Casa y tierra implican así una idea de eternidad, de anterioridad

infinita y de continuidad invariable. El terreno estaba sembrado de

robles y tomó el nombre de «Arizmendi» (monte de robles). Por

consiguiente, la casa se llama Arizmendi, y el hombre que primero labre

la tierra en el robledal y habite la casa, se llamará de apellido

Arizmendi. Tiene su bosque y su prado, sus vacas y su perro ladrador, su

esposa y sus hijos, su arado y su hacha. Es el señor del predio, amo en

su casa, jefe de los suyos. Es igual a los otros hombres que habitan las

lomas, las vegas y las montañas. Siendo todos iguales, estiman

entenderse mutuamente, reglar sus relaciones comunes, pactar una moral

pública. Esta razón de libertad, basada en la nobleza, es la que se

obstinaba en reclamar el Fuero.

No debe, pues, producir sorpresa el característico orgullo de los

vascongados, ni ciertas formas de vanidad señoril que se advierte a

veces en una zafia ama de cría. La obsesión hidalguesca y las trabas

eliminatorias que de ella se derivan, tenían que originar una suerte de

espurgo nobiliario, dando éste como fruto esa hermosa distinción física

que es fácil observar en muchos ejemplares de la casta vasca.

XX

EL PROBLEMA DE LOS NERVIOS

[Imagen: _Tellaeche, pint._]

Es desoladora la facilidad y ligereza con que los llamados tratadistas

han resuelto el problema del desequilibrio nervioso entre los

vascongados. En virtud de un cientificismo pedantesco, y casi siempre

sectario, se ha proclamado sin apelación que los muchos dementes y

epilépticos que rinde el país vasco tienen por causa el alcoholismo.

Pero es muy usual, aun entre los que maniobran con la Ciencia, confundir

los efectos y las causas. En este caso tenemos el deber de no apresurar

una conclusión demasiado fácil, ni dejarnos reducir por un sectarismo

propio de las «sociedades de templanza».

El alcoholismo no es una causa, sino un efecto. Demencia, epilepsia e

idiotez son formas o consecuencias fraternales de una misma

predisposición, de una misma fatalidad morbosa latente en el pueblo.

Ante todo sería preciso, cuando se estudian los temas vascos, que nos

acordásemos más de los otros pobladores de la costa cantábrica, como son

los asturianos y montañeses. El exclusivismo localista y un afán algo

tortuoso de dar aspecto de «isla» al país vasco, nos conducen a extremos

bien construídos, pero que nos alejan bastante de la verdad. En la

redoma vasca se hacen ingresar componentes tan poco afines como el

hombre castellanizado de las Encartaciones, el gascón y francés de

Bayona, el tipo meridional de Tafalla y Estella y el meseteño de

Vitoria. En cambio se quiere ignorar que las características naturales

de Pravia son semejantes a las de Guernica, y que el aire que sopla en

Santillana es el mismo que está moviendo los manzanos de Azpeitia.

Hay en Asturias un refrán que dice: «Asturiano: loco, vano o mal

cristiano». (Entiéndase cristiano como sinónimo de hombre). Este refrán

podría ser extendido sin muchas salvedades a la región vascongada de la

vertiente marítima.

En el concepto popular, entraña de donde salen los adagios, la locura

tiene un sentido muy lato y pintoresco; no son locos únicamente los que

se encierran en los manicomios, sino además los chiflados, los arlotes,

los estrambóticos, los maniáticos, los versolaris, los payasescos... Y

estos tipos, abundan tanto en el país.

Abundan esos que en el vascuence guipuzcoano se llaman, con piadosa

indulgencia, _chorúas_. El _chorúa_, que viene a ser lo correspondiente

de chiflado, es ese hombre tamborilero y bizarro que hace las graciosas

travesuras del país. Es el punto de sal, la nota de fantasía, la ráfaga

de viento del Sur que exalta y presta amenidad a la tierra. Es ese loco

de los asturianos, ese arlote de los vizcaínos, ese _chorúa_ de los

guipuzcoanos, que hace reír, que asusta a las tímidas comadres, que

perturba, en fin, la exagerada tendencia a la normalidad del resto de

los habitantes.

Todo iría bien si sólo se tratara de chiflados; lo triste es comprobar

la existencia de tantos dementes en los manicomios regionales, y tantos

idiotas pacíficos en la generalidad de las villas y aldeas.

