Donde el autor dice quién es la mujer bonita

El padre de Cristeta fue covachuelista a la antigua, con poco sueldo,

menos consideración, gorrito de pana y mangotes[1] de percalina negra: la

madre fue encajera de primorosas manos, que así componía, dejándolo

nuevo, un entredós de Malinas, como restauraba un cuello de Alençon.

Durante muchos años vivieron amantes y felices con el producto de su

trabajo; pero llegó un día en que él quedó cesante, porque fue preciso

emplear al sobrino del querido de la querida de un ministro, y a ella le

faltó labor porque pasaron de moda los encajes. Entonces comenzaron a

sufrir adversidades, escasez, pobreza, y hubieran llegado hasta verse

miserables, si la muerte, que esta vez llegó a tiempo, no atajara sus

desdichas. Ambos murieron con pocas semanas de diferencia, dejando en el

mundo una niña de diez años, fruto de su amor, la cual tuvo por única

herencia el despejo y la hermosura de su madre. Recogió a Cristeta una

tía, casada, hermana de aquélla, que tenía estanco en uno de los sitios

más céntricos de Madrid; y aunque las malas lenguas del barrio dijeron

que el amparar a la huérfana fue arbitrar medio de tener persona de

confianza que ayudase al despacho, es lo cierto que no sólo no sufrió

malos tratos la niña, sino que hasta fue acogida con cariño y enviada a

la maestra, donde aprendió a leer, escribir, contar, bordar y coser,

pasando luego a encargarse del mostrador, hecha ya una mocita muy mona,

y tan lista, que jamás se equivocaba en dar las vueltas, ni recibía

moneda falsa, ni trabucaba los sellos de las cartas. Sus tíos no la

mataban a trabajar; antes al contrario, le concedían permiso para salir

de paseo los domingos con sus amiguitas, y la tenían limpia y

decentemente vestida; limpieza y decencia que, según Cristeta fue

creciendo, comenzaron a convertirse en extraordinario aseo y primoroso

gusto.

[1] El autor había escrito manguitos. La Academia dice mangotes. ¡Paciencia! (N. del E.)

Mientras ella despachaba sellos y cigarros, su tía permanecía junto al

mostrador, en invierno haciendo calceta con el gato en la falda y

puestos los pies en la tarima del brasero; en verano dormitando o

abanicándose, y en todo tiempo celosa de que ningún comprador sostuviera

conversación larga o palique peligroso con la chica, que ya exigía

aquella vigilancia, porque según se iba desarrollando, aumentaba el

número de los que la echaban chicoleos y flores, no siempre de aroma muy

puro. Así llegó a tener fama de bonita, sin que nadie pudiera jactarse

de haber conseguido de ella una mirada cariñosa.

Era lista y comprendía perfectamente, de un lado, que no le convenía

incurrir en el desagrado de sus tíos ni desacreditarse a fuerza de

coqueteos; y de otro, que no podía encontrar con facilidad, entre los

hombres que frecuentaban el estanco, quien honrosamente mejorase su

suerte. No le gustaban los jornaleros, y con instinto superior a sus

años, adivinaba que los señoritos eran peligrosos.

Como crecida a puerta de calle, sabía mucho más de lo que debe ignorar

la pureza; pero esto que, a ser ella tonta, hubiera constituido un

escollo, dado su natural despejo se trocaba en ventaja. Las doncellas

ricas que despiertan a la vida entre muebles lujosos y en casas

suntuosas, conocen las sirtes donde naufraga la virtud por la torpe

murmuración de las visitas y el grosero lenguaje de ayas y criadas; pero

lo inmoral y pecaminoso llega a su entendimiento desfigurado, incompleto

y hasta poetizado con cierto aroma de encanto prohibido que acrecienta

el peligro. En cambio, las pobres como Cristeta, desde pequeñas se

codean simultáneamente con lo vedado y lo lícito, aprenden a defenderse

por sí mismas, se acorazan contra los hombres, y con perfecto

conocimiento de causa se esfuerzan en conservar lo que tanto les importa

no perder.

