Durante los pocos dias de la ausencia de Gabriel, se le destinó un
pequeño aposento, inmediato a la entrada de la casa. Una estera de paja,
un catre, dos sillas, un labatorio i una mesa, todo de madera blanca,
constituian lo principal de su ajuar.
Raquel, despues de revisar esa habitacion compró personalmente otros
útiles accesorios, que cuando los vió Manfredo, los encontró demasiado
lujosos para el aposento de un ayuda de cámara. Ella se opuso a las
objeciones de su esposo. Este insistió en ellas, i se trabó, con tal
motivo, una de tantas contrariedades domésticas, que pasan aun por el
cielo mas puro de un hogar, como nubarrones de verano.
Pasaron pocos dias en efecto i Gabriel regresó a la casa i fué
nuevamente recibido con igual estimacion, pero con mas confianza que
antes. Tan luego como Berta i Alberto sintieron sus pasos salieron al
corredor, a su encuentro. Preguntáronle cómo le habia ido en esos dias i
le dirijieron palabras joviales.
Berta le contó en seguida que ya estaba preparado su cuarto.
--¿Vamos a ver Gabriel el pequeño nido que te hemos preparado?
--¿Donde está señorita?
--Ya lo verás, le dijo, i se encaminaron a él. Cuando llegaron a su
umbral encontraron a Raquel colocando en el muro i a la cabecera de su
cama un cuadro místico: era el arcánjel san Gabriel.
El jóven mulato al sorprender la solicitud de la señora se detuvo en el
dintel de la puerta, fijando en ella una mirada de gratitud. Se ofreció
para ayudarla, pero ella habia concluido ya su tarea.
--Señora, la dijo, su bondad me avergüenza. Yo sabré corresponderle con
la exactitud en el cumplimiento de mis deberes, con mi adhesion i mi
fidelidad. Pero ya que es usted tan bondadosa conmigo voi a pedirle me
conceda los útiles que me son mas necesarios.
--¿Cuáles son Gabriel?
--Una hamaca i recado de escribir.
Momentos despues tenia Gabriel en su habitacion ambas cosas. Guardó en
un cajon de la mesa el recado de escribir i clavó la hamaca por ambos
estremos, diagonalmente en el cuarto.
En ese momento tocaban a la puerta de la casa. Era Carolina que iba a
preguntar si Gabriel habia llegado ya.
Poco despues Gabriel se mecia tendido en su hamaca como para ensayar las
horas que se prometia pasar en ella. I Carolina conversaba con los de la
casa en el costurero.
Manfredo dirijiéndose a ella, díjole, entre otras cosas, en el curso de
la conversacion.
--¿Sabes, Carolina, que todos los de mi familia han llegado a cobrarle
cariño sincero i casi tierno a Gabriel?
--Mucho me complazco, señor, contestó la costurera, porque lo creo digno
de ese cariño; i la mayor prueba de que lo merece es que tan pronto ha
sabido inspirarlo. I usted comprende, señor, que lo demas es obra del
tiempo.
--Es así, contestó Manfredo. Pero por lo mismo queríamos asegurarnos de
su consecuencia i lealtad. Porque tú debes saber lo sensible que hace el
perder a una persona ya querida. Por esa razon desearía que me dés
alguna luz mas sobre la índole, los antecedentes, el carácter i las
costumbres de Gabriel, para no violentarlo con exijencias contrarias a
ellas.
--Yo conozco, señor, a Gabriel íntimamente con motivo de ser un amigo
decidido de mi marido, con quien trabaja en el mismo taller. Ambos
tienen el mismo oficio, i se buscaban antes con frecuencia. Gabriel,
señor, es de un carácter dulce, uno de esos corazones bondadosos de todo
bien, de ningun mal capaz. I para que usted se persuada de ello, básteme
decirle, que una parte de las utilidades de su trabajo la destinaba para
los pobres.
