Santoña y el Puerto de Santa María se disputan la gloria de ser la
patria de este ilustre piloto y capitán. Bartolomé de las Casas le llama
VIZCAINO, y Leguina considera esta apreciación del obispo de Chiapa como
consecuencia de que en aquella época se confundía frecuentemente á los
oriundos de provincias vecinas, y se designaba con el nombre de VIZCAINO
al procedente de la costa cantábrica[198].
Juan de la Cosa se retiraba á Santoña, provincia de Santander á
descansar de sus expediciones marítimas; allí ha existido un barrio
llevando su nombre; el apellido LA COSA perdura en la marítima villa; el
autor de SANTONIA (1677) afirma haber nacido el ilustre marino y capitán
en aquella población; y en los archivos parroquiales de aquella villa se
registra, por el siglo XV, un Juan de la Cosa, figurando á menudo, como
padrino. Todas estas razones inducen á Leguina, Fernández Duro[199] y
Picatoste[200] ha considerar como santanderino al compañero del gran
Ligur en sus dos primeras empresas.
Cuando Cristóbal Colón, á bordo de la carabela NIÑA, y bojeando después
de su segundo viaje las costas cubanas, cita ante el escribano Fernando
Pérez de Luna—12 de Junio de 1494—á Juan de la Cosa, maestre de hacer
cartas, para que dé su opinión, si Cuba era isla ó tierra-firme, el
modesto cartógrafo, al manifestar sus generales de Ley, se da por vecino
del Puerto de Santa María. Además, el notable é interesantísimo mapa
lleva una nota marginal de haber sido trazado por Juan de la Cosa en
dicho puerto de Santa María, el año de 1500.
Andaluz ó santoñés, puede fijarse su nacimiento á mediados del siglo XV;
también aseverarse que navegó mucho por la costa cantábrica, donde en
tan agitados mares aprendería con perfección el difícil arte de navegar;
y probablemente vendría después á avecindarse al puerto de SANTA MARÍA.
Juan de la Cosa acompañó á don Cristóbal Colón en el primero[201] y
segundo viaje á las Indias Occidentales: en el primero como dueño de la
nao SANTA MARÍA[202]; y en el segundo, yendo en la carabela NIÑA como
Maestre de hacer cartas. Acompañó también al Almirante cuando terminada
la feliz segunda empresa, y fundada la ciudad Isabela, marchó el
Descubridor á explorar las costas de Cuba. El sabio cosmógrafo genovés
no se desdeñaba de consultar los mapas y cálculos de Juan de la Cosa.
Aunque Colón en su tercer viaje (1498) exploró las costas de Paria y su
extenso golfo, columbrando el Continente americano, la mayor parte de
los pilotos de sus naves, que habían anotado diligentemente la marcha de
los vientos, recabaron de SS. AA., con la influencia de Fonseca,
licencia para hacer descubrimientos á sus expensas, separando el quinto
con destino al real Erario. Otorgada la demanda, Alonso de Ojeda,
protegido del duque de Medinaceli, preparó una expedición (1498),
eligiendo como primer piloto de su empresa á Juan de la Cosa,
asociándosele también el florentino Américo Vespucio, que había de tener
la gloria, usurpada á Colón, de dar su nombre al nuevo mundo. Juan de la
Cosa levantó mapa del derrotero seguido en las costas americanas y su
exploración fué más larga que la del gran Navegante[203].
El padre Nazario, aludiendo á esta empresa, dice[204]:
“No es mi propósito escribir la biografía de Juan de la Cosa.—Ya otros
la hicieron con brillantez, aunque no tanta que lograran borrar la
mancha que grabaran en la historia del maestro de cartas, _la
infidencia que lo arrastró á sorprender y copiar los secretos del
Almirante_, que en él tenía plena confianza, _y la traidora
explotación de aquellos secretos_, puestos por su vanidad y sed de
renombre y lucro á disposición de los encarnizados enemigos de su
maestro.”
Es injusto este ataque al ilustre cartógrafo y capitán, y la gloria de
Colón es tan grande, que no hay necesidad de empequeñecer á sus
compañeros para que se destaque la figura del gran marino.
Juan de la Cosa no traicionó al Almirante, ni sorprendió sus secretos;
fué su compañero en el primero y segundo viaje, y en la exploración de
Cuba, y como hábil maestre de hacer cartas levantó su mapa.
