La escaces reemplazó a la abundancia, la modestia al confortable de la
vida. I pasaron esos primeros momentos de afliccion doméstica, en medio
de una cristiana resignacion, como pasan, por ventura, todos los dolores
humanos.
Cada uno de los de la familia se esmeraba con esquisita ternura en
consolar al otro. Manfredo se consagró al trabajo cotidiano para
asegurar la subsistencia de su familia. I esta gozaba al verle olvidado
de sus funestas veladas i entregado por completo al retiro de su casa.
Pasaban en fin una mediania tranquila, ¡una pobreza feliz! La
satisfaccion del deber cumplido, los encantos de la virtud, las delicias
del amor, parecian haber reemplazado a las voluptuosas satisfacciones de
la riqueza, al recuerdo de la desgracia ajena adormecido por la
felicidad propia.
¡Oh! ¡la desgracia es la redentora del hombre! ¡La adversidad es una
nodriza adusta que contrae el ceño, pero que purifica a sus favoritos
arrullándoles en su regazo!
Pero no hai cielo sin nubes, no hai hogar que no esconda el espectro de
una desventura cualquiera.
La tarde era fria, el cielo estaba nublado. Berta de bracero con su
padre iba a salir de su habitacion, embozada hasta los ojos en una capa
negra, para tomar el aire libre i balsámico del huerto. Pero Gabriel con
la mirada inquieta i el aire ajitado salió a su encuentro i la dijo:
--Señorita, ¿se siente ya mejor?
--Sí Gabriel; ¡gracias!
--Yo estaba tan impresionado con el accidente que le dió a Vd. que fuí a
llamar al médico temeroso de que Vd. se empeorára.
--¿Raquel te dijo que fueras? repuso Manfredo, sonriendo.
--No señor, fué mi temor el que me mandó.
--En fin, Gabriel, tu te encargarás de despedir al médico cuando venga,
agregó Manfredo, i continuó su paso. Pero Gabriel volvió a detenerlo
rebozando de zozobra, i le dijo:
--Quizá, señor, no sea tan inútil la venida del médico...
--¿Porqué?......
--Por que el niñito Alberto no se siente bien, señor.
--Que tiene ¿Donde está? contestó Manfredo sobresaltado.
--Lo tenia meciéndose en la hamaca de mi cuarto, cuando de repente
comenzó a quejarse: observé i tenia las mejillas encarnadas, afiebrada
la frente....
--Basta, Gabriel, ¿donde está mi hijo? le interrumpió Manfredo, al mismo
tiempo que Berta dió un ¡ai! de espanto. I padre e hija acudieron
precipitadamente seguidos de Gabriel, a la alcoba en cuyo lecho dormia
delirando el niño.
--El padre le puso la mano en la frente: Berta le tomó una de las
manecitas: Raquel que no tardó en apercibirse de lo ocurrido se se
aproximaba inclinándose al lecho de su hijo, se retiraba de él en busca
de algo que ni ella misma se daba cuenta, para volverse a aproximar i
contemplarle llorando.
A Dios gracias, alguien tocaba a la puerta, i ese alguien era el médico.
Raquel al divisarlo, salió despavorida a su encuentro i juntando las
manos sobre el pecho, le dijo angustiada:
--Señor, ¡mi hijo se muere! ¡prométame volverle a la vida!..
--Tranquilícese, señora, contestó el doctor con risueña indiferencia, i
guiado por Berta, siguió su paso.
Cuando el doctor examinaba al niño, deliraba éste, respiraba con
violencia i ajitaba las manos, sofocado por la fiebre que le deboraba.
El médico quedó taciturno i callado. Las miradas de todos le devoraban
como queriendo arrebatarle el pensamiento. ¡Oh! ¡que silenciosa
anciedad!
¡Pobre familia! ¡Verla contar las largas horas de la noche suministrando
las prescripciones del médico, sin esperanza, ¡i con fundados temores
por la vida del pobre Alberto!
Manfredo se paseaba desazonado; Berta lloraba como un niño, Raquel se
desesperaba como una loca. El aturdimiento era la espresion del dolor.
Gabriel como el ánjel bienhechor de la esperanza prodigaba sus consuelos
a la familia i sus cuidados al enfermo. Solícito como un hermano, sereno
como un hombre maduro, sufrido como la madre que vé vacio el lecho de su
hijo que acaba de morir, Gabriel lo hacia todo, lo preveía todo, no sin
enjugar, de vez en cuando, una lágrima furtiva. Con el rostro
melancólico i lijeramente adormecido por el insomnio, con los brazos
cruzados sobre el pecho, mudo, de pié e inmóvil, a la cabecera del
enfermo parecia a ratos, ese jóven mulato, la estátua del dolor.
Iba a clarear una risueña mañana de verano: la fiebre declinaba
notablemente en el paciente. La luz del sol invadia sonriendo esa
alcoba, i la confianza en la salud del pobre niño, luz de la felicidad,
invadia tambien el ánimo de la familia. Pocas horas mas i su mejoria era
rápida; despues su vida estaba fuera de peligro.
Era ya imposible que un hombre estraño por su sangre, su color i su raza
a una familia se encarnase mas, sin embargo, en su vida íntima i
doméstica, que Gabriel en la familia de Manfredo. La simpatia que es la
precursora del cariño, el cariño recíproco, la gratitud que se reanuda
en los momento de infortunio, la comunidad del sufrimiento, las lágrimas
del mulato i de sus señores que corrian mezcladas en su mismo arrollo,
todo, todo vinculó los corazones de aquél i de éstos.
Poco despues Alberto jugueteaba en la enramada del huerto, asido de la
mano de Gabriel.
Las canas nevaron por completo las sienes de Manfredo; Berta dió un
antiguo adios a la adolescencia, i Gabriel un antiguo saludo a la
juventud. Espiraba el año de 1843.