Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de

chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y

lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan

al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para

evitar los ventarrones.

Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una

cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay

encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde

evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario;

los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente

altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y

comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios

domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una

económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las

cabañas de los lapones.

Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos

de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus

rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves

bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal

y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente;

respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves,

para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes.

Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe.

Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas

traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se

despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro.

Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....

Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables

pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué

clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para

qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas

otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones

alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su

nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en

las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los

pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro

han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.

Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el

tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y

los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan

el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus

costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su

_civilización_, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde

ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores

de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de

pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los

cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un

infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará,

te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér

obsceno: el _turista_.

El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro

sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está

próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al

oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.

No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar.

Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una

haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío

del país.

Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo

XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que

el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor

aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de

encanto.

Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no

es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta

polícromos los que adornan el campo.

¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del

mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa

Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las

abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una

flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces

maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el

musgo!

Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro

una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y

con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo

visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también

sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las

hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme,

a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración

me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de

musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.

De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que

unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del

salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e

ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando

aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos

montañeses!

Después, desde una altura, veo aparecer la llanura de Álava, que es como

un anticipo de Castilla. He ahí la meseta central; su color pajizo

contrasta con el verdor de la flora cantábrica, y la nobleza, la

serenidad que emerge de esa llanura forma como el anverso de la violenta

naturaleza montaraz en que me hallo. Y siento mi curiosidad avivada al

considerar que me encuentro en una línea divisoria trascendental; es la

frontera, en efecto, de dos zonas geográficas; es el límite del

vascuence y del castellano; la división de la llanura y de la montaña,

del color verde y del pajizo, del Cantábrico y del Mediterráneo. Las

aguas de una vertiente marchan al Ebro, y de allí al mar latino; las de

la otra vertiente van al Océano.....

XVII

MEDITACIÓN EN LA CUMBRE

[Imagen: _V. de Zubiaurre, pint._]

Sobre la pequeña meseta de Urbía, sonora por el tintinear de los

rebaños, alza sus crestas dentelladas la sierra de Aitzgorri, a 1.500

metros sobre el mar. Un poco más lejos, al término de la altiplanicie,

se halla el lugar de la divisoria geográfica.

Es una especie de balcón, una cornisa ideal y sublime que la Naturaleza

parece haber puesto allí para regalo de los ojos. Pocas personas cultas,

sin embargo, pueden recibir ese obsequio natural; la penosa subida, lo

desierto del país y la brusquedad de los caminos serranos, alejan a los

cómodos turistas. Sólo algún pastor ocioso, siguiendo el capricho de su

rebaño, se detendrá acaso en la soberbia cornisa y contemplará absorto

el ancho panorama de la llanura y el azul divino de las cordilleras

lejanas.

La fina hierba de los altos cubre el piso como verdadera alfombra; hayas

y robles dan propicio toldo al cuerpo fatigado; los brezos y las

manzanillas esparcen su amable perfume. Y el sol, en el silencio

religioso de aquella altura, tiene algo como potestad divina y hace, en

efecto el oficio material y sensible de Dios, padre y luz del mundo.

La persona peor dotada de sentido geográfico ha de verse aquí

sorprendida. De una manera rotunda y clara se muestran los accidentes y

las variaciones del terreno, como si asistiéramos a una lección práctica

de topografía. La Naturaleza se convierte en didáctica y explicativa al

modo escolar.

He aquí la línea trascendental de España. Vaciaríamos un raudal de agua,

y si nos inclinábamos a un lado, el agua buscaría el curso de los

pequeños ríos cantábricos hasta anegarse en gran seno Atlántico; si nos

inclináramos un poco al lado opuesto, el agua, por la cuenca del Ebro,

descendería al Mediterráneo.

