Segundo viaje de Colón

La llegada del intrépido genovés al puerto de Palos de Moguer, de donde

había salido á la conquista del áureo vellocino de las Indias, cual

nuevo Jasón en la célebre empresa de los Argonáutas, y su marcha

triunfal á través de los hispanos pueblos, que le vitorean como á un

héroe legendario de las epopeyas griegas, llegando á la condal ciudad de

Barcelona, donde accidentalmente moraban los Católicos Reyes, radiante

de justa emoción, y seguido de los capturados indios, que lucen vistosos

penachos y cobrizas carnes, y ostentan lindos guacamayos y objetos de

oro; tan feliz arribada despertó rápidamente en la Nación española un

entusiasmo general hacia el desconocido navegante, que había regresado

victorioso de los últimos confines del tenebroso mar Océano.

El desconocido en su propia patria, el desdeñado por el rey don Juan de

Portugal, el desairado en Francia é Inglaterra, y acogido únicamente por

el sabio astrólogo franciscano Fray Juan Pérez de Marchena en el modesto

monasterio de la Rábida, y después por la bondadosa castellana Reina á

instancias de su antiguo confesor, se yergue ahora al retorno de su

fantástico viaje, agrupando á su alrededor los valientes hijosdalgos y

los intrèpidos marinos àvidos de glorias y aventuras.

Acababa España de obtener la unidad nacional, lanzando del suelo patrio,

tras gigantesca pugna de ocho siglos, la media luna del agareno; acababa

el Renacimiento de infiltrar en Europa la savia de la vida moderna, con

la venida de los artistas de Bizancio (1453), arrojados por el sable de

Mahomet II; y el pueblo hispano, guerrero y artista, iba à trasladar à

tierras descubiertas tan oportunamente, los trabajos de Hèrcules,

terminados en el histórico estrecho con la ida de Boabdil à las costas

mauritanas.

Los Reyes habían sentado en su presencia, honor altísimo, al profeta

revelador de las invenidas tierras indianas. Aquellos edènicos salvajes

de arrogante presencia, aquellas raras aves de vistoso plumaje, aquellos

granillos de oro y macizas caràtulas del preciado metal, aquellas

aromàticas maderas y picantes especias y desconocidas viandas y

grotescas vasijas, revelaban à las imaginaciones impresionadas la

realidad del descubrimiento.

Los regocijados è impacientes Monarcas dispusieron se reuniera con

presteza suma, en las aguas de Càdiz, una brillante armada, que à las

órdenes del glorioso Almirante cruzara de nuevo el incierto derrotero,

por èl revelado, y afianzase la posesión de las halladas tierras à favor

de la corona de Castilla.

No se omitieron gastos; se dispuso del oro necesario para los aprestos

marítimos, merced à las alcabalas, bienes de judíos y emprèstito

levantado; se comisionó à Berardi para la compra de la nao capitana;

hubo acopio suficiente de granos y bizcocho; Rodrigo de Narvaez hizo la

provisión de pólvora y balas; se obtuvo del Sumo Pontífice Alejandro VI

la bula _Inter cætera_, sancionando el derecho à las tierras reveladas;

se reunieron labriegos, herreros, albañiles, carpinteros y braceros para

el laboreo de las vírgenes campiñas y construcción de acequias y

edificios; se escogitaron veinte lanzas granadinas en briosos corceles

andaluces; en la Alcaidía de Màlaga se reunieron corazas, espingardas y

ballestas selectas; se llevaron à las carracas simientes como trigo,

arroz, cebada, sarmientos, caña de azúcar y legumbres, y ganadería como

vacas, yeguas, ovejas, cabras, puercas y asnas para castar[7]; se

acumularon cal y ladrillos para edificar; y se embarcaron mil quinientas

personas, en las diez y siete naves, entregàndose con fe ciega en manos

del profeta y descubridor, que hacía poco tiempo había sido considerado

como un loco visionario.

Allí venía el primer conspirador que hubo en Amèrica, Bernal Diaz de

Pisa, que de Alguacil de la Corte pasó à Contador de la Armada, preso y

aherrojado en Isabela por el Visorrey al descubrir su memorial de quejas

à la Reina. Allí venía el benedictino Fray Bernardo Boil y doce

sacerdotes del monasterio de Monserrat[8]. Allí venía Mosèn Pedro de

Margarit como perito en el arte de guerrear: Boil y Margarit, dos

autoridades adversas à la autoridad del Almirante; y personificando el

uno el poder religioso y el otro la fuerza militar, habían de perturbar

hondamente la incipiente Colonia, como sucedió, alentando al

insubordinado Roldàn, que ejerció el cargo primero de Alcalde mayor de

la Española. Allí venía Alonso de Ojeda, de músculos acerados, que supo

capturar personalmente al bravo cacique CAONABÓ, destructor del fuerte

de Navidad y nervio de la guerra del CIBAO, y montàndolo en el arzón de

su corcel cordobès le condujo maniatado à la sorprendida ciudad de

Isabela, para que desde la prisión oyera el tañer de las campanas, que

habían servido al hazañoso paladín para su estratègico ardid. Allí el

pulido Guevara, que había de tener tan novelescos amores con la hermosa

HIGUEMOTA, hija de la cacica ANACAONA. Allí el infeliz Adriàn Mojica,

ahorcado, por orden del Virrey, en las almenas del fuerte de la

Concepción. Allí el arrojado Juan de Esquivel, vencedor del corpulento y

batallador cacique COTUBANAMÁ, y despuès conquistador de XAYMACA, la

actual Jamayca. Allí Sebastiàn de Olano, receptor de los derechos

reales. Allí el padre Marchena, el amigo del alma de Colón, su primer

protector y su confidente como sabio astrólogo. Allí los comendadores

Gallego y Arroyo. Allí el físico Alvarez Chanca, encargado de la

Sanidad, cuya Carta al Cabildo de Sevilla había de ser, andando el

tiempo, una joya de inestimable valía. Allí los servidores de la Reina,

Navarro, Peñasoto y Girau. Allí el piloto Antonio de Torres, que traía

nombramiento de SS. AA. para volver con las naves à España; y à quien

personalmente entregó el Almirante sus cartas y memorial para los Reyes,

y cuyo encabezamiento decía: “Lo que vos Antonio de Torres, capitàn de

la nao Marigalante è Alcaide de la cibdad Isabela, habèis de decir è

suplicar de mi parte al Rey è la Reina, nuestros Señores”. Allí Juan de

la Cosa, como Maestre de hacer cartas, piloteando la cèlebre carabela

NIÑA, que tuvo la gloria de haber llevado à España la buena nueva del

descubrimiento: Juan de la Cosa, que trazó el primer mapa del

Archipièlago antillano al singlar del crucero por las edènicas islas:

faro de potente luz para iluminar la epístola de Chanca. Allí el padre y

el tío de Bartolomé de las Casas, el humanitario defensor de los indios,

que antes de Grocio proclamara el derecho natural[9]. Allí Diego de

Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é de la Reina, que dió el primer

testimonio público en la ciudad de Isabela—9 de abril de 1494—dando fe

de las instrucciones comunicadas á Margarit, de orden del Virrey, con el

envío de cuatrocientos hombres de á pié y diez y seis de á caballo, al

mando del capitán Ojeda, para aumentar la guarnición del fuerte de Santo

Tomás á orillas del Janico. Allí el metalurgista oficial Fermin Zedó y

el ingeniero mecánico Villacorta. Allí Luís de Arriaga, que había de

defender tan valientemente el fuerte de la Magdalena contra los ataques

del cacique GUATIGUANÁ y su numerosa mesnada. Allí Pedro Fernandez

Coronel, Antonio Sanchez Carbajal y Juan de Luján, designados por el

Visorrey, antes de embarcarse en la siempre útil NIÑA, en demanda de

Cuba, para que fueran consejeros vocales, en unión del padre Boil, de su

hermano don Diego, á quien dejaba de Gobernador interino. Allí Ginés de

Gorvalán, que exploró las riquezas de los territorios del MACORÍS. Allí

Juan de Aguado, Intendente de la Real Capilla, que había de retornar á

España para traer después Comisión regia reservada[10]. Allí el

esforzado mílite Diego Velazquez, conquistador y poblador de Cuba. Allí

don Diego Colón, hermano del Almirante, y su ahijado de bautismo el

indio de GUANAHANÍ, llevando el nombre de su padrino don Diego. Y allí

Vega, Abarca, Gil García, Márquez, Maldonado, Beltrán y otros muchos,

personificando el espíritu aventurero y gentil de aquel pueblo, que

clavó con Pulgar el _Ave-María_ á las puertas de la mezquita de Granada,

antes de la toma de la morisca ciudad; y cerrada la era de la guerra

muslímica traía al Nuevo Mundo el genio de la conquista, encarnado en

fibras de hierro, espada toledana al costado, puñal florentino al cinto,

relumbrante casco de vistoso plumaje, escudo cincelado, divisa amorosa ó

pía, pesado lanzón para el férreo puño, y el pisador andaluz con

gualdrapa multicolor: guerrero ágil, sobrio y apasionado, dispuesto

siempre á arrojar el guantelete, dar un mandoble ó romper una lanza.

Y allí también, en la inmortal épica empresa, nuestro Juan Ponce de

León, el mozo de espuela del Comendador mayor de Calatrava, don Pedro

Nuñez de Guzmán; campeón de humilde cuna, pero de reconocida valentía

personal, probada á diario, en los choques sangrientos con la morisma

del Darro y del Genil; y que quince años después había de engarzar á la

corona de Castilla la hermosa perla de BORIQUÉN, acogida por el

Descubridor, en este segundo viaje, bajo el morado estandarte de los

Católicos Reyes.

Consideramos estos días del ilustre marino genovés como los de mayor

satisfacción pasados en su sufrida existencia. Había recorrido las

calles de la ciudad de los Condes junto al Monarca don Fernando y el

príncipe don Juan; sus hijos eran tomados por éste en calidad de pajes,

honor propio de los hijosdalgos; magnates como el Duque de Medinaceli le

habían tributado sus obsequios, y prelados como el Arzobispo de Toledo

tratado en íntima ágapa; los vítores del pueblo le saludaban al paso; y

abrazaba ahora sobre el combés de la MARIGALANTE, antes de partir de

nuevo para las Indias, á sus hijos don Diego y don Fernando, en quienes

los Monarcas habían vinculado la heredad de los títulos por él

adquiridos.

