En el cual queda demostrado que la virtud, como el agua, brota donde
menos se espera
A las pocas semanas de lo narrado estaba Cristeta contratada como _otra
tiple cómica_ en un teatrillo de tercer orden, cuyo empresario era el
amigo del editor que la oyó cantar mientras se peinaba. Los tíos de
Cristeta, engolosinados con la oferta de dos duros diarios, consintieron
en el ajuste. Convínose en que al principio no representaría la niña
sino papelitos cuya parte musical pudiese aprender al oído, y también en
que, sin pérdida de tiempo, comenzase a tomar lecciones de canto. Ella
se puso loca de contento y los estanqueros, imaginando que su sobrina
tenía una mina en la garganta, transigieron en pagar maestro.
El teatro donde quedó Cristeta escriturada era de los que dividen por
horas las funciones, y en él se representaban cuatro cada noche. A la
primera apenas iba gente; a la segunda asistían familias de los barrios
cercanos cansadas de jugar a la perejila, jovenzuelos sin permiso para
retirarse tarde, matrimonios de larga fecha que iban a pasar el rato
para no verse solos, y forasteros deseosos de olvidar los sofiones
recibidos en los ministerios con la agradable perspectiva del _coro de
señoras_. Provinciano de éstos había capaz de renunciar a la esperada
credencial con tal de poder contar en su pueblo que había sido dueño de
cualquiera de aquellas infelices, condenadas a estar siempre haciendo
muecas voluptuosas con la cara pintada y trenzados con las piernas
presas en las desvergonzadas mallas. El público que frecuentaba la
tercera y cuarta función se componía casi exclusivamente de hombres
aficionados a comprar hecho el amor, y de pecadoras elegantes. A última
hora se ponían las piezas y zarzuelitas más verdes, y cual si esto les
sirviese de aperitivo, era de ver cómo a la salida muchos caballeros, o
vestidos de tales, esperaban en la calle la salida de bailarinas,
coristas y figurantas: por fin, cuando terminado el espectáculo
comenzaba la puerta del escenario a vomitar mujeres envueltas en
mantones y con toquillas de estambre a la cabeza, cada hombre se llevaba
su prójima, que solía ser ajena; alguna, envidiada de las demás, subía
en coche, y ya formadas las parejas, que a veces en realidad eran
tercetos, todos se iban contentos; ellas haciéndose las conquistadas, y
ellos imaginando triunfo lo que, a lo más, era compra.
A llevar y recoger a Cristeta iba el tío estanquero, no sin repugnancia
y protestas de su cónyuge, la respetable y añosa doña Frasquita.
Las primeras noches intentaron algunos chuscos divertirse a costa suya;
pero advertidos de que tenía mal genio, le dejaron en paz; en cambio,
los señoritos que pretendían acercarse a Cristeta solicitaban su
conversación, llamándole _don_ o _señor de_; y él, no acostumbrado a que
gente tan bien vestida le tratase de igual a igual, acabó por creer que
para codearse con personas finas era necesario andar entre bastidores.
El día en que trabajó Cristeta por primera vez, estuvo mal servido el
estanco. Nadie pensó sino en hacer viajes o enviar recados a casa de la
modista, autora del traje que había de sacar a escena, en peinar y
repeinar a la nueva artista, y en prepararle una banasta para las ropas
y una caja para los untos, cosméticos, polvos, mano de gato y otros
afeites.
Por la mañana, un asturiano que tenía en la esquina inmediata puesto de
café económico, vulgo _de a cuarto_, entró en el estanco a comprar
pitillos y dijo a la criada, especie de Maritornes a medio desbastar,
que el nombre de Cristeta estaba en el cartel del teatro con todas sus
letras; y la palurda, aunque no sabía leer, salió corriendo a que se lo
mostrasen; luego cruzó la calle con el mismo objeto la estanquera, sin
lograr nada, porque se le habían olvidado los espejuelos, y, por último,
fue también el tío, permaneciendo largo rato en contemplación de aquella
línea del reparto donde decía:
«CHULA PRIMERA-SEÑORITA MORERUELA»
Tal fue la emoción del pobre hombre, que señalando con el bastón las
letras, dijo enfáticamente a un cochero de punto que allí estaba: «¡Es
mi sobrina!», y la frase salió de sus labios con aquella entonación de
noble orgullo que debía de emplear la romana Cornelia cuando dijera:
«¡Yo soy la madre de los Gracos!»
Cristeta se estrenó (_debutó_, dijeron los periódicos) en un papel de
chula, y lo hizo con mucha gracia y desparpajo, luciendo un mantón gris
de ocho puntas, que por la mañana costó setenta reales en la calle de
Toledo, vestido de lanilla oscura con dibujitos claros, y a la cabeza un
vistoso pañuelo de seda, a listas azules y amarillas, entre cuyos
pliegues aparecía su bonitísima cara de madrileña picaresca. Iba calzada
con medias rayadas y zapatos bajos, mostrando en cada movimiento las
enaguas muy blancas. Sin que incurriese en desvergüenza ni descaro, su
figura resultaba tan gallarda y airosa como encantador era su rostro. Se
presentó en escena con los ojos turbados del miedo; pero en la segunda
salida, al terminar una tirada de redondillas, sonaron unos cuantos
aplausos y perdió el temor. En el resto de la zarzuelita estuvo
saladísima, y en la única pieza que cantó, también la aplaudieron.
Moviéndose y accionando parecía cómica veterana.
Cuando al retirarse a casa salió acompañada de su tío, había en la
puerta una manada de caballeretes esperando para verla de cerca; don
Quintín, que así se llamaba su Argos, puso cara feroz y ella,
esforzándose por reprimir la alegría, procuró estar seria.
Nadie durmió sosegadamente aquella noche en el estanco. La tía, porque a
pesar de la edad de su marido, estaba solevantada con lo peligroso que
era, según dijeron las vecinas, que el bueno del hombre fuese a pasar
las noches entre bailarinas y coristas; el tío porque, asombrado de la
facilidad con que Cristeta se ganaba sus cuarenta reales, pensaba ya en
el cobro de la quincena, y la muchacha porque aún le zumbaban en los
oídos las palmadas. Mas su verdadera satisfacción fue a la mañana
siguiente, cuando en la sección de espectáculos de un periódico leyó que
la señorita Moreruela era de agraciada figura y tenía brillantes
disposiciones, y estaba llamada a conquistar grandes triunfos en el
difícil arte a que se dedicaba.
Hasta final de temporada trabajó en otras dos obras, y por una de ellas
experimentó la primera contrariedad de las muchas a que había de estar
sujeta.
Citáronla para asistir a la lectura, y acabada ésta le entregaron su
papel, de poco más de un pliego, en cuya primera hoja estaban
manuscritas las siguientes palabras: