Veinticuatro horas despues Gabriel rodeado del sentimiento de la familia
preparaba sus maletas para partir.
Arturo hablaba íntimamente a Berta, mientras ella le escuchaba en
silencio, apoyada de codos en el balaustre de la ventana de su aposento.
Detrás, sus padres, sentados en un divan contemplaban gustosos esa
pareja próxima ya a enlazarse. Ese cuadro de familia parecia tener a la
vista la perspectiva del porvenir.
Presentóse en ese momento Gabriel para despedirse de todos ellos. Una
sombra de dolor cruzaba por su frente. Sus ojos húmedos revelaban
lágrimas recien enjugadas i lágrimas reprimidas. Sus apagados adioses
resonaban entrecortados en medio del sentimiento jeneral que le rodeaba.
Su sangre indómita golpeaba en sus sienes. Sus labios enmudecieron
tambien. ¡Parecia, entre suspiros, abrir su alma a Dios! Jamás ningun
corazon sufrió tanto. Quien quiera que hubiese sorprendido ese grupo
habria leido una escena de despedida, por que el dolor de la despedida,
como el semblante humano, tiene su espresion propia, i porque todo,
todo, parecia decir adios.
Berta abrió su sensible corazon a la ternura de Gabriel; Manfredo le
recomendaba su regreso i Raquel le seguia con el alma en la mirada;
pero con una de esas miradas indiscretas que traducen una situacion i
desentrañan los secretos del alma. ¡Es tan intelijente el corazon!
¿Habia entre el suyo i aquel que se alejaba algun lazo indestructible?
¡A no dudarlo!
Gabriel salió. Un ademan de jentileza fué su muda despedida. Cuando
llegó al umbral de la puerta se paró de improviso como detenido por una
mano misteriosa; volvió el rostro, i como luchando con ella precipitó su
paso i lanzó al cielo el sarcasmo de una mirada que decia a Dios desde
la tierra: ¡qué culpa tuve en nacer! Ya que me hiciste huérfano i pobre
¿por qué me desheredas de la felicidad?.... Avanzó algunos pasos i
deteniéndose de nuevo frente a la casa la contempló llorando i esclamó
con quebrantado acento:
--¡Cuna de mis primeras impresiones, voi a dejarte vacia...! Nido
adorado que he calentado con el calor del alma, voi a alejarme de tí!...
¡Adios, santuario del pasado!
--¡Tan jóven i tan desgraciado! dijo, tragó sus lágrimas i partió por
fin.
Hasta los negros esclavos de la casa le abrazaron con ternura i reunidos
en la puerta de la calle le seguian con las miradas i el sentimiento,
sin poder esplicarse la rara turbacion del camarero, por quien tenian
tanto i tan respetuoso cariño.
Matanzas estaba tan solitaria como un cementerio. Muros, casas i
silencio profundo. El viento que silvaba de un modo siniestro balanceaba
las palmeras que se alzaban por do quier i arremolinaba la niebla que
envolvia la poblacion.
Gabriel tomó el primer coche de posta que encontró a su paso. Se embarcó
en él, i al comenzar a partir jimió salvajemente. El cochero al oir su
voz se volvió diciéndole: ¿me habla Ud.?
--¡Nó, continúa! le contestó.
El coche se perdió de vista.
La niebla del olvido no oscureció por cierto el grato recuerdo de
Gabriel.
Berta era un carácter fácil a abrirse a las primeras impresiones, un
espíritu mecido por la inaccion, arrullado por una esquisita
sensibilidad, pronto a enardecerse al primer aliento de las pasiones, i
robustecido en brazos de la soledad por la virjinidad del sentimiento.
Una ocacion feliz, una oportunidad propicia, i tenia ese espíritu que
inflamarse, como sucedió i como sucede siempre. Porque es cosa
averiguada que el amor, dormido o despierto, ajitado o latente, es
innato en la naturaleza i contemporáneo de la vida; viene con ella.