En Bilbao circula con éxito la siguiente anécdota: Un notable

especialista francés en enfermedades del estómago fué llamado a Bilbao

para atender a un rico paciente; el sabio doctor tuvo que asistir luego

a numerosos dispépsicos, y confesó que estaba asombrado del gran número

de tales dolientes. Pero al final fué invitado por algunos amigos de la

localidad a una de esas comidas pantagruélicas que se estilan en el

país, y ante las proporciones del banquete exclamó:--Ahora me explico

por qué existen en Bilbao tantos gastrálgicos...

Esta anécdota es falaz y despistadora. Sirve para adular la vanidad

localista, en cuanto pondera la abundancia del comer, signo de mérito

para el vulgo. Pero es indudable que un alemán o un sueco devoran

bastante más que un bilbaíno, y sin embargo no adolecen aquellas gentes

de mucha gastritis.

Es más instructiva la versión que un diestro médico de San Sebastián me

revelaba una vez. La hipercloridia de carácter neurasténico, decía, no

suele atacar a los alemanes del Norte; si ese ramo de la patología

gástrica se estudia con éxito en aquel país, es porque se opera sobre

los pacientes judíos, y los judíos son de raza débil, decadente. Yo

tengo una numerosa clientela de hiperclorídico-neurasténicos entre la

misma gente de las aldeas de Guipúzcoa.

Por otra parte, conviene señalar que en la República Argentina se

distinguen los vascongados por el crecido contingente que dan a las

dolencias gástricas de carácter ulceroso y canceroso.

No perdamos, pues, de vista una realidad: la gente del país vasco es una

raza vieja, y por tanto expuesta a las morbosidades de origen nervioso.

El desequilibrio neurasténico, desde los síntomas leves hasta los más

graves, es frecuentísimo en el país. Los temperamentos nerviosos abundan

en toda la costa cantábrica, contra lo que supone una tradición vulgar.

Si se ha pensado siempre que el vasco y el asturiano son personas sanas,

gordas, linfáticas y ecuánimes, es porque se ha visto sólo a uno de los

ejemplares que pueblan la región, el más resaltante. Existe, es verdad,

un tipo de hombre obeso, epicúreo, forzudo y sano; pero junto a él vive

ese otro ejemplar de hombre anguloso, que forma una casta aparte y se

distingue por su nerviosidad extremada. De él salen los chiflados, los

epilépticos, los infinitos maniáticos de la tierra. De esa fracción

racial han salido los aventureros del siglo XVI, los fanáticos de las

guerras civiles y los católicos intransigentes cuya religiosidad tiene

una violencia enfermiza.

En otro tiempo, sin duda por la proximidad al primitivismo de Rousseau,

presumían los vascos de ser un pueblo nuevo, un pueblo joven, que

modernamente comenzaba a vivir. Hoy no podemos recostarnos en esa teoría

de la juventud. Todo indica, al revés, que los vascos deben inscribirse

entre los pueblos que han vivido mucho.

* * * * *

En otra ocasión[1] me aventuré a expresar la posibilidad de que en la

mayor parte de Europa existan dos grandes razas fundamentales: la raza

_noble_ y la _plebeya_. Ahora me importa insistir en ese punto de la

duplicidad racial, cuyos elementos se formaron sin duda en períodos

ignorados de la Historia. Esta duplicidad no excluye la intromisión

posterior de otros componentes raciales, venidos en tiempos históricos;

germanos, franceses, castellanos, tal vez romanos, quizás algunos

judíos, y después la inmigración lenta por los puertos de mar.

[1] Véase _En la Vorágine_

Si examinamos los dos tipos principales que pueblan el Cantábrico,

veremos pronto un hombre macizo, propenso a engordar, de cabeza redonda,

facciones poco delicadas, temple reposado y espíritu práctico. Es un

individuo sano, robusto y ecuánime, exento de inútiles fantasías y nada

apto para perder el tiempo en fugas imaginativas. Es el ejemplar del

buen ciudadano, el que ahorra, come, engorda y ríe. Es ese asturiano

forzudo y leal que todos conocemos, buen servidor, con aptitudes de

tendero y de contratista; es ese vasco ciclópeo que vive a ras de tierra

y que, en la emigración, pasa pronto a la categoría de «indiano». Las

características de este ejemplar son semejantes al «hombre alpino» de

los antropólogos, el famoso «marchand de marrons».

