XXXI

Aquellas dos mujeres que dejamos junto al pórtico de la cárcel llegaban

jadeantes i desaladas a la puerta de la capilla.

Pero entremos a la capilla antes que ellas. Este reo, recojiendo

encorvado sus cadenas; aquel oyendo cabizbajo i taciturno las férvidas

palabras, los piadosos consuelos del confesor que fortalecian la

languidez de su espíritu; el de mas allá de rodillas al pié de un

crucifijo, con la frente inclinada, los brazos cruzados sobre el pecho,

i a la amarillenta luz de los cirios que ardia temblando en torno de una

mesa cubierta de negro terlíz, murmuraba ferviente esta plegaria

improvisada por él, en ese instante supremo:

Ser de inmensa bondad, Dios poderoso,

A vos acudo en mi dolor vehemente;

Estended vuestro brazo omnipotente,

Rasgad de la calumnia el velo odioso,

I arrancad este sello ignominioso

Con que el mundo manchar quiere mi frente.

Rei de los reyes, Dios de mis abuelos,

Vos solo sois mi defensor, Dios mio:

Todo lo puede quien al mar sombrio

Olas i peces dió, luz a los cielos,

Fuego al sol, jiro al aire, al Norte hielos,

Vida a las plantas, movimiento al rio.

Todo lo podeis Vos, todo fenece

O se reanima a vuestra voz sagrada:

Fuera de vos, Señor, el todo es nada,

Que la insondable eternidad perece;

I aun esa misma nada os obedece,

Pues de ella fué la humanidad creada.

Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia,

I pues vuestra eternal sabiduria

Vé al través de mi cuerpo el alma mia

Cual del aire a la clara trasparencia,

Estorbad que humillada la inocencia

¡Bata sus palmas la calumnia impia!

Mas si cuadra a tu suma omnipotencia

Que yo perezca cual malvado impio,

I que los hombres mi cadáver frio

Ultrajen con maligna complacencia,

¡Suene tu voz, i acabe mi existencia......!

¡Cúmplase en mí tu voluntad, Dios mio!

Dieron las tres de la mañana del dia viernes, 27 de julio. Las negras

alas de la tempestad comenzaban a ajitarse ruidosas en el firmamento. El

eco repetido del trueno bramaba en el espacio i parecia conmover la

naturaleza. El resplandor de uno que otro relámpago iluminaba la

inmensidad. ¡Parecia enlutarse el universo ante un espectáculo horrible!

Las dos mujeres que dejamos a la puerta, penetraron por fin al interior

del hospital. Apenas asomaron al umbral de la capilla i divisaron al reo

que oraba de rodillas, Raquel que era una de ellas, se precipitó hacia

él como un rayo, dando un alarido hiriente i esclamando como una loca:

¿Gabriel?... ¡mi querido Gabriel! Berta, que era la otra, la seguia

confundida i llorosa. Gabriel con los ojos que le relampagueaban volvió

el rostro i acudió a su vez a arrojarse a los piés de Raquel. Exalaba

éste un ronquido desapasible, erizábansele los cabellos i empalidecia

como una estátua de mármol.

--Jamás perdí la esperanza de que este consuelo me visitara aun en este

último asilo de mi desgracia, profirió el pobre mulato, poniéndose de

pié, asido de las manos de su señora.

--El corazon, Gabriel, me ha arrastrado hasta aquí, repuso Raquel.

--¡Dios la bendiga, señora mia! ¿I quién la notició de mi llegada?

--Carolina, esa mujer que por órden mia te introdujo al seno de mi

familia.

--¡Por órden suya!... dijo Gabriel atónito.

--Mi vida fué un suplicio no solo desde tu viaje a Trinidad sino desde

que ví aquellas cartas que blanqueaban sobre la mesa de tu cuarto: algo

funesto me presentian.

--¡Oh! señora, ¡que noble es el corazon! en efecto esas cartas eran los

hilos de la conspiracion que yo manejaba desde el humilde cuarto del

camarero. ¡Ah! ¡si hubiera sabido que en ellas escribia con mi propia

mano, mi sentencia de muerte!