El 25 de septiembre, á la hora del alba, zarpó la escuadra de la bahía

de Cádiz, con derrotero á las islas Canarias, por llevar intención de

tomar en ellas refresco de los bastimentos necesarios, y evitar los

mares vecinos á los cabos portugueses y á los archipiélagos dependientes

de Portugal[11]; á los tres días de navegación visitaron las naves

tórtolas y pajarillos, que pasaban á invernar á Africa desde las islas

Azores; el 2 de octubre[12] llegaron los expedicionarios á la gran

Canaria, y á la media noche alzaron velas para ir á la Gomera donde

arribaron el sábado 5 de octubre, ordenando el Almirante se acopiara

prontamente lo que necesitara la escuadra; recolectando de nuevo

semillas, aves de corral y ocho puercas. Se reparó una nao que hacía

mucha agua, y molestados por falta de viento tardaron algunos días en

llegar á la isla de Hierro, de donde partió el crucero, el 13 de

octubre, con tiempo bonancible y rumbo al Oeste. El jueves 24, del mismo

mes, estaban los viajeros en el _mar de sargazos_[13] y visitó una

golondrina la armada. El sábado 26 por la noche vieron los intrépidos

viajeros el fuego de San Telmo en las gavias, y hubo lluvia y tronada, y

se cantaron letanías y oraciones, teniendo al subsiguiente dia de san

Vicente mal tiempo también. El sábado 2 de noviembre consideró el

Almirante estar próximo á tierra por el aspecto del cielo y estado de

mar y viento, hizo recoger velas, y ordenó que toda la gente hiciese

buena guardia aquella noche[14], y al amanecer del otro dia—3 de

noviembre—quedaron justificadas sus opiniones, viendo al Oeste, siete

leguas distantes de los buques, una isla alta y montuosa, á la cual puso

DOMÍNICA, en obsequio al dia de arribada á ella. Y desde aquel momento

empezó el bojeo del Archipiélago antillano, despertando en el ánimo de

aquellos aventureros argonáutas sublimes ambiciones.

La DOMÍNICA por la parte visitada era inaccesible, la corrió el crucero

una legua buscando surgidero, y no hallándolo, ordenó Colón que una

carabela la reconociera, é hizo rumbo con la escuadra á otra isla

avistada, á la cual puso en obsequio á la MARIGALANTE, la nao capitana,

SANTA MARÍA GALANTE[15], llegando á ella á la caida de la tarde.

Descendió el Almirante á tierra, plantó el signo de la redención

cristiana[16], y levantó Diego de Peñalosa, escribano de cámara del Rey

é la Reina, acta notarial de la toma de posesión. Permaneció la armada

fondeada hasta la mañana del lunes 4, que zarpó, la vuelta al norte,

hacia otra grande isla divisada; llegados á ella el mismo dia, la

intituló el Almirante: SANTA MARÍA DE GUADALUPE, por devoción y ruegos

de los monges de aquella casa, en Extremadura, á los cuales había

ofrecido poner á alguna isla el nombre de su monasterio. Tres leguas

antes de arribar á Guadalupe divisaron los viajeros una roca altísima

(la SOUFRIÉRE), que terminaba en punta, de la cual salía al parecer un

grueso chorro de agua, que por su limpidez algunos decían ser veta

blanca en la roca. Surtas las naves, á la caida de la tarde, en puerto

rebuscado, fueron á tierra los expedicionarios á reconocer una aldehuela

que se divisaba en la playa; la hallaron desierta de adultos y

encontraron algunas criaturas, en cuyos brazos ataron cascabeles para

atraer á los padres el siguiente día. Les llamó la atención muchas aves

blanco-rojizas[17] y verdes[18], unas calabazas[19] y la odorífera

_ananás_[20], que por su similitud con el fruto del pino le llamaron los

viajeros _piña_. Observaron también los arcos y las flechas, y las camas

colgadas, hechas de algodón y á semejanza de redes (_hamacas_), y

maravillóles sobre manera una tartera de barro lucidísima, que les hizo

creer, de súbito, fuese de hierro, por el color que había tomado la

arcilla cocida. Pero todo fué respetado, y se volvieron los viajeros á

las carabelas. Al día siguiente—martes 5 de noviembre—envió Colón dos

barcas á tierra para ver si podía capturar un indígena, que le diera

nuevas del país. Regresó cada embarcación con un mozo indio, y los

garzones dijeron, eran ellos de BORIQUÉN, y que los habitantes de

SIBUQUEIRA (Guadalupe) eran CARIBES. Retornaron las barcas á buscar unos

cristianos, que habían quedado en tierra, y encontraron con ellos seis

indias, las que voluntariamente se embarcaron y fueron á las naos; pero

el Almirante ordenó agasajarlas con cascabeles y sartas de vidrio, y

llevarlas de nuevo á tierra. Colón quería atraerse á los indígenas; pero

los indómitos CARIBES despojaron á las mujeres de las bujerías; y las

mismas indias, cuando volvieron las barcas á hacer leña y aguada, se

entraron en las embarcaciones y rogaron, por señas, á los marineros las

llevasen á los navíos, manifestándoles, en su mímico lenguaje, que los

naturales de Guadalupe comían hombres, y las tenían á ellas cautivas.

Los marineros recogieron un garzón y dos criaturas más, llevando á bordo

á aquella gente, que aceptaba mejor entregarse á seres extraños, vistos

por vez primera, á quedarse en tierra de los terribles enemigos, que se

habían comido á sus hijos y maridos. Por una de aquellas indígenas

boriquenses supo el Almirante que hacia el Mediodía había muchas islas,

y que de SIBUQUEIRA había salido una expedición de trescientos caribes,

en diez grandes canoas, á piratear en las vecinas tierras y á capturar

gente. Aunque el Almirante traía su carta náutica, trazada en el primer

viaje, interrogó á las indias hacia dónde quedaba la Española para

confirmar sus anotaciones[21]. Iba á hacer rumbo hacia ella, pues había

satisfecho ya su curiosidad de conocer á los caribes[22], y por otra

parte tenía vivo interés en llegar al improvisado fuerte de Navidad,

donde había dejado treinta y nueve hombres, pertrechados de la

artillería de la perdida SANTA MARÍA, y confiados á la dudosa

hospitalidad del cacique GUACANAGARÍ y su tribu, cuando le avisaron, que

el capitán Diego Márquez, el Veedor, había saltado en tierra con ocho

hombres, antes de amanecer, sin licencia, y que no había retornado á las

carabelas. El Almirante dispuso, que Alonso de Ojeda con cuarenta

hombres y trompetas y arcabuces fueran al ojeo de sus extraviados

compañeros; pero ésta y otras partidas regresaron á las naos sin hallar

á los perdidos expedicionarios; en cambio trajeron maiz, aloes, sándalo,

gengibre, incienso, odoríferas maderas, algodón y algunas aves[23]. Los

extraviados viajeros regresaron el 8 de noviembre, manifestando, que se

habían perdido con la espesura de los bosques. El Almirante puso en la

barra al capitán. En esta isla se encontró mucho algodón hilado, y por

hilar, en algunos _bohíos_ reconocidos; telares para trabajarlo; y

muchas cabezas de hombres colgadas y cestos llenos de huesos

humanos[24].

El domingo 10 de noviembre zarpó el crucero de Guadalupe y singló á lo

largo de su costa (BASSE TERRE) hacia el noroeste, para ir á la

Española. Al mediodía vieron los viajeros, á su izquierda, una isla, y

por su altura llamóla el Almirante, SANTA MARÍA DE MONSERRAT, en

obsequio al celebre monasterio catalán, de cuyo seno traía doce

sacerdotes al Nuevo Mundo; esta isla, según aseveración de los indios

traidos á bordo había sido despoblada por los caribes, comiéndose á su

gente. El mismo día, por la tarde, divisaron otra isla, también á la

izquierda, tan redonda y lisa, que la llamó el Almirante SANTA MARÍA LA

REDONDA, por figurársele la islilla la cúpula de una catedral. Por temor

á los bajos y restingas dispuso el gran Navegante dar anclaje á la

escuadra. A la mañana siguiente, 11 de noviembre, arribó á SANTA MARÍA

LA ANTIGUA, cuyo nombre puso el Almirante á esta isla en remembranza de

la iglesia más venerenda de Valladolid. ¡Quién le hubiera dicho al

famoso mareante é ilustre descubridor, que al dedicar un recuerdo á la

vieja parroquia castellana, ella se lo devolvería, andando el tiempo, á

su cadáver, cuando en pobre ataúd y abandonado de todo el mundo, lo

condujeron á las puertas de la veneranda iglesia para recibir las

oraciones y sentidos Salmos de la liturgia católica! Siguiendo el

crucero su derrotero al noroeste distinguieron los viajeros muchas

islas, situadas á la parte del norte, y corrientes al noroeste

sueste[25], todas muy altas, dando fondo frente á una de ellas, que

llamó el Almirante SAN MARTÍN, porque precisamente corresponde ese día

al santo obispo y confesor, que lleva ese nombre.

El 12 de noviembre la armada levó áncoras, sacando pedazos de coral

pegados á ellas, lo que alegró á los tripulantes y viajeros, despertando

grandes esperanzas; pero el Almirante no quiso detenerse, porque se

acentuaban sus deseos de llegar á la Española. Soplaron vientos

contrarios y el crucero, entorpecido en su marcha, tuvo que llegar de

arribada forzosa á SANTA CRUZ, donde surgió el jueves 14 de noviembre, á

mediodía. Dispuso el Almirante la captura de algún indígena de AY-AY

(Santa Cruz), para saber dónde se encontraba y habiendo ido una barca á

tierra apresaron cuatro indias y tres niños. Regresando á las naos

encontró la barca una canoa en que iban cuatro indios y una india, los

cuales viendo no podían huir bogando, hicieron uso de sus arcos y

flechas, hiriendo dos cristianos. Las flechas eran arrojadas con tanta

fuerza y destreza, que la india pasó de parte á parte un broquel. La

barca, entonces, embistió impetuosamente á la canoa y la volcó; pero los

caribes nadando y haciendo pié en los bajos continuaron su defensa hasta

que fueron capturados por los veinte y cinco hombres de la embarcación.

Partió la escuadra de SANTA CRUZ, el mismo día 14, con rumbo otra vez al

noroeste en busca de la Española, inclinando, luego, el derrotero al

norte, y entorpecido por un archipiélago de islillas se detuvo frente á

VIRGEN GORDA, donde llegó de noche. Al siguiente día, 15 de noviembre,

dispuso el Almirante la exploración del archipiélago dicho, resultando

más de cuarenta islas altas y peladas, las dejó al norte, intitulando á

la mayor SANTA URSULA, y á las otras, las VÍRGENES, y derribó al

suroeste. Corrió el crucero estas costas todo ese día, y el siguiente,

16 de noviembre, por la tarde, divisó tierras de BORIQUÉN; navegó por el

sur todo el día 17, y por la noche, observaron los pilotos que la isla

tenía por aquella banda treinta leguas[26]; continuó la armada su

derrotero el 18, y desaparecido el obstáculo de los MORRILLOS DE

CABO-ROJO, fijó el rumbo al norte, recurvando, y acercándose á tierra,

según las condiciones de mar y viento; viniendo á terminar el costeo de

la isla en el último ángulo occidental[27], comprendido entre los cabos

SAN FRANCISCO y BORIQUÉN, y dando anclaje el crucero el día 19 de

noviembre.