El otro ejemplar está ahí, en todas partes, destacándose por su cuerpo

musculoso, su cuello largo, su espalda algo encorvada, su cráneo

estrecho, su nariz

[Imagen: _Elías Salaverría, pint._]

exageradamente larga, sus ojos oscuros, su mentón agudo, su dentadura

frágil, su temperamento nervioso y su aire fino. Es el que da carácter

diferencial a la raza.

¿Cuál de los dos ejemplares tiene derecho a llamarse aborigen? Yo me

inclinaría a optar por el tipo ecuánime, macizo y de cabeza redonda; ese

hombre pirenaico o cantábrico que sería pariente del hombre alpino, base

de donde mana la gran raza plebeya del centro de Europa. El otro tipo

nervioso, dolicocéfalo, fino y de ojos oscuros, es una repetición de los

hombres de origen mediterráneo que habitan en Castilla y en Andalucía.

Entre un vasco o santanderino de perfil agudo y ojos negros, y un

hidalgo de Ávila o un fino ganadero de Córdoba, no suele haber más

diferencias que las puramente externas de vestido o acento idiomático.

Este hombre aguileño y nervioso, noble y fino, forma parte de una raza

muy vieja que acaso invadió el Cantábrico, y que en el mismo resto de

España sería intrusa; es imposible conjeturar la fecha de la invasión,

ni si trajo al país el idioma éuscaro o lo encontró ya en uso entre la

gente primitiva del tipo basto. Únicamente podemos confirmar por la

propia observación la naturaleza macerada, vieja y en cierto modo

decadente de esa sección racial del país cantábrico.

La tuberculosis causa en ella sensibles estragos; las dentaduras se

desmoronan pronto; le persigue la neurosis, las manías, las ideas fijas,

la misantropía, la timidez enfermiza, los «tics» nerviosos, las pasiones

vehementes, los sectarismos hondos y morbosos llevados a la política y a

la religión; en fin, el alcoholismo, cuya influencia arruinadora apenas

daña al tipo sano que anotamos en primer lugar, pero que hace estragos

en el hombre aguileño, por su incapacidad fisiológica de reacción.

Si examinamos ahora el desgaste, nos encontraremos con una raza que,

después de ser vieja, todavía tiene el peligro de la incontinencia y del

clima deprimente. Favorece, pues, el desgaste de la raza esa propensión

al abuso, que no es ninguna temeridad exponer como cierta y resaltante.

Abuso en el trabajo, abuso en la ambición, abuso en la sensualidad. No

se trata de individuos continentes, como esos levantinos que se

embriagan hablando y beben mucha más agua que vino; todos sabemos a qué

grado de intemperancia llega el vasco, como todo cántabro, cuando se

decide a comer y beber, a trasnochar, a bailar, a jugar. Un delirio

báquico, una extremosidad vehemente y frenética es lo usual en esas

fiestas, en esos juegos, banquetes y bailes del país. Las mujeres sobre

todo abusan de su laboriosidad, a la que se entregan con verdadera

intemperancia y por la que envejecen relativamente pronto.

El clima del Cantábrico es favorable a los desequilibrios neuróticos,

por su humedad pastosa, por sus cambios bruscos y continuos, por sus

cielos bajos, por sus nublados interminables, por la cortedad de los

horizontes. En esos cielos bajos, que no tienen la compensación de la

llanura como en Francia y Alemania, las ideas fijas son una especie de

carcoma en un sistema nervioso desgastado. Y los aires reinantes son tan

antagónicos, tan incongruentes, que el temperamento humano necesita

pasar en pocos días desde el viento ágil del Norte al viento caliginoso

del Noroeste, pesado y como tropical, y en seguida al viento del Sur,

excitante y seco. El clima mantiene al hombre del Cantábrico en una

intranquilidad constante. Y los cielos bajos, oprimentes, hacen en los

nervios su faena.