Cristeta vendía con amabilidad, sin hablar más de lo necesario; y en

cuanto despachaba lo que le pedían, se ponía a leer, apoyada de codos en

el mostrador, siendo su lectura favorita la de dramas y comedias.

Apenas se estrenaba en cualquier teatro una obra, ya la tenía entre las

manos: y como los ejemplares cuestan dinero y ella no lo gastaba, claro

está que alguien se los prestaba.

Sus tíos eran muy cariñosos, pero no podían vigilarla con igual interés

que lo hubieran hecho sus padres, así que le dejaban leer cuanto quería;

de modo que, a fuerza de devorar escenas de apasionamientos románticos y

exageraciones realistas, llegó la chica a saber, teóricamente, mil cosas

de amor que fueron aleccionándola en tan peligrosa y dulce enseñanza.

Pero ¿quién proveía a Cristeta de dramas y comedias?

En el piso principal de la misma casa del estanco vivía un editor,

quien, por ser pequeña su habitación, tenía arrendado en la planta baja

un cuarto, convertido en almacén de las obras que administraba. Cristeta

escogía cuidadosamente los puros que el editor fumaba, daba a sus

dependientes las cajetillas más gruesas, y, a cambio de esta amabilidad,

ellos le prestaban cuantos libros pedía. Además, el cuarto--almacén tenía

la entrada por un patio, que era de los estanqueros, y éstos cuidaban de

que sólo entrasen allí los dependientes del editor, con lo cual él,

seguro de robos, pagaba la custodia con billetes de favor para los

teatros, a que de ese modo asistía Cristeta gratis y a menudo.

Por último, los dependientes, que frecuentaban el estanco, habían puesto

a Cristeta al corriente de quiénes eran los autores de las más de las

obras que tenía leídas: así que la chica, merced a lo céntrico del sitio

y a la mucha gente que allí entraba, llegó a conocer de vista y por sus

nombres a casi todos los actores y poetas dramáticos y cómicos de

Madrid.

Entre semejantes lecturas y el roce de tales parroquianos, Cristeta fue

cobrando desmesurada afición al teatro. Aquella mujercita sería, hasta

parecer esquiva con la generalidad de los compradores, reservaba las

sonrisas y el agrado para los escritores y cómicos, a quienes en el

fondo de su imaginación no veía según la realidad, sino que pensaba en

ellos como en seres superiores, de cuyos cerebros surgían y en cuyos

labios tomaban vida todos los lances, intrigas, amores y aventuras que

le encantaban el ánimo.

Su fantasía transfiguraba y ennoblecía a los autores de los versos que

se sabía de memoria. En vano le decían, por ejemplo, mostrándole un

poeta sucio, grosero y malhablado: «Ése es quien ha escrito _La vida por

el amor_». Ella en seguida le confundía con su obra, le limpiaba con la

poesía de sus propias frases, acabando por figurárselo y verlo, no tal

cual era, sino ennoblecido, pulcro y elegante. Venía al estanco un

comicastro, injerto en payaso, rodeado de amigos tabernarios; pedía

entre ternos y tacos una cajetilla de las más baratas, pagaba mostrando

puercas las manos, sebosa la ropa, y apenas Cristeta le servía y veía

marchar, ya no era su figura real la que conservaba en la imaginación,

sino la de algún apuesto y enamorado caballero que le vio representar en

las tablas.

Pero estas pequeñas emociones nada eran ni valían comparadas con su

alegría cuando el editor, por tener propicios a los estanqueros, les

enviaba un par de butacas _de tifus_ en las últimas filas de cualquier

teatro que andaba mal. Entonces Cristeta se vestía y emperejilaba,

cepillaba cuidadosamente a su tío la americana o ayudaba a su tía a

ponerse la mantilla, y con el que había de acompañarla partía gozosa,

siendo completa su satisfacción la noche que, durante algún entreacto,

la saludaba familiarmente cualquier poeta ramplón o se le acercaba un

actor, por malo que fuese, a echarle cuatro requiebros.