La era de los descubrimientos había sonado y los Monarcas sosteniendo
las prerrogativas del Almirante y poniendo freno al espíritu de
conquistas y aventuras del pueblo español hubieran ido contra sus
propios intereses y los de la Nación; máxime teniendo al lado á Portugal
que les disputaba las invenidas tierras, é Inglaterra que había lanzado
á Cabot hacia el Océano—no ya mar tenebroso—descubriendo las costas de
la América del Norte.
Y respecto á este particular dice un autor dominicano[205] que no puede
ser tachado de parcial hacia España:
“En los contratos de los Reyes con los particulares, se subentienden
ciertas condiciones tácitas, que pertenecen al dominio del derecho
general de las naciones. Y si estos convenios tienen algún vicio, ó en
su ejecución encuentran un obstáculo invencible no hay duda que no
pueden prevalecer contra lo que la realidad exige. En este caso se
hallaba el enunciado derecho del primer Descubridor, á excluir á todos
los que por una necesidad política fuera indispensable facultar para
la toma de posesión del resto de América, ya porque España tuviese que
burlar la ambición de otras naciones, ya sea por la oportunidad de
adelantarse en descubrimientos importantes detenidos por los sucesos
de la Española. Es, pues, preciso convenir en que la Corte pudo
remover el obstáculo, conciliando los derechos generales con los
particulares, porque ni los Reyes quisieron hacer ilusorios los
beneficios que podría alcanzar la nación en el contrato privado con el
Almirante, ni éste hubiera alcanzado los derechos reclamados
renunciando España á ulteriores conquistas, y he ahí un conflicto que
la alta política debía evitar, conservando al primer Descubridor
ciertos fueros y preeminencias que le indemnizaran de las pérdidas que
pudieran resultarle de no respetarse sus privilegios.”
En poder de Fonseca estaba la carta que Colón había levantado de su
tercer viaje[206], y ésta le fué facilitada á Ojeda, el protegido del
duque de Medinaceli, por el Obispo encargado de los asuntos de Indias.
No vemos, pues, justificado el título de TRAIDOR adjudicado por el Pbro.
Nazario al célebre cartógrafo Juan de la Cosa.
En esta expedición de Ojeda fué Américo Vespucio, y si este piloto
florentino tuvo la gloria de dar su nombre al Nuevo Mundo[207] no tuvo
la culpa Juan de la Cosa, sino la marcha de los acontecimientos. Y
prueba de que los sucesos se precipitaban, es ver para esa época á la
escuadra de Portugal recalar á la costa firme de América y tomar Pedro
Alvarez Cabral posesión del Brasil, cuando Vicente Yañez Pinzón había
atravesado la línea equinoccial y descubierto antes que Cabral esas
tierras.
Al dar el rey don Fernando, desde Nápoles, su vuelta á Castilla (1507)
convocó en Burgos una JUNTA DE HÁBILES PILOTOS, con objeto de reanimar y
encauzar el espíritu y propósitos de los descubrimientos. Formaron el
núcleo de ella Juan Diaz de Solís, Vicente Yañez Pinzón, Américo
Vespucio y Juan de la Cosa.—Las Casas dice, que Juan de la Cosa era el
primer piloto de aquel tiempo. Pedro Mártir de Anglería anota, que fué
el primero que recogió oro en las arenas de URABÁ. Y Navarrete
manifiesta que era “gran marino y cosmógrafo, maestro hábil para hacer
cartas é instrumentos, y hombre valeroso; el mismo á quien se debe la
más antigua carta geográfica que se conoce de países pertenecientes al
Nuevo Mundo.”
En 1507 se le dió el mando de dos carabelas para vigilar la costa desde
el cabo de San Vicente á Cádiz y proteger la vuelta de las Indias
Occidentales de los buques españoles. En 1508 se le confirmó su
nombramiento de Alguacil mayor de Urabá. Y en 1509 acompañó á Ojeda á la
infortunada expedición que con 300 soldados hizo á Cartagena de Indias.
Esta costa era de Caribes: gente, aunque desnuda, dispuesta siempre á
guerrear. Los españoles asaltaron una aldehuela indígena, que distaba
del mar 12 millas. Los caribes arremetieron desesperadamente á los
cristianos y los derrotaron. Juan de la Cosa con algunos castellanos
corrió al auxilio del hazañoso Ojeda, que á las puertas de un templo,
donde se hizo fuerte, peleaba con una multitud de indios. El heróico
piloto, después de ver caer á su alrededor setenta de los suyos, cayó
atravesado por muchas flechas emponzoñadas. Ojeda pudo salvarse, y
auxiliado de Nicuesa, recuperar el cadáver de Juan de la Cosa atado á un
árbol, hinchado y desfigurado, á causa del veneno de las saetas[208].
Pedro Mártir de Anglería asevera, que por los niños capturados por los
españoles, después de incendiar el villajo y pasar á cuchillo á todos
los adultos, supieron que los caribes habían hecho pedazos el cadáver de
Juan de la Cosa y los de los demás compañeros, y luégo se los habían
comido[209]. ¡Triste fin del célebre piloto y capitán! La Corona trató
de mitigar tan dolorosa pérdida, ordenando por Real cédula expedida á 2
de abril de 1511[210], que el Tesoro de la Casa de Contratación de las
Indias entregase á la viuda de Juan de la Cosa cuarenta y cinco mil
maravedises para ayuda del casamiento de su hija mayor.
El mapa de Juan de la Cosa.
Examinemos ahora la importancia de la carta de marear del ilustre
cartógrafo y capitán descubridor. Y para que no se nos considere
apasionados al ameritar la obra del compañero del inmortal genovés,
compilaremos las frases de un perito, las del capitán de navío don
Cesáreo Fernández Duro, que fué uno de los miembros del Jurado
Académico, constituido en Madrid, para examinar el mejor libro sobre el
Descubrimiento de América y adjudicar el premio de 30 mil pesetas. He
aquí el comentario del señor Fernández Duro:
“Ni la carta existente en el monasterio de Viladestes, fechada en
1413; ni el _Atlas catalán_ del siglo XV, el más antiguo que se
conoce, publicado en París por Duchón; ni los mapas hidrográficos que
componen una colección de diez, formada por Andrés Bianco en 1436,
existente en la Biblioteca de San Marcos de Venecia; ni el mapa de Fra
Mauro, 1459; ni el de San Juan Ruyschio, citado por Humboldt; ni el
del cosmógrafo catalán Jayme Ferrer, 1494–1495; ninguno de estos
antiguos documentos llega en exactitud ni en extensión de tierras
descubiertas y situadas á la Carta de Juan de la Cosa, que desde su
hallazgo eclipsó á los anteriores, conquistando el primer puesto en la
historia de la cartografía universal.”
Este mapa desapareció de España cuando la invasión francesa y la guerra
de la Independencia. En 1832 lo compró á un agiotista prendero el Barón
de Valckenaer. Al fallecimiento de este noble (1852) sus testamentarios
pusieron en venta sus libros y papeles, y entre ellos la carta marítima
de Juan de la Cosa. La puja fué sostenida por varias bibliotecas, y en
un arranque de patriotismo, y en nombre del Gobierno español, el general
Zarco del Valle aseguró que daría por él cien francos más que el que
ofreciese mayor precio, adquiriendo la preciosa joya en 4200
francos[211].
Hoy se conserva el mapa mundi de Juan de la Cosa en el Museo Naval, en
el gabinete de descubridores y sabios marinos, anotado en el Catálogo
con el número 553 y las siguientes palabras:
“553.—Carta de la parte correspondiente á la América, que levantó el
piloto Juan de la Cosa en el segundo viaje del Descubridor genovés, en
1493, y en la expedición de Alonso de Ojeda. Sustraída de España, la
poseía el Barón de Valckenaer, cuyos testamentarios la vendieron en
pública almoneda, y la adquirió el Depósito Hidrográfico. Su Director,
que fué el señor don Jorge Lasso de la Vega, tuvo la condescendencia
de que se depositase en este Museo, para que el público pueda ver un
documento tan curioso y de mérito, con relación á la época en que se
hizo”[212].
Hemos dicho que Juan de la Cosa acompañó á Colón en el primer viaje como
dueño de la nao Santa María. En el mapa están las tierras descubiertas
en esta empresa, GUANAHANÍ, la primera al oriente, por ser la SAN
SALVADOR del Almirante. No tiene ninguna banderola con castillos y
leones, por la misma razón que no la tiene Cuba, en el puerto de San
Salvador, ni la Española en Navidad é Isabela, ni Domínica, ni
Marigalante, etc. Estas banderolas están puestas en distintas tierras
sin marcar puntos de desembarco. En Cuba está colocada precisamente en
la región inexplorada.
