Manfredo habia dado por asistir, todas las noches a una casa en la que
se reunia un círculo de amigos. Allí, hasta las altas horas de la noche
o a veces hasta el rayar del dia siguiente, consagraban ellos sus
veladas al juego. Entraban a esa casa carteras repletas de dinero que
salian vacias, cuantiosas fortunas que desaparecian de la noche a la
mañana. I un vicio conduce a otro: las copas de licor se empinaban
tambien con maravillosa continuidad. Manfredo cotidianamente tocaba a
deshoras de la noche las puertas de su casa escitado por las emociones
del juego, que palpitaban en su rostro, por los efectos de la bebida que
desencajaban su semblante i entorpecian su palabra.
Jamás Gabriel dejó de esperar en pié a Manfredo, a la hora de sus
llegadas nocturnas, para abrirle la puerta de la casa, encender la luz
en su habitacion i acompañarlo mientras se acostaba. Inútil fué que
Raquel i el mismo Manfredo se lo prohibieran.
Una tarde veraniega, en que las nubes revestian el cielo como nuncios
de tempestad, i en que acompañado de su esposa i de su hija tomaba el
rico café habanero, en uno de los cenadores del huerto, se presentó un
sirviente. Manfredo al verlo salió precipitadamente a su encuentro,
recibió con cautela la carta que le fué imposible ocultar de las miradas
de su esposa. La desgarró con impaciente lijereza de manos, buscó la
firma. Dejó caer una mirada ávida sobre esa hoja de papel, que, apesar
suyo temblaba entre sus manos, como si fuera el nuncio de una tempestad
del corazon, i devolviéndola al sirviente, casi sin leerla, le dijo:
--Dile que está bien i que personalmente la contestaré.
Volvió en seguida a tomar asiento en el fondo del senador. Su mano
trémula no pudo sostener la tasa de café i dejándola sobre la mesa, dijo
a su esposa:
--Me siento mal de salud, i como la tarde está tan descompuesta voi a
recojerme. I en efecto, se dirijió a su aposento i se encerró en él.
Berta i Raquel, que contemplaron esa escena llenas de pavor le seguian
con la vista. Rogaron en seguida a Gabriel para que con cualquier
protesto se introdujera a la habitacion de Manfredo, para zondearle la
causa de lo ocurrido.
--Gabriel, por Dios, dijo Berta, confio en que tu perspicacia escudriñe
la verdad de lo que le pasa a mi papá.
--Hace bien, señorita, de confiar en mí cuando es Ud. quien me lo pide.
Un momento despues consiguió, no sin alguna dificultad, introducirse
Gabriel al cuarto de Manfredo. Este miró con sorpresa al jóven mulato
que invadia su retiro, i el mulato a su vez fijó en Manfredo una mirada
de avidísima curiosidad.
--¿Se ocurre algo Gabriel? le dijo paseándose a lo largo de su aposento,
mohino i desazonado.
--No señor: he notado a Ud. mui triste i vengo a ofrecerle el pobre
continjente de mi cariño i de mi humilde compañia, para ver si en alguna
manera puedo ayudarle a remediar la causa de sus dolores.
--Gracias Gabriel.
--¿Talvez Ud. se sonreirá, señor, de mi pretension? pero el corazon me
arrastra a su lado, i Ud. me perdonará.
--Gracias otra vez, hijo mio; déjame darte este título por que bien lo
mereces.
--Pero bien, señor, ¿i qué sucede? ¿por qué se deja Ud. doblegar del
sufrimiento?
--Prométeme Gabriel guardar el secreto i....
--Inútil es su encargo, señor: jamás me haria yo indigno de su
confianza.
--Pues bien, lée esa carta.
--Gabriel la abrió impaciente i comenzó, de este modo su lectura, en voz
alta:
--"Me veo, señor, obligado a decir a Ud. que si no me abona, en el plazo
de 24 horas, la suma de 30,000 pesos que me adeuda.."
--¡Qué leo! Pero señor, dijo Gabriel ¿Cómo, cuándo ha contraido Ud. una
deuda tan fuerte? i prosiguió la lectura, sin recibir respuesta ninguna.