En medio del contento que Cristeta experimentaba viendo así halagados

sus gustos, aún le quedaba una gran curiosidad por satisfacer. Conocía a

muchos actores y poetas, músicos y danzantes, pero nunca había hablado

con una cómica, dama joven o graciosa, ni siquiera característica, a

quienes ella se fingía poco menos que como criaturas extraordinarias,

completamente felices, que no tenían tiempo de sufrir ni padecer,

perpetuamente ocupadas en ser grandes señoras, reinas y hasta diosas,

cuya misión única en el mundo consistía en escuchar frases bonitas y

estar preparadas para raptos de esos que, según los casos, terminan en

muerte violenta, o boda y perdón de padre bondadoso.

Para Cristeta una actriz era una mujer que nunca deja de tener a sus

pies un hombre arrodillado, y en su camarín un mueble lleno de doblas

con que pagar albricias por los mensajes de amor. Ignoraba que muchas

veces la que en las tablas hace de princesa es en su casa criada de sí

misma. Por fin llegó un día en que vio de cerca a una cómica, y no de

las que andan de pueblo en pueblo trabajando a partido, sino de las que

triunfan en Madrid y pagan a su modista cuentas que importan miles de

pesetas.

Había entrado un poeta en el estanco, le vio la comedianta, que en aquel

momento pasaba por la calle, y, deseando hacerle algunas preguntas,

entró tras él. La conversación que sostuvieron fue larga, y mientras

duró pudo Cristeta contemplar a su sabor la elegantísima figura de

aquella mujer a quien tantas veces había visto en la escena. Llevaba un

primoroso traje negro con lunares blancos, el cuerpo del vestido cortado

con tal arte que, sin formar la más leve arruga, dibujaba un busto de

hermosas líneas; iba coquetamente calzada y sobre sus guantes grises,

muy altos, brillaban tres o cuatro aros de plata y de oro. El sombrero

era de ala ancha y estaba guarnecido con una pluma grande y rizada. Sus

ademanes eran vivos, se movía mucho y jugueteaba rápidamente con el

mango de la sombrilla; su voz, aunque dulce, denotaba carácter hecho a

dominar y vencer.

Cristeta, mirándola y remirándola, se anegaba en la admiración que

sentía: hasta llegó a forjarse la ilusión de ser ella misma la que tenía

delante de los ojos, antojándosele ser ella la cómica y ésta la

estanquera; y que después, en vez de continuar allí vendiendo sellos y

pitillos, podría irse a representar comedias por la noche y observar

desde la escena cómo la miraban los hombres y la envidiaban las

mujeres... Luego caería a sus pies una lluvia de ramos, y por el pasillo

central de las butacas entrarían los acomodadores cargados con

canastillas de flores y chucherías de regalo... Durante unos instantes

soñó despierta, y hasta el ruido confuso de la cercana calle le pareció

rumor de aplausos.

Al marcharse la cómica, el poeta dijo a Cristeta que aquella mujer

ganaba una onza de oro diaria; pero la estanquerita no dio señal de

envidioso asombro ni de cosa que denotase codicia. No; lo que le parecía

realmente envidiable era el constante triunfar, el bien vestir, el

hablar y oír cosas bonitas, el vivir, aunque fuese con existencia

fingida, en un mundo más poético y extraordinario que el de la realidad.

Cuando Cristeta cumplió los dieciocho años, ya estaban en ella

perfectamente desarrolladas la hermosura y la afición al teatro.

Respecto a la primera, su belleza era indiscutible; y en cuanto a la

segunda, que tanto había de influir en su vida, aquellas lecturas

dramáticas y diálogos con poetas y cómicos, tanto ir a ver comedias y

admirar a las actrices, concluyeron por entusiasmarla y sorberla el seso

en tal grado que, aun sin atreverse todavía a comunicárselo a sus tíos,

formó propósito de dedicarse a la escena.

La casualidad o la Providencia, que acaso sean hermanas según la

semejanza de sus obras, vino al poco tiempo en ayuda de Cristeta.