A pesar de que Colón tenía gran interés en arribar cuanto antes á la

Española, el aspecto frondoso, y exuberante de la selvática isla, hirió

tan vivamente la artística imaginación del genovés marino, que le vemos

deponer sus ansias de viaje y hacer que permanezca el crucero hasta la

mañana del 22 de noviembre frente á la encantadora é inexplorada

BORIQUÉN. Justo era, que después de haber saludado la acantilada é

inhospitalaria DOMÍNICA; de sufrir crueles angustias en la antropófaga

GUADALUPE; de sentir el corrosivo veneno de las enherboladas flechas de

SANTA CRUZ; y de contemplar islas e islotes pelados, que el labio

piadoso del Almirante—que hacía cantar todas las mañanas la _Salve

Regina_ y todas las tardes el _Ave-María_—bautizaba de continuo con el

dulce nombre de la Reina de los cielos, justo era, que aquella

tripulación é intrépidos viajeros aspirasen los perfumados efluvios de

los aromosos campos de BORIQUÉN y recordara con ellos los cármenes y

jardines de Valencia. Y la impresión fué tan dulce y alhagadora que el

Almirante apellidó á la isla con el nombre de SAN JUAN BAUTISTA, no tan

solo en obsequio al príncipe don Juan, que había tomado á Diego y

Fernando como pajes, sino también porque la hermosura de la isla era

precursora de ofertas y dones, que el tiempo ha justificado.

El viernes 22 de noviembre, á la hora del alba, hizo rumbo la escuadra

al noroeste, y antes de anochecer avistaron los viajeros tierra

desconocida; pero por las indias boriqueñas supieron era la Española. El

aspecto de la comarca hacía dudar al Almirante y envió á tierra, frente

á SAMANÁ uno de los indios naturales de ella, el cual no volvió. Siguió

el crucero costeando, y el 26 de noviembre volvió el Almirante á enviar

bateles á tierra, y trajeron indios voluntarios, que tocando los jubones

y camisas, decian: _camisa_, _jubón_. No quedó duda alguna á los

viajeros, que estaban por fin en la Española. Siguió la armada navegando

en dirección al fuerte de Navidad y al explorar MONTE CHRISTI, en cuyo

punto estuvo el crucero dos días, y en la desembocadura del rio

YAQUE[28] encontraron los expedicionarios dos cadáveres, con un lazo al

cuello uno, y el otro con la lazada al pié; al siguiente día hubieron

otros dos. ¡Terribles presagios! El 27 de noviembre, á media noche,

llegó la armada á la entrada de la bahía de Cabo Haity (Punta Santa),

viniendo á tomar puerto al oscurecer del siguiente día, frente á la

desembocadura del rio GUARICO, hoy rivière Haut du Cap. Al tiro de

bombarda respondió un silencio sepulcral.

¡Con cuánta pesadumbre caerían las sombras nocturnales sobre el alma del

apesarado genovés! Y en aquella obscuridad impenetrable ¡cómo vería la

penetrante mirada del profeta descubridor levantarse tristemente la

imagen de la desolación sobre el fuerte de Navidad, revelándole la

intuición lo que la palpable realidad le presentara al siguiente día!

¡Con qué tensión nerviosa indagaría el triste fin de Diego de Arana,

hermano de la madre de su hijo Fernando, y Alguacil de la Armada, de

Pedro Gutierrez, el repostero de estrado del Rey, de Rodrigo de

Escobedo, escribano de la Armada, y de los treinta y seis infelices

compañeros! Tuvo que aplacar sus ansias y hacerse el diplomático,

conteniendo los deseos de venganza de sus compañeros de viaje,

principalmente del padre Boil, y contemplar, en silencio, el fuerte

incendiado, los pozos cegados, los cadáveres putrefactos é insepultos y

los indígenas recelosos y alejados, teniendo que escoger lugar más

favorable para iniciar otra vez la colonización.

Fuentes históricas.

Para practicar investigaciones históricas con acierto y utilidad es

conveniente concretar los puntos que se van á dilucidar; y respecto á

los que motivan la controversia de la llegada de don Cristóbal Colón á

Puerto-Rico, y lugar electo para surgidero de la armada, y desembarco de

los exploradores viajeros, es necesario esclarecerlos, compulsando los

documentos que tenemos del segundo viaje del Almirante.

Interrogar los anales de la historia es seguir cuidadosamente esa senda

misteriosa, sobre la cual la imagen de la verdad se va revelando como

espiritual aparición. Esto no se obtiene con escudriñar un solo libro.

La revelación histórica se ofrece al espíritu investigador como el fruto

de largas y serias observaciones. Pretender estudiar un período

histórico de cualquier país, ceñido á un solo cronicón, es exponerse á

error; porque no consideramos á ningún autor exento de equivocarse. Es

necesario, pues, compulsar los cronistas, cotejarlos, someterlos á un

careo ardiente, de donde al choque de ideas y narraciones recoja el

investigador, á raudales, la luz, la pura luz de la verdad.

El diario ó cuaderno de bitácora del gran Navegante, en su segunda

expedición al Nuevo Mundo, se ha perdido; sin que tengamos la suerte

siquiera de que se conservara un extracto de él, como el que hizo el

padre Las Casas del diario del primer viaje.

También se han extraviado las cartas y el memorial del Visorrey,

remitidas por conducto de Antonio de Torres á los Católicos Reyes, y

entregadas á los monarcas en Medina del Campo. Afortunadamente se

conservan las de los Reyes al Almirante, acusándole el recibo de las

suyas y de su memorial.

Como precioso documento histórico, respecto á esta épica empresa del

ilustre marino, existe la carta dirigida al Cabildo de Sevilla por el

físico de la Armada don Diego Alvarez Chanca, uno de los

expedicionarios.

Como joya de igual valía que la anterior, se guarda en el Museo Naval de

Madrid, la Carta náutica—sustraída de España y vuelta á recuperar—de

Juan de la Cosa: carta de la parte correspondiente á la América,

levantada por el famoso piloto, en el segundo viaje del descubridor

genovés, y en la Expedición de Alonso de Ojeda en dicho año. Entre las

diez y siete naves de la armada, que verificó la segunda empresa del

Almirante, volvía á recorrer el mar tenebroso la simpática carabela

NIÑA, la que tuvo la gloria de llevar á España la buena nueva del

descubrimiento; y en ella venía Juan de la Cosa, como Maestre de hacer

cartas náuticas.

De la epístola y mapa de estos dos testigos presenciales de la célebre

navegación del gran Ligur haremos un estudio especial.

Ahora bien, ¿debemos prescindir de los demás cronistas por no haber ido

en la Expedición?—De ninguna manera. Rechazar á cualquier historiador de

este viaje por no ser testigo ocular, es reñir con los preceptos de la

Retórica en la composición de narraciones históricas.

El padre Nazario[29] toma únicamente por guía á Chanca en el bojéo del

Archipiélago antillano, se ciñe á él, y prescinde de los demás

cronistas. Creemos está en un error el ilustrado presbítero. Y vamos á

probárselo, sacando nuestro argumento del rico arsenal de la Iglesia

católica.—Cuatro son los evangelistas que nos han legado la historia del

Mártir del Gólgota. Dos _de visu_: San Juan y San Mateo; dos _de

auditu_: San Marcos y San Lucas. ¿Hay quién se atreva á rechazar á

éstos, porque no fueron contemporáneos de Jesucristo?—No!—Pues hay que

aceptar algo más todavía. San Marcos, que escribió su evangelio en

griego y no en latín, como pretende Baronio, da detalles que no se

encuentran en San Mateo: en la relación de los milagros y las parábolas

del Redentor, es más completo que los otros evangelistas. San Lucas,

escribió en Acaya, dirigió su obra en griego á Teófilo, y se considera

su evangelio, redactado en 24 capítulos, más completo que los de los

otros apóstoles. Y sin embargo, San Juan era el predilecto de

Jesucristo, y San Mateo era hombre instruido, pues desempeñaba el cargo

de perceptor de impuestos romanos, cuando el Salvador le dijo: Sígueme.

Don José Amador de los Ríos, en la Vida y escritos del capitán Gonzalo

Fernández de Oviedo y Valdés (1851), dice en uno de los párrafos de tan

interesante biografía: “Tenía entonces Oviedo quince años, y ya había

aprendido, que no debe la verdad histórica recogerse en una sola

fuente.” Fieles á tan preciosa divisa hemos procurado no atenernos, en

los hechos que tratamos de dilucidar, á un solo cronicón.

Además de la carta del médico sevillano y el mapa del famoso mareante,

viene en segundo orden la interesante carta de Pedro Mártir de Anglería

al vizconde Ascanio Sforcia, cardenal canciller. Esta epístola fué

escrita en latín por el célebre Consejero de Indias para enterar á Su

Santidad el Papa de la marcha de los descubrimientos del ligurio

Cristóforo Colombo. Para redactar tan precioso documento, Mártir de

Anglería se asesoró minuciosamente de los viajeros retornantes, y

especialmente de Antonio de Torres, comandante de las doce naves que

volvieron á Cádiz. La Corte estaba en Medina del Campo, y allí fué el

jefe de la flota de regreso á rendir á los Reyes cuenta del viaje, y á

entregarles las cartas y memorial del Visorrey. Y prueba de que Pedro

Mártir de Anglería es un fiel traslado de Antonio de Torres son las

siguientes palabras en la carta al Canciller: “Te contaré, por darte

gusto, lo que, preguntándoles yo por orden, me refirieron él (Antonio de

Torres) y también los demás hombres fidedignos; pues yo tomé lo que me

dieron, y lo que me dieron helo aquí”[30]. Mayor sinceridad no puede

exigirse en un narrador. De manera que hablar Pedro Mártir de Anglería

del segundo viaje del Almirante es lo mismo que si dijéramos, habla

Antonio de Torres.

Antonio de Torres, hermano de la nodriza del príncipe don Juan era un

experimentado piloto; fué nombrado por la Corona para llevar á Cádiz la

armada de retorno; é iba á ser éste, el primer viaje que se efectuaba, á

través del mar tenebroso, sin que lo dirigiese el gran Navegante. La

empresa de Torres fué feliz, pues regresó al punto de partida, la bahía

gaditana. En aquella época se ignoraba la necesidad que hay de hacer

rumbo al Septentrión para encontrar los vientos del oeste, que facilitan

á los nautas el retorno á Europa; era, pues, preciso ser experimentado

marino para pilotear un buque en estas latitudes. Torres trajo

inmediatamente á la Española al adelantado don Bartolomé Colón con tres

naos aprovisionadas, que SS. AA. enviaban al Virrey; y regresó otra vez

á España, conduciendo á don Diego Colón, hermano del Descubridor, para

desvanecer en la Corte los informes del padre Boil y Mosén Pedro de

Margarit, contrarios al Almirante; además, portaba las cuatro naves

cargadas de indios prisioneros, que se habían capturado en las últimas

rebeliones, y llevaba también oro, palo de Brasil y productos curiosos.

En carta dirigida por los monarcas á don Cristóbal Colón, desde la villa

de Medina del Campo—15 de junio de 1497—llaman, el Rey y la Reina, á

Antonio de Torres: “Contino de nuestra Casa.” Cuando caído en desgracia

el Almirante llega á Cádiz, preso y aherrojado, entrega á Alonso Martín,

maestre de la nave que le condujo, una carta para doña Juana de Torres,

nodriza que había sido del príncipe don Juan: carta que se conserva en

el CÓDICE COLOMBO AMERICANO, y donde se ve lo favorecida que era la

hermana de Antonio de Torres por la Reina Católica. Además tenía nuestro

ilustre piloto un hermano llamado Pedro de Torres, Secretario de S.