"Entre personas de honor una deuda contraída sobre el tapete de una mesa
de juego es tan sagrada como si fuese sobre el escritorio del
negociante, en una transaccion comercial."
--Dios Santo... ¡dinero perdido al juego! ¡Treinta mil pesos! esclamó
Gabriel, comprimiendo la carta entre las manos i dando un paso atrás.
--¡Silencio Gabriel! repuso Manfredo, en voz baja i llevando el índice a
los labios.
--Yo temblé, señor, de que sufriera Ud. un golpe de este jénero, desde
que supe que frecuentaba Ud. la casa de un jugador, i temblaba tanto
como si se tratase de mi propia familia, como si esa fortuna fuera mia.
--Comprendo Gabriel tu interés i te lo agradezco en el alma.
--Ya vé Ud. señor, que hasta su salud comienza a deteriorarse, i podria
ello conducirlo a un funesto resultado, por que en su abanzada edad es
imposible sobrellevar los golpes de la fortuna, resistir a las emociones
del juego i a las veladas del jugador. I sobre todo, señor, ¿qué seria
de su pobre familia sin la sombra del padre? ¿quién enjugaría las
lágrimas de esos inocentes, en medio del luto, de la miseria i de la
orfandad?
Manfredo al son de esas palabras se estremeció i cayó sobre un sillon,
porque sintió sobre sí todo el peso de su desgracia.
--Perdón, señor, si le aflijo en vez de consolarle, dijo Gabriel.
Manfredo despues de un momento de silencio, en que permaneció con el
rostro oculto entre las manos estendiole la diestra a Gabriel
diciéndole:
--Habla, mi querido Gabriel: tus palabras me señalan el camino del
deber, que lo contemplo lleno de dolor i de vergüenza, i, sobre todo,
evitan talvez golpes nuevos i desgracia completa para mi pobre familia.
--Pues bien, señor; ya que tengo la dicha de que mis palabras hagan eco
en Ud., quiero deberle el mas grande favor que podria Ud. hacerme en la
vida: se lo pido en nombre de lo que sea mas caro para Ud; en nombre de
su esposa, en nombre de la señorita Berta, en nombre de Dios, si es
posible, dijo Gabriel, enjugando una lágrima.
--Habla, hijo mio, seguro de alcanzar lo que me pidas, contestó
Manfredo, profundamente conmovido.
--Quiero, señor, que me prometa usted que no irá mas a esa casa de
juego.
--¡Jamás!
--¡Ojalá, señor, Dios lo quiera!
--Gabriel, dijo Manfredo, es imposible ser indiferente a tu nobilísimo
corazon, poniéndose de pié i estrechando entre sus brazos al jóven
mulato. I agregó en seguida: te prometo que jamás mi planta pisará los
umbrales de esa casa...
Crujió a la sazon la hoja de la puerta; oyóse un lijero ruido, semejante
al del roce de un vestido de seda. Manfredo al oirlo se acercó a Gabriel
i le dijo al oido:
--Si mi esposa o mi hija te preguntan algo de nuestra conversacion o del
contenido de la carta, dilas que he recibido un billete que me anuncia
el quebranto casi completo de mi fortuna, a consecuencia de un funesto
negocio.
Aproximóse en seguida a paso largo i cauteloso hácia la puerta, la abrió
de improviso i sorprendió a su esposa i su hija que con el oido puesto
en el ojo de la llave atisvaban con anciedad.... Raquel i Berta se
sobrecojieron; Manfredo dió un paso atrás, i, despues de un instante de
vacilacion, rogó a su esposa que lo dejara solo.
Raquel, en compañia de su hija, se retiró sollozando. Manfredo
volviéndose a Gabriel le dijo:
--Déjame un momento mi querido Gabriel, solo, entregado a mi dolor.
Gabriel salió dejando la carta sobre una mesa. Manfredo dejóse caer
nuevamente en un asiento, ya balbuceando palabras sueltas, ya
comprimiendo las sienes entrambas manos, ya poniéndose de pié para
sentarse nuevamente.
