XXX

Cuarenta i ocho horas hacia, entre tanto, que los prisioneros de la

conspiracion negrera de Trinidad habian llegado a Matanzas.

Veamos lo que pasó en esas cuarenta i ocho horas.

Acto contínuo fueron juzgados en uno de los calabozos mas espaciosos de

la cárcel. Una estensa mesa cubierta con un rojo tapete ocupaba el

centro del calabozo. En torno de ella permanecian sentados en sus

sillones curules el fiscal don Ramon Gonzalez i los demas miembros de

ese tribunal inquisitorial. Una campanilla, un libro abierto, algunos

papeles revueltos, un espediente, i recado de escribir veíase sobre el

tapete de la mesa.

Uno a uno ocuparon los reos el banco del acusado. Despues de juzgados,

interrogados i sentenciados retiráronse a paso lento, pálidos,

taciturnos e indecisos. Solo uno de ellos, simpático jóven de 28 años de

edad, en cuyas pupilas ardia la chispa de la intelijencia i en cuya

frente alumbraba la auréola del martirio confundida entre los laureles

del jénio, arrastró con serenidad sus espléndidas cadenas. Su ademan

revelaba la modesta altivez de su carácter. Sus laureles parecian quemar

su sien. Melancólico i arrogante a la vez hizo una venia al tribunal i

tomó asiento en el banco del acusado.

Cuando el fiscal comenzó el interrogatorio contestó majistralmente, pero

derramó una lágrima que parecia esprimir toda la amargura de su

infortunio. Su acento tenia la entereza del héroe, i su lágrima, la

ternura de una lágrima de Romeo....

--¿Confiesa Ud. su delito de conspirador? prorrumpió el fiscal.

--No considero, señor, un delito amparar la querida patria i defender

la libertad, repuso el reo.

--Pero en fin ¿confiesa Ud. el haber conspirado contra las autoridades

delegadas por S. M. la reina de la metrópoli?

--Sí, señor, i me vanaglorio tanto de haber encabezado ese ensayo contra

la tiranía española i la esclavitud cubana, como de ocupar este banco

que será algun dia, el trono de S. M. la independencia de Cuba. Por

que...

Iba a continuar; pero el fiscal contrajo el ceño i tocó despóticamente

la campanilla, esclamando:

--¡Al órden!......

--¡Al deber!.... contestó el reo, irguiendo la cabeza i poniéndose de

pié súbitamente.

Uno de los jueces, dando una palmada en la mesa, esclamó: es inútil

proseguir; ¡el reo está confeso!

--¡E insultado el honorable tribunal, i con él la majestad real! repuso

otro de ellos.

El fiscal tocó nuevamente la campanilla, esclamando: ¡cuarto intermedio!

Los jueces dejaron sus asientos i se agruparon en uno de los ángulos del

calabozo, menos el fiscal que permaneció en el suyo, tomó la pluma

lleno de indignacion i se puso a escribir. Los jueces conferenciaban con

calor. Cuál levantaba la voz, cuál dejaba oir palabras autoritarias,

cuál accionaba con desenfadada exaltacion, cuál posaba la mano sobre el

hombro de su colega para llamar su atencion. Los jueces recobraron sus

puestos, i el fiscal con el índice de una mano perdido entre las pájinas

de un código entreabierto, i desplegando una hoja de papel con la otra,

leyó en ella la sentencia. Era una sentencia de muerte fulminada contra

todos los reos i consignada en cláusulas sangrientas. Los jueces la

escucharon haciendo ademanes de asentimiento, i el reo con una

impasibilidad imperturbable, permanecia de pié con la mirada levantada

como su alma i los brazos cruzados sobre el pecho. Desplegaba

lijeramente sus labios e iluminaba su pupila el sarcasmo de una amarga

sonrisa.

El jurado se suspendió. Los reos fueron conducidos a sus respectivos

calabozos. El _reo altivo_ (llamémosle así) fué encerrado en el suyo.

Oíase incesantemente el murmullo de su voz, el eco vago de un quejido,

o el ruido de sus pasos.

El carcelero temiendo que hubiera perdido la razon, aproximó el oido al

ojo de la llave i no alcanzó a oir sino esta palabra terrible:

¡_Condenado a muerte_!....

¡_Condenado a muerte_!.... repitió mas de una vez, se tendió sobre su

cama, abrumado de dolor i como ensayando el sueño eterno. Pálido como la

cera, helado como la muerte, indeciso como un sonámbulo, incorporóse en

su lecho, sentóse sobre el borde dé la cama, i arrojó con lastimero

acento palabras melancólicas i aisladas que vertian sus labios

semejantes a las flores descoloridas que caian de las manos de la

demente Ofelia. ¿Era el estravío del loco? ¿Era la suprema desesperacion

del condenado? ¿Era el desvarío del sonámbulo o el delirio de la agonía?

