Berta, que así se llamaba la niña, leia una mañana a "Rafael" de
Lamartine, en un pequeño retrete que le servia de costurero i de
escritorio; i Raquel, su madre, junto a una ventana i delante de una
máquina de coser, bordaba una papelera de esterilla con hebras de seda,
dibujaba con ellas las iniciales del nombre de su esposo, i escuchaba
atenta i conmovida la lectura de su hija.
Un alfombrado verde que armonizaba por su color con las cenefas del
empapelado, las cortinas i el tapiz de los muebles; una mesa central
ovalada; un escritorio mui laboreado de madera de nogal que hacia juego
con un pequeño estante de libros que se alzaba sobre la mesa i sostenido
por la muralla; un divan que cruzaba uno de los ángulos de la
habitacion; un confidente colocado con estudiado descuido al costado
derecho de la puerta de entrada; algunos cuadros al óleo pintados en
láminas de metal i con marcos dorados; algunos libros abiertos,
esparcidos aquí i allí, como el _Werther_ de Goethe, _Pablo_ i
_Virjinia_ de Saint-Pierre, _Atala_ i los _Mártires_ de Chateaubriand
estaban desparramados ya sobre una mesa, sobre un divan o sobre una
máquina de costura.
Berta hojeaba, con la mano trémula de emocion, las pájinas de ese libro
platónico, sobre las que hai un soplo constante de armonia, de ternura i
de amor; esa leyenda romántica que podria llamarse el libro de los
jóvenes i de las niñas, impresionaba de tal manera a Berta que parecia
cortarle a ratos la respiracion, encender sus descoloridas mejillas i
abrillantar sus lánguidos ojos, cuya mirada besaba de entusiasmo el
libro que tenia abierto, delante de sí i entre sus blancas i pequeñas
manos.
Cuando llegó a un párrafo en que decia lo siguiente, la voz de Berta se
puso trémula i la palidez de su castísimo rostro tornóse en rosa
encendida:
"Algunas veces Julia lloraba de repente con una estraña tristeza. Estas
lágrimas provenian de verme condenado por aquella muerte, siempre oculta
i constantemente presente a nuestros ojos, a no tener delante de los
mios mas que ese fantasma de felicidad que se evaporaría en el momento
que quisiese estrecharlo contra mi corazon. Oraba, se acusaba de haberme
inspirado una pasion que jamás podria hacerme feliz.--¡Oh! Yo quisiera
morir, morir pronto, morir jóven i amada, me decia Julia.--Sí, morir;
puesto que no puedo ser a la vez mas que el objeto o la ilusion amarga
del amor i de la felicidad para contigo. ¡Tu delirio i tu suplicio
reunidos! ¡Esta es la mas divina de las felicidades i el mas cruel de
los castigos, confundidos en un mismo delirio! ¡Ojalá que el amor me
mate i que tú me sobrevivas para amar segun tu naturaleza i segun tu
corazon! ¡Yo seria menos desgraciada muriendo, de lo que soi, conociendo
que vivo a espensas de tu dolor!...."
Con estas últimas palabras cayó el libro de Lamartine sobre las faldas
de Berta, inclinó ésta la cabeza i una lágrima tierna tembló en los
párpados de sus ojos i se deslizó surcando sus mejillas hasta caer sobre
esa pájina apasionada i palpitante.
--¡Oh! ¡madre mia! esclamó en seguida: la muerte o la desesperacion son
los únicos caminos de un amor imposible, i sobre todo, cuando se anida
en el ardiente corazon de un jóven i lo que es mas, ¡de un jóven poeta!
¡Si Rafael no hubiera sido poeta no habria amado tanto! Si su amor por
Julia no hubiera sido un amor imposible, habria sido un amor triste pero
no desesperante.
--En efecto, si la realizacion de ese amor no hubiera sido imposible, no
habria sido tan grande, hija mia, repuso la madre, sonriendo con esa
frialdad de los años, al ver con aire de sincera estrañeza las juveniles
impresiones de su hija.
--De todos modos, si yo no quisiera ser Julia, menos querria ser Rafael,
porque a juzgar por lo poco que he leido en mi vida, las pasiones de los
hombres son mas vehementes i menos pasajeras que las pasiones de las
mujeres i porque ante todo, el poeta parece un ser condenado al
sufrimiento i predestinado a la desgracia. I como dice, mamá, aquel
autor español que leíamos una tarde en el cenador del jardin:
«El poeta en su mision
Sobre la tierra que habita
Es una planta maldita
Con frutos de bendicion.»
--Por eso, mi querida Berta, no aspires a ser ni Rafael, ni Julia i
conténtate con ser la hija tierna i amorosa que concentra en su amor
filial todos los perfumes de su alma sensible, todos los latidos de su
impresionable corazon.
--Tiene usted razon, madre, dijo Berta, precipitándose a colgarse del
cuello materno: ¡tiene usted razon! usted será siempre el único objeto
de mi cariño. Hizo resonar un beso en la frente de su madre i agregó:
--Yo la amo a usted tanto como Rafael a Julia. ¿Para qué aspirar a un
nuevo amor, si el que a usted le profeso me hace feliz, si constituye la
delicia de mi vida? I si he de decirle la verdad, hai en el fondo de mi
alma un sentimiento vago e indefinible que me inspira cierto miedo al
amor: me parece que huiría de él si lo encontrase en mi camino.
En ese momento la entrada de un perro negro i hermoso anunció la llegada
de Manfredo, padre de Berta. Mientras el perro se tendia a los piés de
ésta, batiendo la cola i restregando la frente en los pliegues de su
vestido, como para acariciarla, llegó Manfredo de la calle i pisó el
umbral de la habitacion, en que permanecian abrazadas madre e hija.