--Invado, Gabriel, la capilla despues de haber tocado sin fruto las

puertas de tu calabozo, dijo Raquel ahogada en llanto, i agregó en

seguida: ¡pero tu me has engañado! nos hiciste comprender que no te

habias envuelto en la revolucion; que estabas libre.

--Acostumbrado, señora, a ahogar mis lamentos i mis desgracias en lo mas

hondo del alma, acostumbrado a padecer en silencio, quise ahorrarles

siquiera algunos momentos de afliccion.

--¡Ah! ¿i tu no comprendias que tu dolor era el mio?

--¿I a qué, señora, tener a nadie a espensas de mi dolor?

--Gabriel ... dijo ella entonces--¡Ah! Gabriel.... ¿no comprendiste

jamás que mi corazon te pertenecia?....

El pobre mulato recibió como un rayo esta revelacion i quedó helado.

Bajó la frente i calló....

Berta interrumpió el silencio aproximándose a Gabriel como quien se

aferra a una esperanza que huye i diciéndole--Pero Gabriel, en tu última

carta nos decias que te venias pronto, aunque mui de paso.

--I así es la verdad, señorita; _¡vine pronto, i de paso a la

eternidad!_....

Berta enjugaba sus lágrimas con sus dedos de marfil sonrosado, i Raquel

reclinó la frente sobre el hombro de Gabriel, con el pecho inchado de

sollozos i diciéndole a pausas: ¡Sabe Gabriel... que debo ser para tí...

el ser mas caro de la vida!....

--I así es, señora. ¿Cómo olvidaré que Ud. me hizo reconsiliarme con la

felicidad cuando la felicidad me dió las espaldas, que cuando el hogar

me cerró sus puertas, Ud. me abrió el suyo; que cuando me arrojó la ola

del destino a merced de la miseria, me refujié en su piadoso cariño?

--¡Cumplí solo con mi deber!

--Yo tambien señora, cumplo con el mio al agradecérselo a Ud. aun al

borde de la tumba. Aunque sin usted habria ya dejado de existir talvez

cuanto há un huérfano infortunado, i habria habido un mártir menos entre

los mártires. Porque mi vida....

--Gabriel, ¡silencio, por Dios!

--¡Oh! señora... ¡es imposible enmudecer la conciencia i ahogar el

corazon! Estoi seguro que si la autora de mis dias descansa el sueño

eterno, se estremecerán sus cenizas al presentir el infortunio que

enjendró mi orfandad. I si ella me sobrevive, irá mi sombra

ensangrentada a turbar su sueño desde la cabecera de su lecho.

Raquel sin proferir una sola palabra cubrió de lágrimas i besos las

manos del mulato.

Berta aproximándose a Gabriel i bajando la voz le dijo con cautela:

Gabriel, ¿es cierto que Plácido ha fugado?

Levantando el rostro, comprimió la frente entre sus manos el consternado

Gabriel; se esforzó por articular una palabra. ¡Imposible! El corazon en

su pecho moria como la voz en su garganta. Empapó en llanto sus cadenas;

i despues de una larga pausa esclamó con voz entrecortada:

--No señorita; Plácido no ha fugado.... Plácido está preso... Plácido vá

a morir... Plácido... ¡soi yo!

Berta, estremecida, contrajo el ceño i dió un paso atrás sin desprender

la atónita mirada de Gabriel. Este a su turno esperaba la última

sentencia contra su corazon, i despues de un momento de silencio

continuó: Yo sé que la raza ya que no el alma me hace indigno de Ud. Yo

sé que mi color es la maldicion que Dios hizo caer sobre mi cuna; yo sé

que mañana mientras mi sangre i mis cenizas esten calientes aun, Ud. se

ligará a Arturo de Bilbao. Pero quiero tambien que Ud. sepa que subiré

las gradas del cadalzo amándola, ¡que amándola he vivido, que amándola

bajaré a la tumba! I bien se puede abrir el corazon en el umbral de la

eternidad. ¡Allí de rodillas la esperará mi sombra envuelta en su

sangriento sudario!

Berta estaba fria i pálida como un cadáver.

