J.»

Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera

con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y

presenciar alcahueterías!

La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan

ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre.

--¿Qué hay?

--_Rigular._

--Explícate.

--Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba

leyendo _mu_ seria. En seguida la rompió en pedacitos y la tiró a la

chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: «Ya se cansará.»

Después _me se_ quedó mirando _clavá_, y dijo: «Muchacha, ¿tú te has

_empeñao_ en irte a servir a otro _lao_?»

Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosiguió.

--Pero lo que yo me digo: cuando no me ha _despedío_ ya..., es _güena_

señal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; creí que la

señorita sería más dura de pelar; pero desengáñese usted..., _pa_ ver

picardías no hay más que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos

vamos con un hortera o un _soldao_; pero lo que es las señoras, en

viendo _cabayeros_... como si no fueran tales señoras.

--Tienes razón.

--Por supuesto que también los hombres son _negaos_: no lo tome usted a

mala parte; pero ¿se le figura a usted que el _marío_ de mi ama no está

_dejao_ de la mano de Dios _pa dirse_ a la Habana _ú_ donde sea,

mientras ella está tan reguapa que da gloria, y más fresca que una rosa?

Lo que yo digo: si él está en el _otro mundo_, ella como si estuviera

viuda, y las viudas son del diablo.

--¡Ah! Bueno, y ¿qué hay de eso? ¿Cuándo se casaron?

--Verá usted: me ha dicho la cocinera, que es la más antigua, que el

señor es bastante mayor, no viejo, ¿eh?; pero la _yeva_ veinte años, lo

menos. Se conocieron fuera de Madrid, en un pueblo donde hay mar, ya va

_pa_ tres años, y el casarse fue por la posta. Vamos, que les entró muy

fuerte... como a usted ahora.

--Sigue.

--Luego, hace tres meses, el señor, que estaba _empleao_ aquí, se ha ido

a la Habana; dicen que es _pa_ tener no sé qué categoría o señorío, y

_golverse_ y _cobrar_ más; después, si se muere habiendo _estao_ allí,

porque él ha _estao_ antes también, pues, si se lo lleva Pateta, le deja

_mu_ buena orfandad a la señora.

--Viudedad, mujer, viudedad.

--¡Ah! _me se_ olvidaba lo mejor. A la cocinera le han dicho que la

señorita había sido de las que trabajan en el _treato_.

--Eso debe de ser una paparrucha. No tiene trazas de cómica. Lo que has

de averiguar es si tiene unos parientes estanqueros, y si habla de que

vuelva pronto tu señor.

--De parientes nunca habla, como si fuera inclusera. El señor _tié_ que

estar allá un año... le faltan nueve meses. Ingénieselas usted ahora

mientras él está allá..., en _golviendo_..., pues, entonces... ya

¡maldita la falta que le hace usted a ella!

--Bien, hija, bien. Eres jovencita; pero piensas claro.

--Lo que la enseñan a una. En fin, yo me tengo que largar. ¿Manda usted

algo? ¡Ah, _me se_ olvidaba una cosa que _l'importa_ a usted mucho!

Según la cocinera, el amo es muy bruto... ¡conque, ojo al Cristo!

--¿Cómo?

--Que es hombre que gasta malas pulgas, y si se entera de que usted u

otro _cualisisquiera_ anda buscándole las vueltas _pa_ torearle, pues, a

la señorita y a usted, _ú_ al que sea, lo hace polvo. El tal señor de

Martínez es atroz de grosero y de mal _hablao_.

--Me tiene sin cuidado. Lo principal es que yo me haga simpático a la

señorita..., luego..., si viene ya nos las compondremos como podamos.

Vamos a lo que importa. Mira..., mañana..., no, mejor ahora mismo,

espera. Vengo prevenido para ver si me ahorro otro madrugón.

Sacó de la petaca una tarjeta, un sobre pequeño y un lápiz; miró en

torno, y convencido de que la gente que pasaba no era tal que pudiese

conocerle, hizo ademán de escribir sosteniendo la tarjeta en la mano

izquierda.