En el segundo viaje de don Cristóbal Colón venía Juan de la Cosa en la
carabela Niña, como Maestre de hacer cartas. En el interesante mapa
están trazadas las islas avistadas y visitadas por los viajeros: la
Deseada, Domínica, Santa María Galante, Santa María de Guadalupe, Santa
María de Monserrat, San Martín, la Gorda, San Cristóbal, Santa Cruz,
Boriquén y la Española. Vése por la investigación de este viaje, que
Colón visitó á Santa Cruz, negado por el padre Nazario[213], y que
Puerto-Rico se llamaba BORIQUÉN y no CARIB. Además, al trazar el
entendido cartógrafo la isla de Puerto-Rico, delineó con perfección—y es
lo más exacto que hay en la configuración que le da á la isla—el último
ángulo de occidente, que comprende hoy los puertos de Aguada y
Aguadilla. Llama la atención, sobre manera, esa exactitud del dibujo en
lo que corresponde á la bahía limitada por los cabos San Francisco y
Boriquén. La costa norte de Puerto-Rico está trazada de imaginación, es
defectuosísima, y ha sido delineada calculando la acción violenta de los
mares del septentrión, que siempre hacen grandes cortaduras en las
costas nortes. Como el crucero recorrió la banda meridional, bien
retirado de tierra[214] por temor á las restingas y escollos, el piloto
de la NIÑA, al terminar la jornada del día 17 de Noviembre, en cuyo día
corrieron 30 leguas por aquella costa, le consagra una línea, pudiendo
trazar el día 18 la parte occidental de Boriquén; y sobre todo, con
mayor perfección, el último ángulo de occidente, donde permaneció la
armada dos días.
Entre Boriquén y la Española no traza Juan de la Cosa ninguna isla; por
lo que nos inclinamos á creer que los viajeros no vieron la Mona. La
islilla que llamó la atención del doctor Chanca fué indudablemente
CICHEO, hoy Desecheo. Fernando Colón tampoco menciona la Mona al referir
este viaje del Almirante. D. Martín Fernández de Navarrete, al anotar la
Relación de Diego Alvarez Chanca, es quien pone, por vez primera, en una
llamada á la isla MONA como la divisada. Error acogido por don José
Julián de Acosta al glosar la obra de Fray Iñigo Abbad, y seguido
después por Vizcarrondo, Janer y otros al redactar sus Epítomes de
Geografía de Puerto-Rico.
Al partir la armada el 22 de noviembre, por la mañana, con rumbo al
noroeste, en demanda de la Española, la islilla divisada fué de tan
escasa importancia, y llamó tan poco la atención, que el hábil Maestre
de hacer cartas no juzgó necesario delinearla en su mapa. Y téngase en
cuenta que el cartógrafo traza la DESEADA, avistada únicamente, y
delinea dos isletas frente á SANTA CRUZ, como cerrando el paso al norte.
Basta una ojeada al mapa de Juan de la Cosa para ver palpablemente, que
el crucero se corrió al norte de la Española, ruta negada por el párroco
de Guayanilla[215]. Toda la costa septentrional está anotada en el mapa,
sobresaliendo los conocidos nombres de SAMANÁ é ISABELA.
En la carta náutica de Juan de la Cosa está también el viaje del
Almirante, cuando fué en demanda de Cuba. Sabemos, por la historia, que
Colón, una vez constituida la incipiente colonia en la Isabela, entregó
el mando á su hermano don Diego, y en una escuadrilla, formada de la
NIÑA, la SAN JUAN y la CARDERA costeó la parte boreal de la Española,
vía recta á Monte Christi[216] y al lugar que ocupó el fuerte de
Navidad[217]; de allí siguió hasta la isla Tortuga[218]; luego volvió á
tocar en la Española[219], pasando á Cuba, cuya tierra avistada llamó
ALFA. Los indios llamaban aquel sitio BAITIQUIRÍ, y hoy tiene el nombre,
también indio, de MAISÍ[220]. Navegó 20 leguas el crucero, costeando el
sur de la isla de Cuba, y reconoció la gran bahía de Guantánamo, donde
los indígenas agasajaron á los viajeros con pescado, iguanas, hutías y
casabe. Diego, el indio de Guanahaní, hizo de intérprete. Prosiguió el
Almirante su derrotero, y el 3 de Mayo (1494) modificó el rumbo hacia el
sur descubriendo la isla de Jamaica. Corrió la costa[221] y fué el
crucero á un puerto, que el Almirante llamó PUERTO BUENO[222]. El 14 de
Mayo hizo rumbo de nuevo á Cuba, resuelto el marino genovés á navegar
quinientas ó seiscientas leguas adentro á ver si era tierra firme. Llegó
á un cabo, que denominó CABO DE LA CRUZ[223]; hubo tronadas, y el
crucero tuvo que evitar innumerables isletas[224] y bajos. Siguió
navegando hacia Occidente, siempre evitando las islillas y restingas, y
después de recorridas 335 leguas se detuvo en la isla de Pinos, la cual
Colón llamó SAN JUAN EVANGELISTA[225]. Retornó el Almirante, levantando
por fin aquella Información en que opinaba, y hacía opinar á la
tripulación de las tres carabelas, que la isla de Cuba era tierra firme.
