VII

Taciturno i pensativo traspasó Manfredo el umbral de la puerta, i al

descubrir con sorpresa aquel tiernísimo cuadro doméstico; a la hija

llorosa en los brazos de la madre i con la frente inclinada sobre su

hombro, se demudó de súbito i se apresuró a preguntar a su esposa:

--¿Algo de desagradable ha ocurrido durante mi ausencia?

Berta i Raquel callaron.

Manfredo reiteró la misma pregunta, con cierta involuntaria ajitacion, i

agregó:

--No contaba, por cierto, con que al volver al seno de mi familia, para

buscar en él el dulce consuelo de mis contrariedades i sufrimientos,

fuera para encontrar a mi hija llorosa i aflijida.

--No es nada, contestó Raquel. La esquisita sensibilidad de Berta le ha

arrancado lágrimas de conmocion al leer las pájinas de _Rafael_.

--Ojalá todos los motivos de sufrimiento fueran como ese. Yo acabo de

tener uno mayor, hija mia. He recibido hace poco una carta de la Habana

que me hace temer, i con sobrada razon, por el mal estado de mis

negocios. Un ajente mio en esa ciudad, ha fugado, quién sabe a dónde,

llevándose una gran cantidad de café, cascarilla i añil, que le habia

enviado para que remitiese a España. Me dicen que su situacion comercial

era dificil, i ha querido probablemente usurparme el honrado fruto de mi

trabajo i del sudor de mi frente, esponiendo a dejar en la miseria a mi

pobre familia.

--Dios remediará tus sufrimientos, contestó Raquel, no sin procurar

disimular a su esposo la impresion que le hacia tan funesta nueva. Dios

los remediará, i hará que el estafador caiga a manos de la justicia, i

que el fruto de su indignidad, que es tambien el fruto de tus desvelos i

de tus trabajos, vuelva a tus manos.

--¡I lo peor es que no hai remedio!... dijo Manfredo, interrumpiendo a

su esposa.

--No te aflijas, Manfredo. Ni yo ni nuestra hija tenemos ese apego al

lujo de la jente vulgar: son buenos sentimientos, i no seda i encajes

los que estan gravados en nuestros corazones. Yo, como tú recuerdas, fuí

hija de la desgracia; viví largo tiempo del producto de mis trabajos i

eso me ha aleccionado i dádome resignacion bastante para sobrellevar la

mediania i aun la carencia de la fortuna.

Manfredo, con la frente inclinada i el semblante sombrio, se paseaba

silencioso de un estremo a otro de la habitacion.

--I sobre todo, Manfredo, agregó Raquel, ¿sabes que tengo algo bueno que

comunicarte?

--¿Que?

--Como a las nueve de la mañana, ha estado aquí una costurera que tú

conoces i que viene con frecuencia a arreglar nuestros vestidos. Me ha

hecho, pues, esa mujer una valiosa oferta que la espero con impaciencia,

que bien vale la pena de que devuelva el contento i la calma a nuestros

ánimos i la sonrisa a nuestros labios. Me ha ofrecido venir

probablemente a esta misma hora trayéndome un mulatito, de 18 años de

edad, poco mas o menos, para que nos sirva de camarero.

--En verdad.... continuaba Raquel, pero fué interrumpida, por el sonido

repetido de una campanilla de timbre sonoro que resonó en el interior de

la casa.

El ruido de esa campanilla era la señal que indicaba la hora del

almuerzo.

Son las diez i cuarto, dijo Manfredo, sacando nuevamente su reloj del

bolsillo del chaleco; los sirvientes han tardado en llamarnos a la mesa,

algo mas que lo de costumbre.

El Mulato Plácido o El Poeta Mártir · 第 18 / 53 题