--Poco cabe ahí--dijo Julia mirando el pedazo de cartulina--. ¿_Sabusté_ lo

que le digo? _Póngala_ usted a la señorita que si no contesta se

plantifica usted en su casa _pa_ hablar con ella, y apuesto las orejas a

que, por miedo, contesta. En fin, así sabrá usted si da lumbre, porque

hasta hoy está usted como alma en pena.

«¡Oh malicia, oh ingenio, hasta en los más humildes resplandeces!»--pensó

don Juan y añadió en voz alta:

--Hablas como un libro.

En seguida escribió estas líneas:

_«Cristeta: Esto y resuelto a que nos veamos. Si no me contestas,

si no accedes a ello, pasado mañana, sin falta, me presentaré en tu

casa. Date por avisada. Perdóname; pero ni puedo ni quiero estar

más tiempo sin hablarte._

_Tuyo, Juan.»_

Metió en el sobre la tarjeta, se la dio a Julia, despidiéronse, y ya

estaban a punto de separarse, cuando él, por precaución para lo

sucesivo, dijo:

--Oye, por si yo te necesito o tú tienes algo nuevo que decirme, cada dos

días por la mañana, a la misma hora de hoy, aquí nos veremos. ¿Vendrás?

--Bueno, vendré; pero usted las lía de tanto madrugar.

Y cada uno se fue por su camino.

Poco después, don Juan, resuelto a seguir el consejo de Julia, quiso,

para orientarse, conocer el terreno que acaso habría de pisar, y tomando

un coche de punto, encargó al simón que pasase despacito por la calle de

Don Pedro.

Se quedó asombrado. La casa de que Julia le hablara era la de los duques

de Barbacana, una de las más antiguas y señoriales de Madrid, un

edificio de mediados del siglo XVIII, caserón destartalado, con honores

de palacio, formando esquina con una calleja inmediata y rodeado de

altas tapias, tras las cuales se alzaban unas cuantas acacias. «No cabe

duda--se dijo--, la casa de los de Barbacana. Pues les costará carísimo.

¿Con quién se habrá casado esa mujer? ¿Qué señor Martínez será ese? ¿A

que está nadando en la opulencia y resulta inútil cuanto yo intente?»

Al tornar hacia el centro de Madrid, llevaba la cabeza llena de dudas,

conjeturas y suposiciones. La vista de aquella fachada con grandes

huecos, el portal enarenado y lleno de tiestos, el arranque de la

escalera alfombrada, el farolón monumental y, sobre todo, la grave

figura del portero augustamente envuelto en un levitón con cada botón

como un platillo, y con gorra de cinta blasonada, aquel conjunto de

señorío rancio y fortuna segura, le dejó estupefacto. «¡Qué barbaridad!

Pues aunque los duques vivan en el principal y alquilen el segundo y sea

interior, lo menos... ¡qué sé yo cuánto! ¿Se habrá casado con el

administrador y les darán casa? No, porque no estaría él en América.»

Don Juan empezó a creer que la situación se complicaba. Cristeta debía

de estar rica, y no necesitaría para nada de su antiguo amante; además,

era mujer capaz de entregarse, pero incapaz de venderse; por último,

también pudiera suceder que estuviese enamorada de su marido. Al

ocurrírsele esta idea frunció el entrecejo, y pasándose la mano por la

frente, pensó: «¿Enamorada del otro? ¡Imposible! Pero... ¿y a mí qué?

Mejor. Lo esencial es que se ha puesto hermosísima, mucho más guapa que

antes. En fin, tengo ese capricho y me da la gana. Ha engordado...,

antes tenía el pecho como de ninfa jovencilla, hoy debe de tenerlo como

la diosa de la abundancia. ¡Me da una ira pensar que el burro de

Martínez!... No es que yo me arrepienta; pero la verdad es que anduve

algo precipitado en dejarla.»