Raquel iba en ese momento a interponerse entre ambos, pero Berta al

palpar la amarga realidad de aquel amor ideal, al recordar al apasionado

poeta que vaciaba su alma de fuego entre los versos i las flores de la

ventana, al comprender que por ella habia buscado la muerte, despues de

algunos ímpetus estériles de suprema indecicion, arrancó de su dedo el

anillo de brillantes que simbolizaba su alianza nupcial con Arturo i lo

arrojó a los piés de Gabriel, diciéndole:

--Yo sin conocerte te amé tambien locamente. I si tu no puedes

acompañarme en la felicidad, quiero acompañarte en la desgracia, mi

Gabriel de antes, ¡mi Plácido de siempre!....

Gabriel entonces se arrojó a los piés de su amada i posando la frente

sobre sus delicadas manos, iba a jurarle un amor de ultra-tumba, pero la

madre se interpuso nuevamente entre ellos diciéndoles: ¡Dios santo! a

qué jurar esa alianza, si la eternidad vá a separarlos. ¡El delirio del

amor, Gabriel querido, es impotente para ligar la vida i la muerte!

Sobre todo, hija mia, ¡reprime el vértigo que te domina, i acuérdate que

ya no te perteneces!......

Berta pálida i temblorosa como la luz que muere en el santuario, pareció

sentir allá en el santuario del alma una vacilacion horrible, al son de

las palabras de su madre. Cayó desmayada en los amantes brazos de

Plácido murmurando levemente: ¡Dios ha puesto un abismo entre los

dos!....

--¡Si! ¡el abismo de la tumba!... esclamó Gabriel desesperado.

--¡I el abismo del deber!... agregó Raquel, con tembloroso acento.

Las turvas desveladas se ajitaban entre tanto en las puertas de la

capilla. Oyóse repentinamente un ruido estraño i la algazara acreció. Un

jinete a galope tendido cortaba el aire ajitando un papel en la mano.

Cruzó la multitud i tendió su caballo en la puerta del hospital

gritando: _¡Plácido está salvo!... ¡Se ha conmutado su pena a cinco años

de presidio!_ La noticia cundió rápidamente. La muchedumbre ebria de

alborozo, ajitaba los sombreros i saludaba con un coro de gritos la

redencion del mártir, la salvacion de Plácido.

¡Que rápida mudanza! Tornóse el dolor en alegria, las tinieblas en luz,

la capilla del condenado en un santuario de amor, i sus cadenas en lazos

de flores..... ¡Eran los funerales convertidos en festin!

Cuando llegó a éste la noticia feliz, en el delirio de su frenesí, iba a

estampar un beso de alianza i de amor sobre la frente de ese ánjel que

yacia exánime i moribunda en sus brazos. La llamó por su nombre: fué en

vano. La meció para que volviera en sí: todo fué inútil. ¿Ha

muerto?..... ¿A qué besar entonces un cadáver?... ¿Ha perdido la vida

cuando Plácido la recobraba?

--¡Oh! si mi aliento pudiera ser el hálito de su vida! ¡Si mis brazos

pudieran ser las cadenas que retuvieran su existencia! ¡Si pudiera morir

por que ella viva! se decia alzando los ojos anegados en llanto. ¡Volvia

a estrecharla mas fuertemente en sus brazos convulsos para palpar esa

realidad que confundia en sí la mas dulce de las dichas i el mas amargo

de los martirios! Rendirse la esperanza de toda la vida doblegada sobre

su corazon i.... ¡morir en sus brazos! Creia a ratos que ella no era

sino una forma de sus delirios, o una vision pasajera de su mente

febril. Su silencio lo abrumaba de dolor. Pero temia tambien su primera

palabra creyendo que con ella fuese a desvanecerse corno un fantasma de

felicidad, i la oprimia callado sobre su seno palpitante.

¿Ha huido su alma como la esencia de la flor?... ¿Como la esencia de la

flor se ha disipado talvez?.. No. Una sonrisa divina iluminó su

semblante; sus azules ojos parecian reflejar los resplandores del

cielo; exaló un largo suspiro, precursor talvez de un juramento de amor,

i de un amor feliz....