Raquel al retirarse a su habitacion, llorando i recibiendo las
consoladoras caricias de su hija, le decia a ésta:
--¿Ya comprendes, Berta, en que consistió aquel fraude del comerciante
habanero de que no hace mucho se quejaba tu papá? ¡Oh! a este andar
quedaremos en la calle. Pobres mis hijos!
--¿Pero qué remedia usted con desesperarse? ¿no ha oido usted que mi
papá le ha ofrecido a Gabriel no volver a ir a esa casa de juego?
--¡Ah! ¡me hablas de Gabriel! ¡Que bueno es Gabriel! ¿no es verdad
Berta?
--Así es mamá; tiene por nosotros un interés i un cariño indecible.
--Deveras, mas parece un miembro de nuestra familia, que un simple
camarero. ¡Ah! yo no creí jamás que un solo corazon pudiese encerrar
tanto de noble i bueno.
--Ciertamente, mamá, Gabriel es nuestro ánjel consolador.
Raquel se dirijió a su alcoba en compañia de su hija i se reclinó sobre
un divan esclamando:
--Yo disimulé mi dolor a Manfredo, por otra pérdida semejante i eso le
ha autorizado a rifar la fortuna de su familia. ¡Ah! ¡los hombres son
mui crueles!
Berta iba a inclinarse para abrazar a su madre i consolarla en su
afliccion, pero en ese momento se oyó bullicio, ruido de pasos, voces en
el aposento de Manfredo....
--Mamá, repuso Berta, no es la hora de las recriminaciones que hieren,
sino del lamento i del dolor comun....
El ruido aumentó....
Berta estremecida de temor, sintió en su corazon el golpe de un
presentimiento infeliz e incorporándose al lado de su madre esclamó
turvada:
--Mamá, mi padre está entregado a la soledad; algo sucede con él; voi a
verle.
--Vé hija mia; cumple con tus deberes de hija. Si yo no voi contigo es
porque tiemblo me diga que no ha sido una pérdida parcial de nuestra
fortuna, sino una bancarrota completa. Vé, i disimulándole tu dolor,
consuela el suyo.
Berta salió de carrera. Al aproximarse al cuarto de su padre oyó en él
un sollozo: apresuró sus pasos, i al pisar sus umbrales descubrió a su
padre con el rostro lívido, el cabello lijeramente desgreñado, embozado
en una larga capa i encorvado delante de su lecho, en una actitud
estraña i siniestra.
Berta se detuvo en la puerta, como petrificada de espanto: algo terrible
presentia su corazon: quiso dar un grito, i la voz se le ahogó en la
garganta, se esforzó para dar un paso, i le fué imposible. A paso lento
i con mirada escudriñadora se aproximó por fin a su padre, sin que él se
apercibiera de ello, sino cuando sintió sobre su espalda el brazo de su
hija. Todo fué verla i abrir los brazos para estrecharla sobre su pecho.
Ella a su vez cayó a los piés de su padre pálida i desfallecida. Iba a
estrechar besando las manos que le dieron el ser, iba a humedecerlas con
sus lágrimas, cuando una carta enlutada cayó a su lado: inclinóse de
improviso para recojerla. Manfredo entonces en el primer impulso quiso
impedírselo, pero sintió latir en sus entrañas su amor de padre, i dando
un paso atrás i comprimiendo la cabeza entre las manos esclamó:
--¡Mi Berta! ¡mi adorada hija! tu amor.... ¡ah! ¡tu amor me ha
salvado!...
--¿Salvado? ¿de qué, padre mio?...
--Esa carta que comprimes entre tus manos i humedeces con tus lágrimas,
fué tambien empapada con las mias. ¡Era la carta de despedida de un
suicida! i el suicida... ¡iba a ser yo, Berta mia!...
--¡Suicida!... esclamó Berta dando un alarido desgarrador, i cayó
desmayada a los piés de su padre.
Desolada i jadeante acudió Raquel al cuarto de su esposo; precipitose
sobre su hija; cayó de rodillas a su lado; la levantó entre sus brazos
llorando, i alzando los ojos llenos de una mirada amenazadora, díjole a
Manfredo:
--¿Qué has hecho con mi hija?