Evocando recuerdos se le vinieron a la imaginación muchas cosas. Ninguna

mujer poseyó que fuese tan cariñosa. ¡Qué modo de echarle al cuello los

brazos! ¡Pues y aquella lánguida monería con que se le ceñía al cuerpo,

posando la gentil cabeza sobre su hombro! Sin saber cómo, se le caían

las horquillas, y el pelo suelto, rizoso y perfumado le rozaba la

frente. Lo particular era que la sensualidad, la parte grosera del amor,

permanecía en ella velada por un pudor admirable. Jamás habló de

resistencia, ni de perdición, ni echó en cara lo que daba, ni tuvo

miedo, ni alardeó de doncellez. Se dejó poseer con prodigiosa

naturalidad, como quien tiene sed y bebe agua, pareciéndole que la

entrega de su cuerpo era lógica, fatal e ineludible consecuencia de

haber sometido el alma. ¡Qué momentos tan dulces! La verdad es que todo

el mundo se ríe de estas cosas cuando las ve escritas; pero cuando las

trae uno mismo a la propia memoria, parece que saltan chispas de los

nervios y que ruedan lagrimones por las mejillas. Lo inolvidable para

don Juan era el modo que Cristeta tenía de besarle. A la llegada, un

beso repentino, brusco y rápido; el desahogo de la impaciencia. Luego,

según el momento y la situación de ánimo, variedad infinita; todo un

curso espontáneo de filosofía sentimental. Si le veía triste, besos de

cariño dulces y desinteresados, como caricias aniñadas. Si estaba

contento, besos juguetones y mimosos, algo lentos. Cuando quería

marcharse, besos prietos y tercos, en que la húmeda tersura de los

labios palpitaba con deliciosa laxitud, queriendo sorberle el alma. Nada

de grosería ni lujuria. Estos besos eran el maravilloso límite que

separa lo físico de lo inmaterial. Las bocas se unían como si tuvieran

vida propia, e independiente del resto del cuerpo. La confusión de los

alientos era símbolo del maridaje de las almas. ¿Quién ha dicho que esto

es pecaminoso? Si Dios ha desparramado en los labios, con infinito arte,

las papilas nerviosas que perciben y sutilizan la sensibilidad, y no

sirven para besar, entonces, ¿para qué sirven? El principal encanto de

las caricias de Cristeta consistía en que no permitían precisar dónde

acababa el amor puro y dónde empezaba la sensualidad. Tenía los enlaces

perezosos y movimientos lánguidos con que ciertos animales mitológicos,

mitad mujeres, mitad serpientes, se ciñen a los troncos de árbol; pero

al mismo tiempo sus miradas permanecían limpias y exentas de lascivia.

El cuerpo era blanco, no con la blancura mate, yesosa y seca de la

gardenia, ni con el tono marfilesco sucio de la magnolia, sino

ligeramente carminoso como el de una rosa blanca que tuviera pudor y se

ruborizase. En punto a modales no era una duquesa de tiempo de Luis XV,

mas poseía en grado superlativo esa aptitud femenina, merced a la cual

la muchacha que por primera vez se enrosca al cuello un collar de

perlas, parece que las ha llevado toda la vida. «Bueno--todo esto lo

pensaba don Juan--; pues dé usted a una mujer así trapos, galas, joyas,

ropas interiores finísimas, casa lujosa, criados, perfumes, blondas,

muebles cómodos, lámparas que adormezcan la luz... y ¡a morir los

caballeros! A pesar de todo lo cual, Cristeta ha venido a parar en

esposa de un señor Martínez. ¿Quién será él...? empleado en Cuba..., no

quisiera pensar mal; pero probablemente un ladrón..., es decir, un

hombre sin delicadeza. Ella, juzgándose perdida ¡por culpa mía!, habrá

transigido; no puede ser feliz. Un hombre que la deja sola por sumar

años de servicios y adquirir categoría, es un bestia.» Había momentos en

que don Juan se ponía malo a fuerza de recordar, discurrir, esperanzarse

y darse a los diablos.

Al día siguiente de haber confiado a Julia la tarjeta escrita con lápiz,

recibió una carta. El papel, finísimo, pliego pequeño, algo perfumado,

sin cifra ni sello: la letra desfigurada y temblorosa, no decía más que

esto:

_«Tú lo as querido. No tienes derecho de comprometer con tantas

imprudencias a una pobre mujer que ningún daño te a causado.

Mañana, por única vez, para despedirnos, a las ocho de la mañana en

la Moncloa, entrando por la parte de la Bombilla iré en coche y por

la Birgen rompe este papel._

Dulce y sabrosa · 第 38 / 53 题