En el mapa de Juan de la Cosa se ve terminar al cartógrafo su dibujo sin
trazar el resto de la isla de Cuba[226], y dejando marcadas en aquellos
sitios un sin número de islillas é islas, diseminadas en el mar[227]. A
la vez coloca, en el lado opuesto á la región de Cuba explorada, una
banderola castellana como señal de dominación sobre aquellas tierras.
Volviendo atrás el crucero, tocó de nuevo en cabo Cruz, donde se dijo
una misa solemne bajo un árbol. De cabo de la Cruz, por no tener vientos
favorables, volvió la escuadrilla á Jamaica, y de aquí á cabo Tiburón de
la Española, que llamó el Almirante, cabo de San Miguel[228]. No conoció
Colón el sitio á que había arribado, hasta que los indios le sacaron de
dudas, llamándole un cacique por su nombre. Entonces empezó el Almirante
á costear, por primera vez, el sur de la Española. A fines de Agosto
surgió la NIÑA en una isla, que llamó Colón ALTOVELO[229], y allí esperó
á las otras dos carabelas. Reunidas las tres naves fueron á otra
isla[230], y costeando de nuevo la banda meridional de la Española
pasaron por delante de la boca del río Neyba[231] avistando un llano
amenísimo lleno de caseríos tan contiguos, que por espacio de una legua
parecía un solo pueblo. Envió Colón correos á la Isabela dando cuenta de
su llegada, y prosiguió su derrotero llegando al antiguo cacicazgo del
HIGÜEY, donde le impidieron los indios de CAYACOA hacer aguada. Este
espíritu guerrero encontrado en esta comarca marítima se explica por su
inmediación á la isla ADAMANAY (Saona), ya en poder de los terribles
caribes. Al llegar á este punto, las fuerzas físicas del gran marino
genovés estaban agotadas; las carabelas permanecieron seis días
resguardadas á la entrada[232] del canal de Saona por el mal tiempo que
hacía; y habiéndose agravado la enfermedad del Almirante, hizo rumbo la
escuadrilla á la Isabela. Si el Almirante hubiera en su segundo viaje
recorrido la Española por el sur para ir al fuerte de Navidad, como
pretende el padre Nazario[233], al llegar al cabo Tiburón, á su regreso
de Cuba y Jamaica, hubiera conocido inmediatamente aquella costa, y no
sucedió tal cosa, sino que necesitó oírse llamar[234] por los indígenas
para cerciorarse que había arribado á la Española. Además, después del
largo viaje efectuado, se hubiera Colón dirigido inmediatamente á la
Isabela, no volviendo á costear la parte sur ya conocida, y vemos todo
lo contrario, que enfermo y rendido prosigue el bojeo de la banda
meridional de la Española para explorarla personalmente, pues sabía
únicamente que era una isla por haber enviado antes una carabela á
voltearla.
No es apócrifa.
Ni una sola vez nombra el presbítero Nazario la carta náutica de Juan de
la Cosa al ocuparse, en su libro[235], del segundo viaje de don
Cristóbal Colón; lo cual apareja suma extrañeza, si consideramos que el
párroco de Guayanilla manifiesta especial predilección hacia Diego
Alvarez Chanca, PRECISAMENTE por haber sido uno de los viajeros
expedicionarios, que acompañaron al intrépido marino genovés en el bojeo
de la armada por el archipiélago antillano.
Juan de la Cosa fué compañero de Colón en el primero y segundo viaje, y
cuando fundada la ciudad de Isabela fué el Almirante en demanda de
Cuba[236]. Nosotros, en carta publicada en el periódico LA
CORRESPONDENCIA[237] hicimos mención del célebre capitán y cartógrafo,
dispuestos á utilizar, como dijimos, el mapa del compañero del gran
Ligur para dilucidar el punto, que se discutía, de cuál fuera el
fondeadero electo por el Descubridor al arribar á las costas de
Boriquén; y también desvanecer con esta interesantísima carta de marear
algunos de los errores sostenidos por el presbítero don José María
Nazario y Cansel.