La codicia de beber es una pasión que ataca a casi todos los pueblos

húmedos, nubosos, frescos o fríos. El hombre ama la luz y el calor; los

necesita para el alma tanto como para el cuerpo. Cuando el cielo no

presta la luz y el calor, el hombre pide el complementario, la

compensación, el fuego y la luz del vino. Todas las Sociedades de

Temperancia de Inglaterra son impotentes para dar al inglés un

sustitutivo del alcohol, en aquella tierra húmeda donde, frente a un sol

inútil como una oblea difuminada, el alma que se aburre encuentra que la

vida carece de sabor.

En Francia asistimos claramente al espectáculo de unas regiones alegres,

tibias y luminosas como las del Mediodía, en que el alcoholismo es

moderado, y esas otras regiones del Norte, como Normandía, donde las

familias destilan en las propias casas el aguardiente de frutas, que

devoran todos, viejos y niños; en algún puerto normando se ha dado el

caso de tener que interrumpirse a media tarde la descarga de buques,

porque los obreros estaban embriagados.

El meridional, particularmente el mediterráneo, tiene por el vino un

amor casi lírico; lo bebe con temperancia, y es para él una cosa clara,

alegre, sin culpa; es un elemento histórico y social de la fiesta en

familia o al aire libre, la herencia de Baco, la exaltación poética de

las vendimias. En los climas nubosos tiene el vino un sentido como

trágico y culpable.

XXI

DIFERENCIACIONES Y PARECIDOS

[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]

Ningún trozo geográfico o antropológico del mundo se halla bastante

aislado para que pueda suponérsele único, virgen de todo contacto y

libre de comunicaciones reales. El territorio vasco, por su pequeñez y

por la posición que ocupa precisamente en el gran camino de las

migraciones, no es el que más se ha librado de las influencias externas.

Nos atreveríamos a decir que los vascos, semejantes en esto a los

ingleses, admitieron siempre todo lo que llegaba del exterior. Por

tanto, en el contenido del país hay mucho de mosaico, cuyas piezas

múltiples es fácil hoy mismo separar con un mediano espíritu de

observación. En el país vasco han ido posándose los residuos de las

civilizaciones circulantes, sobre todo y casi exclusivamente las

civilizaciones hispano-castellanas. En el propio idioma éuscaro se

descubren numerosos vocablos de origen medioeval, y hasta del tiempo

oscuro en que el bajo latín se convertía en rudo romance castellano. No

es necesario resaltar ahora cómo la legislación foral hispano-castellana

va dejando en las leyes vascongadas sus distintos y sucesivos aspectos.

En cuanto a la arquitectura, el país vasco acoge las formas que llegan

de la meseta central, hasta las formas de origen mahometano; en Azpeitia

y Azcoitia, efectivamente, se ven casas abolengas donde el ladrillo está

trabajado según la manera mudéjar.

Las agrupaciones humanas son como círculos concéntricos, que varían por

su dimensión y jerarquía, pero no por sus caracteres específicos. Una

simple aldea reúne ya todo lo esencial de una gran nación: atomismo,

celos de barrio, luchas de castas, diferencias de terreno y de clima.

Una región es un círculo también, semejante a un círculo nacional del

tipo moderno.

Si observamos, pues, la región vascongada la veremos dividida, lo mismo

que un gran Estado, en partes desiguales y aun antagónicas.

Geográficamente tiene zonas cálidas, mediterráneas, esteparias,

meseteñas, de llanura; otras son húmedas, cantábricas, tibias y de

valles estrechos; otras son de alta montaña, frías y boscosas.

La flora recorre toda la gama mediterráneo-alpina, desde los castaños y

helechos de los climas brumosos, hasta el tomillo de las tierras

esteparias y los olivares de los llanos calientes.

El tono de la raza, ¡qué distinto aparece también! Hacia el lado

cantábrico, la gente presenta una piel más blanca y rosa; hacia el lado

opuesto, en la vertiente del Mediterráneo, la piel se quema y tiende a

ser cobriza o amarilla. Los del lado del mar son hombres de aspecto

físico más voluminoso, de cuerpos grandes que propenden a la obesidad;

los del otro lado de la divisoria son más pequeños, enjutos, violentos y

vivaces.

