La obra era una _revista_, manojo de desvergüenzas mal escritas,
adornado con música populachera de aires franceses disfrazados a la
chulesca.
La esperanza del éxito estaba fundada en media docena de decoraciones y
en los trajes de las actrices, o, más claro, en la poquísima ropa que
habían de ponerse. Cristeta tenía que salir con el pelo suelto, corpiño
liso, muy escotado, de raso _azul eléctrico_, zapatos de lo mismo, nada
en los brazos y en las piernas mallas hasta la cintura; es decir,
desnuda: porque aunque de sus carnes sólo habrían de verse el escote y
brazos, todas las líneas y prominencias del cuerpo quedaban de
manifiesto.
Cuando una de sus compañeras se lo explicó detalle por detalle, la pobre
muchacha se puso como la grana y su primer impulso fue decir que
renunciaba a ser cómica, pero le dio vergüenza avergonzarse. Volvió a su
casa malhumorada, se encerró en su cuarto y estuvo llorando hasta la
hora de tornar al teatro.
Seguramente hubo por fuerza de ocurrírsele mucho tiempo antes que
aquello había de llegar, mas no lo imaginó para tan pronto; así que su
sorpresa fue terrible. Si al menos hubiese salido a escena un día muy de
corto y otro muy escotada... pero así, de repente, sin preparación... ¡y
casi desnuda! Buscando luego paliativos a su disgusto, se dijo que el
exceso de pudor ahogaría su porvenir artístico. ¡Pues qué! ¿No había
visto, por ejemplo, y nada menos que a célebres cantantes, lucir las
piernas haciendo el paje de los _Hugonotes_, y algo más que las piernas
en la Venus del _Tannhauser_? En realidad, lo que le enfadaba
extraordinariamente no era ostentar sus encantos, porque estaba cierta
de no hacer gesto, ademán ni movimiento indecoroso: la causa principal
de su enojo era el tener que salir entre otras mujeres desapudoradas y
venales que alardeaban de su desnudez, y con quienes había de alternar y
confundirse. Esto la sacaba de sus casillas. En vano tenía ya
acostumbrados los oídos al grosero lenguaje usado en lo interior del
teatro y a las frases soeces con que algunos gomosos la perseguían; su
mirada severa y su ceno adusto ponían a todo el mundo a raya; pero
ahora, obligada a circular por entre bastidores de aquel modo, ¿cómo
evitar las bromas insolentes, los dicharachos lascivos? Y luego, al
salir a escena, ¡cómo caerían sobre su cuerpo las miradas! ¡Qué
vergüenza!... En cambio, no se reirían de ella, cual les acontecía a
algunas de sus compañeras que tenían los brazos flacos, las piernas
torcidas, las caderas desconcertadas y el escote huesoso. Segura estaba
de obtener un triunfo la noche en que se estrenase la _revista_, porque
el espejo y la comparación de sí misma con aquellas desdichadas le
habían dicho que su cuerpo era un prodigio de hermosura.
En tales dudas y vacilaciones dejó pasar días y días, hasta que se echó
encima la víspera del estreno. Entonces tuvo miedo del ridículo, pensó
que aquello no era más que una contrariedad inherente a su profesión, y
cuando al concluir el ensayo general le preguntó la sastra que a qué
hora podría ir a probarla _el traje_, la citó sin oponer resistencia
para la misma tarde, sumisa e indiferente como si se tratase de un
asunto zanjado.
Llegó la hora convenida, fue la sastra a su casa, entró en el cuartito
de Cristeta y comenzó ésta a desnudarse, dejando por fin caer sobre la
estera de cordelillo las ropas y prendas dichosas que llevaba más
inmediatas al cuerpo. Entonces la encargada de vestir y desnudar
cómicas, según los casos, no pudo reprimir una exclamación de sorpresa
y, haciendo ademán de santiguarse, dijo:
--¡Bendito sea Dios! ¡Ay, señorita; mujeres hermosas tengo vistas, pero
como usted, ninguna!
Cristeta se sintió halagada y su pudor murió a manos de su vanidad.
Letra y música de la _revista_ fueron estrepitosamente silbadas,
contribuyendo esto a realzar el triunfo de Cristeta porque cuando
mayores eran las muestras de desagrado, salió ella a las tablas y, lo
mismo fue verla el público, que acallarse el bastoneo y los chicheos. En
seguida cantó bien dos o tres coplas, de esas que luego alcanzan los
honores del organillo, y aquella música, que por sí sola no hubiese
arrancado una palmada, fue aplaudida. Al terminar hizo la artista una
pirueta, dio un saltito muy mono, y se metió entre bastidores.
Lo que entonces estalló no fue entusiasmo, sino delirio: el público
quiso que se repitiera la canción, no por oírla, sino por ver nuevamente
a Cristeta; y ésta, animada con aquel éxito personalísimo, cantó mejor y
aún se movió con más libertad. Las mujeres pensaban mirándola: «¿Qué
harán estas bribonas para ponerse tan guapas?» Los hombres se la comían
con los ojos.
A partir de aquella noche, no hubo trapero literario de los que surten
de majaderías propias y ajenas a los teatros de último orden, en cuyas
cavilaciones no entrasen como elemento dramático los encantos corporales
de Cristeta.
El empresario recibió muchas obras, donde se adjudicaban a la nueva
artista papeles que requerían poquísima ropa, con lo cual la pobre
muchacha se persuadió de que no eran su voz y su talento los que la iban
sacando a flote, sino su belleza.
Esta fue su primera desilusión.
Los pretendientes cayeron sobre Cristeta como moscas sobre pastel
fresco; mas por ninguna de aquellas conquistas se sintió halagada.
