Fácil es comprender la ansiosa impaciencia con que Arturo esperaba el 30
de julio. Verse ese dia en los brazos de Berta; reclinar sobre su pecho
la frente de esa mujer; ser el primero i el último que estamparia en sus
vírjenes labios el ósculo ardiente de su amor; confundir el calor de sus
manos entrelazadas, de sus miradas confundidas i de sus _dos_ corazones
convertidos en _uno_, ¡era la mas risueña esperanza colmando la
felicidad!
Ayudaba personalmente a los tapiceros a arreglar la alcoba nupcial. Cada
dia le agregaba un nuevo adorno. Mármoles, espejos, tapices de brocado i
terciopelo, cortinas de seda, adornos bronceados, brillaban por todas
partes, i en el centro un tálamo de nogal dorado, cubierto como por una
nube encarnada de rojas colgaduras. ¡Cuánto sonreian sus ojos i
palpitaba su corazon al contemplarlo! ¡Cuántas imájenes doradas cruzaban
acariciando su imajinacion enardecida con el calor de la esperanza! Si
la felicidad que se realiza es mas dulce, la felicidad que se espera es
mas seductora. La primera, tiene la sombra de la realidad; la segunda,
la sonrosada luz de la imajinacion.