--¡Qué bien, papá! esclamó Berta. Los domingos me ayudará a distribuir
el pan a los pobres.
--Es tambien, señor, prosiguió Carolina, de un carácter vehemente i casi
arrebatado. Es capaz de arriesgar la vida por vengar una injuria, por
reparar una injusticia, cualquiera que haya sido su víctima, a pesar de
esa indolencia aparente que parece que le dominara. Mui exacto en el
cumplimiento de sus deberes, tiene sin embargo, algunos inconvenientes.
Es a veces exajerado en su amor propio, por lo mismo que vé que su color
lo rebaja. No se le puede hacer un insulto mayor que llamarle mulato o
bastardo: se encoleriza de tal modo que parece perdiera la razon. En
cambio tiene la sensibilidad del niño i la ternura de la mujer. Mas de
una vez le he visto enjugar lágrimas al verme llorar. Hai, señor, un no
sé qué de misterioso i vago en el fondo del alma de Gabriel. Hai dias,
por ejemplo, que amanece con el ánimo tan nublado, como las lluviosas
mañanas de Matanzas, i tanto o mas sombrio que su propio rostro. Se
encierra entonces en su cuarto, como una noche de dolor, i queda a veces
uno o mas dias sin salir de él. Su único anhelo en tal situacion, es
sepultarse en la soledad; parece que quisiera huir de sí i hasta de las
paredes de su cuarto, cuando pasa con dolorosa i violenta alternativa
del arrebato, al desfallecimiento del dolor; i de éste a los arranques
de indecible ternura por todo lo que le rodea. Yo recuerdo que una vez
que estaba esplinático, mi marido i yo le atisvábamos por el ojo de la
llave de su cuarto, en el que hacia veinte i cuatro horas que estaba
encerrado, i le vimos golpear el suelo con los piés, pasearse desatinado
a lo largo de ese cuarto, tenderse despues sobre un banco i ocultando su
frente entre sus manos llorar a lágrima viva i sollozar sin descanso, i
alzar a ratos los ojos al cielo, como implorando de él.
--¿I a qué atribuyes, Carolina, tan raras turbaciones en el carácter
ordinariamente tranquilo i apasible de Gabriel? dijo Manfredo.
--Muchas veces he pensado, señor, en eso, i a la verdad que no me las sé
esplicar. Me he perdido en un mar de conjeturas, por aliviar su
situacion. Unas veces he supuesto que sea simple efecto nervioso que
hace mas mella por su corazon sensible i por su naturaleza tan ardiente
como el sol de Cuba; otras veces que es un hombre soberbio a quien
humilla su raza i su condicion: o bien, que guarda algun dolor secreto
que amarga en íntimo silencio su existencia.
--Raro carácter, en verdad, repuso Manfredo.
--Pero en tales casos, señor, lo mejor es respetar su soledad i su
dolor, porque es imposible consolarle. I tan imposible, que una vez que
mi marido i yo entramos en su habitacion para enjugar sus lágrimas i
consolar sus dolores, nos pidió permiso i nos dejó solos en ella.
Seguímosle a hurtadillas una tarde tan nublada como su alma. Su mirada
estaba triste, su rostro pálido i la frente inclinada. Caminaba por las
calles, como quien no se dá cuenta de lo que le pasa, i con un aire de
melancólica distraccion llegó, a paso lento, hasta los estramuros de la
ciudad; se detuvo allí largo rato con los brazos cruzados i la vista
fija en el cielo. Accionaba a ratos: parecia que hablaba consigo mismo:
contraia el ceño, haciendo al parecer, un esfuerzo violento, para
recojer su espíritu i penetrar en él, como quien orilla espantado el
abismo, resuelto, sin embargo, a arrojarse a su fondo.