En el artículo intitulado[238]: “El mapa mundi de Juan de la Cosa” se
ocupa recientemente el padre Nazario de este mapa, para manifestar que,
“Esta carta, tal como se conserva en el Museo naval de Madrid,
reproducida por la _Revista general de Marina_, publicada por la
revista ilustrada _El Centenario_ y por la _Ilustración Española y
Americana_ y antes que por todas estas publicaciones, reproducida en
la parte que se refiere á América, en 1860, en el libro _Viajeros
modernos_, páginas 50 y 61, esa carta digo:
Es apócrifa;
No es auténtica;
No tiene la autoridad del autor á quien se atribuye.”
Vemos con satisfacción el número de copias citadas por el erudito
presbítero, pero, creemos que aun considerándola apócrifa, es de suma
extrañeza no la citase en su obra de referencia, siquiera para
combatirla como falsa hija de uno de los compañeros del gran Navegante,
testigo presencial de su segunda empresa.
A las copias citadas por el padre Nazario podemos añadir: la reproducida
fotográficamente por el periódico ilustrado ESPAÑA Y AMÉRICA—3 de Abril
de 1892;—el fac-símil del Barón de Humboldt; la copia litografiada en
negro de Mr. Jomard; el fac-símil del Diccionario enciclopédico
hispano-americano[239]; y la reproducida por calco y grabada en piedra
por I. Bouffard, en 1837, para ilustrar la obra de don Ramón de la
Sagra[240]. ¡Es raro tanto honor á un pergamino viejo, imperfecto y por
añadidura apócrifo!
Al señor de La Sagra se debe, según afirma el Conde de las Navas[241],
la iniciativa de las diligencias llevadas á cabo para recuperar la carta
de Juan de la Cosa.
Si la carta trae los descubrimientos de Juan Cabot, hay que tener en
cuenta, que este célebre navegante veneciano propuso al rey de
Inglaterra Enrique VII ir á descubrir nuevas tierras tan pronto se tuvo
noticia del primer viaje de Colón; y que en 1497 arribó al continente
norteamericano; por lo cual dice Cronau[242] que Cabot “tuvo la fortuna
de descubrir el continente del Nuevo Mundo un año entero antes que el
gran navegante genovés.”[243]
Sebastián Cabot, hijo del anterior, así como Luís y Sancho Cabot le
acompañaron en esa expedición[244]. En seguida se tuvo conocimiento en
la corte de los Reyes Católicos del viaje y exploración del inglés[245];
y su hijo Sebastián se pasó después al servicio de España y asistió
posteriormente al congreso de Badajoz, en el que se repartieron las
Molucas entre España y Portugal; navegó luego al servicio de la Corona
de Castilla, y volvió á Inglaterra con el título de gran piloto.
En el mapa de Juan de la Cosa está la exploración de Vicente Yañez
Pinzón, que había sido piloto de la NIÑA durante el primer viaje del
Almirante. Con cuatro barcos abandonó, el 18 de noviembre de 1499, el
puerto de Palos; hizo rumbo más directo al suroeste, que las precedentes
expediciones, pasó la línea equinoccial y el 20 de Enero de 1500
atracaba al continente sud-americano, en el punto donde la costa
brasileña proyecta en el Atlántico el ángulo más oriental de la América
meridional, tres meses antes de la expedición de Cabral[246]. Pinzón
puso al cabo, junto al cual había aterrado, el nombre de Santa María de
la Consolación, cambiado más tarde en el de San Agostinho. Después de
breve marcha al sur, retrocedió la flotilla hacia el norte, dió la
vuelta al ángulo que forma la costa en el cabo S. Roque, siguió al
noroeste recorriendo la considerable extensión de 650 leguas, por lo
menos, hasta el golfo de Paria y la costa de las Perlas, y prosiguiendo
al oeste llegó hasta el litoral de Costa Rica. De donde retornó á
España, pasando por la Española y las islas Bahamas (septiembre de
1500).—No hay imposibilidad cronológica para que este viaje figure en la
carta de marear de Juan de la Cosa, cuando nos consta por la historia,
que entrambos pilotos fueron compañeros desde el primer viaje del
Almirante, y les vemos después figurar juntos en Burgos (1507) en la
Junta de hábiles pilotos que se reunió por orden del Rey Católico para
dar impulso á los descubrimientos.
