La exactitud en el cumplimiento de mis obligaciones, (continuó Gabriel)
la delicadeza de mi parte, mi contraccion, la seriedad de mi carácter me
captaron mui luego la estimacion i el aprecio de mi protector. Soportaba
sus caprichos, me amoldaba a la rareza de sus costumbres i de su
carácter, le acompañaba con paciencia en la mayor parte de sus prácticas
relijiosas i compartia de su ociosidad i del pan de su mesa.
Por la mañana ayudábale a vestirse i levantarse de cama: arrodillados
ambos junto a ella elevábamos al son de los primeros trinos de las aves
nuestras oraciones matinales. Poco despues le acompañaba a la iglesia i
le ayudaba a decir su misa diaria.
--Por lo visto ibas tomando trasas de sacristan de aldea, repuso
Manfredo.
--En verdad, señor; me parecia que andaba impregnado del olor de los
cirios que encendia i apagaba todas las mañanas, del incienso que
quemaba todas las noches en el oratorio. Pero en mi situacion tenia yo
que amoldarme a todo.
--Pero supongo que el cura sabria corresponder bien a tu solicitud.
--En efecto, señor; no retribuia mi trabajo en dinero, por que era un
hombre esencialmente avaro, pero le debo en cambio el mayor beneficio
que podia hacerme.
--¿Cuál?
--Me enseñó a leer i a escribir: me hizo estudiar el catesismo, la
aritmética, la gramática i la jeografia. I me daba sus lecciones con
tanto mas esmero cuanto veia mi facilidad i mi contraccion para el
estudio, del que se marabillaba tanto, que era el tema favorito de sus
conversaciones con algunos sacerdotes amigos que le visitaban con
frecuencia. Pero cuando vió que mi amor a los libros absorvia por
completo mi tiempo i me hacia descuidar las prácticas relijiosas que me
habia impuesto, comenzó a combatir mi desicion por el estudio que era mi
única satisfaccion. Entregábame mis testos a horas determinadas, con
escepcion de mi catecismo i de un libro de oraciones. Pero esa
restriccion era imposible, por que mi intelijencia tenia sed de ideas.
Veíame rodeado de oscuridad i anhelaba la luz.
Poco antes de la muerte de mi abuela, desesperado de ver que no podia
desde su lecho socorrer mi indijencia con su mendicidad, ofrecí mis
servicios por todas partes, toqué a todas las puertas, brindando mis
fuerzas i mis brazos: todas ellas se me cerraron. Acudí a implorar la
jenerosidad de la amistad, i la amistad me dió las espaldas. Presentéme
entonces a un artesano que tenia un taller de peineteria, como dije a
Ud. otra vez, i me aceptó en él. I con el escasísimo fruto de mi
trabajo, pude llevar un pan al lecho de mi abuela.
El cura que estaba al cabo de todo esto, i a fin de que mi desicion,
quizá exajerada, por el cultivo de la instruccion, no me alejara de las
tareas piadosas, me determinó ciertas horas para que fuera todo los dias
a trabajar a mi taller. Así lo hacia yo apesar de mi invensible avercion
al trabajo material, por que, en fin, estaba yo en el caso de obedecer.
Así pasaron los dias i los años.
El tema favorito de mi conversacion entre mis compañeros de taller, era
la triste situacion que la esclavitud impone al negro cubano. Al son
monótono de nuestras herramientas lamentábamos, la servidumbre de esa
raza que jime oprimida bajo las plantas del amo.
¿Cuándo dejaremos de oir, nos deciamos, el ruido de las cadenas de los
pobres negros confundido con sus clamores, i el chasquido del látigo que
desangra sus espaldas? ¿Cuándo dejarán de besar humillados la misma mano
que asota su rostro abochornado, como si no fueran hermanos de los
blancos e hijos de un mismo Dios?
¿I ciertamente no es señor lastimera la suerte de esa raza degradada?
continuó Gabriel.
--Tan creo que es así, dijo Manfredo, que te aseguro que pienso como tú,
sin embargo de ser español. Me ha contristado siempre que, mis paisanos,
los hijos de la metrópoli, esploten el fruto del sudor de la frente del
negro infeliz, sin darle en retribucion de sus servicios i de su
sumision otra cosa que el condenarlos, con frecuencia a ver su pobre
choza devorada por las llamas del incendio, i las cenizas de esa choza
aventadas al viento.
