a la recepción o absorción de formas costumbristas ajenas. El país vasco
es poco original en el sentido creador. No ha creado formas esenciales
de vida, o no ha transfigurado las esencias adquiridas hasta exaltarlas
profunda y densamente, al modo de los pueblos que consideramos
fundadores de civilización (Grecia, por ejemplo). Tampoco se puede decir
que el país vasco haya creado verdaderos estilos, porque, con
frecuencia, las formas que adquiere del exterior las conserva casi en el
mismo estado en que las recibe. Tal ocurre con el juego de pelota, con
el tamboril, con las danzas de las espadas, con las regatas de traineras
y con otros muchos usos llamados típicos.
Contribuye a que estos usos se llamen típicos un fenómeno de simple
exclusión: son costumbres y modalidades que en otras provincias han
perdido auge y difusión, y que al conservarse entre los vascongados con
fuerza, producen el efecto de ser propiamente vascongadas. Así ocurre
con el tamboril, que sólo en raras comarcas del resto de la Península se
conserva en vigor. Los andaluces lo usan en la célebre y pintoresca
romería del Rocío; lo emplean también algunos pueblos de León.
Antiguamente era común a muchas comarcas españolas, sobre todo las de
raíz castellana.
El caso del juego de pelota es sumamente curioso. Se le llama _sport_
vasco, y es una diversión que ha sido adoptada de los castellanos
probablemente en fecha bastante próxima. Digamos desde luego que la
pelota es un útil de diversión tan antiguo como el hombre, y común a
todos los hombres del mundo. Es un juguete universal, puesto que es
lógico. Los relieves griegos nos presentan ya a las mujeres jugando a la
pelota.
Que el juego de la pelota, en la forma actual, fué adquirido de
Castilla, es indudable, porque todas, pero todas las palabras que
intervienen en el juego, son castellanas. Respecto a la relativa
modernidad de la adquisición, nos ayudará a la conjetura el examen,
siquiera ligero, de esas palabras: efectivamente, carecen de un aire
demasiado arcaico. Son voces del siglo XVI, o quizá de tiempos más
recientes. Hoy se usan en el lenguaje corriente de Castilla.
Lo cierto es que nuestros pelotaris dicen «frontón», «pelota», «pared»,
«raya», «guante», «pala», «cesta»; califican las jugadas de «a largo»,
«a remonte», «a volea», «a punta», «a sotamano»; dicen «falta», «tanto»,
«quince»... Todo indica, pues, que el juego de la pelota tiene en el
país vasco una fecha de adopción muy poco antigua.
Como ese juego ha sido adoptado, otros nuevos vendrán a sustituír a los
que se pierdan. Porque los vascos se vieran con el gusto o la necesidad
de tomar la costumbre de la pelota a los castellanos, a nadie se le
ocurrió proferir dramáticas lamentaciones. El carácter de un pueblo no
se cifra en algunas maneras externas y formales: hay algo más penetrante
que ayuda a mantener el tono diferencial de un país. Aunque el
«ariñ-ariñ», el «fandango» y la «purrusalda» no son más que el baile
suelto que se baila en casi todas las regiones españolas, sabemos, sin
embargo, que algún matiz, cierto aire diferencial existe en la danza
suelta de los vascos.
Este mismo fenómeno, si lo aplicamos a las palabras, nos concederá no
menos interesantes motivos de observación. En efecto, tan pronto como
nos sumergimos en la lectura de las obras castellanas de la Edad Media,
encontramos vocablos e interjecciones que en el siglo XIII eran de uso
vulgar en Castilla y que hoy no se emplean ni se conocen si no es por
los eruditos; pues bien, esos vocablos e interjecciones que el tiempo
borró para siempre de los países propiamente castizos, se conservan en
el país vascongado y toman en lenguaje éuscaro un franco carácter de
frecuentación. De tal modo, que los mismos vascongados creen que se
trata de términos absolutamente indígenas.