A.—Cuando los sucesos de la España se complicaron con la prisión del

Visorrey y enseñoriamiento de Bobadilla, Antonio de Torres fué el electo

por los Monarcas para conducir prontamente al Comendador Ovando á la

Colonia perturbada y traer en las mismas naves al osado Bobadilla. A las

cuarenta y ocho horas de haber partido la escuadra se desarrolló un

terrible huracán; quedó arrasada la villa de Santo Domingo, que reposaba

entonces en la banda oriental del río Ozama, y pereció en el naufragio

de la flota el Comandante Antonio de Torres. A quien ostentaba tan

brillante hoja de pilotaje en el mar de las Antillas, y conocía al

dedillo el antiguo derrotero que llevaban y traían las naves, justo es

concederle, que sabría perfectamente cuál era “el último ángulo de

occidente de Boriquén” donde se hizo aguada, en el segundo viaje del

Almirante.

Corresponde turno de preferencia también, en nuestras fuentes

históricas, á don Fernando Colón, el hijo natural del Almirante. En

la Colección de libros raros y curiosos, que tratan de América,

publicados por Tomás Minuesa, está la Historia del Almirante escrita

por su hijo don Fernando[31]. Y dice el prologuista: “La figura de

don Fernando Colón es de una magnitud colosal en la historia de

nuestros descubrimientos. El padre fué el héroe. El hijo el

historiador. La epopeya es del padre. La historia, del hijo. El uno

realizó, y el otro escribió la Odisea de sus viajes y el poema de

sus descubrimientos.”—Colón, al darse á la vela para su segunda

empresa, fué acompañado por sus hijos Diego y Fernando á Cádiz.

Quedaron los hijos del Descubridor, de pajes del príncipe don Juan,

y al regresar el Almirante hallóles en el palacio de dicho Príncipe,

que á la sazón celebraba sus bodas con doña Margarita, hija del

Emperador Maximiliano. Colón, á la par que pudo abrazar allí á sus

hijos, contribuyó á dar esplendor á las fiestas con cuantas

curiosidades y riquezas había logrado atesorar. Lógico es suponer,

que el insigne marino narrase su expedición segunda, y que el hijo,

su futuro biógrafo, se empapase de sus aventuras: máxime, habiendo

podido estar después el Almirante en la grata compañía de sus hijos

más de un año, que tardó en efectuar el tercer viaje. Además, don

Fernando acompañó á su padre en el infortunado cuarto viaje; y á la

muerte del Almirante, acaecida en Valladolid tuvo en su poder los

papeles del gran Navegante, siendo el fundador de la gran Biblioteca

colombina. En 1509, acompañó á su hermano don Diego á tomar posesión

del Vireinato y de 1512 á 1520 efectuó otro viaje al Nuevo

Mundo.—Estaba, pues, debidamente autorizado para escribir la

historia de su padre y tratar de asuntos de las Indias Occidentales.

Pero, por si hay quien nos juzgue apasionados de esta fuente histórica,

oigamos lo que dice Muñoz, Navarrete é Irving de la obra de don Fernando

Colón.—Dice Muñoz[32]: “Este libro es el más importante para el tiempo

de que tratamos, pues conserva todo lo sustancial de los papeles del

descubridor, y á la letra varios fragmentos escogidos con pulso y

delicadeza. Confieso deberle mucho, y debiérale más á no haber adquirido

buena parte de lo que él disfrutó, ya íntegros, ya en relación

prolija.”—Navarrete[33] anota: “Don Fernando llegó á ser hombre docto y

curioso, manejó con mucho tino y discernimiento los libros y documentos

de su padre para escribir la Historia de su vida y de sus gloriosas

empresas. Habló con verdad y exactitud.”—Y el historiador Irving[34]

califica el libro de don Fernando de “obra preciosa y piedra fundamental

de la Historia del Mundo Americano.”

Viene en pos del hijo del Descubridor, como fuente histórica en los

asuntos que ventilamos, el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés,

con su monumental obra[35]. Oviedo fué en su juventud mozo de cámara del

príncipe don Juan, en cuya época trató con intimidad á los pajes Diego y

Fernando, los hijos del Almirante, y presenció la entrada triunfal de

Colón en Barcelona; fué soldado en Italia y familiar del rey don

Fadrique; secretario en España del gran Capitán Gonzalo Fernández de

Córdoba; veedor de las fundiciones de oro, y más adelante, regidor y

teniente del Darién en Tierra-firme; gobernador electo de la provincia

de Cartagena; primer Cronista de Indias; Alcaide de la fortaleza y

regidor de la ciudad de Santo Domingo, donde estaba avecindada su

familia y donde escribió su imperecedera obra. Refiriéndose al segundo

viaje de Colón y á sus compañeros, dice: “y á todos los más de los

principales dellos los ví y conoscí. Y algunos al presente hay vivos en

estas Indias y en España, aunque son ya muy pocos los que quedan

dellos.” Y respecto al conquistador y poblador de Puerto-Rico, añade

Oviedo: “capitán, hombre de bien é hidalgo llamado Johan Ponçe de León:

el qual yo conosçí muy bien, é es uno de los que passaron á estas partes

con el almirante primero D. Chripstóbal Colón, en el segundo viaje que

hizo á estas Indias.” Conoció á Juan de León, el que mató al cacique

principal boriqueño GUAYBANÁ de un tiro de arcabuz. En 1549 fué nombrado

Regidor perpetuo de la ciudad de Santo Domingo y murió á la avanzada

edad de 79 años. La obra de Oviedo es un manantial inagotable en todo lo

que se refiere á las primeras colonias de América, y con justicia lleva

el dictado de primer cronista de Indias.

Y nos han facilitado provechosa enseñanza además, Fray Bartolomé de las

Casas[36], cuyo padre y tío, vinieron con Colón en el segundo viaje, y

él en compañía de Ovando; don Juan Bautista Muñoz[37], que en trabajos

preparatorios para escribir su obra invirtió trece años, coordinando

datos y compulsando documentos; Andrés Bernáldez, cura de los

Palacios[38], que introduce en su historia una relación de los viajes de

Colón; Antonio de Herrera[39], el protegido de Felipe II; Navarrete[40],

en su magna obra de compilación; Francisco López de Gómara[41], que en

1552 dedicó su obra al emperador Carlos V, editada en Zaragoza, y

coleccionada por Rivadeneyra en su Biblioteca de autores españoles;

nuestro compatriota Alejandro de Tapia y Rivera[42], infatigable

enciclopedista; Fray Iñigo Abbad[43], que para redactar su obra verificó

un viaje de estudio y exploración por toda la Isla, trabajo que llevó á

efecto el erudito benedictino, por disposición del conde de

Floridablanca, en el reinado de Carlos III, y cuyo manuscrito presentó

al Ministro en 1782.

Con el manejo y estudio de estas obras, y de cuantos historiadores

extranjeros han llegado á nuestras manos, como Irving[44], Prescott[45],

Robertson[46], Dutroulau[47], Rochefort[48], Dutertre[49], Labat[50],

Charlevoix[51], Le Blond[52], Moreau de Jonnés[53], Humboldt[54],

Lyell[55], Cronau[56], y Dahlmann[57]; y modernos trabajos históricos de

Jozon[58], Sanchez Calvo[59], Lubbock[60], Ratzel[61], Chil[62],

Leyva[63], Castelar[64], Montojo[65], Ernesto Restrepo[66], Unión

ibero-americana[67] y Bertillon en unión de una sociedad de sabios

franceses[68], hemos formado nuestra humilde opinión de la prehistoria

regional de la antigua BORIQUÉN y sus habitantes, y del segundo viaje

del inmortal Descubridor de las Indias Occidentales.

Diego Alvarez Chanca.

Hemos descrito el segundo viaje de Colón tal como nosotros creemos le

llevara á efecto. Hemos presentado también nuestras fuentes históricas.

Y ahora vamos á ocuparnos del célebre médico sevillano que era, por

mandato de los Monarcas, uno de los expedicionarios compañeros del gran

Navegante. Al llegar á la Española aprovechó Chanca el retorno de

Antonio de Torres para enviar al presidente y señores del Cabildo de

Sevilla una relación de la segunda gloriosa empresa del Ligurino.

El padre Nazario[69] considera á Chanca como notario, además de médico,

y su célebre carta de referencia como un documento oficial; por ende, le

asigna mayor veracidad que como historiador, y se le forja casi

infalible.

Aparte de que los notarios están expuestos á equivocarse como todos los

humanos, por aquello de _hominum est errare_, consideramos al doctor

Diego Alvarez Chanca, únicamente, como encargado de la Sanidad de la

Armada y de velar por la salud de los primeros colonizadores. El médico

sevillano era una de las personas más distinguidas, que acompañaban al

ilustre genovés en esta empresa; no sólo por el título universitario que

llevaba, sino también por sus conocimientos generales.

Que desempeñaba únicamente el cargo de físico, lo probamos con un

apartado del Memorial, que el Virrey entregó en la ciudad de Isabela al

piloto Antonio de Torres para los Católicos Reyes. Si Chanca hubiera

tenido el cargo de escribano y gozado sueldo de tal[70], buen cuidado

hubiera tenido el bondadoso Colón al impetrar de los Monarcas aumento de

sueldo para su amigo el facultativo, de manifestar, que una y otra

retribución,—la de médico y escribano—no satisfacían á Alvarez Chanca.

Esto, dejando á un lado que para aquella época, ya estaban completamente

deslindadas estas dos profesiones. He aquí el párrafo de referencia:

“Item: Diréis á sus Altezas el trabajo que el doctor Chanca tiene con

el afruenta de tantos dolientes, y aún la estrechura de los

mantenimientos é aún con todo ello, se dispone con gran diligencia y

caridad en todo lo que cumple á su oficio, y porque sus Altezas

remitieron á mí el salario, que acá se le había de dar, porque estando

acá es cierto quel non toma ni puede haber nada de ninguno, ni ganar

de su oficio como en Castilla ganaba, ó podría ganar estando á su

reposo é viviendo de otra manera, que acá no vive; y así que como

quiera que él jura que es más lo que allá ganaba allende el salario

que sus Altezas le dan, y non me quise extender más de cincuenta mil

maravedís por el trabajo que acá pasa cada uno año mientras acá

estoviere; los cuales suplico á sus Altezas le manden librar con el

sueldo de acá y eso mismo, porque él dice y afirma, que todos los

físicos de vuestras Altezas, que andan en reales ó semejantes cargos

que estos, suelen haber de derecho un dia de sueldo, en todo el año,

de toda la gente: con todo he seido informado, y dícenme, que como

quier que esto sea, la costumbre es darles cierta suma tasada á

voluntad y mandamiento de sus Altezas en compensa de aquel día de

sueldo. Suplicaréis á sus Altezas, que en ello manden proveer, así en

lo del salario como de esta costumbre, por forma que el dicho Doctor

tenga razón de ser contento.”