--Nada; repuso Manfredo con acento conmovido.
--¿I entonces?...
--Ha descubierto el término a que pudo haberme conducido mi situacion, i
eso es todo.
En ese momento entró Gabriel, nervioso, pálido i profundamente
emosionado, diciendo:
--¿Qué hai señor? Señora, ¿qué sucede? ¿En qué puedo ayudar a usted? Las
lágrimas temblaban en sus negras pestañas, i surcaban sus morenas
mejillas, como el rocio de la noche.
--Ayúdame, Gabriel a levantar a mi hija, dijo la madre. I entrambos
consiguieron alzar del suelo su cuerpo exánime i tenderlo sobre el lecho
de Manfredo.
Gabriel quedó de pié a la cabecera de ese lecho, con el alma en los ojos
i los ojos en Berta. Parecia acariciarla con la mirada.
--¿Llamaré a un médico señor? preguntó mas de una vez, con un acento
triste i tierno a la vez. Pero antes de que se le contestara, Berta
exaló un suspiro profundo i entrecortado.
Gabriel, entonces, dió un paso indeciso i al parecer involuntario para
contemplarla, como si ese suspiro hubiera tenido un atractivo magnético
sobre su corazon.
Berta abrió los ojos entre los cuidados i las caricias de sus padres,
paseó una vaga i melancólica mirada a su alrededor i despues de llevar
la mano a la frente como para disipar la impresion que deja un sueño
negro que se vá, se incorporó en su lecho echando el brazo al cuello a
la madre, que permanecia sentada a su lado.
Gabriel, sombrio i mudo se retiró.
--Por Dios Manfredo, prorrumpió Raquel, ¿que es del porvenir de nuestra
familia?... Díme....
--¡Mamá! ¡mamá! balbuceó Berta, ¡basta de funestos recuerdos! Al verme
tendida sobre esta cama comprendo que algun accidente ha pasado por mí:
pues bien, si es así, ha sido ocasionado por que mi pobre padre...
--¡Silencio Berta! dijo Manfredo. ¡Para tu madre vale mas la fortuna que
la tranquilidad de su esposo, que el bienestar de su hija!
--No es eso Manfredo: es que tiemblo que si nuestra fortuna no está ya
del todo arrojada a la calle, los golpes presentes no sean sino
precursores de los que vendrán despues.
--Raquel, ¡en nombre de Dios te juro que no será así! cánsate de
torturar este pobre corazon! I sabe que una caricia de nuestra hija me
ha vuelto a la vida, i me ha librado de dejar a mi mujer sin esposo, i a
mis hijos sin padre.
--Raquel, entonces, sobrecojida de espanto se precipitó hácia su esposo
i le dijo:
--Manfredo, perdóname que un dolor lejítimo pero irreflexivo me haya
arrastrado hasta la imprudencia.
Manfredo sin proferir una sola palabra estrechó fuertemente la mano de
su esposa, i Berta se inclinó para buscar con sus labios las manos
entrelazadas de sus padres.
--Bien esposa mia, dijo Manfredo, es preciso que, como advierto que lo
deseas, conozcas la situacion. ¡Lo hemos perdido todo!..
--¿Todo?....
--No tanto, pero en fin, no nos queda sino una parte en el valor de la
casa.
--¿I el fundo?
--Hace ya mucho tiempo que no es nuestro.
--¡Ah! ¡a la sombra de esos bosques discurrió la infancia de mi hija! ¿I
la quinta, Manfredo?
--Tengo que venderla para pagar mi última deuda.
--¿I no cabria una transaccion con esos hombres que por la fuerza de la
casualidad o con los resortes del fraude arrebatan tan cruelmente el pan
de una familia?
--No Raquel; el honor de un hombre está sobre todo. I aunque así no
fuese, se me maniató por completo, obligándome a firmar un documento,
ahí, sobre el tapete de esa mesa de juego, cuyo recuerdo se me presenta
a la memoria, ¡como a la memoria del condenado la tabla del cadalso!