El tipo del cráneo varía igualmente, aunque pueda señalarse una forma

general, como la más frecuente: la forma dolicocefálica, común a casi

todos los pueblos meridionales. No es tan uniforme el color del pelo y

de los ojos. Mientras unos vascos se significan por el tono oscuro del

cabello y ojos, otros se nos presentan francamente rubios y de ojos muy

claros. Los ojos de color intermedio abundan notablemente, tal vez tanto

como en Italia; hay pocos ojos de matiz germano puro, como en Francia,

pero son incontables los matices ambiguos: azulados grises, azulados

verdosos, grises verdosos.

Añadiremos todavía que a lo largo de la región es fácil descubrir zonas

más o menos importantes en donde prepondera el color claro de los ojos y

el pelo. Parecen manchas antropológicas caídas allí al azar, pero que

obedecen a causas o inmigraciones prehistóricas. En la parte pirenaica

de Navarra abundan mucho estas zonas o manchas de color claro; en los

valles elevados, y en la misma cuenca de Pamplona, se ven con sorpresa

cráneos redondeados y cabellos rubios, que recuerdan bastante a los del

mediodía de Francia del tipo gascón y bearnés.

Contra lo que parecería natural, el tipo de ojos y pelo moreno abunda

mucho más en la vertiente cantábrica. Por un efecto de ilusión, mirando

sólo al matiz general de las personas, suele creerse que el vasco del

lado del Cantábrico es un hombre blanco, claro, casi rubio en oposición

al hombre de la meseta.

Lo cierto es, sin embargo, que en la meseta central española no abundan

los tipos puramente morenos tanto como en Marquina o Andoaín. En el

centro de España se da con más frecuencia el tipo castaño; para

encontrar ojos y cabellos francamente morenos es preciso retirarse a las

costas, sean de Cataluña, de Murcia, de Andalucía o del Cantábrico. La

ilusión de «morenez» del centro de España tiene su origen en el cutis

seco, tostado y amarillento, producto nada más que del clima; tan pronto

como el centro de España deja de ser meseta y desciende de nivel, como

ocurre en Extremadura, pierde la piel ese matiz uniforme y seco y cobra

color vivo.

* * * * *

Aunque los ríos del país vascongado, como todos los de la región

cantábrica, sean tan minúsculos que apenas merecen más que el nombre de

arroyos, tienen, sin embargo, una positiva fuerza de diferenciación

etnográfica.

Los ríos son pequeños, es verdad, pero ni en ellos mismos fracasa esa

ley de Geografía que hace de las cuencas hidrográficas las más naturales

y primarias expresiones regionales. En efecto, y refiriéndonos a un río

famoso, todos saben que las gentes que pueblan las riberas del Ebro,

desde Miranda a Tortosa, tienen puntos psicológicos y temperamentos

comunes, de modo que un riojano, un navarro ribereño y un aragonés

coinciden en las costumbres, en los cantos; en el tono del lenguaje y en

los sentimientos.

Así también ha herido siempre mi curiosidad esa extraña filiación que se

observa en los habitantes de los distintos ríos vascongados. Para

conocer las diferenciaciones de lenguaje, de costumbre y hasta de

matices raciales en el país vasco, necesariamente y casi exclusivamente

debemos recurrir a la hidrografía. Las cuencas hidrográficas son de

veras las que unen a los hombres y los diferencian de sus vecinos.

Refiriéndome a la provincia de Guipúzcoa, que es la que más conozco,

diré que las tres grandes separaciones dialectales y costumbristas de

esa provincia se sujetan a las tres cuencas hidrográficas importantes:

el río Deva, el Oria y el Bidasoa. Los otros ríos, de curso más

insignificante, como el Urola, el Urumea y el Oyarzun, aunque

positivamente tienen fuerza diferenciadora, ésta no es tan notable como

la de los otros ríos; sus matices diferenciadores son de índole muy

sutil y no vale la pena de anotarlos.

El tono de la voz y el dialecto que hablan las gentes de Irún y

Fuenterrabía, son mucho más semejantes a los de Hendaya, Vera y Echalar,

que a los de Villabona, Tolosa y Beasaín. En cuanto al dialecto y las

formas costumbristas de las gentes del Deva, se separan bastante

considerablemente de las del río Oria. Esta diferencia de dialecto, usos

y hasta tipo de raza entre las gentes del Oria y del Deva es tan

notable, que parecen dos provincias diversas.