--Pero no fué eso todo, prosiguió Carolina. Siguió su marcha paso a paso
hasta llegar a la ribera de un bosque. Penetró a él, en momentos que ya
comenzaba a cerrar la noche. Sentóse a la sombra del bosque sobre el
tronco de un árbol caido, i quedó largo rato apoyado de codos sobre sus
propios muslos i la frente oculta entre las manos. Parecia, señor, la
sombra del dolor. I en efecto, como una sombra melancólica se deslizaba
por entre los árboles del bosque, vagando errante i al parecer, sin
sentido. Poco despues regresó a su casa; i al dia siguiente le vimos
como si nada hubiera pasado por él. Solo se le notaba cierta palidez que
emanaba probablemente del desvelo i de la vijilia.
--Pero díme, Carolina, ¿nada te dijo de la causa de sus sufrimientos?
interrogó Berta.
--Nada señorita. Como tiene de costumbre, guardó un profundo silencio
sobre lo ocurrido.
--¡Pobre Gabriel! repitió Berta. Con el negro dolor que lo devoraba, con
su color oscuro i a la sombra de ese bosque en que tú le pintas, se me
presenta a la imajinacion como la imájen de la noche.
--Otra ocasion, agregó Carolina, notándole tambien algo triste, le
ofrecí en mi casa un vaso de vino, por que el licor suele adormecer las
emociones del espíritu. I me contestó con profunda amargura:
--¡Gracias Carolina! ya he bebido mis lágrimas, i eso me basta.
--¡Pobre jóven! dijo Manfredo, es digno de compasion.
--¿I estará ahora en su cuarto? preguntó Raquel.
--Si mamá, repuso Berta. Acabo de pasar por la puerta de su aposento i
le he visto meciéndose en su hamaca.
--Me parece que es ya del caso comunicarle cuáles serán sus tareas i la
distribucion de ellas, agregó Manfredo.
--Tienes razon; i él deseará tambien saberlas, desde luego, repuso
Raquel.
--Manfredo le hizo llamar.
A poco rato se presentó Gabriel, diciéndole:
--Señor, estoi a sus órdenes.
--Mira Gabriel, prorrumpió Manfredo; he creido necesario ponerte al
corriente de tus quehaceres en la casa, indicarte tus obligaciones i
preguntarte sobre los derechos que exijas.
--Yo lo deseaba tambien, señor.
--Bien; tú por la mañana cuidarás de que los jardineros hayan regado los
jardines, limpiado las estátuas, aseado los corredores, las sendas del
huerto, i formado los ramos de flores con que se adorna la mesa del
comedor. Cuidarás tambien de que el esclavo Estevan despierte a
Albertito i le aliste todo lo que necesita diariamente para ir a la
escuela.
Despues de que nosotros nos háyamos levantado de mesa, prosiguió
Manfredo, podrás sentarte en ella.--Una vez que hayas concluido de comer
recorrerás todas las habitaciones para ver si están bien desempolvadas.
Te recomiendo tambien que el cochero no se descuide en lavar el coche
diariamente, i cuidar con esmero los caballos.
En el resto del dia, continuó Manfredo, podrás ocuparte de lo que
quieras, cuidando solo de que uno de los sirvientes le lleve sus _once_
a Alberto. Por lo demas, revisar la mesa a la hora de la comida o del té
por la noche, i otras muchas pequeñeces, por el estilo, te las irán
indicando nuestras costumbres, tu previcion, el tiempo i tu buena
voluntad.
Lo único que no debo olvidar advertirte, dijo en seguida Manfredo, es
que como viene todos los dias el señor Altieri a dar lecciones de piano
a mi hija, estés listo, para cuando llegue en comunicárselo a ella, e
introducirlo al salon.--Lo mismo te recomiendo si viene alguna visita,
lo cual será rarísimo, por que mi familia vive completamente alejada de
la sociedad, i en un casi completo aislamiento. I eso es tan cierto que
son poquísimas las personas a quienes conocemos en Matanzas.
