XXIX

El sol se ocultaba detras de las montañas como un rei destronado i su

manto de estrellas comenzaba a brillar, envuelto en la pálida i

vacilante luz del crepúsculo. El viento silvaba como un toro herido. Las

nieblas como gazas sombrias oscurecian el horizonte. Unas gotas de agua

humedecian el polvo. ¡Es que el sol se despedia para negar su luz a una

catástrofe; el viento se quejaba; se enlutaba la naturaleza, i lloraba

el cielo!....

Una encubierta i misteriosa mujer llamó a la puerta de la calle. Raquel

salió precipitadamente a su encuentro como impelida por una mano oculta.

La encubierta con aire siniestro se aproximó a Raquel, balbuceó dos

palabras a su oido i cuidó de taparse bien el rostro, como si los

pliegues de su manto ocultaran un crímen.....

Raquel dió un grito i un paso atrás, como herida por una puñalada

traidora.

La mujer desapareció.....

Raquel un momento despues estaba exánime en los brazos de su hija, que

permanecia sentada en un banco de hierro que se estendia en uno de los

corredores. Mezclaron sus lágrimas i sus lamentos. Raquel volviendo en

sí, se echó a los piés de su hija, reclinando la frente sobre su regazo

i ahogada en llanto.

La pobre Berta desconcertada, llorosa i jadeante, preguntaba en vano a

su madre, la causa de su dolor. Esta sacudiendo la suelta cabellera,

aturdia con sus gritos i bañaba con sus lágrimas a su hija.--Por fin

haciendo un ademan, mezcla de dolor i de fiereza, saltó como un leon

herido i paróse con el pié trémulo i asiendo a Berta de la mano, con

aire de suprema resolucion, acudió como una loca a la calle.

Flaqueáronle las fuerzas a medio andar, en la acera de una calle. Apoyó

la frente en la reja de una casa, cerró los ojos i jimió de dolor....

Levantóse como una ola la griteria de la muchedumbre lejana, que resonó

en su corazon. Al oirla siguió su camino i tomó esa direccion.

--¡Madre del alma! ¿qué tienes? la dijo su hija.

--¡Hija mia! sígueme, ¡por Dios! repuso i prosiguió corriendo.

Cuanto mas avanzaban, escuchaban tanto mas distinto el bullicio de la

turva frenética. Encamináronse por la calle respectiva que conduce a la

cárcel; dos cuadras antes de llegar a ella i apenas trastornaron una

esquina afrontáronse a la multitud, cuyo movimiento mareaba, cuya

algazara ensordecia. Madre e hija, asidas de la mano, confundieron sus

lamentos con la vosingleria del populacho i se perdieron en medio de

esas oleadas humanas, como náufragos que envuelve la tormenta. Esa

oleada, que parecia estrellarse contra los muros descoloridos de la

cárcel, cambió de rumbo como el estrepitoso torrente que se abre de

improviso un nuevo cauce. Dirijióse hacia al barrio de Pueblo-Nuevo. El

silencio i la soledad se hizo repentinamente en torno de la cárcel. Solo

dos mujeres encubiertas, desesperadas i llorosas permanecian en la

puerta del presidio. Conversaban ambas con un encorvado anciano que

llevaba un baston en una mano i un grueso manojo de llaves en la otra.

Era el carcelero.

--Señora, profirió éste, ¡ya no hai remedio!....

Apoyóse una de ellas contra el muro, como si le arrancaran el corazon, i

anegada en lágrimas esclamó: ¡Perdí toda esperanza!.... I cayó sobre un

poyo que se estendia a un costado de la puerta del precidio. El

carcelero conmovido se aproximó a ella i le prodigó sus cuidados. ¡Pobre

mujer! helada i sin conciencia permanecia en esa actitud. Poco despues

se dirijian ambas a la capilla de Santa Isabel. La multitud las

precedia. El enlutado manto de la noche cubria la naturaleza. Miércoles

26 de Julio.

El Mulato Plácido o El Poeta Mártir · 第 48 / 53 题