El sol se ocultaba detras de las montañas como un rei destronado i su
manto de estrellas comenzaba a brillar, envuelto en la pálida i
vacilante luz del crepúsculo. El viento silvaba como un toro herido. Las
nieblas como gazas sombrias oscurecian el horizonte. Unas gotas de agua
humedecian el polvo. ¡Es que el sol se despedia para negar su luz a una
catástrofe; el viento se quejaba; se enlutaba la naturaleza, i lloraba
el cielo!....
Una encubierta i misteriosa mujer llamó a la puerta de la calle. Raquel
salió precipitadamente a su encuentro como impelida por una mano oculta.
La encubierta con aire siniestro se aproximó a Raquel, balbuceó dos
palabras a su oido i cuidó de taparse bien el rostro, como si los
pliegues de su manto ocultaran un crímen.....
Raquel dió un grito i un paso atrás, como herida por una puñalada
traidora.
La mujer desapareció.....
Raquel un momento despues estaba exánime en los brazos de su hija, que
permanecia sentada en un banco de hierro que se estendia en uno de los
corredores. Mezclaron sus lágrimas i sus lamentos. Raquel volviendo en
sí, se echó a los piés de su hija, reclinando la frente sobre su regazo
i ahogada en llanto.
La pobre Berta desconcertada, llorosa i jadeante, preguntaba en vano a
su madre, la causa de su dolor. Esta sacudiendo la suelta cabellera,
aturdia con sus gritos i bañaba con sus lágrimas a su hija.--Por fin
haciendo un ademan, mezcla de dolor i de fiereza, saltó como un leon
herido i paróse con el pié trémulo i asiendo a Berta de la mano, con
aire de suprema resolucion, acudió como una loca a la calle.
Flaqueáronle las fuerzas a medio andar, en la acera de una calle. Apoyó
la frente en la reja de una casa, cerró los ojos i jimió de dolor....
Levantóse como una ola la griteria de la muchedumbre lejana, que resonó
en su corazon. Al oirla siguió su camino i tomó esa direccion.
--¡Madre del alma! ¿qué tienes? la dijo su hija.
--¡Hija mia! sígueme, ¡por Dios! repuso i prosiguió corriendo.
Cuanto mas avanzaban, escuchaban tanto mas distinto el bullicio de la
turva frenética. Encamináronse por la calle respectiva que conduce a la
cárcel; dos cuadras antes de llegar a ella i apenas trastornaron una
esquina afrontáronse a la multitud, cuyo movimiento mareaba, cuya
algazara ensordecia. Madre e hija, asidas de la mano, confundieron sus
lamentos con la vosingleria del populacho i se perdieron en medio de
esas oleadas humanas, como náufragos que envuelve la tormenta. Esa
oleada, que parecia estrellarse contra los muros descoloridos de la
cárcel, cambió de rumbo como el estrepitoso torrente que se abre de
improviso un nuevo cauce. Dirijióse hacia al barrio de Pueblo-Nuevo. El
silencio i la soledad se hizo repentinamente en torno de la cárcel. Solo
dos mujeres encubiertas, desesperadas i llorosas permanecian en la
puerta del presidio. Conversaban ambas con un encorvado anciano que
llevaba un baston en una mano i un grueso manojo de llaves en la otra.
Era el carcelero.
--Señora, profirió éste, ¡ya no hai remedio!....
Apoyóse una de ellas contra el muro, como si le arrancaran el corazon, i
anegada en lágrimas esclamó: ¡Perdí toda esperanza!.... I cayó sobre un
poyo que se estendia a un costado de la puerta del precidio. El
carcelero conmovido se aproximó a ella i le prodigó sus cuidados. ¡Pobre
mujer! helada i sin conciencia permanecia en esa actitud. Poco despues
se dirijian ambas a la capilla de Santa Isabel. La multitud las
precedia. El enlutado manto de la noche cubria la naturaleza. Miércoles
26 de Julio.