Con un aire de placentera lijereza presentóse Arturo cierto dia en el
cuarto de Berta que permanecia pálida i melancólicamente reclinada sobre
un divan. Sentóse con delicadeza a su lado, i con espresivas palabras
de cariño, puso en sus manos un rico cofre de valiosas joyas. Berta se
inclinó lijeramente para recibirlo; lo puso sobre las faldas, le dió las
gracias, exaló un largo suspiro, dejó caer sobre el cofre de esas donas
una mirada i una lágrima.... ¡Esa lágrima era un poema!
Arturo que creyó ver en ella una lágrima de felicidad la dirijió una
mirada triunfante, se incorporó de súbito i estrechando la mano de su
amada la dijo entusiasmado:
--Mi adorada Berta, jamás olvidaré, se lo juro, ese testimonio de su
ternura. ¡Esa lágrima es una perla mas valiosa que las que adornan esas
joyas!
Berta sacudiendo lijeramente la cabeza i enjugando una nueva lágrima le
contestó, con profunda amargura: ¡Gracias Arturo!..
El cofre de alhajas no sirvió sino para recordarle la cajita de ébano
que atesoraba los recuerdos del poeta.
Ella sin embargo desde que se sintió ligada a Arturo, trató de matar
esos recuerdos i evitar otros nuevos. Procuró en lo posible inmolar el
pasado por el presente, sacrificar el amor en aras del deber. Cuidaba
de tener erméticamente cerrada la puerta de la ventana.
Ni la luz de la mañana ni las flores del sentimiento penetraban ya por
ella.
¡La felicidad ajena, a costa de la desgracia propia! ¡Horrible trance!
¿Pero el matar esos recuerdos significaba para Berta el deshacerse de
ellos? Nó. Simplemente el privarlos del perfume de los suspiros, del
calor de sus miradas, del riego de sus lágrimas, de su presencia en las
horas del reposo i en los momentos de soledad.
En sus sueños sobrevivian sus pensamientos, como la noche suele llevar
consigo los últimos resplandores del dia. Soñaba con el hijo de la
aurora, con el cantor de las rejas. Pasaba el sueño i quedaba la
realidad. Al sueño de los recuerdos sucedia el recuerdo de los sueños.
Despertaba sobresaltada i se decia: ¿Habrá venido hoi? ¡Cuánto le
amargará mi indiferencia! "La indiferencia es la muerte" me dijo un dia;
¿morirá de amor por mí? ¿Tendré valor para no darle mi último consuelo i
mi postrer adios? Pero no, ¡Dios mio! ¡Abrir nuevamente a mi corazon las
puertas de la ventana, seria cerrar a mi conciencia las puertas del
deber!
Lánguida i melancólica dejó un dia su lecho, el lecho de las muertas
esperanzas, i a paso lento i tímido se aproximó a su ventana querida, la
contempló largo rato con una tristeza que parecia conmover las
profundidades mas íntimas de su naturaleza.
Deliraba por abrir sus puertas. La quejumbrosa brisa, álito de la
soñolienta naturaleza, jemia tristemente. Enjugando una lágrima se
retiró del precipicio... se dirijió nuevamente a su lecho, se tendió en
él, como una vision sombria, i undiendo la cabeza bajo la almohada, como
el ave herida que procura refujiarse bajo sus propias alas, lloró con
amargura i sin consuelo. Lloró en silencio; ¡pero sus recuerdos gritaban
desesperados en su corazon!
Incorporóse en su lecho repentinamente. Su rostro recobró la placidez i
su mirada el destello que parecia comunicarle un golpe feliz del
corazon. ¿I no será el mismo Arturo el cantor de las rejas? se dijo
despejando las rubias guedejas que cubrian su frente. Comencé a recibir
las flores i los versos despues de su llegada de España. A ser otro no
se habria disfrazado la mañana de nuestra única entrevista. Un
desconocido habria procurado mas bien hacerse conocer. Solo a Arturo le
correspondia el papel de incógnito, para no perder un solo medio i una
sola ocasion de tender las redes a mi cariño. Acaba él de leer una
novela en que un amante a fin de poner a prueba el corazon de su querida
se le presenta enmascarado en alta noche, finjiendo ser su rival.
¿Talvez ha hecho él otro tanto? ¡Ah! si así fuera yo amaria a Arturo
locamente, por que el eco sonoro de esa voz, esas palabras ardientes,
esos inspirados versos, el recuerdo de esas flores cojidas al borde de
un abismo de misterio, han cautivado mi alma como al canario en su
jaula.
¿Plácido será el mismo Arturo...? ¡A no dudarlo!
El 30 de julio de 1844 fué el dia señalado para el enlace de Berta.