Queda probado que el médico sevillano no venía de escribano y notario,

sino simplemente de FÍSICO. Y que utilizaba sus amistades con el

Descubridor, á ver si SS. AA. le aumentaban el sueldo, por haberse

llevado una desilusión con la venida á las Indias, donde la incipiente

Colonia le dejaba menos dineros, que la clientela que tenía en la Corte.

El Escribano de Cámara del Rey é la Reina, Diego de Peñalosa, fué el que

vino á desempeñar á la ciudad de Isabela su elevado ministerio. Y lo

probamos perfectamente con el encabezamiento del documento que entregó

el Virrey á Alonso de Ojeda, capitaneando cuatrocientos hombres de á pié

y diez y seis de á caballo, para llevarlos al fuerte de Santo Tomás y

ponerlos á las órdenes de Mosén Pedro de Margarit; cuyo documento

oficial termina así:

“Fecha en la cibdad Isabela, que es en la Isla Española, en las

Indias, á nueve días del mes de Abril, año del Nascimiento de

nuestro Salvador Jesucristo de mil quatrocientos noventa y cuatro

años.—El Almirante.—Por su mandado la fice escribir.—Diego de

Peñalosa.—Testigos que fueron presentes á ver leer é concertar este

dicho traslado de la dicha Carta original de Instrucción: Francisco

Madrid, vecino dende: é Francisco de San Miguel, vecino de Ledesma,

vecino dende.—E yo Diego de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é

de la Reina, nuestros Señores, á mandamiento del Señor Almirante, la

fice escribir é concerté, é por ende fice aquí este mi signo.—En

testimonio de verdad.—Diego de Peñalosa.”

No cabe duda, pues, que Alvarez Chanca vino encargado únicamente de la

Sanidad, y Diego de Peñalosa de la fe notarial. En la ciudad de Isabela

hubo escribanos de número, que desempeñaron comisiones secundarias á la

del Escribano de Cámara. El mismo Virrey cuando enviaba una carabela á

una exploración designaba á uno de estos escribanos para que dieran fe

de los sucesos; pero el que vino en la Armada colonizadora desempeñando

el cargo notarial fué Pedro de Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é

la Reina. Y para mayor confirmación vamos á transcribir el final de la

copia, que hizo sacar el Almirante, de la Información verificada por

él—12 de junio de 1494—cuando exploraba á Cuba, y creyó que era

Tierra-firma y no isla, poniendo por testigos las tripulaciones de la

NIÑA, la SAN JUAN y la CARDERA; cuyo final dice así:

“En la cibdad de Isabela, Miércoles catorce dias del mes de Enero, año

del Nascimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil quatrocientos

noventa y cinco años, el dicho Señor Almirante mandó á mí Diego de

Peñalosa, Escribano de Cámara del Rey é la Reina, nuestros Señores, _é

su Notario público en la su Corte é en todos los sus Reinos é

Señoríos_, que catase los registros y protocolos de Fernand Perez de

Luna, Escribano público del número de dicha cibdad, defunto que Dios

haya, etc.”

Y conste, que cuando en 9 de abril de 1494 redactaba Peñalosa su

primer documento público en la Isabela, aún no había llegado á la

Española el Adelantado don Bartolomé Colón, trayendo refuerzos y

provisiones,—septiembre de 1494—por lo que el Escribano de Cámara del

Rey é la Reina, Diego de Peñalosa, fué el que venía junto al Almirante

en la capitana nao, desempeñando su alto ministerio notarial y Diego

Alvarez Chanca ÚNICAMENTE como físico.

Por real despacho de 23 de mayo de 1493 se mandó, que Chanca fuese de

físico en la Armada de don Cristóbal Colón; previniéndose en 24 á los

contadores mayores le diesen el salario y ración, porque había de estar

de escribano en las Indias[71]. Es decir, que se le daría en Indias una

de las tantas escribanías, que indudablemente habrían de crearse, ó se

le pagaban sus honorarios de FÍSICO con sueldo de escribano. De ésto á

venir desempeñando cargo de tal, hay mucha diferencia, y es lo que ha

inducido á error al presbítero Nazario. Cuando el Almirante escribía á

los Monarcas en favor de Chanca aún no le habían adjudicado ninguna

escribanía.—Después se marchó el doctor Diego Alvarez en una de las

expediciones que fueron á explorar el continente.

No falta quien haya dicho que la epístola del sevillano médico iba

dirigida á los Monarcas. Esta carta era para el presidente y señores del

Cabildo de Sevilla. Y basta el cotejo del final de la epístola, para

cerciorarse que no era un documento notarial, aunque iba dirigida á un

Cuerpo oficial.—Don Cristóbal Colón fué el que dió cuenta detallada á

SS. AA. del segundo viaje, como lo hizo del primero cuando les entregó

su precioso Memorial en la ciudad de los Condes. La relación y carta

enviada por el Visorrey, referentes á su segunda épica empresa, se han

perdido, salvándose un memorial de los llevados por Antonio de Torres;

pero poseemos, para justificar nuestro aserto, las respuestas de los

Reyes Católicos al Almirante, y de ellas se desprende, cual luz

meridiana, la verdad que afirmamos. He aquí las Cartas de los Monarcas

dirigidas al Virrey, desde Medina del Campo á 13 de abril de 1494, y

desde Segovia á 16 de agosto del mismo año.

“El Rey é la Reina: Don Cristóbal Colón, nuestro Almirante del mar

Océano, y nuestro Visorrey é Gobernador de las islas nuevamente

falladas en la parte de las Indias: _Vimos las cartas que nos

enviastes con Antonio de Torres_, con las cuales habimos mucho placer,

y damos muchas gracias á Nuestro Señor Dios que tan bien lo ha fecho,

é en haberos en todo tan bien guiado. En mucho cargo é servicio vos

tenemos lo que allá habéis fecho é trabajado con tanta buena orden y

proveimiento que non puede ser mejor, é asimismo oimos al dicho

Antonio de Torres, é recibimos todo lo que con él nos enviastes, é no

se esperaba menos de vos segun la mucha voluntad é afección que de vos

se ha conocido é conoce en las cosas de nuestro servicio. Sed cierto

que nos tenemos de vos por muchos servidos é encargados en ello para

vos facer merced é honra é acrecentamientos como vuestros grandes

servicios lo requieren é adeudan: é porque el dicho Antonio de Torres

tardó en venir aquí fasta agora é non habíamos visto _vuestras cartas_

las cuales non nos había traido por las traer él á mejor recaudo é por

la priesa de la partida destos navíos que agora van, los cuales á hora

que lo aquí supimos los mandamos despachar con todo recaudo de las

cosas que de allá enviastes por memorial, é cuanto más cumplidamente

se pudiese facer sin detenerlos, é así se fará é cumplirá en todo lo

otro quel trajo á cargo al tiempo é como él lo dijere; no ha lugar de

vos responder como quisiéramos, pero cuando él vaya, placiendo á Dios,

vos responderemos é mandaremos proveer en todo ello como cumple. Nos

habemos habido enojo de las cosas que allá se han fecho fuera de

vuestra voluntad, las cuales mandaremos bien remediar é castigar. En

el primer viaje que para acá se ficiere enviad á Bernal de Pisa, al

cual Nos enviamos mandar que ponga en obra su venida, é en el cargo

que llevó entienda en ello la persona que á vos é al Padre Fray Boil

pareciere en tanto que de acá se provee, que por la priesa de la

partida de los dichos navíos non se pudo agora proveer en ello, pero

en el primer viaje, si place á Dios, se proveerá de tal persona cual

conviniese para el dicho cargo. De Medina del Campo á trece de Abril

de noventa y cuatro.—Yo el Rey.—Yo la Reina.—Por mandado del Rey é de

la Reina.—Juan de la Parra.”

Bastaría esta sola carta de les Reyes para comprobar la acusación de

recibo de las cartas del Virrey; pero como la fechada en Segovia tiene

relación íntima con este segundo viaje del Almirante, del cual nos

venimos ocupando, extractaremos la parte que nos interesa:

“El Rey é la Reina: Don Cristóbal Colón, Almirante etc.: _Vimos

vuestras letras é memoriales que nos enviastes con Torres_, y habemos

habido mucho placer de saber todo lo que por ellas nos escribistes, y

damos muchas gracias á nuestro Señor por todo ello, porque esperamos

que con su ayuda este negocio vuestro será causa que nuestra Santa Fé

Católica será mucho más acrecentada:... y visto todo lo que nos

escribistes como quiera _que asaz largamente decís todas las cosas_ de

que es mucho gozo y alegría leerlas.”

Queda suficientemente probado que el papel que desempeñaba el doctor

Diego Alvarez Chanca en esta expedición fué el de FÍSICO de la Armada, y

encargado de la Sanidad de la incipiente Colonia.—Esto, para nosotros,

no aminora sus relevantes prendas de cronista; pero sin el carácter de

notario, que pretende asignarle el padre Nazario[72], y que corresponde

de lleno á Diego de Peñalosa.

Carta del doctor Chanca.

Publicamos íntegro este documento histórico[73], porque los autores, que

se han ocupado de él, no están contestes en algunas de sus notas,

principalmente Navarrete y Las Casas. Los escritores puertorriqueños,

para dilucidar el punto electo por el Almirante en su arribada á

BORIQUÉN, han acudido á esta fuente histórica, y también están en

desacuerdo, habiendo sacado, á veces, de una misma frase deducciones muy

opuestas. El agua, por decirlo así, se ha revuelto tanto, que se

necesita un filtro de Pasteur para descubrir las cristalinas linfas; por

lo que preferimos publicar toda la epístola de Chanca con las

anotaciones de don Martín Fernández Navarrete[74] y las del obispo de

Chiapa Fray Bartolomé de las Casas[75], á entresacar frases en pro de

nuestras opiniones. Además ponemos al lado de las notas de Navarrete y

Las Casas, nuestra pobre opinión, de manera que el lector puede formar,

perfectamente, criterio propio sobre los puntos que se debaten; máxime

si se auxilia, en la cuestión del bojeo seguido por el crucero en el

segundo viaje de Colón, de un mapa de las Antillas.

Combatimos el parecer del señor Navarrete, en algunas de sus notas,

descansando siempre en pruebas fehacientes. Y no es de extrañar, que el

ilustre académico sufriera equivocaciones en la magna obra, que se

propuso llevar á cabo. Hoy mismo vemos al catedrático de Historia de la

Universidad Central, don Emilio Castelar[76], suponer la agradable

impresión que causaría á Colón y á sus compañeros, al llegar Cuba, el

cocotero[77] y el plátano[78], cuando está probado hasta la saciedad ser

plantas exóticas en las Antillas. El doctor don Joaquín Torres de

Asensio, prelado doméstico de Su Santidad, al traducir del latín el

pasaje de Mártir de Anglería, en que describe el HIGÜERO, cuyas

calabazas usan los indígenas para guardar bebidas, incurre también en el

error de creer se tratase del COCOTERO. La frase de Mártir en que

considera el meollo de esa calabaza más amargo que la hiel, lo cree el

señor Asensio debido á que los viajeros probaron el coco fuera de sazón,

cuando sabemos que en los cocos, no maduros, y llamados vulgarmente

COCOS DE AGUA, la comida interior es una tela blanca, semi-transparente

y muy sabrosa al paladar. Y don Nicolás Estévanez, antiguo profesor del

Ateneo militar de Madrid, asegura[79] que el pequeño grupo de islas de

Barlovento llamado SANTOS, debe su nombre á la circunstancia de haber

sido descubierto por Colón el día de Todos los santos, cuando sabemos

positivamente, que el 3 de noviembre, al amanecer, divisó por vez

primera á DOMÍNICA, y que el primero de noviembre, día conmemorativo de

Todos los Santos estaba aún el crucero sin divisar tierra alguna;

viniendo á sospecharla el Almirante el 2 por la tarde. Y por este estilo

muchos errores relativos á América.