Por una cara del país vemos las lomas y los valles cantábricos,

cubiertos de eterno verdor, húmedos constantemente por las lluvias y

nieblas asiduas, sometidos al cultivo rodado, llenos de pequeñas

heredades y de numerosas caserías, con arroyos siempre vivos de

continuas rompientes, hábiles para la represa y la industria. Mientras

que a la otra cara del país vemos tenderse de una vez, ancha y rotunda,

emocionante, sublime, la llanura de Álava, que es el principio de la

gran meseta centro-española.

Los ojos y la mente no se cansan de admirar ese cuadro. Aunque la

llanada alavesa no participe de la extrema sequedad de la llanura

castellana, desde lo alto de estos bravíos montes parece ya

completamente centro-española, porque se destaca junto a la humedad

cantábrica sin transición, bruscamente. Y el ánimo considera que aquí se

realiza virtualmente la separación de los dos climas esenciales: el

clima alpino, de bosques y praderas, queda a un lado bien visible, y al

lado opuesto se extiende el clima de lluvias sobrias y terrones resecos.

Pero además se dividen aquí la meseta y el litoral en una forma

terminante, mucho más clara y definida que en otros países peninsulares.

Los ríos centro-españoles horadan en otros sitios la barrera del

litoral, y por los valles del Guadiana, del Tajo, del Ebro, del Júcar,

del Segura, parece que algo de la meseta se corre al litoral, y que algo

del litoral se introduce en la meseta. En tanto que aquí, desde Galicia

al Pirineo, la divisoria hidrográfica es terminante, continua, total, y

la meseta centro-española y la región cantábrica no consienten ninguna

mutua intromisión; verdaderamente son territorios geográficos vueltos de

espaldas, fundamentalmente divisorios, como Suiza e Italia, como Francia

y España. Pero están separados geográficamente tan sólo, porque en

política, historia y civilización, la región cantábrica es la que más

contacto ha tenido siempre con Castilla.

Desde esta cornisa trascendental, ¡con qué majestuoso vuelo de

inmensidad se tiende a los pies la llanura! No es Castilla aún, y ya

tiene sus caracteres principales. El mismo pastor que sube de esa

llanura, aunque lleve un apellido vasco e indiquen sus rasgos angulosos

la cualidad de la raza vasca, no hablará en vascuence, sino en

castellano. El campo, allá lejos y en lo hondo, ha perdido el verde

excesivo, el color fresco de pradera; sembradíos de mies, grandes

manchas pajizas, extensiones iguales, pardas, y elevándose en la

inmensidad, los campanarios místicos de los pueblos.

Y después el horizonte que se aleja, que huye, como una fuga al

infinito. ¡El religioso horizonte de Castilla! No se ven allí las

cortaduras y barreras cantábricas, ni la limitación panorámica, ni la

especie de angustia moral como quien yace en un pozo. La Naturaleza ya

no es familiar, detallista e inmediata como en el litoral; ya no

distrae al espíritu la preocupación terrena y cotidiana, minuciosa, del

río, de la colina, de la casa, del seto, todo próximo y exigente. La

llanura abre su inmensidad, y todo lo detallista, minucioso, cotidiano y

próximo desaparece. La llanura aleja la atención de lo próximo e invita

a lo lejano y eterno. Invita a pensar en siempre, más que en hoy. Empuja

más allá el horizonte, ensancha el cielo, abre los portales del

infinito... El alma, espontáneamente, se pone grave, y embebe un poco de

la misma eternidad, y aspira a las creaciones eternas. (El Cid, Don

Quijote, El Escorial, Zurbarán, el Nuevo Mundo.)

XVIII

LA TIMIDEZ DE LOS VASCOS

[Imagen: _Arteta, pint._]

Se dice que en el actual movimiento regionalista marchan los políticos

vascos un poco a remolque de los propagandistas catalanes. Hasta ahora,

el destino de los vascos fué siempre el de ocupar el puesto de

_pilotos_. Dotados de altas cualidades, siendo activos como ninguno y

aptos para la esforzada realización, ambiciosos y amantes de la gloria,

así como del mando, los vascos han ocupado en los distintos trances de

la Historia el oficio del _piloto_. Es la dramática crónica del pueblo

que osaba al capitanato y no pudo salir del pilotaje. Pueblo que carece

del don arribista, tan frecuentemente concedido a muchos países

mediterráneos; pueblo en el cual ha sido imposible que nacieran César

Borgia, Napoleón, Prim, Gambetta; y que, en la historia de las

expansiones políticas y étnicas, es uno de los pueblos de menos

impulsividad imperialista.

