Berta, perdió el sociego: levantábase la primera oleada de las pasiones
en el tranquilo lago de su alma. ¡Sentirse amada por primera vez!
¡Llegar hasta el retiro de su aposento las notas de la lira del poeta i
los latidos del corazon del amante! Su inflamable mirada ardia como su
alma al través de esos versos, palpitantes de sentimiento. Parecíale
descubrir no solo el alma sino hasta el rostro de su desconocido amante.
--¡El alma de este hombre debe ser un alma de fuego! I si la naturaleza
fué tan pródiga con él en concederle las dotes del talento, debe haberlo
sido tambien en darle los dones de la belleza. ¡Ah! ya me imajino ver en
su fisonomia la pureza del tipo romano, los perfiles de un rostro
griego.
Todo esto proferia Berta en palabras entrecortadas por la emocion o
interrumpidas con la lectura de cualquiera de esas estrofas, o con la
risueña contemplacion de cualquiera de esas flores. ¡Qué de poesia
encontraba en las unas, qué de misterio halagador en las otras! Leia,
releia i volvia a leer esos inspirados acentos. Aproximóse mas de una
vez a la ventana de su cuarto para contemplar al ténue rayo de la
mañana, esa hoja de papel, que iba a ser talvez la primera pájina de la
historia de su corazon. Guardó esas prendas en una cajita de ébano,
pero las sacó nuevamente, como si sintiera al apartarlas de sus ojos un
pesar tan delicado como su alma. Las guardó otra vez, i al volver el
rostro descubrió con sorpresa a Gabriel que, con los ojos que le
blanqueaban nadando en una sonrisa íntima, la seguia con la vista
atentamente. El mulato serenó de improviso su semblante i la dijo:
--Señorita Berta, los esclavos sirvieron ya el té.
--Voi Gabriel; ¿i Arturo se levantó ya?
--Está, hace rato, sentado en un sofá del corredor.
--_¡Madruga mucho!_ dijo Berta con picarezca sonrisa, i salió de su
habitacion. Apenas Arturo la divisó se aproximó a ella con cortesía i la
saludó con afabilidad. Desde el momento en que se estrecharon la mano
Arturo trató a la vez de disimular el sentimiento que alboreaba en su
corazon i de leer el de Berta. ¿Le seré indiferente? ¿será capaz de
comprender el sentimiento que sabe inspirar? ¿seré feliz o desgraciado?
he ahí las ideas que torturaban su imajinacion.
--¿Cómo ha pasado Ud. la noche? la dijo. ¿I Ud. Arturo? repuso Berta a
esa pregunta.
--¿Yo Berta?....se limitó a decir sacudiendo lijera i melancólicamente
la cabeza, i esforzándose en sumerjir su mirada desde los ojos hasta el
alma de Berta como el rayo de luz que invade por las grietas un templo
oscuro. Pero los ojos de esa mujer no decian nada, nada dejaban ver esos
pórticos bellos del templo de su corazon. Arrebataba entretanto los
pensamientos de Arturo, porque la mujer arrebata siempre los
pensamientos de un hombre, cuando esos pensamientos le pertenecen.
Ambos hacian unos tras otros proyectos para pasarla con entretenimiento.
La música, la lectura, los paseos nocturnos por los bellísimos
alrededores de Matanzas, hacian parte principal de sus proyectos. Arturo
mas reanimado alcanzó a Berta algunas flores diciéndola:
--¿Las reconoce Ud.?
--Sí Arturo; son las que dejé a Ud. anoche a la cabecera de su cama. ¿I
tan fácil le es a Ud. deshacerse de ellas?
--Nó, dijo Arturo, estendiendo ruborizado la mano para recobrarlas.
Pero Berta se negó a devolvérselas aplicándolas a los labios como para
encubrir una picarezca sonrisa.
--Es Ud. mui cruel, querida prima, esclamó Arturo, no sin consolarse a
la idea de que con esas flores adornaría Berta su suelta cabellera. Pero
un momento despues caian adornando el suelo esas flores, distraidamente
deshojadas. ¡I con ellas la flor de la esperanza se deshojaba tambien!
La mirada aflictiva de Arturo siguió hasta el suelo a esas flores.
--Gracias, Berta, la dijo.
--Gracias ¿por qué?....
Arturo sin contestarle una palabra señalóle con el índice las
desparjadas flores.
--¡Un momento de distraccion, Arturo! Discúlpeme.
¡Distraccion!.... no la hubo para entregar su alma a las nocturnas
flores de la ventana i guardarlas al son de los latidos de su corazon,
como quien guarda un tesoro.
Pero el corazon humano se aferra a la esperanza, como el náufrago a su
tabla de salvacion.
¿Qué importan flores que se deshojan, si en este siglo de oro el
prestijio de la fortuna lo puede todo? he ahí el sentimiento que
combatia en el corazon de Arturo, contra sus propios temores.