De que el Marañón, ó Amazonas, y el cabo de Santa María de la
Consolacíón, ó de San Agustín, no estén trazados con suma precisión
geográfica no creemos lógico se deduzca que es pseudónima la carta de
marear de Juan de la Cosa[247], considerando esta equivocación como
patente prueba de que Vicente Yañez Pinzón no dió conocimiento de sus
descubrimientos á la Cosa. Estos errores geográficos son propios de
aquella época, en que se empezaba á explorar y delinear las tierras del
Nuevo Mundo. Colón en su Diario de navegación del primer viaje da á Cuba
una latitud de 42° en vez de 21°. El globo terráqueo de Martín Behaim
contiene errores hasta el grado 16. En el mismo mapa de Juan de la Cosa
se encuentra la Boca del Drago paralela con Buenavista en el cabo de las
islas Verdes, en vez de estar bajo los 11° á los 16°.—El signo de Cancro
toca la costa sur de Haytí, cuando la verdadera situación de la punta
extrema meridional de la Española está á los 17° y medio, etc. Sería,
pues, lo mismo que decir que la carta geográfica dibujada por Pizigano
en Venecia, en el año de 1367, es apócrifa por no ser exactas sus
anotaciones cosmográficas; que el mapa de Andrés Bianco, dibujado en
1436, es pseudónimo por no existir las tierras trazadas; y que la carta
marítima de Toscanelli no tiene la autoridad del autor á quien se
atribuye por no haber dado Colón en su viaje con ANTILIA y ZIPANGU.
El viaje de Rodrigo de Bastidas fué efectuado de octubre de 1500 á
septiembre de 1502, y comprendió desde la isla de Trinidad hasta el
istmo de Darién. Juan de la Cosa acompañó á Bastidas en calidad de
primer piloto. Partieron de Cádiz en dos barcos. Visitaron el golfo de
Venezuela, conocido de la Cosa hasta el cabo de la Vela, y desde aquí
investigaron las costas hasta llegar al istmo de Panamá. Las costas
delineadas por el hábil cartógrafo y piloto son las que le eran
conocidas en su mayor parte, desde el viaje de Ojeda en 1499.
Este viaje se efectuó, dándose á la vela la flota de Ojeda en el puerto
de Santa María el 20 de mayo de 1499. A los 24 días de navegación
llegaron á la Guayana francesa; á un punto de la costa americana mucho
más meridional que la isla de Trinidad, donde Colón había arribado.
Costearon el litoral con rumbo noroeste hasta el golfo de Paria;
exploraron al oeste las costas de Venezuela, á la cual dieron este
nombre, por recordarles Venecia las viviendas de los indígenas; llegaron
á las bocas del Magdalena, desde donde singlaron á la Española. No
entraña, pues, falsedad alguna, y se encuentra perfectamente dentro del
orden cronológico é histórico, el delineamiento de estas costas de
Tierra-firme en un mapa trazado en 1500, y cuyo autor pudo muy bien ir
perfeccionando personalmente á medida que completaba sus estudios
geográficos de las invenidas comarcas.
Y llegamos al argumento Aquiles del padre Nazario. Dice en su artículo
de referencia:
“El bojeo de la isla de Cuba efectuado en el año 1509, del que no tuvo
conocimiento Juan de la Cosa, porque en ese año moría saeteado en
Cartajena, es testimonio poderosísimo para probar que Juan de la Cosa
no es autor de la carta Mapa-Mundi que se le atribuye y que, como un
tesoro, se guarda en el Museo Naval de Madrid.”
Al regresar el rey don Fernando desde Nápoles, y después de haber
llevado á efecto, en Burgos, la Junta de hábiles pilotos para impulsar
los descubrimientos, ordenó al Comendador Ovando el bojeo de Cuba, pues
se dudaba aún si el Almirante en la Información que había hecho en la
isla de Pinos, tuvo razón en creerla tierra firme, ó si realmente era
isla[248]. Esta exploración la verificó Sebastián de Ocampo, que había
sido criado de la Reina Isabel, y era uno de los vecinos de la Española.
Se hizo á la vela en el puerto de Santo Domingo y costeó toda la parte
norte de Cuba, reconociendo algunos puertos. Por averías en las naves
surgió en una bahía, que llamó Puerto de Carenas, por haber puesto una
nave en seco para la carena. Este puerto es el que se denomina hoy San
Cristóbal de la Habana. Repuesto de este contratiempo siguió Ocampo
viaje y reconoció la punta occidental de la isla, que tituló cabo de San
Antonio. Voltejeó el cabo é hizo rumbo al este, recorriendo la banda
meridional de la isla hasta cabo de la Cruz; de aquí navegó, desviándose
de la isla, hacia cabo San Miguel (hoy Tiburón) de la Española; de donde
prosiguió su derrotero hasta Santo Domingo.