--¿I por qué, señor, ese alejamiento de la jente, cuando la sociedad es
uno de los goces mas agradables, i sobre todo para personas educadas,
ricas i cultas como ustedes? Ademas, señor, una niña tan llena de
prendas i adornos como la señorita Berta, bien merecia, señor, que la
luciera usted en la sociedad. Su intelijencia, su belleza, la esquisita
delicadeza de sus maneras i de su carácter, el poseer con tanta
perfeccion el frances, el sentimiento que sabe imprimir a la música,
cuando las notas del piano parece que tiemblan bajo sus dedos al son de
sus propias impresiones, la harian desempeñar un papel mui distinguido
en la sociedad de Matanzas, en donde, segun infiero, señor, no hai
muchas señoritas de tanto mérito como ella.
--¿Quién te contó todo lo que sabia mi hija? ¿cómo lo supiste tan
pronto?
--La señora Raquel, me dijo algo. I yo la oí hace poco tocar el piano.
Me estrañó que tuviera tanta ejecucion i tanto buen gusto, una niña de
su edad.
--En cuanto a tus anteriores reflecciones, respecto a nuestro sistema de
vida, tienes razon en apariencia. En mi deseo vehemente de
proporcionarle a mi hija un porvenir próspero i feliz, un porvenir que
esté a la altura de su mérito i de mi cariño paternal, mucho he pensado
en todo lo que me acabas de decir; pero tú no sabes talvez que aquí se
mira de reojo a las familias españolas i que hai muchas i mui mezquinas
rivalidades entre las familias españolas i las matanceras.--Ademas,
continuó Manfredo, seré franco contigo, porque te considero ya un
miembro de mi familia....
--I con razon señor, dijo Gabriel, casi interrumpiendo a Manfredo.
--Pues bien, mi esposa en su primera juventud fué artista....
--¡Artista!.... esclamó Gabriel, con cierto aire de disimulada sorpresa.
--Si, Gabriel; fué cómica. I tu no ignoras que en todas las sociedades
del mundo, no se dá a los cómicos una mano amiga para introducirlos a
los estrados decentes, bien quistos, i, sobre todo, alumbrados por una
luz aristocrática. Hai esa sombra en el pasado de mi familia que
oscurece su porvenir; i por eso prefiero yo ser buscado a buscar a las
personas, i especialmente a aquellas que blasonan de alta alcurnia. Yo
sé bien que la virtud, la educacion i el mérito, reemplazan en cierto
modo lo que ha negado el lustre, casual de la cuna i del nacimiento;
pero no sucede lo mismo con los demas. I si bien la altesa de los
antecedentes de familia influye, en cierto modo, en la nobleza del
proceder i de las acciones, en cambio, no es eso tanto que la modestia
de la cuna empañe i oscuresca por completo el brillo del verdadero
mérito, que se adquiere con una educacion esmerada, cualquiera que sea
el rol que se desempeñe en la sociedad.
Brillaron los ojos de Gabriel al escuchar estas palabras, i prorrumpió
de esta manera, con entusiasmo incontenible:
--Yo pienso, señor, como usted, i voi mas allá en mis ideas a ese
respecto. Desdeñaria dar la mano a un blanco mui lleno de ínfulas i
pretensiones infundadas i ridículas, pero que sin embargo, como hai
muchos, pisoteara su honor i su delicadeza, que a un pardo modesto i
oscuro, que no tiene mas pecado que la fatalidad de su color, mas mancha
que su raza, de esa raza que vale tanto como cualquiera otra: a un
pardo, señor, en cuyo seno latiera un noble corazon, i en cuya
intelijencia ardiera esa chispa celeste que se llama el talento, i que
es el don mas precioso que Dios concediera al hombre.
Ademas señor, continuó Gabriel, la fortuna es el ídolo que adoran las
sociedades modernas, el oro reemplaza a todo. I aun el talento, la
belleza i la virtud pasan gachas i abatidas delante de ese rei altivo. I
con usted señor, ha sido pródiga la suerte en concederle ese elemento de
felicidad, segun entiendo. ¿No es verdad, señor?