Una mañana, mientras se peinaba, comenzó a cantar coplas de cierta

zarzuela que a la sazón estaba en moda. Era verano y los balcones de la

vecindad que daban al patio aparecían entornados. De repente, sin que

ella lo advirtiera, se asomó a uno de ellos el editor, acompañado de

otro caballero, y, suspendiendo ambos la conversación, escucharon a

Cristeta, que siguió cantando con agradables modulaciones, ajena de toda

pretensión vanidosa, como pájaro incapaz de sospechar que nadie se

detenga a oírle. Su acento era gracioso y picaresco; su voz escasa, pero

argentina, juvenil, y no viciada por los esfuerzos ni la mala enseñanza.

No era voz potente ni de gran extensión, pero sí dulcísima, alegre y

fresca, como debieron de ser las de aquellas ninfas que en la antigüedad

jugueteaban llamando a su compañera Eco, corriendo y ocultándose tras

los troncos de los bosques sagrados.

--¿Oye usted eso?--preguntó al editor su amigo.

--Sí; es la chiquilla de los estanqueros.

--¿Bonita?

--Un primor.

--¿Se convence usted--añadió el caballero--de que si uno se propusiera

buscarlas, encontraría mujeres para el teatro?

--Hombre, no sea usted niño. Desde que no sé quién encontró un tenor en

una herrería, todo el mundo se maravilla de cualquier voz que escucha en

cualquier parte. Pero, en fin, si quiere usted hacerle proposiciones...

Yo le ayudaré a usted. Me consta que la muchacha tiene la querencia de

las tablas; vamos, que se pirra por el teatro.

Poco después Cristeta, que sin saberlo acababa de probarse la voz,

calló, concluyendo de peinarse con su acostumbrada gracia; hecho lo cual

salió al estanco y comenzó a vender.

Aquella misma noche, casi en el momento de cerrar, entró a comprar

cigarros el dependiente mayor de la casa editorial y, trabando

conversación con Cristeta, le dijo sin rodeos ni ambages:

--¡Ni que lo hubiera usted hecho adrede! ¡Vaya una vocecita que ha sacado

usted esta mañana mientras se peinaba! En fin... ¿quiere usted salir al

teatro?

--¿Yo?--repuso en el colmo del asombro.--¡Usted sí que se quiere quedar

conmigo!

Estaban solos: el dependiente, que no era viejo ni feo, tenía las manos

apoyadas en el mostrador; ella estaba turbada, recelosa, esforzándose

por sonreír, y agitada por un presentimiento incomprensible. El

sota--editor se había puesto muy serio; a la chica un sudor se le iba y

otro se le venía; de pronto, en un momento en que ella alzaba con cierta

coquetería una mano para retocarse el peinado, dijo el hombre:

--Vamos a ver: ¿le parece a usted que se han hecho esos dedos para pegar

sellos y contar calderilla? Vaya, me ha dicho don Pedro, mi principal,

que suba usted mañana con su tío, que tiene que hablar con ustedes.

--¿Para qué?

--Para saber si quiere usted ser cómica.

--¡Yo artista!--exclamó Cristeta con indefinible sorpresa.

--La misma que viste y calza. Es usted joven, guapa, tiene talento, voz,

afición.

--Lo que es afición sí que tengo.

--Bueno, pues con estudiar un poco... En fin, suban ustedes mañana.

Y se fue.

Cuando Cristeta quedó sola, tuvo que apoyarse en la anaquelería para no

caerse. Acostose sin cenar casi, ni hablar con nadie; permaneció largo

rato sentada en la cama, tardó mucho en desnudarse, lloró sin saber por

qué, se le olvidó rezar y, por fin, al deslizarse entre las sábanas

sintiendo las frías caricias del lienzo, tornó a sus pasadas ilusiones,

antojándosele que el ruido de los coches que pasaban por la calle era

estrepitoso rumor de aplausos y que las voces de los vendedores de

periódicos eran bravos frenéticos.

Dulce y sabrosa · 第 13 / 53 题