Entre las modalidades del carácter vasco debe ponerse en primer término

la timidez. La timidez es la característica vascongada, así como su gran

enemigo. Porque en la vida no son suficientes las aptitudes nobles y

dinámicas; la seriedad, la energía, la ambición, el anhelo de triunfo y

el esfuerzo sobreexcitado no proporcionarán nunca el éxito absoluto, si

está ausente la cualidad del arribismo. El vasco es de alguna manera

incompleto, y la culpa es de su timidez.

¿Tiene el idioma alguna influencia en la timidez vascongada? ¿Influye

algo el aislamiento en que vive la población rural?

El vascuence es un idioma bastante difícil, y muy complicado como todo

lenguaje primitivo. Su conjugación, materia admirable para el filólogo,

tiene una arquitectura sabia; pero esta misma sabiduría se convierte en

obstáculo para una rápida y profusa expedición verbal. Frente a una

complicada arquitectura, o sea con un sabio y difícil andamiaje

estructural, el vascuence dispone de un número exiguo de voces y frases.

No me atreveré a decir que el vasco campesino o marinero se obligue a

una especie de laconismo por la dificultad de idioma; entre los vascos

existen muchos tipos locuaces, y seguramente las gentes del pueblo dicen

y expresan en su idioma todo cuanto precisan. Pero es cierto también que

el vascongado, a través de numerosas referencias literarias, ha sido

considerado como un hombre de pocas palabras, de tarda expresión, largo

de obras y corto de discurso. El idioma, complicado e insuficiente al

mismo tiempo, ha de explicarnos algo esta propensión al laconismo.

El vascongado es un hombre que usa del gesto, de la mímica y de la

interjección con asombrosa abundancia. Es asombroso, en efecto, si se

considera que el vasco vive muy lejos del mar latino y de los pueblos

esencialmente gesticuladores. ¿Por qué el gesto, la mímica y la

interjección?... Supongamos, pues, que el vascongado, frente a la

premura del lenguaje y a impulso de su natural fogosidad, usa del gesto

y del taco por no tener que aguardar la lenta llegada de la palabra.

El vascongado es con frecuencia nervioso, y no pocas veces se muestra

impulsivo e impaciente. En estas condiciones de carácter, necesitaría un

idioma fácil y elástico como son los romances; por otra parte, cuando el

vasco habla en castellano emplea un idioma restringido, corto de

vocabulario y pobre de fraseología. Lo mismo si habla en vascuence como

en castellano, el vascongado tiene una expresión verbal muy

entrecortada. Es un modo de hablar característico, algo como dicción

epiléptica. Raramente sabe expresarse de un tirón, sin violencia, en

frases continuas, en buen discurso, como el francés y el castellano.

Raramente se encuentra un vasco dotado de ese empaque y de esa fluidez

de chorro del orador. El tartamudeo, el discurso truncado, el hablar a

saltos, el buscar continuamente la palabra o el giro que tardan en

llegar: esto es usual entre los vascongados.

Está sembrada su conversación de puntos suspensivos y de omisiones

verbales, que se remedian por gestos tácitos. Las frases no van hiladas

suavemente, sino que se ensamblan con el continuo y en muchos casos

monótono empleo de la partícula _y_ (en vascuence _eta_).

El recurso conjuntivo no le es siempre bastante al vascongado, y

entonces acude al gesto, a la mímica y a las interjecciones. El abuso de

la interjección y de la pequeña blasfemia no significa que sea el vasco

persona atravesada y maldiciente; esas pequeñas blasfemias, esos tacos

pintorescos o crudos en que abundan los idiomas meridionales, el vasco

los utiliza como un complemento de expresión, tan necesario en su hablar

trunco y tartamudeante.

