Capítulo IV

En el cual queda demostrado que la virtud, como el agua, brota donde

menos se espera

A las pocas semanas de lo narrado estaba Cristeta contratada como _otra

tiple cómica_ en un teatrillo de tercer orden, cuyo empresario era el

amigo del editor que la oyó cantar mientras se peinaba. Los tíos de

Cristeta, engolosinados con la oferta de dos duros diarios, consintieron

en el ajuste. Convínose en que al principio no representaría la niña

sino papelitos cuya parte musical pudiese aprender al oído, y también en

que, sin pérdida de tiempo, comenzase a tomar lecciones de canto. Ella

se puso loca de contento y los estanqueros, imaginando que su sobrina

tenía una mina en la garganta, transigieron en pagar maestro.

El teatro donde quedó Cristeta escriturada era de los que dividen por

horas las funciones, y en él se representaban cuatro cada noche. A la

primera apenas iba gente; a la segunda asistían familias de los barrios

cercanos cansadas de jugar a la perejila, jovenzuelos sin permiso para

retirarse tarde, matrimonios de larga fecha que iban a pasar el rato

para no verse solos, y forasteros deseosos de olvidar los sofiones

recibidos en los ministerios con la agradable perspectiva del _coro de

señoras_. Provinciano de éstos había capaz de renunciar a la esperada

credencial con tal de poder contar en su pueblo que había sido dueño de

cualquiera de aquellas infelices, condenadas a estar siempre haciendo

muecas voluptuosas con la cara pintada y trenzados con las piernas

presas en las desvergonzadas mallas. El público que frecuentaba la

tercera y cuarta función se componía casi exclusivamente de hombres

aficionados a comprar hecho el amor, y de pecadoras elegantes. A última

hora se ponían las piezas y zarzuelitas más verdes, y cual si esto les

sirviese de aperitivo, era de ver cómo a la salida muchos caballeros, o

vestidos de tales, esperaban en la calle la salida de bailarinas,

coristas y figurantas: por fin, cuando terminado el espectáculo

comenzaba la puerta del escenario a vomitar mujeres envueltas en

mantones y con toquillas de estambre a la cabeza, cada hombre se llevaba

su prójima, que solía ser ajena; alguna, envidiada de las demás, subía

en coche, y ya formadas las parejas, que a veces en realidad eran

tercetos, todos se iban contentos; ellas haciéndose las conquistadas, y

ellos imaginando triunfo lo que, a lo más, era compra.

A llevar y recoger a Cristeta iba el tío estanquero, no sin repugnancia

y protestas de su cónyuge, la respetable y añosa doña Frasquita.

Las primeras noches intentaron algunos chuscos divertirse a costa suya;

pero advertidos de que tenía mal genio, le dejaron en paz; en cambio,

los señoritos que pretendían acercarse a Cristeta solicitaban su

conversación, llamándole _don_ o _señor de_; y él, no acostumbrado a que

gente tan bien vestida le tratase de igual a igual, acabó por creer que

para codearse con personas finas era necesario andar entre bastidores.

El día en que trabajó Cristeta por primera vez, estuvo mal servido el

estanco. Nadie pensó sino en hacer viajes o enviar recados a casa de la

modista, autora del traje que había de sacar a escena, en peinar y

repeinar a la nueva artista, y en prepararle una banasta para las ropas

y una caja para los untos, cosméticos, polvos, mano de gato y otros

afeites.

Por la mañana, un asturiano que tenía en la esquina inmediata puesto de

café económico, vulgo _de a cuarto_, entró en el estanco a comprar

pitillos y dijo a la criada, especie de Maritornes a medio desbastar,

que el nombre de Cristeta estaba en el cartel del teatro con todas sus

letras; y la palurda, aunque no sabía leer, salió corriendo a que se lo

mostrasen; luego cruzó la calle con el mismo objeto la estanquera, sin

lograr nada, porque se le habían olvidado los espejuelos, y, por último,

fue también el tío, permaneciendo largo rato en contemplación de aquella

línea del reparto donde decía:

«CHULA PRIMERA-SEÑORITA MORERUELA»

Tal fue la emoción del pobre hombre, que señalando con el bastón las

letras, dijo enfáticamente a un cochero de punto que allí estaba: «¡Es

mi sobrina!», y la frase salió de sus labios con aquella entonación de

noble orgullo que debía de emplear la romana Cornelia cuando dijera:

«¡Yo soy la madre de los Gracos!»

Cristeta se estrenó (_debutó_, dijeron los periódicos) en un papel de

chula, y lo hizo con mucha gracia y desparpajo, luciendo un mantón gris

de ocho puntas, que por la mañana costó setenta reales en la calle de

Toledo, vestido de lanilla oscura con dibujitos claros, y a la cabeza un

vistoso pañuelo de seda, a listas azules y amarillas, entre cuyos

pliegues aparecía su bonitísima cara de madrileña picaresca. Iba calzada

con medias rayadas y zapatos bajos, mostrando en cada movimiento las

enaguas muy blancas. Sin que incurriese en desvergüenza ni descaro, su

figura resultaba tan gallarda y airosa como encantador era su rostro. Se

presentó en escena con los ojos turbados del miedo; pero en la segunda

salida, al terminar una tirada de redondillas, sonaron unos cuantos

aplausos y perdió el temor. En el resto de la zarzuelita estuvo

saladísima, y en la única pieza que cantó, también la aplaudieron.

Moviéndose y accionando parecía cómica veterana.

Cuando al retirarse a casa salió acompañada de su tío, había en la

puerta una manada de caballeretes esperando para verla de cerca; don

Quintín, que así se llamaba su Argos, puso cara feroz y ella,

esforzándose por reprimir la alegría, procuró estar seria.

Nadie durmió sosegadamente aquella noche en el estanco. La tía, porque a

pesar de la edad de su marido, estaba solevantada con lo peligroso que

era, según dijeron las vecinas, que el bueno del hombre fuese a pasar

las noches entre bailarinas y coristas; el tío porque, asombrado de la

facilidad con que Cristeta se ganaba sus cuarenta reales, pensaba ya en

el cobro de la quincena, y la muchacha porque aún le zumbaban en los

oídos las palmadas. Mas su verdadera satisfacción fue a la mañana

siguiente, cuando en la sección de espectáculos de un periódico leyó que

la señorita Moreruela era de agraciada figura y tenía brillantes

disposiciones, y estaba llamada a conquistar grandes triunfos en el

difícil arte a que se dedicaba.

Hasta final de temporada trabajó en otras dos obras, y por una de ellas

experimentó la primera contrariedad de las muchas a que había de estar

sujeta.

Citáronla para asistir a la lectura, y acabada ésta le entregaron su

papel, de poco más de un pliego, en cuya primera hoja estaban

manuscritas las siguientes palabras:

Dulce y sabrosa · 第 14 / 53 题