Pero a veces cae el hombre desde las puertas entreabiertas de un paraiso

de risueña felicidad, hasta un infierno de infortunio que se abre

devorador a sus piés. Entonces no hai en el alma sino veneno; no

profieren los labios sino blasfemias.... I si un rayo de la tempestad

dejó en suspenso sobre los labios de Atala el primer ósculo de amor, el

grito de una revelacion terrible lo alejó para siempre de los labios de

Berta; pues Raquel, trémula, tambaleando, estremecida de horror como

quien vá a salvar de las garras a una víctima, se precipitó sobre ellos,

diciéndoles:

--¡Es siempre este amor, un amor imposible!...., estrechando entre sus

manos la frente de Gabriel, i cubriéndola de besos empapados de

lágrimas.

--¡Imposible!.. esclamó éste con sarcástica sonrisa. ¡Imposible!....

repitió con las pupilas que parecian saltar de sus órbitas. I

dirijiéndose a Raquel: ¿Por qué imposible?.. ¡Cinco años de presidio!

¡cinco años tienen alas cuando los alimenta la felicidad! ¡cinco años

pasan volando!--I volviendo el rostro a Berta:--¡Misteriosa adorada de

mi alma! ¡maga querida de mis castos amores i de mis íntimos silencios!

¿no es verdad que mi prision será un paraiso si encierra la

esperanza?.... ¿no es cierto que hade aparecer por entre sus rejas la

aurora de mis dichas?.... ¿que tu amor ha de dorar las cadenas del

prisionero? ¡Oh! mi Berta, ¡si las rejas de mis prisiones hicieran las

veces de la ventana de tu cuarto! ¿La recuerdas?....

--¡Sí, Gabriel, allí cautivaste mi alma!

--I bien, en otras mañanas mas felices al través de esas rejas pasarán

tus suspiros i mis versos, mis palabras i tus miradas, i en vez de _las

flores del café_, ¡las flores del corazon!

Berta como volviendo de un sueño profundo le contestó:--Pero....

Gabriel.. mi padre nos separa.. Nuestra dicha....

Plácido entonces, interrumpiéndola encendido de pasion, balbuceó a su

oido estos versos de fuego:

--Amor no quiero como tu me amas;

¡Sorda a mis ayes, insensible ruego!

Quiero de mirtos adornar con ramas

¡Un corazon que me idolatre ciego!

¡Quiero abrazar una deidad de llamas!

¡Quiero besar una mujer de fuego!

Al recitarlos, la luz de la inspiracion iluminaba su semblante i

abrillantaba su mirada, i el carmin del rubor, sonrosaba el rostro de

Berta.

Sonó entre tanto el momento de una revelacion arrancada al pasado.

--¿Con que es imposible mi amor?.... repitió por última vez.

--¡Si, hijo mio! contestóle Raquel llorando i sacudiendo su suelta

cabellera; ¡sí Gabriel!... _¡Berta es tu hermana!_

--¡Oh! ¡maldicion del cielo! dijo, cayendo de rodillas i levantando los

brazos al cielo. Hace un instante nos separaba el cadalzo, i... ¡ahora

el tálamo materno! ¡Caiga un rayo sobre la frente del desgraciado! ¡Ayer

era yo el fruto del misterio i hoi el hijo del crímen! I el crímen de

haber nacido prefiriera mil veces espiarlo sobre las tablas del

patíbulo. ¡Oh madre mia, ven a mí! quiero estrecharte contra mi

corazon. Reclinaré por primera vez mi frente sobre el seno maternal.

--¿Cómo no sentiste, Gabriel, en mis entrañas de madre el fuego de mi

amor? ¿como no viste que mis lágrimas destilaban ese amor? ¿Ni siquiera

mis miradas te revelaban el misterio?

--¡Oh! ¡madre mia! ¡a gritos me lo decia el corazon! dijo arrojándose a

sus brazos.

Sonó la hora suprema de otra revelacion del porvenir. El vago clamor de

una campana, como el tañido de una campana fúnebre, rasgaba el aire. La

multitud se ajitaba ruidosa. El viento que penetraba silvando por las

rejas de la capilla apagó algunos de los cirios que ardian en torno de

un crucifijo. No se oia sino el rumor de las cadenas de los reos, de

esas cadenas que parecian estremecerse i cuyos eslabones misteriosos

parecian ligar momentaneamente la vida i la muerte. Los prisioneros,

esos solitarios melancólicos, esos proscritos del mundo, vagaban con el

alma preñada de lobreguez en medio de la oscuridad de sus calabozos. I

esos amantes, a la luz de los relámpagos que en el interior de la

capilla se inflamaban como la intermitencia de un incendio, ¡veian el

espectro de la muerte de pié sobre la única sonrisa de su amor!..