Si narra, pues, un suceso, el vascongado dirá: «Le vi en la calle a

Pedro, y ¡zas!... le toqué en el hombro, ¡pum!... y le dije: ¡c...!»

Esta narración irá acompañada de visajes y gestos, de modo que el

discurso se convierte en una cosa semiviolenta, onomatopéyica y mímica.

Una persona de otro país, usando de un lenguaje flexible y sabio, apenas

habría precisado la intercalación de gestos, mímica y exclamaciones

interjectivas. Y resulta así que el vascongado, siendo generalmente

religioso, honesto y comedido, por culpa de su precaria expresión verbal

suele mostrarse gesticulador y amigo de los tacos e interjecciones.

Vive el labrador vascongado en caserías, aisladas unas de otras y con

frecuencia inaccesibles. En su casa de labor hace vida de solitario

patriarca, y se parece un poco a un Robinsón terrestre que fía su

sustento a lo que saca de su heredad, y fía todas sus proyecciones

vitales a sus propias iniciativas. Religión, moral, ideas, todo necesita

macerarlo en el seno de su familia aislada. Los domingos baja al pueblo

a rezar, beber y conversar; el resto de la semana vive de sus propios

recursos morales. En tal caso, nada tiene que asombrarnos su semimudez,

y sobre todo su condición tímida. En el vascongado se agravan y

acumulan los motivos de reserva, desconfianza y timidez inherentes a

todo individuo rural. Y luego el clima y el paisaje ayudan todavía más a

hacerle grave, escaso de verbo y tímido. Y sería triste el vascongado,

si no lo evitasen la salud de la raza, el régimen democrático en que

secularmente ha vivido, y esa misma tendencia a la acción, esa falta de

ensueño y de imaginación enfermiza, ese no literatismo que le

distinguen.

De los franceses ha dicho Taine: «Instintivamente, el francés gusta de

hallarse acompañado. No tiene la perjudicial vergüenza que estorba a sus

vecinos del Norte, ni las fuertes pasiones que absorben a sus vecinos

del Mediodía. No necesita hacer ningún esfuerzo para hablar, no tiene

que vencer ninguna timidez natural. Habla, pues, con holgura, y gusta de

hablar, ya que lo necesita...»

Aunque el castellano sea bastante menos sociable y locuaz que el francés

y que los mismos españoles del Mediterráneo, siempre supera mucho en

sociabilidad y desenvoltura al vascongado. El vascongado se asemeja en

cierto modo a los hombres septentrionales. Recuérdese cómo el inglés

busca siempre en el comedor la mesilla vacía, y en el tren el

departamento vacío...

La mujer vascongada se priva de la gracia más apetecida, de la sal más

incitante que tienen el amor y la juventud: el galanteo. Nadie más torpe

galanteador que el vascongado, cuya timidez causa la desesperación de

las muchachas. Don Juan Tenorio no hubiese podido nacer en Tolosa o en

Durango.

XIX

LA PREOCUPACIÓN DE LA HIDALGUIA

[Imagen: _Gustavo Maeztu, pint._]

Naturalmente orgulloso, el vasco absorbió desde el principio la idea

nobiliaria que da expresión al carácter castellano; el «hidalgo» es un

concepto de aristocracia que el español se reservó como privativo suyo;

por donde, también en este caso, se comprueba que el vasco no es otra

cosa que el alcaloide del castellano.

En el libro de García Salazar se hace, como en ningún otro libro, la

descripción y la apología de los linajes vascongados con un fervor que

al más imbuído de prejuicios liberales conmueve. Eso era en el último

período medioeval. Pero después, a lo largo del Renacimiento y en el

mismo siglo XVIII, la preocupación hidalguesca no sólo no decae, sino

que con las granjerías de los empleos nacionales y el comercio de

América, al aumentar la riqueza del país, crece también el anhelo de

hidalguía.

