Profunda fué la impresion con que Raquel escuchó esa larga conversacion
entre Manfredo i Gabriel. I tan profunda que cuando aquél volvió el
rostro a su esposa la encontró pálida con la cabeza melancólicamente
reclinada en el espaldar del sillon en que estaba sentada, i la mirada
cargada de dolor.
Manfredo al verla así, se levantó de su asiento, se aproximó a ella i
poniéndole tiernamente la mano en la mejilla, la dijo:
--¿Qué tienes, mi Raquel? de algun tiempo a esta parte te veo dominada
constantemente por una tristeza indefinible; yo no sé como ni por qué
sepultas tus sufrimientos en el fondo de tu alma, sin hacer partícipe de
ellos al compañero de tu existencia. ¿Me he hecho, por ventura, indigno
de tu confianza?
--Mui lejos de eso, Manfredo: lo que tú supones en mí el efecto de un
sufrimiento íntimo, no es sino a veces un malestar físico.
--¿Te sientes enferma, Raquel?
--Sí, siento algo afectado el corazon: tengo una constante opresion al
pecho que llega a empalidecerme.
Manfredo la levantó de su asiento, le dió el brazo, i conduciéndola a su
alcoba, la reclinó cariñosamente sobre su lecho, abrigóle los piés con
una colcha de pieles, i despues de imprimir un beso en su frente i
alizarle el cabello que ondulaba al descuido sobre sus sienes, se retiró
para dejarla reposar tranquilamente.
Raquel tendida sobre su cama, con un brazo lijeramente replegado sobre
el pecho i el otro caido con abandono, cerraba los párpados como
esforzándose para reprimir con ellos un torrente de lágrimas oculto.
Dias i meses habian pasado sin que nada enturviara la tranquilidad de
ese hogar. Raquel consagrada a sus labores domésticas i sus piadosas
devociones: Berta al estudio de la música, al bordado, a la lectura i al
cultivo de las flores: Albertito a sus tareas escolares: Gabriel al
cumplimiento de sus obligaciones caseras. Padres e hijos cobráronle a
éste un cariño tal, como si estuvieran ligados a él no solo por la
comunidad de la vida sino por lazos de sangre. I él lejos de engreírse
pagaba con usura, cariño por cariño. Jamás se acostaba por la noche sin
que todos lo hubieran hecho antes, sin que estuvieran apagadas todas las
luces de la casa: la recorria siempre mientras los demas estaban
entregados al silencio, la oscuridad i el sueño. Los sirvientes le
tenian una respetuosa estimacion.