--Sí, Gabriel, es así. Pero, entre tanto, continúa.
--Bien, señor; ¡una mujer colmada de virtudes i adornos i un hombre
lleno de mérito, tiene hoi en dia, menos abierto el paso, que uno de
esos marranos endinerados de frac i guante, que es el tipo de los
_dandyes_ de nuestras sociedades! ¿Qué será entonces si a la fortuna se
asocia el mérito, como sucede en su familia?
--Nó, Gabriel, no llegan las cosas, a ese respecto, al estremo exajerado
que tu supones. Tu las ves al través de un lente de aumento. Yo he
visto, aun en las sociedades mas metalisadas, predominar el mérito sobre
la fortuna. He visto mil veces doblegarse al rico ante la lejítima
altivez del talento. He visto al opulento comerciante, al rico
propietario, pisar con respeto los umbrales de la casa del abogado
novel, del jóven literato, i estrecharle la mano con cierta timidez que
revela la conciencia de su inferioridad.
He notado en los salones llamar i merecer éstos todas las
consideraciones, i aquellos, hacer un papel pálido, silencioso i
desairado.
Raquel i Berta escuchaban sorprendidas la conversacion de Gabriel, al
ver tanta cultura en las palabras de ese modesto mulato i tanta claridad
en su intelijencia.
--En cuanto a tu salario, Gabriel, dijo Manfredo, será el mismo en que
convinimos el otro dia.
--No hai cuestion, señor, a ese respecto: eso, o lo que a Ud. le parezca
mejor. Voi sí a suplicarle mas bien señor, que durante los primeros dias
me permita Ud. asistir una o dos horas a mi taller, para cumplir mi
contrato con mi antiguo jefe.
--Hazlo cuando i cuantas veces quieras; que por mi no tendrás
inconveniente alguno.
--Gracias, señor.
--Te pregunté, Gabriel, por tu vida pasada, por tus padres, por tu
familia, i casi nada alcanzaste a contarme de ella, por que cortamos
nuestra conversacion, a causa de haber tenido yo que salir entonces a la
calle. ¿Lo recuerdas?
--Si, señor. I en verdad preferiria no hablarle de mi pasado, por evitar
en mi memoria penosos recuerdos, que me entristecen sobremanera.
--Sobreponte a ellos, Gabriel, i ábreme tu corazon.
Gabriel calló un momento i exalando un prolongado suspiro, prorrumpió en
seguida:
--Mi historia es mui corta señor. Probablemente abrí los ojos a la vida
en el mismo rancho en que pasé mi niñez.
Hai en uno de los estramuros de esta ciudad, continuó Gabriel, una
humilde casilla, en una calle desierta, tortuosa i apartada. No tenia
sino dos habitaciones de muros ruinosos i sin blanquear i de techo
pajizo. Tienen una puerta que dá a la calle, otra interior que conduce a
un patio tan pequeño como mi frente: las hojas de esas puertas son de
madera blanca.--Dos mesas antiguas mui talladas, i pintadas de verde i
con aristas doradas: dos catres de madera a uno i otro costado de la
entrada; un banco rústico; unas pocas sillas enormes, azules i tapizadas
de cuero; un candelabro de loza ordinaria ocupado con una vela de sebo:
algunos santos pintados al óleo con colorido chocante, en lienzos
quebrajados i empolvados: un crucifijo a la cabecera de una de las
camas; he ahí, señor, mi morada, durante los primeros años de mi vida.
--Dos lechos te he oido decir: ¿con quien vivias allí?
Supongo que a la edad que tendrias entonces, no vivirias solo.
--No, señor.
--¿De quien era esa casa?
