Delante de los jardines que se estendian frente a la fachada de la casa,
habia en vez de los muros que ordinariamente dan a la calle una
laboreada i alta verja de hierro, adornada con ramas i hojas de bronce
dorado; por entre sus rejas subian enredándose pasionarias i jazmines.
El ambiente perfumado del huerto i de los jardines de esa casa
romántica se exhalaba fuera de ella; la voz chillona de los loros, el
caprichoso concierto de los canarios, confundido a veces con las
armonias del piano i los sones del violin, detenian a menudo a todo el
que transitaba por esa calle, especialmente en las dulces i albas noches
de verano, alumbradas por el fulgor de la luna.
¿Quienes moraban en ese encantador i poético retiro? ¿Era una familia de
artistas que habia reunido lo bello bajo todas sus formas para rodearse
i simbolizar con él las delicias del hogar doméstico?
A la verdad, no era fácil saberlo.
En las noches de luna veíase dibujarse en el fondo de los jardines de
esa casa, una mujer de hechicera belleza, deslumbrando a quien la
contemplaba al pasar, embellecida, melancolizada con los blancos
fulgores del astro de la noche que armonizaban con el color de su tez de
alabastro pálido. Envuelta, como en una bruma, en el prestijio de lo
apartado, cubierta con el velo de lo desconocido que inspira un poder
irresistible en las cosas, adquiria su belleza un májico atractivo.
Cuando se la divisaba al través de las rejas de la calle vagando errante
i pensativa, como la sombra de la tristeza entre las sombras de los
árboles que se alzaban en el patio; recojiendo con sus aristocráticas
manos de marfil, las flores de los jardines para formar con ellas
pequeños ramilletes; regando con cariño i casi con ternura fraternal, el
arbusto, la enredadera i la flor; acariciando con delicadeza un macetero
que contenia _la corona del poeta_; descansando por fin de su dulce
tarea de jardinera sobre una silleta de hierro debajo del follaje de una
palmera, hubiérase creido que esa mujer no era sino el ideal de la
fantasia del que la contemplaba.
Era tal la aérea suavidad de sus pisadas que parecian no alcanzar ni a
imprimir la huella de sus piés sobre el verde césped i el húmedo musgo
que tapizaba su camino; tal la dulce vaguedad de sus facciones; tal la
indecision de su mirada dirijida hácia el cielo i perdida en el espacio;
tal el misterio indescriptible de sus pupilas azules cuya luz parecia el
último reflejo de la antorcha lejana que alumbra temblando el fondo
sombrio de una prision, que el ojo que contemplaba a esa mujer se
sentia herido, como la pupila que pasa rápidamente de la oscuridad a la
luz.
Era de estatura mediana, de formas delgadas, de rostro ovalado, de
cabello rubio, cuyas ondas caian a lo largo de su talle jentil, como una
lluvia de oro, lo mismo que sobre su graciosa i pequeña frente, a manera
de cortinas doradas.
¡No era una belleza de estos tiempos! El artista habria creido divisar
en ella una estátua griega; el creyente una mujer bíblica; ¡el poeta un
ánjel enviado del cielo!
V
Los dias festivos, con el primer rayo del sol i el primer repique de las
campanas de la parroquia, que llamaban a misa mayor, salia esa niña de
su casa, vestida de negro, como un ánjel enlutado, con la frente i la
mirada inclinadas por el pudor, cubierta su cabeza con el manto, con un
libro de oraciones en la mano i un rosario de cuentas blancas que
colgaba del puño de la otra, tomaba camino de la Iglesia.
Su madre, que era una hermosa mujer en la que comenzaba a declinar la
juventud, iba a su lado. Su hermanito, niño de ocho a diez años de edad,
mui parecido a ella, iba a su otro costado, asido de su mano. Su padre,
un hombre, algo encorvado ya con el peso de los años, de cabello escaso
i encanecido, de barba blanca que contrastaba con la oscuridad de sus
ojos, rodeados de negras pestañas, caminaba a paso lento detras de su
esposa i de sus hijos, formando un grupo encantador que parecia un coro
de ánjeles dirijiéndose por el camino que conduce del hogar al templo.
Un instante despues salia a la puerta de su casa la niña rubia, la de la
trensas de oro, con una cestilla llena de panes en la mano que
distribuia entre los pobres. Su hermanito que brincaba jugando a su
alrededor, le arrebataba sonriendo los panes de la cestilla, con un aire
de inocente traicion i le ayudaba a distribuirlos entre los mendigos,
que despues de recibir su limosna dirijian a la niña una mirada de
humilde gratitud; i se retiraban uno a uno haciéndole una venia de
respetuosa despedida.