahora,

ahora es cuando te adoro. ¡Idea, imagina, propón un medio, un recurso!

Soy capaz...

--¿De qué? No hables más, que me ofendes.

Don Juan miró rápidamente a todos lados, vio que nadie podía

sorprenderles, y alargando los brazos, intentó coger las manos a

Cristeta; mas ella, echándose hacia atrás, las esquivó temblorosa,

exclamando:

--¡No! ¡No me toques!... Adiós, adiós.

Y al decir esto, se apartó muy despacio.

Entonces, envalentonado él por la soledad y aún mas por la emoción que

el semblante de Cristeta revelaba, la alcanzó, cogiéndola por una manga

del abrigo, al mismo tiempo que con voz trémula e intención resuelta,

decía:

--¡No te irás! Tú no puedes ser de nadie más que mía. ¿Entiendes? ¡Mía o

de nadie!

--Te digo que me dejes. ¡No eres caballero!

--Aquí no hay caballero que valga; no hay más que un hombre que te

quiere, que tiene derecho...

--¡Calla, o me marcho!

--¡Me oirás! ¿Conque has tenido valor de engañar a un pobre hombre y

ahora quieres sentar plaza de virtud arisca? ¡Es tarde!

Aun pareciéndole a Cristeta dura y grosera la frase, se alegró de oírla,

porque la energía con que don Juan la dijo denotaba sinceridad. Ningún

halago de los que recibiera en otro tiempo fue tan de su gusto como

aquel espontáneo arranque de despecho.

--Me abandonaste--replicó--, y lo que se tira por la ventana es de quien

primero lo recoge.

--Eso será si yo lo consiento. ¡Buscaré a ese hombre...!

--¡No, por Dios!

--Pues prométeme que...--y no siguió.

--¿Ves? No puedes decirlo. ¿Qué he de prometer?

--Quiero verte..., nada más que verte alguna vez. ¡Mira que estoy

dispuesto a todo!

Deseando ella cortar la entrevista, fingió ceder, y dirigiéndose hacia

el sitio donde el coche la esperaba, echó a andar diciendo:

--Bueno..., ahora déjame..., procuraré que nos veamos, cuando pueda

ser..., pero tú mismo te persuadirás de que no debemos..., sería indigno

de nosotros...; por piedad, déjame marchar, que es tarde.

Don Juan insistió:

--Pues dime que nos veremos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¡Cristeta, tú no sabes cómo

estoy!

--Una vez..., te lo prometo...; quédate aquí, no me acompañes más..., y

luego ten prudencia y no me sigas.

--Te obedeceré..., lo que tú quieras...; pero júrame que nos veremos

pronto, que no me has olvidado por completo.--Y con mezcla de solemnidad

y enternecimiento, añadió, clavando en ella sus expresivos ojos--:

¡Cristeta..., júramelo..., por tu hijo!

--Bien; te lo juro por el niño, y ten prudencia, por la Virgen del

Carmen.

Corrió hacia el coche, y don Juan se quedó mirándola embelesado.

Al arrancar la berlina se asomó a la ventanilla fingiendo que se

incorporaba para acomodarse en el asiento. Un instante después, mientras

el carruaje corría camino de Madrid, no pudo contener la risa pensando:

«Pobrecito niño... ¡jurar en falso! ¡Válgame María Santísima!... aunque

no es mío, no quisiera que le sucediese cosa mala. ¡Angelito de su

madre!»

Don Juan, loco de contento, dio la vuelta hacia San Antonio, diciéndose

mentalmente: «Es indudable que se ha casado por despecho; todavía me

quiere..., ha consentido en que nos veamos, lo ha jurado por su hijo,

¡pobrecilla!, y después ha dicho 'prudencia', es decir, todo se

arreglará. El arreglo corre de mi cuenta. La cosa no es tan fácil como

parece. Vamos a cuentas. Aunque no se parece a ninguna otra, al fin es

mujer. Está casada, y, sin embargo, ha consentido en que nos viéramos...

luego es mía... en espíritu. El tiempo hará lo demás. Lo imposible,

inútil y absurdo, dadas las circunstancias, sería repetir las citas al

aire libre. Una vez, pase, por lo que tiene de poético. ¡Ya lo creo que

tiene poesía! La mañana, la niebla, el miedo, el misterio, ¡hasta el

sitio...! Aquí venían con sus amantes las damas de tiempo de Carlos IV;

en este palacio de la Moncloa debían de tener sus citas Godoy y María

Luisa. ¡Cuántas picardías habrán visto esos merenderos! ¡Si pudiese

hablar esa ropa que hay tendida! ¡Pobre Manzanares, cuánta burla le han

hecho!; _arroyo aprendiz de río_, dijo Quevedo; _río con mal de piedra_,

le llamó Lope... ¡Si hubiese por aquí una casita decente! Pero ¡quiá!,

no es mujer que se deje llevar a cualquier parte. De amigas no querrá

fiarse, y hará bien. Tengo observado que cuando una mujer le presta a

otra su casa, concluye por robarle el amante. Si consintiera en venir a

mi casa, sería lo mejor. ¿Qué tiene de particular que una señora entre a

cualquier hora del día en un portal de la calle de las Infantas? Nada.

¡Si fuese en sitio apartado, en barrio sospechoso! Cuanto más céntrica y

frecuentada es una calle menos se escama la gente de ver a un hombre

parado con una señora o acompañándola; lo que huele a pecado es

encontrarse una pareja fuera de puertas o por calles extraviadas. Sólo

el hecho de haberme citado en la Moncloa demuestra que esta pobre chica

no tiene experiencia ni pizca de malicia. ¡Está monísima! Ahora, ahora

que no está en Madrid el bestia de su marido, es cuando tengo que

domesticarla. Y ha de ser en mi casita. ¡Venus a domicilio! ¡Vaya si

vendrá! La verdad es que lo más cómodo es que ellas vengan a verle a

uno. ¡Y cómo les gusta! Se hacen la ilusión de que se truecan los sexos

y arrostran el peligro con más valor que nosotros... Me acuerdo de

aquella que me decía sentada en el sillón de mí despacho: «Un día vas a

poner en el balcón una muestra con un letrero que diga MODAS, para que

yo me asome impunemente o para que me traiga mi marido hasta la puerta.»

Cristeta no es capaz de semejante desvergüenza, pero vendrá. Esto es lo

primero que hay que procurar. Si no quiere, buscaremos otro medio.»

<tb>

Aquel mismo día por la noche Cristeta mandó recado a don Quintín

rogándole que fuese a verla. Obedeció el vejete, y hablaron largo y

tendido. La sobrina dio encargos e instrucciones; el tío, por la cuenta

que le tenía, prometió obedecer.

Fue conferencia importantísima, pero secreta; semejante a esos consejos

de ministros en que se tratan cosas graves, que sólo andando el tiempo

se descubren.

Dulce y sabrosa · 第 39 / 53 题