(EN EL CALABOZO)
¡Adios, mi lira! a Dios encomendada
Quedas de hoi mas; ¡adios! ¡yo te bendigo!
Por tí serena el ánima inspirada
Desprecia la crueldad de hado enemigo.
Los hombres te verán de hoi consagrada;
_Dios_ i mi último _adios_ quedan contigo:
Que entre Dios i la tumba no se miente,
¡Adios!...... voi a morir...... ¡soi inocente!"
Inocente ante Dios i ante la conciencia humana, i culpable, en cuanto
puede serlo el que vierte su sangre en holocausto de la libertad.
El silencio pavoroso del vértigo se apoderó de la multitud. Tenia el reo
altiva la frente i resplandeciente la mirada. No se oia sino el ruido de
sus pisadas al hollar los escalones del cadalzo. Cuando subió a él, el
perfil de su figura grandiosa se dibujaba pálida i arrogante a la vez al
través de la rojiza i cambiante luz de los relámpagos, que alumbraban
tan sucesivos como si fuesen un relámpago continuado. De pié sobre el
cadalzo, la mirada perdida en el infinito i levantando el índice de la
mano, dijo con plateada i serena voz:--"_¡Adios pueblo querido! A todos
pido perdon; ¡rogad por mi!_ Hizo una pausa i continuó: _A don Ramon
Gonzalez i a don Francisco Hernandez de Morejon, ¡los emplazo para la
eternidad!_..
Subieron inmediatamente dos soldados al cadalzo, para amarrarlo al palo
que le servia de espaldar. Pero él se incorporó en su banco, les fijó
una mirada altanera, i les dijo: "_Puedo asegurarles que siempre
mantendré_ _la cabeza erguida._" Los soldados, dominados por el imperio
del valor, miráronle con sorpresa, callaron, i bajaron los escalones,
para ir a juntarse con los demas soldados que estaban en linea i con las
armas preparadas al frente de la víctima.
Oyóse en ese momento los alaridos de una infeliz mujer que se arrastraba
de rodillas en torno del cadalzo i se abrazaba de él. Era su madre. Sus
lamentos fueron ahogados por una descarga de fusilería que derribó al
héroe envuelto en su sangre. Cayó tendido sobre el tablado del cadalzo.
La griteria de la muchedumbre, el eco de la descarga, el espectáculo de
la víctima estremecia la naturaleza.
De en medio del charco de sangre que le rodeaba, a la rojiza luz del
fogonazo, en medio de la humareda de la descarga que flotaba en su torno
como una nube cenicienta, levantó la frente cadavérica i con acento
patibulario i flebil esclamó, señalando el herido pecho con la mano:
_¡Adios mundo! ¿No hai perdon para mí?..... ¡Fuego aquí!_
Con una segunda descarga espiró.
¿I Berta? ¿Sigue tendida en el umbral de la prision? ¿Hánse juntado
esas dos almas apasionadas sobre el umbral de la eternidad?... No.
Cuando se levantó del umbral de la prision, las pálidas facciones de su
rostro temblaban con una horrible contraccion histérica. _¿Plácido?_....
murmuró levemente, como buscándolo con la mirada estraviada al rededor
de sí. _¿Plácido?_.... repitió varias veces, i prorrumpió en una
interminable carcajada.
Estaba loca.
¡Nueva Ofelia! llorando i sonriendo vió caer las _flores incoloras_ de
su corona nupcial.
La sombra del cadalzo se proyectaba en el suelo: la sombra de Plácido
surcaba la inmensidad bajo el cielo de los trópicos, sobre la sombra de
las nubes e impelida por las frias brisas de la muerte.
¡La bandera de la Independencia de Cuba, será su mortaja! El estandarte
de la Libertad, su cipres fúnebre. I cuando la mano de la Democracia
desgarre los negros crespones que enlutan los altares de las libertades
cubanas, el recuerdo de Plácido brillará en ellos como la luz del
tabernáculo.
¡Musa de fuego! nada pudo estinguirla. ¡Cisne negro! como el cisne
murió cantando. ¡Víctima inmaculada del corazon! ¡Mártir prematuro de la
independencia de tu patria! ¡cuánta mas sangre haya chorreado de los
laureles que ceñian tu frente, serán mas inmarcescibles ante la
posteridad!
¡Nuevo Chernier! ¡Plácido i Chernier, las dos obras mas simpáticas de
Dios, ambos poetas, ambos víctimas, ambos murieron pulsando sus liras
sobre el patíbulo, al siniestro resplandor de su martirio!