¡Nó! ¡Era el último delirio del amante i el último ensueño del patriota!

--Pobre Cuba....¡se ha nublado la estrella!.. ¡ya veo el

cadalzo!..¡adios amada mia!.. ¡mi muerte i la esclavitud..!

¡adios!....¡condenado a muerte!.. decia, ya comprimiendo la frente

entre las manos, ya abriendo i cerrando los brazos en el vacio como para

estrechar entre ellos a una persona querida, ya derramando una lágrima

inconciente i sombria.

Anuncióse el bendito carcelero con el ruido de las llaves que empuñaba i

tocó a la puerta de su ventana previniéndole que saliera.

Despertó. Se incorporó en su cama i paseó una mirada vaga i siniestra a

su alrededor. ¡Despertar por primera vez en medio de las paredes de un

calabozo! ¡Qué horror!.. Restregó los ojos como para disipar un sueño i

volvió a escudriñar con la mirada. ¡No hai remedio! ¡Era una espantosa

realidad! Parecíanle epitafios las inscripciones que otros presos

dejaron en los muros; urnas fúnebres las ventanas; un sepulcro su cama;

un sepulturero el carcelero. ¡Tenia tan oprimido el corazon que

parecióle despertar en medio del calabozo como en el hueco de una tumba!

¡Infeliz!.. Ver la aurora i el ocaso de la vida confundidos en un mismo

ser. ¡Morir!.. ¡Morir tan jóven!..

Aproximóse a la ventana; fijó los ojos en la multitud que se

arremolinaba a sus piés; en el espléndido panorama de la naturaleza que

se desplegaba a su vista. Su mirada atravesaba las rejas i devoraba la

niebla que embolvia la atmósfera, el cierzo que la disipaba, el

horizonte entoldado de nubes i las ondas de la vega que se estendian

como un océano verdoso. Envió al cielo una mirada precursora de sí

mismo. Cuando divisó junto a la reja al Capitan del Pueblo-Nuevo don

Antonio Solis, esclamó desconsolado:

--"Esto ya está concluido: ¡nos llevan a morir!...."

Salió del calabozo i al encontrar en el patio a su consternado compañero

de infortunio don Jorje Lopez le puso la mano sobre el hombro i le

brindó sus consuelos. En el patio notando que iban a ponerle las esposas

para encadenarle las manos, volvió el rostro a sus compañeros i con un

acento que vaciaba la entereza de su alma, les dijo:

--"¡Señores, pisamos el primer escalon del cadalzo!"

Su rostro empalidecia notablemente. Inclinaba la frente bajo el peso de

su infortunio. Al notar que la trémula mano de un soldado dejó caer las

esposas al prepararlas para ligar sus manos, lleno de hiel i de

indignacion esclamó:

--"¡Hasta los hierros se resisten a oprimir la inocencia!"

Cuando vió que don Santiago Piamonte derramaba una lágrima i le

contemplaba mui afectado, le dijo entre otros, los siguientes

improvisados versos:

"¡Abran del corazon las anchas venas, Corra mi sangre a consolar tus

penas!..."

Volviendo el rostro demudado al calabozo del que acababa de salir,

esclamó:

--¡Oh! ¿quién ocupará ese calabozo despues que yo? ¡Quien quiera que sea

lo encontrará lleno de mis lágrimas, de mis lamentos i del ruido de mis

pasos i mis cadenas; cualquiera que sea, será menos desgraciado que yo!

Despues, besando las esposas que encadenaban sus manos dijo

consternado:--¡Basta de _cobardes lamentos_! ¡Estos lazos atados en la

tierra solo se desatarán en el cielo: a ellos les deberé el encontrarme

pronto en presencia de Dios!.. ¡Ai!.. morir es la felicidad del

desgraciado!.. ¡Vivir sin el ánjel de mi corazon.. es vivir muriendo!

Bendito sea el cadalzo para quien no ha conocido ni el rostro de los

autores de sus dias; para quien vé en la madre-patria una víctima en

cuyo seno se inmola la libertad. ¡Oh! ¡estos momentos han sido mas

amargos que los diez años de las prisiones de Silvio! ¡Como cabe, Dios

mio, la eternidad en un minuto!....

Poco despues fueron conducidos los presos al hospital de Santa Isabel,

en donde estaba preparada las capilla. Un sacerdote, soldados armados,

carceleros con sus linternas encendidas a su alrededor, i un inmenso

jentío a sus espaldas, he ahí la comitiva que los acompañaba. Era alta

noche.

El Mulato Plácido o El Poeta Mártir · 第 49 / 53 题