No es tan sólo respecto á Puerto-Rico, que ha sufrido don Martín

Fernández Navarrete algunos errores. La ímproba tarea de recopilar y

anotar los viajes verificados por los españoles en dos siglos, era

empresa árdua, y aparejaba tropiezos y dificultades. Por eso vemos al

señor Navarrete claudicar á veces. Al decidirse por cuál fuera la

verdadera GUANAHANÍ, escoge á GRAN TURK, ligereza imperdonable, como

dice Montojo, en un hombre tan eminente como el sabio marino[80]. Y al

fijar el punto de Cuba donde arribara el Almirante, en su primer viaje,

significa el puerto de NIPE; y el fluvial al cual bautizara Colón _rio

de la Luna_, al puerto de BANES. Equivocaciones de bulto; pues el puerto

de Cuba, al cual puso Colón el nombre de SAN SALVADOR, y donde fondearon

las carabelas en su primera exploradora empresa, fué en el de GIBARA; y

el _rio de la Luna_ fué el actual puerto de MANATÍ. Hechos comprobados

sin dudas ni vacilaciones algunas por Varnhagen[81], Leyva[82] y

Montojo[83].

He aquí la Carta interesantísima del físico de la Armada, Diego Alvarez

Chanca, dirigida desde la Isabela, al Cabildo de Sevilla:

“Muy magnífico Señor[84]: Porque las cosas que yo particularmente

escribo á otros, en otras cartas, no son igualmente comunicables como

las que en esta escritura[85] van, acorde de escribir distintamente las

nuevas de acá y las otras que á mí conviene suplicar á vuestra

Señoría[86], é las nuevas son las siguientes: Que la flota que los Reyes

Católicos, nuestros Señores[87], enviaron de España para las Indias é

gobernación de su Almirante del mar Océano Cristóbal Colón por la divina

permisión, parte de Cádiz á veinte y cinco de Setiembre del año de[88]

años, con tiempo é viento convenible á nuestro camino, é duró este

tiempo dos dias, en los cuales pudimos andar al pié de cincuenta leguas;

y luego nos cambió el tiempo otros dos, en los cuales anduvimos muy poco

ó no nada; plogó á Dios que pasados los dias nos tornó buen tiempo, en

manera que en otros dos llegamos á la Gran Canaria donde tomamos puerto,

lo cual nos fué necesario por reparar un navío que hacía mucha agua, y

estuvimos ende todo aquel día, é luego otro día partimos é fízonos

algunas calmerías, de manera que estuvimos en llegar al Gomera cuatro ó

cinco días, y en la Gomera fué necesario estar algún día por facer

provisiones de carne, leña é agua la que más pudiesen, por la larga

jornada que se esperaba hacer sin ver más tierra: ansí que en la estada

de estos puertos y en un día después de partidos de la Gomera, que nos

fizo calma, que tardamos en llegar fasta la isla de Fierro, estovimos

díez y nueve ó veinte dias: desde aquí, por la bondad de Dios, nos tornó

buen tiempo, el mejor que nunca flota llevó tan largo camino, tal que

partidos del Fierro á trece de Octubre dentro de veinte dias hobimos

vista de tierra; y viéramosla á catorce ó quince si la nao Capitana

fuera tan buena velera como los otros navíos, porque algunas veces los

otros navíos sacaban velas porque nos dejaban[89] mucho atrás. En todo

este tiempo hobimos mucha bonanza, que en él, ni en todo el camino, no

hobimos fortuna, salvo la víspera de San Simón que nos vino una, que por

cuatro horas nos puso en harto estrecho. El primero Domingo después de

Todos Santos, que fué á tres dias de Noviembre, cerca del alba, dijo un

piloto de la nao Capitana: albricias, que tenemos tierra. Fué el alegría

tan grande en la gente que era maravilla oir las gritas y placeres que

todos hacían, y con mucha razón, que la gente venían ya tan fatigados de

mala vida y de pasar agua, que con muchos deseos sospiraban todos por

tierra. Contaron aquel día los pilotos de la armada, desde la isla de

Fierro hasta la primera tierra que vimos, unas ochocientas leguas; otros

setecientas é ochenta, de manera que la diferencia no era mucha, é mas

trescientas que ponen de la isla de Fierro fasta Cáliz, que eran por

todas mil é ciento; ansí que no siento quien no fuese satisfecho de ver

agua. Vimos el Domingo de mañana sobredicho[90], por proa de los navíos

una isla, y luego á man derecha pareció otra: la primera era la tierra

alta de sierras[91] por aquella parte que vimos, la otra[92] era tierra

llana, también muy llena de árboles muy espesos, y luego que fué más de

día comenzó á parescer, á una parte é á otra, islas; de manera que aquel

eran seis islas á diversas partes, y las más harto grandes. Fuimos

enderezados para ver aquella que primero habiamos visto, é llegamos por

la costa andando más de una legua buscando puerto para sorgir, el cual

todo aquel espacio nunca se pudo hallar. Era en todo aquello que

parescía desta isla todo montaña muy hermosa y muy verde, fasta el agua

que era alegría en mirarla, porque en aquel tiempo no hay en nuestra

tierra apenas cosa verde. Despues que allí no hallamos puerto acordó el

Almirante que nos volviésemos á la otra isla que parescía á la mano

derecha[93], questaba desta otra cuatro ó cinco leguas. Quedó por

entonces un navío en esta isla buscando puerto todo aquel día para

cuando fuese necesario venir á ella, en la cual halló buen puerto é vido

casas é gentes, é luego se tomó aquella noche para donde estaba la flota

que había tomado puerto en la otra isla[94], donde descendió el

Almirante é mucha gente con él con la bandera Real en las manos, adonde

tomó posesión por sus Altezas en forma de derecho. En esta isla había

tanta espesura de arboledas, que era maravilla, é tanta diferencia de

árboles no conocidos á nadie, que era para espantar, dellos con fruto,

dellos con flor, ansí que todo era verde. Allí hallamos un árbol, cuya

hoja tenía el mas fino olor de clavos que nunca ví[95], y era como

laurel, salvo que no era ansí grande; yo ansí pienso que era laurel su

especia. Allí había frutas salvaginas de diferentes maderas, de las

cuales algunos no muy sabios probaban, y del gusto solamente tocándoles

con las lenguas se les hinchaban las caras, y les venían tan grande

ardor y dolor que parescían que rabiaban[96], los cuales se remediaban

con cosas frías. En esta isla no hallamos gente nin señal della, creimos

que era despoblada, en la cual estovimos bien dos horas, porque cuando

allí llegamos era sobre tarde, é luego otro día de mañana[97] partimos

para otra isla[98] que parescía en bajo de esta que era muy grande,

fasta la cual desta que habría siete ú ocho leguas, llegamos á ella

hacia la parte de una gran montaña que parescía que quería llegar al

cielo[99], en medio de la cual montaña estaba un pico mas alto que toda

la otra montaña, del cual se vertían á diversas partes muchas aguas, en

especial hacia la parte donde íbamos: de tres leguas paresció un golpe

de agua tan gordo como un buey, que se despeñaba de tan alto como si

cayera del cielo: parescía de tan lejos, que hobo en los navíos muchas

apuestas, que unos decían que eran peñas blancas y otros que era agua.

Desque llegamos mas á cerca vídose lo cierto, y era la más hermosa cosa

del mundo de ver de cuán alto se despeñaba é de tan poco logar nacía tan

gran golpe de agua. Luego que llegamos cerca mandó el Almirante á una

carabela ligera que fuese costeando á buscar puerto, la cual se adelantó

y llegando á la tierra vido unas casas, é con la barca saltó el Capitán

en tierra é llegó á las casas, en las cuales halló su gente, y luego que

los vieron fueron huyendo, é entró en ellas, donde halló las cosas que

ellos tienen, que no habían llevado nada, donde tomó dos papagayos muy

grandes y muy diferenciados de cuantos se habían visto. Halló mucho

algodón hilado y por hilar, é cosas de sus mantenimiento, é de todo

trajo un poco, en especial trajo cuatro ó cinco huesos de brazos é

piernas de hombres[100]. Luego que aquello vimos sospechamos que

aquellas islas eran las de Caribe, que son habitadas de gente que comen

carne humana, porque el Almirante por las señas que le habían dado del

sitio destas islas, el otro camino, los indios de las islas que antes

habían descubierto, había enderezado el camino por descubrirlas[101]

porque estaban más cerca de España, y también porque por allí se hacía

el camino derecho para venir á la Isla Española, donde antes había

dejado la gente, á los cuales, por la bondad de Dios y por el buen saber

del Almirante, venimos tan derechos como si por camino sabido é seguido

viniéramos. Esta Isla es muy grande, y por el lado nos paresció que

había de luengo de costa veinte y cinco leguas; fuimos costeando por

ella buscando puerto más de dos leguas; por la parte donde íbamos eran

montañas muy altas, á la parte que dejamos parescían grandes llanos, á

la orilla de la mar había algunos poblados pequeños, é luego que veían

las velas huían todos. Andadas dos leguas hallamos puerto y bien tarde.