--Voi a continuar, señor. Esa modesta mansion, nido de mis primeros
sufrimientos, cuna carísima de mi infancia, fué tambien la tumba de una
persona querida, de una mujer.. Bajo el ala de su cariño abrigué mi
cuello infantil; mas esa ala se plegó un dia.
--Pero Gabriel, ¡habla! ¡Nombra personas! ¡Sé mas esplícito!
--Bien, señor, dijo, i enjugó una lágrima que tembló largo rato en sus
largas i retorcidas pestañas. Esa mujer era una anciana de ochenta años
de edad, una infeliz negra, una pobre ciega, una esclava; era mi abuela
paterna.
Cuando yo era tan niño aun, que todavia no podia trabajar para ganar el
pan de todos los dias i solo podia ayudar a esa anciana en pedirlo a
Dios con el primer rayo de la mañana, arrodillado al pié de su lecho, en
el que descansaba de sus fatigas i dolencias, mendigaba ella por calles
i plazas la dádiva del que encontraba al paso, o tocaba a las puertas
del acaudalado para pedir una limosna en nombre de Dios, i no recibir, a
veces, mas respuesta ¡que el que le dieran con las puertas! Cuando esa
dádiva caia a sus manos tenia la costumbre de besarla de gratitud,
correr a casa para satisfacer mis necesidades, enjugar mi llanto cuando
yo lloraba de hambre, i pedir al cielo, junto conmigo, por su
benefactor.
Me tenia tanto cariño que jamás quiso que la acompañara en su vagabunda
mendicidad. Mientras ella salia me quedaba yo en casa. El único guia de
la anciana ciega era un pequeño perrito que la dirijia amarrado del
cuello por el estremo de un cordon que lo asía a dos manos por el otro
estremo.
Cuando alguna vez, al regresar a mi indigente morada, oia el ladrido del
perrito, se me abria el corazon, acudia a la puerta en alcance de la
mendiga i con la anciosa sonrisa de mis ojos i de mi fisonomia le
preguntaba:
--¿Hai pan hoi dia?
Apenas su planta tocaba el umbral i sus manos trémulas, estendidas e
indecisas, empujaban la puerta del rancho, parecia que querian palpar
con anciosa indesicion, los obstáculos de su tráncito, o buscar la
manecita de su nieto, para imprimir un beso en su frente, esclamando:
--¡Gabriel! ¿Gabriel?.. I yo corria a avalanzarme de su cuello, a
recibir sus abrazos, las caricias con que me colmaba, los besos con que
cubria mi rostro.
¡Ai!, señor don Manfredo, el corazon se me rompe de pesar, cuando
recuerdo que si llegaba alguna vez mi abuelita con las manos vacias, se
dejaba caer sobre una silla, lloraba sin consuelo i sollozaba con
indecible amargura, ocultando su frente entre las manos, i procurando
encubrir su llanto para no ocasionar el mio, porque yo lloraba tambien
cuando la veia llorar. Apenas la notaba aflijida me ponia a su lado, le
pasaba con las manecitas por las mejillas i la cabeza encanecida i le
preguntaba con acento lastimero:
--"¿Por qué lloras, abuelita?.."
Ella sin contestarme a veces una sola palabra, levantaba las manos al
cielo esclamando:
--"¡Oh, madre! ¿de qué fueron tus entrañas cuando abandonástes a tu
hijo?"
--Mui buena debió ser, Gabriel, esa anciana.
--Mui buena, señor; i sobre todo mui caritativa.
--¿Caritativa sin embargo de ser pobre?