Desde Oñate y Mondragón, hasta Mendaro y Deva, el idioma adquiere rasgos

vizcaínos, como son, principalmente, las terminaciones en «u» y el uso

de la jota con sonido suave, como la «ch» francesa. Veremos también que

en la cuenca del Deva tienen las villas un aire más señorial, y que su

arquitectura, más aristocrática que la del Oria, es por tanto más fina y

elegante; las casas fuertes de Oñate y Vergara, por ejemplo, indican con

facilidad que en esta parte de la provincia existió mayor preocupación

hidalguesca, y que fueron aquí los señores banderizos mucho más

soberbios e influyentes que en la región del Oria. En fin, la raza se

diferencia también; un espíritu medianamente sagaz comprende pronto que

la gente de Eibar y Vergara es de tipo más moreno, acaso más fino y

«decadente», menos vigoroso, más aguileño, que los ejemplares de

Asteasu, Amezqueta y Tolosa.

Para mí, la verdadera Guipúzcoa se halla enclavada en la región

hidrográfica del Oria, la cual se extiende a un lado y otro abarcando en

cierta manera la cuenca del Urola, del Urumea y el país semillano que va

hacia el bajo Bidasoa. La cuenca del Deva es una provincia aparte que

abraza las comarcas afines de Marquina, Ermúa y Elorrio, hasta el llano

de Durango.

Después señalaremos la diferencia bien honda entre la gente pescadora y

la labriega, entre «costarras» y «goyerritarras». Y ensanchando el

espacio de las comparaciones, encontraremos que, en términos generales y

en mayores síntesis, Guipúzcoa es más suave y atemperada que Vizcaya;

Vizcaya es más dura, más terca e irascible, y se parece al tono genérico

español; Álava, prescindiendo de los apéndices de Ayala y Aramayona,

tiene el aire modesto, el aire de llanura como «virtuosa» y económica,

de la tierra de Burgos.

En Navarra hay porciones guipuzcoanas; otras, como el Baztán, recuerdan

al país vasco-francés; otras zonas son alto-pirenaicas, y otras, por

fin, tienen el tono impulsivo y cálido de la Rioja y de Aragón.

La provincia de Vizcaya, a causa de cierta arbitrariedad de sus ríos, es

casi tan heterogénea y está diferenciada como Navarra. Esa cuenca del

Nervión es un verdadero remolino de procedencias dispares; el vascuence

y el castellano se encuentran y unen allí; afluyen las influencias del

alto Ibaizábal, se unen a las de Orozco, llegan las de Álava, y reciben

por último las del Cadagua. Esto explica que la zona propiamente

bilbaína, desde Achuri a Portugalete, sea lo más violento, turbio y

heterogéneo del país vasco y de la propia región cantábrica.

XXII

IDEAS FINALES

[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]

Hay en nosotros una íntima resistencia frente al cambio: no queremos que

las cosas varíen alrededor nuestro, porque además de la pereza que

sentimos por todo cambio de postura, nos parece, tal vez con razón, que

al desaparecer las costumbres a las que estábamos conformados, nosotros

mismos debemos desaparecer con ellas.

Constantemente nos gritan con alarma que los usos y costumbres

vascongados están desapareciendo. No hay duda que muchas formas

costumbristas desaparecen. Pero la alarma sería fundada si esas

costumbres desaparecieran en seco, sin ser sustituídas por otras

costumbres, tan típicas como las anteriores.

Hoy pasan las formas y se cambian las modalidades con mucha más rapidez

que antaño; esto ocurre en todo el mundo, y el país vasco no podría

substraerse a la ley universal. Mueren las costumbres, es verdad, pero

otras nuevas nacen. Y en este punto deberemos insistir un poco, porque

es esencial.

Instintivamente nos sentimos dispuestos a considerar lo típico como algo

que ha llegado a un país por efectos milagrosos: una costumbre, en

cuanto reúne ciertas cualidades generales y permanentes, se nos figura

que brota de las entrañas del país por verdadera germinación espontánea

y al estilo de los hongos; nos basta reflexionar brevemente para

comprender que no es así, y que lo que llamamos costumbres

características son cosas que los pueblos se transmiten de uno a otro y

sin cesar. Lo que hace cada país, con distinta fuerza, es imprimir su

propio cuño a esas costumbres, absorbiéndolas profundamente hasta lograr

que parezcan diferentes y originales.

Alma vasca · 第 5 / 6 段