Pasaron así los años unos en pos de otros. Poco de qué gozar i mucho por
qué sufrir, llegó a ser lo normal en el seno de esta familia. Sin
embargo, sus sonrisas como sus lágrimas encubrian bastante las paredes
de ese apartado hogar.
Presentóse a la sazon un hombre, portador de una carta.
En el aislamiento de la vida todo se hace una novedad. El cartero sonrió
al verse rodeado de todos i acosado por preguntas hechas a un mismo
tiempo. Pasó la carta rápidamente de mano en mano: llegó a la del padre
a quien era rotulada i leyó en la direccion, esta palabra: _urjente_.
Al desgarrarse la carta esclamaba Berta: debe ser de mi tia Rosa. Nó,
será de mi hermano, agregaba Raquel. Nó mamá, yo creo que es carta que
a Gabriel le escribe su madre, dijo Alberto.
--Nó Alberto, Gabriel no tiene madre.
--¡I bien! ¿ninguno puede imajinarse de quién es la carta? dijo
Manfredo, ajitando risueño el papel en la mano.
--¿De quién? contestaron todos a una voz.
--De Arturo de Bilbao, de mi sobrino Arturo, esclamó Manfredo, rebosando
de alegria. I agregó: anuncia su próxima venida.
--¡Arturo viene! ¿Llega Arturo? ¿Cuándo? ¡Lea la carta! esclamaban todos
al mismo tiempo. Madre e hijo en torno de Manfredo, mas allí el mulato
cuyas chispeantes pupilas saltaban de ansiedad, escuchaban la lectura de
la carta que decia literalmente así:
«Querido tio:
En pocos dias más debo hacerme a la vela para Cuba, el nido de mis
sueños dorados. Puedo decir que estoi con el pié en la playa. ¡Oh!
querido tio, si gozo lo indecible al recordar que pronto conoceré la
vírjen América, gozo mucho mas al pensar que estrecharé en mis brazos
a Ud., a su esposa i a la bellísima Berta, cuyo retrato tuve el gusto
de ver en Madrid en casa de unas amigas mias. ¡Qué bella, qué
encantadora debe ser mi prima!
Un tiernísimo abrazo a mi tia Raquel i un saludo cordial a Berta.
No concluiré, querido tio, sin pedirle un rincon en su hogar durante
mi corta permanencia en Cuba.--Su amante sobrino,