Sebastián;--sin decirle siquiera media palabrita--¿cómo cruzaría yo a su
lado?--Tenía el cuerpo esbelto--y llevaba los pies en el aire;--otra más
bonita no he visto--delante de mis ojos.....»
Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo,
de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música
está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la
música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente
monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético,
sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino;
otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada
briosa y vehemente.
Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo
ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene
un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese
curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:
Andre Madalén, andre Madalén,
laurden erdi bat oliyó;
aita jornalac artzen badi tu,
ama pagatuco diyó.
«Señora Magdalena, señora Magdalena,--medio cuarterón de aceite:--si
padre cobra los jornales,--madre le pagará a usted.....»
El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un
respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la
ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia
tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....
Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que
popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban
el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de
Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se
convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de
unos humildes «versolaris».
El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios;
el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las
alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un
espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta
guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada
ingenuidad:
Erari maitagarriá,
zu gatic daucat jarriá
argumentuba larriá:
Indarra zera gorputzarentzat,
kentzendezuna egarriá,
¡gausa estimagarriá!.....
Baño zauscat igarriá
zerala engañagarriá.
«Amada bebida,--tú me inspiras este arduo problema:--Eres para el cuerpo
la fuerza,--nos quitas la sed,--¡cosa estimabilísima!.....--Pero te he
calado--que eres un engañador.»
Una canción guipuzcoana dice:
Donostiaco iru damacho
Errenterían dendarí,
josten ere badakite baña,
ardua eraten obekí...
«Las tres señoritas donostiarras--las tenderas de Rentería,--saben coser
muy bien,--pero mejor saben beber.»
E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de
torpeza, un estribillo:
Eta kriskitin, kroskitin,
arrosa kraveliñ,
ardua eraten obekí.
«Con el kriskitin, krosquitin,--rosa y clavel,--pero mejor saben
beber.....»
Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo
flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos
sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras
formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país
vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y
gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».
En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban
nombres tan bravos y pintorescos como _Brocolo_, _Isquiña_, _Pello
Spañ_, _Sacristán_, _Echecalte_, _Pedro Amezquetarra_.
Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios:
tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos
perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que
de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo
restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca
multiplicidad. _Isquiña_, por ejemplo, apuntaba los tantos en los
partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; _Pello Spañ_,
con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia;
_Sacristán_ era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. _Echecalte_
no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su
caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una
boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En
cuanto a _Pedro Amezquetarra_, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez
de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los
chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.
Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión
por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de
francachela que hay en su fondo.
XIV
VISION DE PUEBLO ANTIGUO
[Imagen: _Tellaeche. pint._]
La bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al
espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción
histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del
borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco
caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de
corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña
hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.
Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San
Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga
calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que
alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros
de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban
descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se
recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra
Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes
pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.
El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos;
nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco
extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura
contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de
las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que
el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de
lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.
En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de
altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles
para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto
ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y
cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa
arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja,
triste y fea.
[Imagen]
Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra
imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los
pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han
acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina
misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que,
por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella
y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir,
que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su
valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna
influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.
Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del
pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina
como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez
que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e
ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad,
cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los
conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas,
sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.
Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en
la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no
tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol
las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del
artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el
blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia,
de como ahora surge el _chalet_ compuesto con hormigón armado y
mampostería de contrata!
En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías
presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo
exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que
han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean
construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los
objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los
hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de
un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística
que en una catedral.
Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival
todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un
pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa
admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una
flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los
artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y
embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus
castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia
el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles;
dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales;
estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma
agua.....
* * * * *
Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente
históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene
cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el
monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni
ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres
civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como
son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un
tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión
nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.
Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese
desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello
que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia
industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón
antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está
cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El
vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo
que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del
progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo
extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular
de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las
piedras viejas. Una casa nueva en forma de _chalet_; una calle ancha y
recta; una alameda gris; un _restaurant_..... Esto es el ideal de la
civilización y el progreso para un vascongado novísimo.
Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido
arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a
aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el
testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de
gracia eterna.
Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí
solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son
muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a
despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de
un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla
por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será
admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de
buen gusto y de un culto delicado por el adorno.
El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el
nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y
sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un
hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho.
En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de
gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que
se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio
fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra
consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto
Cellini.
Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que
existe en esas barriadas, en esos _ensanches_ de nuestras poblaciones
modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la
palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.
Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los
alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad
turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de
lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes
montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....
En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que
nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus
escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de
_oñacinos_ y _gamboínos_, ricas en episodios trágicos y expresivas de
aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del
carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor
renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos
y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las
empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes,
pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.
Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará
siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto
que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la
influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo
mismo en historia, como en arte, como en cultura general.
XV
CAMINO DE LAS MONTAÑAS
[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
Una excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos
obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras
grandes _conquistas de la civilización_. Ante una cuesta empinada, sin
otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la
Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro
patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late
apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos
rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)
En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la
pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado
en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca
en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una
filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor
entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros
acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con
reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la
carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un
espejo en que se miran los verdes prados.
--Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?
--De aquí a una hora.
--¿Una hora?.....
--Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y
media.
Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre
urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una
hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad
virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión,
empapada de tedio y de vergüenza.
De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines
montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible
nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la
madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete,
en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de
estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de
semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:
--No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van
ustedes a la venta? Allí hay buen vino.
Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de
merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos
dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y
ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate.
Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira
piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.
Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los
hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora
rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento
y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio
virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic
tac de los canteros.
La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo.
_¡Arre, Belcha!_.....
Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince
lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de
la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente,
llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo
mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del
trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio
oculta en la sombra de los árboles.
Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate.
Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la
circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más
bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del
templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las
caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las
inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo.
Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la
oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones,
señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia
(a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.
El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance
demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada
carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.
La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la
cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y
gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es
mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a
los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.
¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz
difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente,
fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a
precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de
un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere
devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota
profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya
claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que
sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los
facinerosos.....
Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de
Aránzazu.
XVI
LA PATRIA DE LOS PASTORES
[Imagen: _Valentín Zubiaurre, pint._]
La alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo,
despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que
ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes
vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la
montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el
vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.
Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de
Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía,
afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita,
inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no
conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca.
Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco
robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al
viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho
tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las
poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos
físicos.
El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante
celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de
abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones
ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias
rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube,
sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras
facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de
nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato
el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas
adquieran una feliz elasticidad.
Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al
detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio
de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos,
en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se
levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un
temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían
en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable,
turbulenta.
Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una
alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos
labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie
de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una
muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país
de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin
ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de
cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre
el mar.
Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas
como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es
distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra.
La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo
como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado
a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un
silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio
positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las
invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......
Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y
pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un _pueblo_.