Cuantos hombres se le acercaban traían imaginado que era cosa de llegar
y besar el santo, con tal de echar antes alguna limosna en el cepillo.
Un banquero riquísimo, y muy conocido en Madrid por la protección que
dispensaba a las chicas de vida alegre, le propuso descaradamente
amueblarle un entresuelito y ponerle coche; un caballerete trapisondista
y jugador intentó llevársela una noche a cenar, imaginando que cuatro
copas de Champaña y un gabinete de fonda le asegurarían la conquista; un
autor le ofreció un papel de gran lucimiento a cambio de una cita, y
hasta el director de escena se brindó a solicitar para ella un
beneficio, a condición de que ensayasen a solas lo que hubiera de
cantar. A ser ella interesada o de temperamento fácilmente inflamable,
pronto hubiera sucumbido: su salvación estuvo, por entonces, en que ni
la deslumbraba el brillo del oro, ni la imaginación se le exaltaba hasta
poner en peligro su castidad; antes al contrario, aquella larga serie de
acometidas bruscas, en que sin poesía ni delicadeza trataron de comprar
barata su belleza, concluyó por darle asco. No se le exacerbó la virtud,
pero vio claro el peligro.
Alguna vez, al refugiarse en el cuarto del teatro, contemplando a solas
su gallarda figura ante el espejo, sintió deseo de riqueza; quizá, ebria
de adulaciones, resplandores y músicas, soñó despierta con la realidad
del amor, mas ni el fantasma del lujo ni la tentadora voz de la
Naturaleza lograron rendirla, porque se sentía humillada de no despertar
en los hombres más que la misma impureza que les inspiraban aquellas de
sus compañeras, viciosas o hambrientas, que se vendían por un traje o se
prostituían por una joya. ¿Era esto castidad ingénita, frío cálculo,
tibieza de sangre o señal de orgullo?
Cristeta no era hipócrita ni desdeñosa del amor, ni de las que, por lo
ariscas, hacen antipática la virtud; pero instintivamente consideraba su
hermosura como complemento de su corazón: quien no poseyese éste, no
disfrutaría de aquélla. Se reconocía hermosa, y no concebía que pudiera
tasarse su belleza. Era capaz de disimular el enojo y hasta de no
enojarse contra un buen mozo que, atrayéndola con exquisito arte o por
sorpresa, la besase, imprimiendo al beso aquella deliciosa ingenuidad
del niño que se apodera de una golosina; pero a cuantos se atrevieron a
propasarse con ella ofreciéndole dinero, les recibió como se recibe a un
perro en un juego de bolos. En su corazón tenían entrada libre la
impremeditada flaqueza que vence el ánimo más fuerte, la voluptuosidad
que a veces flota en el ambiente y se desliza suavemente por los
sentidos hasta lo más recóndito del alma, la ocasión traidora que llega
cuando menos se piensa; en una palabra, todos los estimulantes del amor;
en cambio, su pensamiento estaba cerrado al interés. Un día de campo, un
rayo de sol o cuatro frases dichas a tiempo, podían hacer que Cristeta
cayese trémula en los brazos de un hombre; pero quien se arriesgase a
proponerle crudamente la compra de sus labios, los vería trocados en
manantial de indignación; el enojo de Lucrecia fuera pálido comparado
con el suyo.
Sí: Cristeta era romántica, como casi todas las mujeres españolas; y de
igual suerte que en un aduar de negruzcos gitanos se puede descubrir un
niño sonrosado de pelito rubio y rizoso; a semejanza del grano de oro
que corre arrastrado entre el légamo y las toscas piedras del río, así
en aquel teatrucho donde toda obscenidad tenían su asiento, vivía ella
cercada de ex--vírgenes andariegas y mamás alquiladizas, esperando, no el
chocar de los centenes ni el crujir de las sedas, sino la voz de un
hombre que murmurase en su oído: «¡Quiéreme!»
Mujer que así pensaba no podía transigir con la perspectiva de quedarse
sin flor, exponiéndose a dar fruto que acaso no tuviese dueño conocido.
Su entereza estaba además cimentada en otra base de resistencia, acaso
más salvadora que la misma castidad romántica.
A poco de ingresar en el teatro observó Cristeta que a cuantas
compañeras suyas pecaban y se envilecían por codicia, les salía errado
el cálculo. Hoy se entregaban a un calavera rico, mañana a un señorito
achulado, tal noche a un marido ajeno, tal otra a un pollancón estúpido;
y total, alguna cena, algún traje, desempeñar a costa de uno lo que
había de lucir con otro, y a la postre el rostro ajado y la juventud
malbaratada: vida de moza mesonera, trajín constante, pocas propinas y
vejez: mendiga.
Tales fueron, durante algún tiempo, sus pensamientos.
La maledicencia y la calumnia se cebaron en ella. Quién dijo que no era
buena, sino pecadora a escondidas; quién que por avariciosa se hacía
deseable, para venderse cara; quién, llegando hasta el colmo de la
infamia, afirmó que Safo había retoñado en ella: lo cierto fue que nadie
pudo probar acusación alguna.
Por fin, cierta mañana circuló en el ensayo una noticia estupenda.
Díjose que la noche anterior Cristeta no había salido del teatro
acompañada sólo de su tío; que con ellos iba un caballero de treinta y
tantos años, buen mozo y elegante; añadiose que Cristeta se apoyó en su
brazo para llegar desde su cuarto a la calle, que luego siguieron
juntos, ella bien arrebujada en su abrigo, él subido el cuello del gabán
de pieles, y detrás, a dos pasos, como guardia de respeto, el tío
estanquero. La fiera debía de estar domada y el domador se llamaba don
Juan de Todellas.