En medio de la muchedumbre se alzó una voz que dijo: _¡Es falsa la

conmutacion! ¡Plácido vá a morir!_ La voz se propagó a los cuatro

vientos i penetró a la capilla del condenado i al fondo de su corazon

como una puñalada aleve.

Imposible es pintar la desesperacion del hijo, del hermano i del amante

al partir para siempre..... Imposible es pintar a esa madre desolada que

se retorcia de dolor. Plácido con los ojos cerrados, la cabeza encorvada

i los dientes que le crujian como una fiera que enviste, revoloteaba

tambien en torno de la capilla, como un loco, como si el exaltar su

desesperacion remediara su desgracia.--Berta quedó inmóvil, de pié,

paralizada de dolor, como la mujer de Lot a quien petrificó la maldicion

de Dios.--Raquel corria detras del hijo para detenerlo, como si con ello

detuviera su destino. "¡Hijo mio, ten compasion de mí!" le dijo.--Volvió

éste el rostro deteniéndose repentinamente, como la demencia que

recobra de súbito un momento lúcido: I bien señora le contestó: díme el

nombre de mi padre; ¡quiero llevarlo al cadalzo gravado en mi corazon,

como el último recuerdo de mi vida! ¡Ya que no tengo su amor, quiero

tener su nombre!

--¡Gabriel, me exijes un suplicio! dijo doblegándose de vergüenza.

--Suplicio.....

--¡Sí, hijo mio! te ruego que me ahorres esa horrible revelacion, en

nombre de tu amor filial, dijo, i caia al suelo tan siniestra su mirada

como si reflejara el brillo de un puñal homicida.

--En nombre de mi muerte te lo pido, contestó Gabriel imperiosamente.

¡Quiero en presencia de Dios perdonar a ese padre desnaturalizado!

Despues de un momento de silencio queria ella desplegar los labios i....

enmudecia.

--¡Hijo del alma! profirió por fin, esa revelacion importa un negro i

estéril baldon.

Era _negro_ en efecto.....

--Señora, repuso aquel, ¡hai mas baldon en cometer un crímen que en

confesarlo! ¿El nombre de mi padre?.... Un sollozo fué su única

respuesta.

--¡Habla! ¡habla! ¿El nombre de mi padre?

Ocultando Raquel el rostro abochornado como herido por el remordimiento,

murmuró levemente:

--_Un negro peluquero_....

En efecto, un negro peluquero dió a beber a un esposo el mas amargo de

todos los venenos: la traicion; arrebató a una mujer su mas valioso

tesoro: la honra; i trajo al mundo a un desgraciado que debia sufrir el

mas supremo de los suplicios: la muerte. ¿Por qué?... Por que "entre

rizo i rizo supo prender un corazon" como decia un brillante escritor

puertorriqueño.[1]

[1] Eujenio Maria de Hostos.

Gabriel entonces restregó a dos manos el pecho como para desgarrarlo i

alzando los ojos, esclamó:

--¡Silencio corazon!.....

Berta entretanto yacia tendida sobre el umbral de la capilla. Cayó

exánime i helada.

Plácido partió. Encaminóse al cadalzo, que estaba situado en la

esplanada del paseo de Versalles, partió en medio de dos hileras de

soldados, al son de los tambores, con la cabeza inclinada i los brazos

cruzados sobre el pecho. Un sacerdote murmura a su lado las oraciones de

la agonía. El pueblo gritaba i sollozaba a la vez. El reo caminaba a

paso lento, recitando la plegaria que dijo en la capilla. La luz

instantánea de los relámpagos, alumbraba su rostro.

Cuando llegó al pié del cadalzo sacó una hoja de papel empapada con sus

lágrimas que contenia estas palabras i estos versos, i la arrojó a la

multitud.

"Mi Berta:

No te entregues al dolor: el llanto que te pido a mi memoria es que

socorras como siempre a los pobres; i mi sombra estará esperándote

desde el cielo ¡digna de ser compañera de tu _Plácido_!"

El Mulato Plácido o El Poeta Mártir · 第 50 / 53 题