Tal vez sea en las Encartaciones donde se muestra más fuerte la

preocupación linajuda. En el resto de Vizcaya sigue siendo muy viva. En

Guipúzcoa, la cuenca del Deva es singularmente hidalguesca. Decae mucho

esta particularidad hacia el lado de Tolosa y casi desaparece en el país

vasco-francés. Siendo el hidalgo una modalidad aristocrática española,

los vascos de Francia dejan de tener en este punto contacto con los

vascos de España. El hidalguismo es quizá la cosa que más íntimamente

sume al vasco en el troquel español.

Cuando el viajero penetra en una villa vascongada, siéntese asombrado al

contemplar el número y la grandeza de las casas nobiliarias, la gravedad

señorial de su estilo y la opulencia con que están grabados los blasones

sobre la clave de los portales. Este hallazgo produce en el forastero

más sorpresa, porque se ha ponderado muchas veces la democracia

vascongada y el patriarcalismo foral. Pero las palabras de democracia y

de libertad asumieron desde el siglo XVIII francés un sentido tan

particularista, que para muchas personas de buena fe no ha existido

verdadera libertad pública hasta que la Revolución alboreó sobre el

mundo.

Es cierto que la Revolución estableció los célebres derechos del hombre.

Pero mucho antes la democracia vascongada, de raíz peninsular, había

establecido otra forma de derecho, o sea: que todos los hombres son

libres desde que son nobles. La idea vascongada, y por tanto ibérica,

atribuye al hombre un destino y una obligación de libertad. Esta

condición de libre no es un gusto, ni siquiera una ventaja, ni tampoco

una mera vanidad, sino simplemente un deber. Entendíase que el ciudadano

no podía ser tal, mientras careciese de la cualidad de libre. Y como en

la Edad Media era la hidalguía la pura expresión de la libertad, los

vascos insistieron en asignarse, formal y categóricamente, el título de

nobles.

Al revisar el libro del Fuero, un lector frívolo podrá extrañarse del

ardor con que los diputados reclaman el reconocimiento de la hidalguía

original para los naturales. No era vana su obstinación, sin embargo.

Decían: El país vasco está poblado por gentes libres, que nunca

soportaron el yugo extranjero. Son los descendientes de los primeros

pobladores de España, hijos directos de Túbal. No se han contaminado de

sangre sarracena o judía. Son cristianos viejos. La hidalguía es así en

ellos un derecho natural...

Salvemos lo que hay de legendario y anticientífico en muchas de estas

proposiciones. Nos queda evidente un fenómeno de preocupación abolenga,

digno de ser considerado como excepcional en la Historia, por cuanto se

ve a un pueblo en masa bajo la obsesión casi quijotesca de la hidalguía.

Lo mismo el Fuero de Guipúzcoa como el de Vizcaya abundan en

exposiciones que las Juntas elevan al Rey, rogándole la declaración

formal de la hidalguía originaria de los vascos. La demanda se repite a

lo largo del tiempo con una monotonía impresionante. La idea de la

nobleza se convierte en una obsesión.

Y en un capítulo del Fuero de Vizcaya los procuradores explican al Rey:

Que en muchas partes del Señorío, cuando la Justicia ha castigado con

pena infamante de azotes a algunos súbditos, se ha visto a éstos

arruinarse o morir, porque la vida con la vergüenza se les hizo

imposible, y porque no han podido ejercer más sus oficios o empleos, ni

han hallado mujer que quisiera casarse con ellos...

En la falda de una colina, entre la verdura de los prados y las

arboledas, la casa del labrador vascongado blanquea risueñamente. A esta

casa le corresponden seis, ocho, diez hectáreas de labrantío y de monte.

No está situada allí caprichosamente; la casa tiene un nombre, que se

refiere a una particularidad del terreno en donde fué erigida. Ha

nacido como brotando de la propia tierra.

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