--Es que usted señor es un hombre jeneroso, antes que español. I ancía
el bien de su patria sin desear el mal de la ajena.
--Pero en fin, Gabriel, continúa la narracion de tu pasado, que ya te he
asegurado cuánto me interesa.
--Bueno, señor. Cierto dia al ir de mi taller a la casa del cura me
encontré en la calle con dos artesanos que, probablemente, venian de una
de las mil casas de juego que plagan, como una peste este país, porque
parecian estar algo ébrios; pues usted debe saber, señor, cuanto se
entregan los artesanos a todos los vicios, sin escluir los mas
repugnantes, en esos lupanares en que se pierde el tiempo, la plata, la
moral i la salud.
--Pero bien ¿qué resultó del encuentro?
--Esos hombres señor, me habian oido, cierta ocasion, lamentarme con
lágrimas en los ojos de no saber quiénes eran mis padres; de no haber
recibido jamás una caricia maternal; de ignorar qué entrañas me dieron a
luz, qué seno alimentó mi infancia con su sustento propio.
Mi dolor de entonces, que es mi dolor de siempre, merecia respeto. I sin
embargo, apenas esos hombres me divisaron de una a otra vereda de la
calle detuviéronse en actitud insultante i me gritaron diciendo:
¡"Allá vá un bastardo"!
Ese dicterio penetró a mi alma, como la fria hoja de un puñal; el eco de
ese grito humillante resonó en el fondo de mi corazon i resuena hasta
ahora en mis oidos.
Mi primer ímpetu fué lanzarme sobre mis agresores, que para herirme
escojian la cuerda mas sensible de mi corazon: avancé algunos pasos
hácia ellos, ébrio de cólera i de exaltacion, pero recordé que estaba
solo i que ellos eran tres; que yo era un adolescente i ellos ya
hombres. Pensé entonces que podian abusar de la superioridad del número
i de la fuerza brutal. Hice un esfuerzo supremo para refrenar los
impulsos de mi carácter naturalmente impetuoso i el despecho de mi amor
propio herido en lo mas íntimo; i resolví contarle a mi protector el
agravio que me habia sido inferido para que él lo reparara. Acudí al
efecto a su casa, i me presenté a él pálido, demudado i trémulo. Quise
referirle el lance ocurrido, pero mi corazon palpitaba con tal violencia
que se me cortaba la respiracion: queria articular una palabra i la
palabra moria en mis labios a la par que la indignacion ardia en mi
alma. Balbuceé por fin una frase inintelijible. Mi pecho jadeaba i la
voz se me anudaba en la garganta, como la vaga articulacion del mudo que
batalla angustioso, pero en vano, por arrancar el sonido que imita la
palabra.
--¡Pardiez! ¡que tu exaltacion subió de punto!
--Por cierto, señor.
--¿I qué resultó por fin?
--El cura contemplaba atónito mi turbacion. Despues de un momento en que
quedó silencioso i paralizado me hizo una señal con las manos que
parecia decirme: ¡habla! ¿qué te pasa? El breviario que leia en esos
momentos, sentado en una mullida butaca, cayó de sus manos i rodó
entreabierto a sus piés. Púsose por fin de pié i me dijo:
--¡Por Dios Gabriel! ¿qué desgracia te ha sucedido? ¿qué te tiene en ese
estado de desatentada turbacion?
--¡Pobre cura! Que gratuito fué el mal rato que le diste Gabriel!
esclamó Manfredo.
--En seguida, señor, prosiguió Gabriel, se me aproximó el cura, i
estrechando una de mis manos entre las suyas volvió a decirme:
--¡Habla Gabriel! mira que aquí estoi yo para aliviar tus amarguras,
para consolarte en tus tribulaciones. Recobrando entonces paulatinamente
la tranquilidad, le contesté:
--No se alarme, señor; no es nada que importe una trascendental
desgracia, pero sí una injuria que exije reparacion. Contéle entonces
calurosamente el lance que acabo de referirle a Ud.