Pasará por lo mas íntimo de un ser desapercibido para los demas, como
pasa por entre el bosque la sombra del ave que atraviesa el espacio;
vivirá ignorado en el fondo del alma como la perla en el fondo del mar;
permanecerá oculto como el niño dormido silenciosamente bajo sus pañales
en el hueco de la cuna; dormirá como duermen en las cuerdas de un laud
un mundo de silenciosas armonias; pero no dejará de existir jamás. El
ave se posará en el bosque; vendrá el buzo a recojer esa perla; el niño
se ajitará gritando en su cuna; las cuerdas sonarán; ¡el corazon
palpitará de amor!
Berta amaba ayer una esperanza, hoi ama un recuerdo, i ¡habria amado una
sombra, si esa sombra se hubiera proyectado cariñosamente sobre su
corazon! Pero desgraciadamente inútil fué que regara con sus secretas
lágrimas las flores i los versos del trovador incógnito, símbolos de ese
recuerdo. ¡Relijioso pero vano recuerdo!
Sus resistencias para conceder su mano a Arturo se estrellaron contra la
dura tenacidad de sus padres i contra la obstinada pretencion de ese
feliz-desgraciado. Tuvo la debilidad no de olvidar pero sí de renunciar
a su amor, porque en la sumisa pusilanimidad de su carácter no tuvo
valor de sobreponerse a la voluntad paterna i a su cariño filial. Berta
cedió.
Pero no es eso todo. Fué vencida en la lucha con sus padres, ¿lo será
tambien en la lucha consigo misma? He aquí la cuestion. ¿Podrán decir
sus labios lo contrario de lo que siente su alma? ¿Podrá siquiera su
semblante disimulara su pretendiente la frialdad de su corazon? Para un
alma vacia de sentimientos esas preguntas serian vanales; para el alma
delicada de Berta eran una tortura horrible, la mas cruel de las
torturas: la de sacrificar el corazon al interés, el amor a la
conveniencia, la felicidad al deber.
Un abatimiento profundo se apoderó de su alma. Sus ojos estaban
constantemente húmedos. Cuanto mas se marchitaban las flores queridas
del poeta, tanto mas se descoloria su rostro i se melancolizaba su alma.
Lloraba su espíritu i sonreia su semblante ante la presencia de Arturo,
a quien miraba no como al escojido de su alma, sino como al mandato
viviente de sus padres.
El 25 de junio de 1844 colocaba Arturo en su trémula mano la argolla de
compromiso de matrimonio. ¡Aniversario de infortunio para la una i de
felicidad para el otro!
La melancolía de Berta desde esa fecha, terrible para su corazon, era ya
indisimulable. Su salud comenzó a declinar. En vano sus padres le
prodigaban sus consuelos, en vano Arturo le pintaba incesantemente la
perspectiva de un porvenir espléndido i la regalaba con la promesa de
los viajes, de su fortuna i de su amor. El teatro, las diversiones i los
paseos la astiaban lejos de halagarla. En todas partes veia un desierto
que la rodeaba; por donde quiera la perseguia, como una sombra, un
recuerdo del corazon i temblaban en su oido las notas de un laud.
Los padres preparaban con alborozo las bodas de la hija. La madre se
encargó de mandar hacer el traje de gala. Sus idas i venidas del taller
de la modista eran de todos los momentos. El velo blanco, las galas i
los azahares con que debia adornar a la novia; la eleccion de los
padrinos, de los testigos i del dia del matrimonio, eran el único tema
de su conversacion i la preocupaban como una cuestion de estado. ¡Poco
importaba el corazon de la hija!
Arturo que jamás atribuyó la tristeza de Berta sino al dolor anticipado
que le ocasionaria a separacion de sus padres, rebozaba de satisfaccion
al ver aproximarse el soñado dia de ceñir la corona de la felicidad
doméstica, sin comprender que ese mismo dia iba a poner en manos de su
prometida la palma del martirio del corazon.