Donde se prosigue la demostración de que el amor puede hacer astuta a la
engañada y crédulo al engañador
La carta confiada por don Juan a Julia y leída con avidez por Cristeta,
decía lo siguiente:
_«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es
necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde tú
quieras. Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo
inútil firmar.»_
Cristeta pensó: «¡Qué lacónico y qué escamado! Lo que él quiere es
visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse cariñoso y volverme
loca. No, pues todavía no.»
Llegado el día de la segunda cita entre Julia y don Juan, éste acudió
primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas
por el jardinillo de la Plaza Mayor, que aparecía envuelta en la neblina
llorona y gris de la mañana. Paseo arriba, paseo abajo, empezó a
monologuear como todo el que espera:
«Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pájaro; no me falta
más que trinar..., todo se andará. ¡Cuánto tiempo hacía que no
madrugaba!; desde que troné con la devota. ¡Buen catarro me hizo pescar
en las Jerónimas! ¡Y qué habilidad tenía para entrar y salir en una
iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese creído que eran dos
mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el
pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la
punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta,
suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos
personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamaño casi como
un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual
escondía el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente
religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el corsé, me dijo: «Mira tú si
el Señor es bueno que, según la doctrina, lo primero es amar a Dios
sobre todas las cosas, y fíjate en que no dice sobre todos los hombres.»
Los días en que se confesaba me decía entre caricias y besos: «Chico,
esto es coser por la mañana y deshacer la labor por la noche.» ¡Pobre
muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escéptica. ¡Con qué
poco se pierde la fe! ¡Bah! Aquello pasó... Ya tenía yo olvidado el
Madrid de por la mañana. Lo mismo está hoy que cuando iba yo a la
Universidad. Puestos de buñoleras, burras de leche, traperos, cocineras,
albañiles con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero
encima que parece un cónsul romano preparándose para entrar en triunfo,
alguna pareja de estudiante y modista... ¡quién fuera él!... y yo aquí
hecho un imbécil esperando a una niñera..., ni más ni menos que un
soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy
seguro... igual da. ¡Aquella sí que era buena época! Capa, espada,
linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman
lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas.
¡Famosa debía de estar la corte! Libertad no habría; pero en cuanto a
divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre
encerradas como monjas; así que cuando podían salir o meterle a uno en
casa, se volvían locas. Y eso que había frailes. ¡Los frailes! Eran
sabios que en materia de agricultura recogían sin sembrar, y en amor
sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupación de creer que no hay
español que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me
ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del
padre Tal o Cual, que debió de tener algo con alguna de mis abuelas...
El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas,
apenas hay rejas. ¿Cómo se las arreglarían ahora aquellos galanes? ¡Qué
cosas se les ocurrirían a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid,
que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante
del teatro italiano, y aquí en la Plaza de la Constitución la estatua de
un rey absoluto! ¡Cuánto disparate!... Pero, ¿no vendrá esa chiquilla?
¿Se estarán burlando de mí? No: Cristeta no es capaz... ¿Estará
realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me
mortificaría que conmigo presumiese de incorruptible...»
A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de
Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia:
--¿Qué hay, buena pieza?
--_Pos_ verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita
que, estando yo en el portal, _yegó_ un _cabayero_ a dejar una carta, y
que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició
nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida.
--¿Y qué cara puso?
--Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró
conmigo, y me dijo que la carta me la habían _dao_ a mí _diretamente_, y
que si tomaba otra, me plantaba en la calle.
--Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras?
--Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la
cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se
quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me
pareció que _yoraba_, _lo cual que_ no me lo explico.
--Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste
la carta?
--Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien _plantao,
mu fino_... en fin, usted.
--Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra
carta.
--Mire usted que me despiden.
--Calla, y escucha. Te daré la carta y la dejas sobre un mueble donde
ella la vea, Si riñe, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla,
ya sabemos a qué atenernos. Tú sírveme bien, y no te importe lo demás.
Toma, para ti.--La propina fue respetable.
--Me _paece_ a mí que me está usted metiendo en un berenjenal. A ver si
usted se come el queso y yo pierdo el pan.
--Yo lo remediaría. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable
que me digas dónde vivís.
--Bueno, pues mire usted, yo se lo diré a usted en cuanto huela que la
señorita _está por usté_; antes no porque me quedo en _mitá_ de la
calle: luego _ustés_ harán lo que quieran; pero le _azvierto_ a usted
una cosa, y es que..., la verdad, yo no sé si la señorita el día de
mañana le pondrá a usted buenos ojos, no la _conozgo_ bastante... y ya
sabe usted lo que son las señoras...; lo que sé, de seguro, es que tiene
mucho miedo a la _vecindaz_, que está llena de amigas y _conocías_ suyas
por _toos laos_; en casa no entra _dengún_ señor... y, en fin, que en
cuanto se asome usted por allí, ha _perdío_ usted el pleito. Como veo
que es usted una persona decente, no le quiero engañar. ¿Sabe usted lo
que le digo? Y mire usted, que aquí donde me ve usted tan joven, he
_servío_ en muchas casas.
--Habla mujer.
--Pues que de _yevar_ el gato al agua _tié_ que ser en otro barrio; pero
_mu_ lejos. Con el _caráter_ y las _cercunstancias_ de mi señorita,
_tié_ usted que ir a robar lejos, como los gitanos.
--Puede que tengas razón. En fin, por ahora seguiré tu consejo. Sin
embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dónde vivís;
yo no pareceré por allí, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que
a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo.
Julia fingió vacilar, y por fin repuso:
--Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, número 20, la única casa
que _tié_ jardín con tapias _mu_ altas que dan a otra calleja
_estrechisma_. Pero ya le diré yo a usted cuándo _tié_ que _dir_ por
allí, no vaya usted a ensuciarlo _too_ por _pricipitación_.
--Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta?
--Sí: agur, que se va a levantar el ama.
--Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas?
--¿También le gustan a usted las sirvientas? _Pa_ mucha gente quiere
usted servir a la vez.
La segunda carta fue redactada en estos términos:
_«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de
mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos
cuantos minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única
persona a quien puedes temer no está en Madrid. Espero con
impaciencia un recado o dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso
saludo de_