Una sonrisa de complacencia incontenible inundó el rostro de Berta e
irradió rápidamente su mirada.
--Por lo visto no son pocos los que ódian la esclavitud: Plácido se me
parece en eso.
--Sin embargo hai cierta esclavitud cuya emancipacion no la deseara yo.
El corazon de esa mujer latia con violencia, temblaba talvez, al son de
un recuerdo, al descubrir que el patriota autor de esos versos era
tambien el amante apasionado que depositaba en su ventana las nocturnas
ofrendas de su cariño. ¡Oh! ¡que corazon tan noble i grande! se decia
interiormente. ¡En el altar de la patria jura morir por ella, i en el
altar de mi corazon, jura morir por mí! ¡Oh! este hombre sabe amar, como
tan solo aman los poetas, como aman tan solo los valientes.
--Que lindos versos, Arturo, ¿no es verdad?.. dijo, i antes de ser
contestada presentósele Gabriel diciendo: señorita Berta, la espera su
mamá.
--Ya vamos Gabriel.
Gabriel se retiró.
Nada que merezca recordarse aconteció en esos últimos dias. Manfredo
siguió haciendo conocer a Arturo los lugares públicos i los bellos
alrededores de Matanzas. Notábase, sin embargo que entre el tio i el
sobrino acrecia cierta recíproca intimidad inspirada por un recíproco
interés. Arturo amaba tan locamente a Berta, que inflamaban lejos de
enfriar su corazon los reveses de su indiferencia: Manfredo a su vez
veia en Arturo el hombre acaudalado, culto i aristocrático, el llamado
en fin a hacer la ventura de su hija. Arturo le reveló al padre su
pasion por la hija, i Manfredo estaba resuelto a cualquier sacrificio a
costa de verificar ese enlace, tanto mas ventajoso, cuanto que su
situacion era penosa i Arturo era un caballero cumplido, un hombre
pródigo i opulento que podria salvarlo de ella.