--Si señor: su caridad empezaba conmigo. Es por eso, señor, que para mi
la caridad es la mayor de las virtudes. Si supieran, señor, los ricos
cuántas i cuan amargas lágrimas enjugan con ceder a los pobres los
mendrugos de pan que caen de sus suntuosas mesas, de sus opíparos
banquetes: si supieran que una dádiva a tiempo puede salvar la pureza de
una vírjen que tiembla de hambre a la orilla del abismo, tal vez
mientras la mano endinerada de la seduccion la empuja a ese abismo,
¡haciendo vacilar su virtud como vacila en la rama la hoja seca que el
viento asota!: ¡si supieran que con un arranque de jenerocidad cortan el
camino del crímen, de la prostitucion o del infortunio, a infelices
mujeres que se ven arrojadas a ese camino por la mano de la miseria!: si
supieran que con esa dádiva enjugan la lágrima del huérfano desamparado,
de la viuda desolada, del mendigo que toca a todas las puertas, ¡oh!
entonces sabrian tambien que esa lágrima convertida en perla, la
presenta a Dios, en copa de oro, el ánjel de la caridad; oh, entonces,
señor, yo creo que ningun hombre daria la espalda a la mano que
estendiéndose delante de él, le intercepta el paso diciéndole: _¡una
limosna por amor de Dios!_
--Comprendo perfectamente toda la ingenuidad de tus palabras; porque ama
siempre el sufrimiento i simpatiza con él todo el que ha sido educado en
la escuela de la desgracia.
--Eso es tan cierto, señor, que recuerdo que un dia que pasaba por su
calle, ví a la hija de usted, repartiendo con su propia mano en la
puerta de la casa, el pan a los pobres, me pareció percibir el aroma de
las virtudes de este hogar i me dije interiormente: "el cielo cubrirá a
esta niña de bendiciones i de felicidad." I no me engañé al percibir
desde lejos ese aroma, porque desde que yo me aproximé a esta casa he
visto en ella que es un Eden de piedad, i he deseado mas de una vez
besar la mano que me condujo a sus umbrales.
--¡Gracias Gabriel! Cada momento se descubren en tí mas i mas nobles
sentimientos. ¡Palpita la sinceridad en tus palabras, i en tu pecho, un
jeneroso corazon! Pero, prosigue tu historia porque me interesa mas que
la lectura de una romántica leyenda.
--Una mañana, señor, nublada i tan triste, que parecia mas bien una
tarde sombria, iba a levantarme de cama bajo la melancólica impresion
de un sueño angustioso que me parecia, aun en despierto, que duraba
todavia. Me restregué los ojos para disipar el sueño i.... estaban
húmedos: ¡probablemente dormí llorando! Me incorporé en mi lecho para
saludar como de costumbre, a mi anciana compañera, i la dije:
¡Buenos dias abuelita! I me contestó con el silencio. Repetí el mismo
saludo, i me dió la misma respuesta.
Sobresaltado i lleno de temor salté de mi cama, acudí a la suya, i....
su silencio, era el silencio de la muerte. Yacia la pobre anciana
durmiendo el sueño eterno, tanto mas negro que el que yo acababa de
soñar.
El perrito ahullaba a mi alrededor o se esforzaba por brincar sobre la
cama: la pálida luz de una vela temblaba todavia desde uno de los
rincones de la habitacion, como temblaba sobre la pared la sombra de ese
lecho de muerte.
Mi única idea fué entonces correr a la calle desesperado i lloroso, sin
saber yo mismo por donde dirijirme: gritaba sollosando en medio de la
calle: me ahogaba el dolor: tenia miedo de quedarme solo con el
cadáver.
Mis pasos se dirijieron, por fin, maquinalmente a casa del cura de la
parroquia. Entré a ella como un loco, llenándola con mis alaridos i mis
lágrimas. El cura compadecido de mi desesperacion me condujo a mi casa
despues de preguntarme por qué lloraba. Llegamos a ella. Al pisar sus
umbrales i resonar el ruido de nuestros pasos abrió los ojos, i murmuró
levemente:
--¿Gabriel?
--¡Yo soi! le contesté: aquí está el cura de la parroquia. Hizo entonces
una señal, para que el sacerdote la ausiliara.