Basta una simple Ojeada en el mapa de Juan de la Cosa, y la narración
del viaje de Sebastián de Ocampo, para evidenciar el error en que
incurre el párroco de Guayanilla al considerar en la carta náutica de
Juan de la Cosa el bojeo de Cuba ordenado en 1509.
Hemos dicho que la figura trazada por el célebre cartógrafo carece del
Departamento occidental de Cuba.—Juan de la Cosa delineó la extremidad
occidental de la isla uniendo la Península de Zapata á la isla de Pinos,
porque precisamente hasta esta isla llegó el piloto en unión del
Almirante. Y en el viaje de Ocampo los lugares mejor explorados fueron
los de la provincia de la Habana, donde se detuvo á componer sus naos
trabajadas por la broma. Y tanto esta provincia como la de Pinar del río
con su península de Guanahacabibes y cabo San Antonio corresponden al
Departamento occidental, ignorado por Juan de la Cosa y no trazado en su
carta de marear.
Si Cuba aparece en el discutido mapa como isla, y no como tierra firme,
obedece á que, desde el primer reconocimiento de ella, la trazó Juan de
la Cosa como isla, siguiendo las indicaciones de los indígenas; y hasta
el mismo Colón estaba en esa creencia, cayendo en error cuando quería
seguir el mapa de Toscanelli y dar con Cipango, Catay y el Quersoneso
Aureo.
Y prueba de ello; que dice el Diario del Almirante:
“_Domingo 21 de Octubre._—... y después partir para otra isla que se
llama _Cipango_, según las señas que me dan estos indios que yo
traigo, á la cual ellos llaman _Colba_.”
“_Martes 23 de Octubre._—Quisiera hoy partir para la isla de _Cuba_,
que creo que debe ser _Cipango_, según las señas que dan esta gente de
la grandeza della y riqueza.”
“_Miércoles 24 de Octubre._—Esta noche á media noche levantó las
anclas de la isla _Isabela_ del _Cabo del isleo_, qués de la parte del
Norte, á donde yo estaba posado, para ir á la isla de _Cuba_, á donde
oí desta gente, que era muy grande y de gran trato. Y porque ventaba
ya recio y no sabia yo cuanto camino hobiese fasta la dicha isla de
_Cuba_.”
“_Domingo 28 de Octubre._—La isla, dice, qués llena de montañas muy
hermosas, aunque no son muy grandes en longura, salvo altas, y toda la
otra tierra es alta de la manera de Sicilia: llena es de muchas aguas,
según pudo entender de los indios que consigo lleva, que tomó en la
isla de _Guanahaní_, los cuales le dicen por señas, que hay diez ríos
grandes, y que con sus canoas no la pueden cercar en veinte días.”
A pesar de los indios manifestar siempre á Colón, que Cuba era una isla,
cuando estaba la armada en el RÍO DE MARES—puerto de Nuevitas—anota el
gran Navegante en su Diario lo siguiente, que nos trasmite Las Casas:
“_Jueves 1º de Noviembre._—Y es cierto, dice el Almirante, questa es
la tierra firme, y que estoy, dice él, ante _Zayto_ y _Guinsay_.”
“_Viernes 2 de Noviembre._—... y todavía afirma que aquella es tierra
firme.”
Colón, ansiando llegar al anhelado continente, y fijo en el mapa de
Toscanelli, dudaba de los indígenas y de sus propias exploraciones[249];
y por eso, le vemos al visitar la banda meridional de Cuba, después de
su segunda empresa, levantar aquella desgraciada información en que
opinaba y hacía opinar á todos sus compañeros, que Cuba era tierra
firme.
Finalmente, Pedro Mártir de Anglería nos testifica[250] del aprecio en
que ya en su época se tenían las cartas de Juan de la Cosa, sin
considerarle ladrón de los papeles del Almirante, dando el sabio
cronista superioridad á los pergaminos del hábil cartógrafo sobre los de
los demás cosmógrafos de su tiempo, y manifestándonos la reserva con que
se guardaban estos documentos geográficos en poder del Gobierno.
Queda, pues, probado suficientemente, que el Mapa Mundi de Juan de la
Cosa no es apócrifo, y que con sobrada razón se conserva en el Museo
Naval de Madrid como un tesoro geográfico inapreciable.