El viejo cura por toda respuesta me miró fijamente i sonriendo con
ironía, me dió una palmada en el hombro i me volvió la espalda para
tomar nuevamente su asiento. Al través de la indiferencia que mostró por
mi indignacion me pareció, en esos momentos, notar en ese bendito
sacerdote el rostro de la imbesilidad. Arrellenando su obesidad en la
butaca i dándose una palmada en la frente esclamó un momento despues:
--¡Oh! Gabriel solo a tu edad son escusables esos arrebatos insensatos,
esos arranques propios solo de un temperamento vilioso i ardiente como
el tuyo.
--Jamás me imajiné, señor, que diera Ud. tan poca importancia al hecho
de ver mancillado mi decoro, repuse lleno de enfado. Insistiendo él sin
embargo en su sonrisa agregó:
--¡No seas niño Gabriel!
--Así seré siempre niño señor cura; i ojalá que de ese modo ni los
viejos dejaran de serlo. ¡Todo, menos el aprecio de sí mismo puede
envejecer en el hombre! le contesté.
Con el ceño algo adusto i un aire un tanto contrariado por mi
impertinente tenacidad me dijo:
--¡Todo, menos la falta de cordura, es tolerable en una persona que
tiene sentido comun!
Subia de punto mi exaltacion i en tono casi enfático, le dije:
--Yo quiero, i necesito saber, señor cura, si Ud. vengará esa ofensa por
mí.
--¿Venganza Gabriel? ¡Que mal viene esa palabra en los labios de un
hombre cristiano como tú!
La venganza es la rastrera satisfaccion de las almas pequeñas: el Mártir
Divino, ese tipo de humildad, nos enseña a presentar una mejilla a quien
nos ha herido en la otra.
--Bien, señor cura, aparte de que yo no soi capaz de presentar ninguna,
por que ni soi mártir, ni soi divino, no comprendo cómo una persona
brinde estimacion a otra i se niegue a desagraviar su honra. Por no
desagradar a Ud. no quise hacerme justicia por mi mismo: i harto me
pesa.
Esa fué, señor don Manfredo, mi última contestacion. I con una fria
vénia me despedí del cura que silencioso i azorado me seguia con la
vista. Salí de su casa i jamás volví a ella.
Entonces me ví nuevamente, señor, a merced del primer viento que soplara
i arrojado por la ola de mi destino. Pasé mucho tiempo errante, sin
asilo fijo, huyendo de los hombres porque perdí la fé en ellos, i
deseando huir de mí mismo por que perdí la tranquilidad i la alegria de
mi corazon. La mayor parte del dia la pasaba en el taller, en el que
ganaba apenas lo necesario para mi subsistencia, i las noches
jeneralmente en casa de un artesano, compañero mio que es el esposo de
Carolina. Esa ha sido, señor, mi vida por largo tiempo, hasta el dia en
que Carolina, en fuerza de su cariño por mí de haber compartido de mis
sufrimientos i oido lamentarme amargamente de verme tan solo i tan
abandonado en el mundo, tuvo la feliz idea de ofrecer mis servicios en
casa de Ud. Probablemente la mano de Dios condujo los pasos de esa mujer
aquí que es el hogar de la felicidad, por que se respira en él la
virtud, el amor i la caridad, que son la felicidad del hogar; yo nunca
dejaré de bendecir, señor, la hora i el dia en que la suerte me trajo a
participar de ella.
--Me pidió Ud. señor, que le refiriese mi historia: he ahí mi historia.
Talvez lo he cansado con ella entrando en detalles que solo para mí
pueden tener interés....
--Mui lejos de eso Gabriel; te he oido con un agrado paternal; pues
apesar de que recien comienzas la senda de la vida, has dejado ya
algunas fibras del corazon en las zarzas de tu camino.
--Así es señor.
--I como yo, Gabriel, soi un hombre que ha sufrido mucho, comprendo i
compadezco a los que sufren por que los dolores humanos tienen eco en el
corazon que los ha esperimentado; por que la desgracia para quien sabe
apreciarla tiene un atractivo mas poderoso que la felicidad i porque yo
querria siempre consolar, llorando si es posible, a los que lloran.
Gabriel, como cansado de sufrir i de recordar sus sufrimientos, inclinó
la cabeza i calló.