Mantúvose Berta la mayor parte del dia sin salir de su habitacion: temia
talvez a la indiscrecion de su fisonomia o de su mirada. Durante la hora
de la mesa permaneció taciturna i silenciosa. Inútil fué esforzarse por
devolverle la alegria perdida. Arturo la dirijia palabras humorísticas
que no le hacian ni siquiera sonreir.
Durante la sobremesa contóle Manfredo a Arturo el malísimo estado de su
fortuna. Este le escuchó con sentimiento i sorpresa, i a su turno contó
con oportunidad e intencion que era dueño de una fortuna colosal i
refirió la manera cómo la habia adquirido. Raquel no desprendió entre
tanto una mirada ávida i curiosa de Arturo.
Berta a paso lento i aire distraido retiróse nuevamente a su alcoba.
Arturo prosiguió la conversacion con sus tios sobre los elementos de
felicidad que los padres debieran exijir al pretendiente de la mano de
sus hijas. Platonisaba a mas i mejor sobre el particular, como que era
parte interesada en ese asunto, Manfredo i Raquel le escuchaban con
marcado interés.
Un momento despues, preparábanse Manfredo i Arturo para salir a pasear.
Aquél le dijo a éste: ¿I Berta? deseara despedirme de ella.
Pasemos Arturo a su habitacion por que debe estar ahí, dijo, i se
dirijieron a ella.
Berta estaba tendida sobre su lecho, con el rostro plácido i el brazo
apenas desnudo, estendido sobre su frente, como la paloma que esconde
bajo el ala la cabeza soñolienta. Verla tendida al través de las blancas
cortinas de su lecho, parecia un ánjel mas bien que una mujer. El velo
del pudor la cubria de tal manera, que si el ánjel de su guarda la
hubiera contemplado así desde el cielo, habria descendido sonriendo a la
cabecera de su lecho i lejos de regresar ruborizado, habria impreso
talvez un casto beso sobre su frente pura.
Al presentarse Arturo delante de ese bello cuadro detúvose en el dintel
de la puerta i casi al oido le dijo a Manfredo: duerme.... I su
semblante animado parecia decir: ¡qué hermosa está! Gravóse en su
corazon, con caracteres indelebles, la imájen de esa mujer, i su
recuerdo brillaba incesante en su mirada.
Espiaba la ocasion mas propicia de vaciar su alma en el alma de Berta; i
pasó estérilmente algunos dias en ese afan.
A la luz desmayada de la tarde, estaban sentados ambos cierto dia en uno
de los bancos que se estendian a lo largo de las calles de jazmines del
huerto. Despues de un largo silencio la dijo por fin:
--Yo no comprendo Berta cómo no ha inspirado Ud. una pasion inmensa i
ruidosa.
--Se conoce, Arturo, que soi incapaz de inspirarla.
--¿I si el caso llegara le seria indiferente?
--Indiferente, repuso Berta, indiferente... talvez nó Arturo; pero
inútil sí.
--¿Inútil?
--Sí.
--¿I por qué? ¿no es libre su corazon?
--Jamás ha dejado de serlo.
--¿I entonces?
--Ni dejará de serlo nunca; porque no me gustaria verlo esclavo apesar
de haber nacido en el país de la esclavitud.
--Todo vá al revés, querida prima; pues yo soi esclavo apesar de no
haber nacido en el país de la esclavitud.
--¿Esclavo?
--Sí, esclavo de un sentimiento, contestó Arturo hondamente
impresionado.
Berta a su vez se sorprendió.
--¿Calla Ud. Berta?
--Callaré siempre Arturo.
--Pero sepa Ud. que su silencio es mi sentencia de muerte.
Presentóse en ese momento el negro Estevan con un papel en la mano, i
afrontándose respetuosamente a Berta la dijo, alcanzándola el papel.
--He aquí el diario de hoi que su merced me pidió.
Berta tenia la costumbre de leerlo siempre a esa misma hora. Desplegando
el papel díjole a Arturo.
--¿Leámoslo Arturo?
Arturo estaba tan melancólicamente abismado en sí mismo, que no oyó u
oyó a medias a su interlocutora, sin contestar mas que con un lijero
movimiento afirmativo de cabeza.
Berta que seguia hojeando el periódico, con instantánea sorpresa retiró
el papel de la vista, esclamando: ¡versos! ¡deben ser mui bonitos!
¡versos de Plácido! ¿Leámoslos Arturo?
--¿Ud. conoce a ese poeta?.. repuso Arturo, con la nerviosa impaciencia
de los celos, i espiando la mirada de Berta.
--No sé quien sea repuso ruborizada, i leyó con acento de curiosa
inquietud la siguiente composicion:
«EL JURAMENTO.
A la sombra de un árbol empinado
Que está de un ancho valle a la salida,
Hai una fuente que a beber convida
De su liquido puro i arjentado:
Allí fuí yo por mi deber llamado
I haciendo altar la tierra endurecida
Ante el sagrado código de vida,
Estendidas mis manos he jurado:
Ser enemigo eterno del tirano,
Manchar si me es posible mis vestidos,
Con su execrable sangre, por mi mano
Derramarla con golpes repetidos;
I morir a las manos de un verdugo,
¡Si es necesario por romper el yugo!