--Berta, la dijo, ¿simpatisa Ud. mas con el valor o con la timidez?
--El valor como la timidez me gustan siempre que sean en sus cabales,
Arturo.
A la sazon se aproximó Gabriel, a anunciarles que Manfredo i Raquel les
aguardaban en el comedor. I encamináronse allí, Berta apoyada del brazo
de Arturo. Tomó éste asiento en la mesa siendo objeto de las atenciones
i del aprecio de todos los de la casa.
--I mi hermano siempre tan lleno de vida a pesar de su avanzada edad,
dijo Manfredo.
--Sí, señor, contestó Arturo, mi padre siempre bueno.
--¿I trabaja aún?
--Nó señor; para los negocios como para las letras mi padre está ya en
cuarteles de invierno, decia; pero sus miradas se encontraban a cada
rato con las de Berta.
--¡Lo que son las cosas! esclamó Manfredo sacudiendo la cabeza i
restregando la calvicie con la palma de la mano, me parece que recien
ayer ví a Arturo niño, en su traje de seminarista, mortificando a su
padre los domingos para ir a pasear al Escorial en compañia de sus
condiscípulos.
--Así es señor; el tiempo tiene alas. Tambien a mí me parece ver aún a
Bertita arrodillada sobre las faldas de su madre i jugando con los rizos
de su cabellera, como la ví en Madrid.
--¿Pero tambien recordarás, Arturo, que entonces tu prima no prometia
ser tan fea? agregó Raquel.
--¡Oh! tia, si su retrato, como les dije en mi carta, me pareció
bellísimo, veo ahora que mi prima desdeñó confiar sus gracias al papel.
--Gracias por la lisonja, balbuceó Berta inclinando la frente.
--¿Lisonja Berta? repuso Arturo.
--¡Lisonja! agregó la niña; i el rubor hizo bajar sus párpados i a tal
punto invadió su rostro, que el alabastro pálido de su cútis tornóse
rápidamente en porcelana sonrosada.
Un momento despues paseábase Arturo en compañia de Manfredo a lo largo
de uno de los corredores prosiguiendo a mas i mejor en los recuerdos de
España, de la familia de Arturo i en todo aquello que viene de ordinario
en las entrevistas que suceden a las ausencias que recien pasan. La
conversacion pareció animarse: deteníanse a momentos i accionaban con
calor.
En éstas i otras pasó ese dia. Nuevamente Arturo contó las largas horas
de la noche, entregado a un solo pensamiento. Tambien Berta volvió a
encontrar a la mañana siguiente el tributo de un nuevo ramillete de
flores arrojado a su ventana por la misma desconocida mano i
probablemente mientras la aurora con su encendida corona anunciaba el
reinado de un bello dia. ¡Ramilletes de flores! auroras del corazon i de
los sentimientos de una mujer!
Estaba oscura todavia su alcoba; quiso encender una luz, i la luz se
apagó; ¡pero no importa!.. la alumbraba la luz del alma, i pudo
encontrar el nuevo ramillete; nuevo rayo de amor que inflamaba su
corazon; ¡casta reliquia del primer amor!
Cuando el corazon siente el augurio de la felicidad i cuando está al
abrir sus puertas al amor, su huésped querido, rebozando en dulces
presentimientos tiene sus largas vijilias; i aunque el sér en cuyo seno
palpita, duerma como la materia, sus golpes repetidos consiguen
despertarle. ¿Qué amante desde sus balcones no ha contemplado la noche
que huye detras de los montes? ¿Cuál no ha visto la guiñada luminosa del
lucero como un ojo cariñoso?
Berta dormia su sueño inocente. El corazon la despertó. Dejó su blanco
lecho como una nube revuelta. Un momento vagó indecisa al lado de ese
lecho.
Abrió i cerró precipitadamente la portezuela de la ventana, su seno
palpitaba como la onda que se ajita. ¡La ansiedad del amor embellecia a
esa mujer!
Alzó por fin las flores, que ocultaban dentro de sí la prometida carta i
al contemplarlas risueña, parecia la estátua con que simbolizan la
primavera.
Su dedo impaciente rasgó la carta como una pleca de nácar i deslizó su
ávida mirada sobre esta pájina del sentimiento:
--¡Ser amada sin saber quién es mi amante! sentir la insinuacion del
amor sin saber a quién se entregará el corazon! se decia Berta, al leer
i releer ajitada esta pájina del poeta.
"Mi amada Berta:
Cuanto mas agoniza la esperanza a los embates de la duda, vá muriendo
mi corazon, único pero rico tesoro que te brindo.
¿Avanzaré algo con ofrecértelo? ¡Oh! ¡si tu ventana llegara a ser el
lejítimo altar en que te tributara las ofrendas de mi cariño! Pero un
íntimo presentimiento me dice que no encontraré tu contestacion a mi
carta anterior. ¡Dios quiera que me engañe! ¡Dulces engaños, yo lo
deseara siempre!