Tomé al cura de una mano, empapándola con mis lágrimas, i lo conduje a
la cabecera del lecho, de la moribunda anciana. El sacerdote murmuró las
oraciones de la agonía. Desprendió un crucifijo que estaba clavado en la
pared a la cabecera del lecho, aplicólo a los labios de la moribunda:
ella lo besó comprimiendo sobre sus helados labios la sagrada efijie,
empañó con su último aliento la imájen de Dios; plegó los labios; me
dirijió una mirada como signo de la última despedida, i cerró los ojos,
i los cerró.... ¡para no abrirlos jamás!
Poco despues se refugiaban los restos de esa mujer en el seno de la
tumba, i su recuerdo en mi memoria. A la noche siguiente depositaba yo
sobre su sepulcro como un tributo a su memoria, una flor, una lágrima i
una cruz, i gritaba como un loco, i lloraba como un niño al borde de su
sepulcro, i vagaba como una vision entre los sepulcros i a la sombra de
los cipreces pidiendo a zollosos, a las cenizas de los muertos que
evocaran sus sombras, que se levantaran de sus urnas, para devolverme lo
que el destino cruel me arrebataba.
Volví, despues de esa noche, a mi desmantelado hogar i me pareció sentir
en él, el rumor de las alas del ánjel de la muerte que se batian sobre
mi cabeza, i encontré tan desamparada la morada de mi infancia, como una
cuna vacia, como una jaula desierta. No pensé entonces sino en levantar
el vuelo para dejarla.
--¡Oh! Gabriel, esclamó Manfredo; jamás habia sentido mas desgarrado mi
corazon que al oir tu triste historia; mas de una lágrima me ha costado,
i hasta de los poros de las rocas brotarian lágrimas, ¡si las rocas
pudieran escucharte, si las rocas supieran llorar!
Gabriel inclinó la cabeza i derramando un raudal de lágrimas, esclamó:
--Yo creia, señor, que el llanto ya se habia agotado en mis ojos i me
consuelo en ver que no es así. ¡Tengo lágrimas siquiera!
--Estás, Gabriel, en la alborada de la vida i has sufrido ya tanto como
el hombre que se aproxima al término natural de su existencia.
¡Huérfano!....
--¿Huérfano?.... Tal vez no, señor. Pues quizá soi un ser abandonado de
los mios: es decir, un hijo sin padres, un hermano sin hermanos.... Pero
esa idea es mas desesperante para mí porque tal vez mientras mi madre
vivia, yo no tenia otra madre que la miseria.... Sentia hambre i no
tenia pan; me devoraba desde entonces la sed de ciertas ambiciones i era
un pobre mulato.
Desvelado, pálido i ojeroso estaba un dia meciéndome en la hamaca,
revolcándome en mis lágrimas, sin tener a dónde volver los ojos, i
buscando, como un consuelo, en mi ardiente imajinacion el rostro de la
muerte, para que a lo menos ella me brindara una sonrisa, ya que jamás
me habia sonreido la suerte. I Dios volvió a mí sus ojos....
A la ténue luz del crepúsculo de la tarde un hombre llegaba a mis
umbrales i tocaba a mi puerta, con una voz no desconocida para mí. Me
llamó por mi nombre. Salí despavorido, i me encontré, señor, con el cura
de la parroquia, que asistió a mi abuela en sus últimos instantes.
¡La virtud toca siempre a las puertas del infortunio!
Despues de saludarme cariñosamente, de estrecharme entre sus brazos, i
de colmarme de beneficios me dijo:
--Quizá, Gabriel, en tu desesperacion no alcanzaste a oir que la anciana
moribunda me encomendó tu suerte. I como yo tengo, respeto por ese
último encargo i cariño por tí, vengo a decirte que tienes abiertas las
puertas de mi hogar i de mi corazon. Vente conmigo, Gabriel, agregó en
seguida, en actitud de partir.
--Besé lloroso de gratitud la mano del sacerdote.
Poco despues vivia yo en su piadosa compañía.