Dos dias despues (25 de julio) las sombras de la noche comenzaban a
abrazar la naturaleza. El rayo del sol, el ala de la alondra, el
bullicio de las calles, empezaban a decir adios.
Manfredo i Arturo habian salido a hacer ciertas compras en el comercio.
Berta lloraba en torno de un ataud, junto a un cadáver querido, al de un
músico tierno. ¡Llanto lejítimo! ¡le amaba tanto! Sus dulces armonias la
arrullaban a todas horas, su canto embriagaba su corazon.
El muerto era aquel canario que la visitó el dia de su natalicio, i el
ataud, una jaula: esa jaula, ya vacia, que pendia desde entonces frente
a su lecho. ¡Cuán silencioso estaba su aposento, antes lleno de la
melodía del canto, del rumor de las alas, del ruido de las pisadas de
ese naranjado pajarillo! ¡Cuán vacia estaba el alma i la memoria de
Berta, sin su dulce compañero! Ya no se ocultará en los pliegues de las
colgaduras de su lecho; ya no revoloteará cantando; ya no se posará en
su hombro; ¡ya no regalará su sueño i la despertará por las mañanas con
sus tiernas serenatas! ¡Aun los canarios saben querer! ¿Quién no
comprende sus delicadas caricias cuando busca con el pico la boca de su
dueño i ajita las temblorosas alas sobre su seno?
Berta al contemplar entristecida la jaula vacia, sentia tambien vacio el
corazon.
Ese ensueño rosado de la naturaleza, nublada de afliccion, dejó su
aposento como la luz deja el dia i dirijióse a la puerta con la mirada
tan perdida que parecia haberla dejado junto a su jaula querida.
¡Tambien su enlutado pensamiento velaba enjaulado al lado de ese cántico
con alas, de ese cántico para siempre apagado i de esas alas plegadas
para siempre!....
De pié sobre el dintel, cruzó melancólicamente los brazos sobre el pecho
e inclinó su dorada cabeza sobre el marco de la puerta.