Esa noche acordó el Almirante que á la madrugada saliesen algunos para

tomar lengua é saber qué gente era, no embargante la sospecha é los que

ya habían visto ir huyendo, que era gente desnuda como la otra que ya el

Almirante había visto el otro viaje. Salieron esa madrugada ciertos

Capitanes; los unos vinieron á hora de comer é trajeron un mozo de fasta

catorce años, á lo que después se sopo, é él dijo que era de los que

esta gente tenían cativos. Los otros se dividieron, los unos tomaron un

mochacho pequeño, al cual llevaba un hombre por la mano, é por huir lo

desamparó. Este enviaron luego con algunos dellos, otros quedaron, é

destos unos tomaron ciertas mujeres naturales de la isla, é otras que

vinieron de grado, que eran de las cativas. Desta compañía se apartó un

Capitán no sabiendo que se había habido lengua con seis hombres, el cual

se perdió con los que con él iban, que jamás sopieron tornar, fasta que

á cabo de cuatro días toparon con la costa de la mar, é siguiendo por

ella tornaron á topar con la flota[102]. Ya los teníamos por perdidos é

comidos de aquellas gentes que se dicen los Caribes, porque no bastaba

razón para creer que eran perdidos de otra manera, porque iban entre

ellos pilotos, marineros que por la estrella saben ir é venir hasta

España, creíamos que en tan pequeño espacio no se podían perder. Este

día primero que allí decendimos andaban por la playa junto con el agua

muchos hombres é mujeres mirando la flota, é maravillándose de cosa tan

nueva, é llegándose alguna barca á tierra á hablar con ellos,

diciéndolos _tayno tayno_, que quiere decir _bueno_, esperaban en tanto

que no salían del agua, junto con él moran, de manera que cuando ellos

querían se podían salvar: en conclusión, que de los hombres ningunos se

pudo tomar por fuerza ni por grado, salvo dos que se aseguraron é

después los trajeron por fuerza allí. Se tomaron más de veinte mujeres

de las cativas, y de su grado se venían otras naturales de la isla, que

fueron salteadas é tomadas por fuerza. Ciertos mochachos captivos se

vinieron á nosotros huyendo de los naturales de la isla, que los tenían

captivos. En este puerto estovimos ocho dias[103] á causa de la pérdida

del sobredicho Capitán, donde muchas veces salimos á tierra andando por

sus moradas é pueblos, que estaban á la costa, donde hallamos infinitos

huesos de hombres, é los cascos de las cabezas colgados por las casas á

manera de vasijas para tener cosas. Aquí no parescieron muchos hombres;

la causa era, según nos dijeron las mujeres, que eran idas diez canoas

con gentes á saltear á otras islas. Esta gente nos paresció más pulítica

que la que habita en estas otras islas que habemos visto, aunque todos

tienen las moradas de paja; pero estos las tienen de mucho mejor

hechura, é más proveidas de mantenimientos, é paresce en ellas más

industria ansí veril como femenil. Tenían mucho algodón hilado y por

hilar, y muchas mantas de algodón tan bien tejidas que no deben nada á

las de nuestra patria. Preguntamos á las mujeres, que eran cativas en

esta isla, que qué gente era ésta: respondieron que eran Caribes.

Después que entendieron que nosotros aborrecíamos tal gente por su mal

uso de comer carne de hombres, holgaban mucho, y si de nuevo traían

alguna mujer ó hombre de los Caribes, secretamente decían que eran

Caribes, que allí donde estaban todos en nuestro poder mostraban temor

dellos como gente sojuzgada, y de allí conocimos cuáles eran Caribes de

las mujeres é cuales nó, porque las Caribes traían en las piernas en

cada una dos argollas tejidas de algodón, la una junto con la rodilla,

la otra junto con los tobillos: de manera que les hacen las pantorrillas

grandes, é de los sobredichos logares muy ceñidas, que ésto me parecen

que tienen ellos por cosa gentil, ansí que por esta diferencia conocemos

los unos de los otros[104]. La costumbre desta gente de Caribes es

bestial: son tres islas, esta se llama TURUQUEIRA[105], la otra que

primero vimos se llama CEYRE, la tercera se llama AY-AY[106]; estos

todos son conformidad como si fuesen de un linaje[107], los cuales no se

hacen mal: unos é otros hacen guerra á todas las otras islas comarcanas,

los cuales van por mar ciento é cincuenta leguas á saltar con muchas

canoas que tienen, que son unas fustas pequeñas de un solo madero. Sus

armas son flechas en lugar de hierros: porque no poseen ningún hierro,

ponen unas puntas fechas de huesos de tortugas los unos, otros de otra

isla ponen unas espinas de un pez fechas dentadas, que ansí lo son

naturalmente, á manera de sierras bien recias, que para gente desarmada,

como son todos, es cosa que les puede matar é hacer harto daño; pero

para gente de nuestra nación no son armas para mucho temer. Esta gente

saltea en las otras islas, que traen las mujeres que pueden haber, en

especial mozas y hermosas, las cuales tienen para su servicio, é para

tener por mancebas, é traen tantas que en cincuenta casa ellos no

parescieron, y de las cativas se vinieron más de veinte mozas. Dicen

también estas mujeres que estos usan de una crueldad que paresce cosa

increible; que los hijos que en ellas han se los comen, que solamente

crían los que han en sus mujeres naturales. Los hombres que pueden

haber, los que son vivos llévanselos á sus casas para hacer carnicería

dellos, y los que han muertos luego se los comen. Dicen que la carne del

hombre es tan buena que no hay tal cosa en el mundo; y bien paresce

porque los huesos que en estas casas hallamos todo lo que se puede roer

todo lo tenían roido, que no había en ellos sino lo que por su mucha

dureza no se podía comer. Allí se halló en una casa cociendo en una olla

un pescuezo de un hombre. Los mochachos que cativan córtanlos el

miembro, é sírvense dellos fasta que son hombres, y después cuando

quieren facer fiesta mátanlos é cómenselos, porque dicen que la carne de

los mochachos é de las mojeres no es buena para comer. Destos mochachos

se vinieron para nosotros huyendo tres, todos tres cortados sus

miembros. É cabo de cuatro días vino el Capitán que se había perdido, de

cuya venida estábamos ya bien desesperados, porque ya los habían ido á

buscar otras cuadrillas por dos veces, é aquel día vino la una cuadrilla

sin saber dellos ciertamente. Holgamos con su venida como si nuevamente

se hubieran hallado[108]: trajo este Capitán con los que fueron con él

diez cabezas entre mochachos y mojeres. Estos ni los otros que los

fueron á buscar, nunca hallaron hombres porque se habían huido, ó por

ventura que en aquella comarca había pocos hombres, porque según se supo

de las mojeres eran idas diez canoas con gentes á saltear á otras islas.

Vino él é los que fueron con él tan destrozados del monte, que era

lástima de los ver: decían, preguntándoles cómo se habían perdido,

dijeron que era la espesura de los árboles tanta que el cielo no podían

ver é que algunos dellos, que eran marineros, habían subido por los

árboles para mirar el estrella, é que nunca la podieron ver, é que si no

toparan con el mar fuera imposible tornar á la flota. Partimos desta

isla ocho días después que allí llegamos[109]. Luego otro día, á medio

día, vimos otra isla[110], no muy grande, que estaría desta otras doce

leguas; porque el primero día que partimos lo más del día nos fizo

calma, fuimos junto con la costa desta isla, é dijeron las indias que

llevábamos que no era habitada, que los Caribes la habían despoblado, é

por esto no paramos en ella. Luego esa tarde vimos otra[111]: á esa

noche, cerca desta isla, fallamos unos bajos, por cuyo temor

sorgimos[112], que no osamos andar fasta que fuese de día. Luego á la

mañana paresció otra isla[113] harto grande: á ninguna destas nos

llegamos por consolar los que habían en la Española, é no plogó á Dios,

según que abajo parescerá[114]. Otro día á hora de comer llegamos á una

isla[115] é pareciónos mucho bien, porque parescía muy poblada, según

las muchas labranzas que en ella había. Fuimos allá é tomamos puerto en

la costa: luego mandó el Almirante ir á tierra una barca guarnecida de

gente para si pudiese tomar lengua para saber qué gente era, é también

porque habíamos menester informarnos del camino, caso quel Almirante,

aunque nunca había fecho aquel camino, iba muy bien encaminado, según en

cabo paresció. Pero porque las cosas dubdosas se deben siempre buscar

con la mayor certinidad que haberse pueda, quiso haber allí lengua, de

la cual gente que iba en la barca ciertas personas saltaron en tierra, é

llegaron en tierra á un poblado de donde la gente ya se había escondido.

Tomaron allí cinco ó seis mujeres y ciertos mochachos, de las cuales las

más eran también de las cativas como en la otra isla[116] porque también

estos eran de los Caribes, según ya sabíamos por la relación de las

mujeres que traíamos. Ya que esta barca se quería tornar á los navíos

con su presa que había fecho por parte debajo; por la costa venía una

canoa en que venían cuatro hombres é dos mujeres é un mochacho; é desque

vieron la flota maravillados se embebecieron tanto que por una grande

hora estovieron que no se movieron de un logar casi dos tiros de

lombarda de los navíos. En esto fueron vistos de los que estaban en la

barca é aun de toda la flota. Luego los de la barca fueron para ellos

tan junto con la tierra, que con el embebecimiento que tenían,

maravillándose é pensando qué cosa sería, nunca los vieron hasta que

estovieron muy cerca dellos, que no les pudieron mucho huir aunque harto

trabajaron por ello; pero los nuestros aguijaron con tanta priesa que no

se les pudieron ir. Los Caribes desque vieron que el hoir no les

aprovechaba, con mucha osadía, pusieron mano á los arcos, también las

mujeres como los hombres; é digo con mucha osadía porque ellos no eran

más de cuatro hombres y dos mujeres, é los nuestros más de veinte é

cinco, de los cuales firieron dos, al uno dieron dos flechazos en los

pechos é al otro una por el costado, é si no fuera porque llevaban

adargas é tablachutas, é porque los invistieron presto con la barca é

les trastornaron su canoa, asaetearan con sus flechas los más dellos. E

después de trastornada su canoa quedaron en el agua nadando, é á las

veces haciendo pié, que allí había unos bajos, é tovieron harto que

hacer en tomarlos, que todavía cuanto podían tiraban, é con todo eso el

uno no lo pudieron tomar sino mal herido de una lanzada que murió, el

cual trajeron ansí herido fasta los navíos. La diferencia destos á los

otros indios en el hábito, es que los de Caribe tienen el cabello muy

largo, los otros son tresquilados é fechas cien mil diferencias en las

cabezas de cruces é de otras pinturas en diversas maneras, cada uno como

se le antoja, lo cual se hacen con cañas agudas. Todos ansí los de

Caribe como los otros es gente sin barbas, que por maravilla hallarás

hombre que las tenga. Estos Caribes que allí tomaron venían tiznados los

ojos é las cejas, lo cual me paresce que hacen por gala, é con aquello

parescían más espantables; el uno destos dice que en una isla dellos

llamada CAYRE[117], que es la primera que vimos, á la cual no llegamos,

hay mucho oro; que vayan allá con clavos é contezuelas para hacer sus

canoas, é que traerán cuanto oro quisieren[118]. Luego aquel día[119]

partimos desta isla, que no estaríamos allí más de seis ó siete horas,

fuimos para otra tierra[120] que paresció á ojo que estaba en el camino

que habíamos de facer: llegamos noche cerca de ella. Otro día[121] de

mañana fuimos por la costa della: era muy gran tierra, aunque no era muy

continua, que eran más de cuarenta y tantos islones[122], tierra muy

alta, é la más della pelada, la cual no era ninguna ni es de las que

antes ni después habemos visto. Parescía tierra dispuesta para haber en

ella metales: á ésta no llegamos para saltar en tierra, salvo una

carabela latina llegó á un islon de éstos, en el cual hallaron ciertas

casas de pescadores. Las indias que traíamos dijeron que no eran

pobladas. Andovimos por esta costa lo más de este día, hasta otro

día[123] en la tarde que llegamos á vista de otra isla llamada

BURENQUEN[124], cuya costa corrimos todo un día[125]: juzgábase que

ternía por aquella banda treinta leguas. Esta isla es muy hermosa y muy

fértil á parecer: á ésta vienen los de Caribe á conquistar, de la cual

llevan mucha gente; éstos no tienen fustas ningunas nin saben andar por

mar[126]; pero, según dicen estos Caribes que tomamos, usan arcos como

ellos, é si por caso cuando los vienen á saltear los pueden prender

también se los comen como los de Caribe á ellos[127]. En un puerto[128]