Para quien conoce el vascuence, resulta, pues, en extremo curiosa la
lectura del poema de Mío Cid, y da ocasión a conmovedoras sorpresas. El
aire rudo, masculino, honrado y marcial de esos versos rudimentarios nos
arroja desde luego al alma un perfume antiguo, un saber de naturaleza
que se compagina bien con el tono de la gente vascongada. El Cid,
Antolínez, Muño Gustioz, Jimena, son personas bravas y simples que dan a
las cosas su nombre exacto, su valor real. Pasa por todo el poema una
emoción y un brío varoniles, y nada nos cuesta imaginar que aquellos
seres de la vieja Castilla son vascos romanizados, o sencillamente
vascos que han pasado a través de las villas y las ciudades.
De pronto tropezamos con una palabra: «asmar». El comentador del libro
hace una llamada y cree indispensable dar al pie de la página una
explicación de ese verbo arcaico. Nosotros, ante la explicación erudita,
vemos con asombro que el verbo «asmar» tiene hoy en vascuence el mismo
sentido que tenía entre los castellanos del siglo XIII. Lo mismo ocurre
con la palabra «alcandora», que es de origen árabe, y se usa en el
vascuence de una parte de Guipúzcoa para expresar la camisa. «Cayola»
(jaula) es otra palabra que desaparece del castellano corriente y
perdura en éuscaro. «Copa», en la acepción de cesto o concavidad, se usa
en vascuence para significar el serón de los albañiles. «Copeta», que en
éuscaro significa frente, es el «copete» arcaico. A veces salta una
palabra que ha llegado del italiano al vascuence por vías ignoradas; por
ejemplo, «gona», que en toscano y en el vascuence vulgar significa saya,
basquiña. Es posible que se usara en castellano alguna vez, y haya
desaparecido sin dejar rastro literario.
También nos detenemos con curiosidad cuando oímos exclamar al Cid
Campeador, el de la barba vellida:
Ia, Alvar Fáñez, bivades muchos días;
más valedes que nos, ¡tan buena mandadería!
O cuando el mismo Cid se dirige a su esposa y prorrumpe entre suspiros:
Ia, doña Ximena, la mi mujer tan cumplida,
como a la míe alma yo tanto vos quería...
El comentador hace aquí otra llamada y explica el sentido de ese «ia»;
era una exclamación actualmente en desuso, o sustituída, a nuestro
parecer, por su semejante ¡ea! ¿Pero necesitábamos nosotros ninguna
ayuda aclaratoria? La exclamación «ia», tan frecuente en Mío Cid, está
viva y se emplea corrientemente por los que hoy hablan el éuscaro en
tierras de Guipúzcoa. De este modo: «Ia, Manubel, etorrizaitez.» O en
tono de imprecación y de coraje. «¡Ya, mutillac, guacen aurrerá!...»
Estos que a primera vista parecen detalles nos demuestran cómo los
hombres se comunicaron en la antigüedad más frecuentemente de lo que ha
supuesto una opinión pseudo-culta. Los pueblos no vivían separados como
islas en los siglos medios, sino que, todo al revés, se frecuentaban, se
copiaban entre sí, y esto quizá con más eficacia que ahora mismo. Los
idiomas eran entonces cosas blandas, maleables, amorfas, a causa de la
constante y viva comunicación. El francés se diferencia poco del
provenzal, y el castellano está lleno de palabras lemosinas, italianas,
gallegas y francesas.
En contacto frecuente, y viviendo la misma vida social, comercial,
política y guerrera, es entonces cuando castellanos y vascongados se
fundieron en un cuerpo armónico. De entonces data sin duda la aceptación
por parte del vascuence de esa infinidad de voces y giros, que tomados
de un castellano primitivo, nos suenan hoy tan densamente.
INDICE
Páginas.
La inmensidad verde 5
El ceremonioso tamboril 13
Día de fiesta en un pueblo vasco 21
Junto a la carretera 29
Cataliñ 37
Los remeros olímpicos 43
Elogio de mar Cantábrico 53
El río dinámico 59
Elogio de los campanarios 67
El viento del sur 73
Los bebedores de sidra 83
Los _versolaris_ 91
El humor anacreóntico de los vascos 99
Visión de pueblo antiguo 109
Camino de las montañas 121
La patria de los pastores 129
Meditación en la cumbre 141
La timidez de los vascos 149
La preocupación de la hidalguía 159
El problema de los nervios 167
Diferenciaciones y parecidos 181
Ideas finales 191