Imposible es describir la alegria de la familia. La carta fué leida mil
veces. Los proyectos para la llegada de Arturo, el sentimiento de no
poder hospedarlo con el confortable de antes, eran los únicos temas de
la conversacion.
Pocos dias despues presentábase en la casa un gallardo mancebo, de alta
i delicada estatura, de grandes i melancólicos ojos, de barba negra i
aterciopelada que contrastaba con el color de su tez lijeramente pálida,
con un espejuelo engastado en oro que colgaba elegantemente sobre el
pecho i un chal terciado sobre el hombro.
Gabriel salió a su encuentro.
--¿Es esta la casa de don Manfredo?
--Sí, señor, repuso Gabriel, i partió precipitadamente a anunciar al
recien llegado.
Un momento despues veíase el bien-venido rodeado por todos los de la
casa i abrazado por cada uno de ellos en medio del bullicioso alborozo
del cariño.
El recien llegado era Arturo de Bilbao.
Berta desde el primer momento quedó vislumbrada con la belleza del
primo, i las miradas de ambos se encontraban a momentos.
Arturo a su vez por su mirada i su esprecion se mostraba maravillado de
la hermosura de Berta. En fin, la vió i la amó.
El simpático huésped fué conducido al salon. Todas las miradas se
fijaban en él.
--No te esperábamos aun Arturo, prorrumpió Manfredo.
--Es estraño, querido tio, cuando cuidé de anunciarme a Uds. con
anticipacion.
--No tanta, porque tu carta hace recien tres dias a que la recibimos.
Vieron la carta i resultó haber llegado atrasada.
--Ya comprendo; ocupado con mis preparativos de viaje yo la encomendé a
un amigo mio, i probablemente se tardó en despacharla.
--¿Qué tiempo piensa Ud. permanecer en Cuba? preguntó Berta a su primo.
--Mi intencion es hacer un viaje corto; pero Ud. sabe Berta que el
hombre propone i Dios dispone. Nada estraño seria que molestara a Uds.
prolongando mi residencia en Matanzas.
--¡Molestia! esclamaron a un mismo tiempo Raquel i Berta; ojalá
tuviéramos siempre esa clase de molestias.
--Veo Berta que tiene Ud. un elegante piano. La supongo una diestra
tocadora.
--Todo lo contrario Arturo.
--¿Podria tener el gusto de oirla? dijo, i condujo a Berta al piano.
Mientras ésta hacia sollozar bajo sus delicadas manos un trozo de música
nacional, i con las mejillas encendidas de rubor alternaba sus ojos de
cielo entre el papel de música i el teclado del piano, sentia las
miradas de Arturo que la ruborizaban, al punto de hacerla equivocarse a
cada momento.
Al son de las notas del piano temblaba el corazon de Arturo, i se
inflamaba su alma improvisando, por decirlo así, un sentimiento que mas
natural habria sido que fuera obra del tiempo.
Berta salió del salon, i al regresar a él dijo a su primo:
--Arturo, acabo de preparar su habitacion. Ud. será indulgente sino la
encuentra cómoda.
--Bastára, Berta, que hubiera sido preparada por Ud.
--Gracias por la galanteria. ¿Le gustan las flores Arturo?
--Mucho Berta, yo habria querido ser jardinero en vez de comerciante:
--He colocado un ramillete de jazmines a la cabecera de su cama.
--Mil Gracias; es Ud. mui amable.
--¿I los versos le agradan?
--¡Oh! Berta lo indecible. Todas las noches tengo la costumbre de leer
la poesias de Melendez i de Martinez de la Rosa.
--Siento no tener esos libros. Pero por ahora le he dejado sobre su
velador "El paraiso perdido" de Milton. ¿Conoce Ud. esa obra?
--Sí, la leí en mi adolescencia.
En estas i otras, entre la cena, la música i la conversacion, llegó la
hora de recojerse, i todos los circunstantes se retiraron a sus
aposentos. Dejaron a Arturo en la puerta del suyo, con palabras de
amabilidad.
Arturo cerró las puertas de su alcoba i abrió las de su corazon. Su
sueño no fué tranquilo. Paseóse a lo largo de su cuarto hasta las altas
horas de la noche; cojió mas de una vez el ramillete de jazmines que se
ostentaban en un pequeño florero; lo contempló entre sus manos,
absorvió mil veces su perfume i lo volvió a colocar.
Eran las dos de la mañana i estaba en pié. Paseaba un momento, dejábase
caer a ratos sobre una butaca, sacaba en su cartera las cuentas de las
utilidades de sus últimos negocios. ¡Qué de sueños dorados! qué de
castillos para el porvenir, forjaba esa imajinacion enardecida de
improviso al rayo de la mirada de una mujer.