desta isla estovimos dos días, donde saltó mucha gente en tierra; pero

jamás podimos haber lengua, que todos se fuyeron como gente temorizada

de los Caribes. Todas estas islas fueron descubiertas deste camino, que

fasta aquí ninguna dellas había visto el Almirante el otro viaje, todas

son muy hermosas é de muy buena tierra; pero ésta paresció mejor á

todos: aquí casi se acabaron las islas que facia la parte de España

había dejado de ver el Almirante, aunque tenemos por cosa cierta que hay

tierra más de cuarenta leguas antes de estas primeras hasta España,

porque dos días que viésemos tierra vimos unas aves que llaman

rabihorcados, que son aves de rapiña marinas é no sientan ni duermen

sobre el agua, sobre tarde rodeando sobir en alto, é después tiran su

vía á buscar tierra para dormir, las cuales no podrían ir á caer según

era tarde de doce á quince leguas arriba, y esto era á la man derecha

donde veníamos hasta la parte de España; de donde todos juzgaron allí

quedar tierra, lo cual no se buscó porque se nos hacía rodeo para la vía

que traíamos. Espero que á pocos viajes se hallará. Desta isla

sobredicha[129] partimos una madrugada, é aquel día, antes que fuese

noche, hobimos vista de tierra, la cual tampoco era conocida de ninguno

de los que habían venido el otro viaje; pero por las nuevas de las

indías que traíamos sospechamos que era LA ESPAÑOLA, en la cual agora

estamos[130], Entre esta isla y la otra de BURIQUÉN parescía lejos

otra[131], aunque no era grande. Desque llegamos á esta Española, por el

comienzo de ella era tierra baja y muy llana[132], del conocimiento de

la cual aun estaban todos dubdosos si fuese la que es, porque aquella

parte nin el Almirante ni los otros que con él vinieron habían visto, é

aquesta isla como es grande es nombrada por provincias, é á esta parte

que primero llegamos llaman HAYTÍ[133], y luego á la otra provincia

junta con esta llaman XAMANÁ, é á la otra BOHÍO, en la cual agora

estamos; ansí hay en ellas muchas provincias porque es gran cosa, porque

según confirman los que la han visto por la costa de largo, dicen que

habrá doscientas leguas[134]: á mí me paresce que á lo menos habrá

ciento é cincuenta, del ancho de ellas hasta agora no se sabe. Allá es

ido cuarenta días ha á rodearla una carabela, la cual no es venida hasta

hoy. Es tierra muy singular, donde hay infinitos ríos grandes é sierras

grandes é valles grandes rasos, grandes montañas; sospecho que nunca se

secan las yerbas en todo el año. Non creo que hay invierno ninguno en

ésta nin en las otras, porque por Navidad se fallan muchos nidos de

aves, dellas con pájaros, é dellas con huevos. En ella ni en las otras

nunca se ha visto animal de cuatro piés, salvo algunos perros de todas

colores como en nuestra patria, la hechura como unos gosques

grandes[135]; de animales salvajes no hay. Otrosí, hay un animal de

color de conejo é de su pelo, el grandor de un conejo nuevo, el rabo

largo, los piés é manos como de ratón, suben por los árboles, muchos los

han comido, dicen que es muy bueno de comer[136]; hay culebras muchas no

grandes; lagartos aunque no muchos, porque los indios hacen tanta fiesta

dellos como haríamos allá con faisanes; son del tamaño de los de allá,

salvo que en la hechura son diferentes, aunque en una isleta

pequeña[137], que está junto con un puerto que llaman MONTE CRISTO,

donde estovimos muchos días, vieron muchos días un lagarto muy grande

que decían que sería de gordura de un becerro, é atan complido como una

lanza, é muchas veces salieron por lo matar, é con la mucha espesura se

les metía en la mar, de manera que no se pudo haber dél derecho[138].

Hay en esta isla y en las otras infinitas aves de las de nuestra patria,

é otras muchas que allá nunca se vieron: de las aves domésticas nunca se

ha visto acá ninguna, salvo en la ZURUQUIA[139] había en las casas unas

ánades, las más dellas blancas como la nieve é algunas dellas negras,

muy lindas con crestas rasas, mayores que las de allá, menores que

ánsares[140]. Por la costa desta isla corrimos al pié de cien leguas

porque hasta donde el Almirante había dejado la gente, habría en este

compás, que será en comedio ó en medio de la isla. Andando por la

provincia della llamada XAMANÁ en derecho echamos en tierra uno de los

indios quel otro viaje habían llevado vestido, é con algunas cosillas

quel Almirante le había mandado dar. Aquel día se nos murió un marinero

vizcaíno que había seido herido de los Caribes, que ya dije que se

tomaron, por su mala guarda, é porque íbamos por costa de tierra, dióse

lugar que saliése una barca á enterrarlo, é fueron en resguarda de la

barca dos carabelas cerca con tierra. Salieron á la barca en llegando en

tierra muchos indios, de los cuales algunos traían oro al cuello, é á

las orejas; querían venir con los cristianos á los navíos, é no los

quisieron traer, porque no llevaban licencia del Almirante; los cuales

desque vieron que no los querían traer se metieron dos dellos en una

canoa pequeña, é se vinieron á una carabela de las que se habían

acercado á tierra, en la cual los rescibieron con su amor, é trajéronlos

á la nao del Almirante, é dijeron, mediante un intérprete que un Rey

fulano[141] los enviaba á saber qué gente éramos, é á rogar que

quisiésemos llegar á tierra porque tenían mucho oro é le darían de ello,

é de lo que tenían de comer: el Almirante les mandó dar sendas camisas é

bonetes é otras cosillas, é les dijo que por que iba á donde estaba

GUACAMARÍ[142] non se podría detener, que otro tiempo habría que le

pudiese ver, é con esto se fueron. No cesamos de andar nuestro camino

fasta llegar á un puerto llamado MONTE-CHRISTI, donde estovimos dos días

para ver la disposición de la tierra, porque no había parecido bien al

Almirante el logar donde había dejado la gente para hacer asiento.

Descendimos en tierra para ver la disposición: había cerca de allí un

gran río[143] de muy buena agua; pero es toda tierra anegada é muy

indispuesta para habitar. Andando veyendo el río é tierra hallaron

algunos de los nuestros en una parte dos hombres muertos junto con el

río, el uno con un lazo al pescuezo y el otro con otro al pié, esto fué

el primero día[144]. Otro día siguiente hallaron otros dos muertos más

adelante de aquellos, el uno destos estaba en disposición que se le pudo

conocer tener muchas barbas. Algunos de los nuestros sospecharon más mal

que bién, é con razón, porque los indios son todos desbarbados, como

dicho he. Este puerto está del lugar donde estaba la gente cristiana

doce leguas[145]: pasados dos días alzamos velas para el lugar donde el

Almirante había dejado la sobredicha gente, en compañía de un rey destos

indios, que se llamaba GUACAMARÍ[146], que pienso ser de los principales

desta isla. Este día llegamos en derecho de aquel lugar; pero era ya

tarde[147], é porque allí había unos bajos donde el otro día[148] se

había perdido la nao en que había ido el Almirante, no osamos tomar el

puerto cerca de tierra, fasta que otro día de mañana se desfondase[149]

é pudiesen entrar seguramente: quedamos aquella noche no una legua de

tierra. Esa tarde[150], viniendo para allí de lejos, salió una canoa en

que parescían cinco ó seis indios, los cuales venían á prisa para

nosotros. El Almirante creyendo que nos seguraba hasta alzarnos, no

quiso que los esperásemos, é porfiando llegaron hasta un tiro de

lombarda de nosotros, é parábanse á mirar, é desde allí desque vieron

que no los esperábamos dieron vuelta é tornaron su vía. Después que

sorgimos en aquel lugar sobredicho[151] tarde, el Almirante mandó tirar

dos bombardas á ver si respondían los cristianos que habían quedado con

el dicho GUACAMARÍ[152], porque también tenían bombardas, los cuales

nunca respondieron ni menos parescían huegos[153] ni señal de casas en

aquel lugar, de lo cual se desconsoló mucho la gente é tomaron la

sospecha que de tal caso se debía tomar. Estando ansí todos muy tristes,

pasadas cuatro ó cinco horas de la noche, vino la misma canoa que esa

tarde habíamos visto, é venía dando voces, preguntando por el Almirante

un capitán de una carabela donde primero llegaron: trajéronlos á la nao

del Almirante, los cuales nunca quisieron entrar hasta quel Almirante

los hablase; demandaron lumbre para lo conocer, é después que lo

conocieron entraron. Era uno dellos primo del Guacamarí[154], el cual

los había enviado otra vez. Después que se habían tornado aquella tarde

traían carátulas de oro que Guacamarí[154] enviaba en presente; la una

para el Almirante é la otra para un capitán quel otro viaje había ido

con él. Estovieron en la nao hablando con el Almirante en presencia de

todos por tres horas mostrando mucho placer, preguntándoles por los

cristianos que tales estaban: aquel pariente dijo que estaban todos

buenos, aunque entre ellos había algunos muertos de dolencia é otros de

diferencia que había contecido entre ellos é que Guacamarí[154] estaba

en otro lugar ferido en una pierna é por eso no había venido, pero que

otro día vernía; porque otros dos reyes, llamado el uno CAONABÓ[155] y

el otro MAYRENÍ, habían venido á pelear con él é que le habían quemado

el logar; é luego esa noche se tornaron diciendo que otro día venían con

el dicho Guacamarí, é con esto nos dejaron por esa noche consolados.

Otro día en la mañana[156] estovimos esperando que viniese el dicho

Guacamarí, é entre tanto saltaron en tierra algunos por mandato del

Almirante, é fueron al logar donde solían estar, é halláronle quemado un

cortijo algo fuerte con una palizada; donde los cristianos habitaban, é

tenían lo suyo quemado é derribado, é ciertas bernias[157] é ropas que

los indios habían traído á echar en la casa. Los dichos indios que por

allí parescían andaban muy cahareños, que no se osaban allegar á

nosotros, antes huían; lo cual no nos pareció bien porque el Almirante

nos había dicho que en llegando á aquel lugar salían tantas canoas

dellos á bordo de los navíos á vernos que no nos podríamos defender

dellos, é que en el otro viaje ansí lo facían; é como agora víamos que

estaban sospechosos de nosotros no nos parescía bien; con todo

halagándolos aquel día é arrojándolos algunas cosas, ansí como

cascabeles é cuentas, hobo de asegurarse un su pariente del dicho

Guacamarí é otros tres, los cuales entraron en la barca é trajéronlos á

la nao. Después que le preguntaron por los cristianos dijeron que todos

eran muertos, aunque ya nos lo había dicho un indio que llevábamos de

Castilla que lo habían hablado los dos indios que antes habían venido á

la nao, que se habían quedado á bordo de la nao con su canoa, pero no le

habíamos creido. Fué preguntado á este pariente de Guacamarí quién los

había muerto: dijo quél Rey de CAONABÓ y el Rey MAYRENÍ, é que le

quemaron las casas del lugar é que estaban dellos muchos heridos, é

también el dicho Guacamarí estaba pasado un muslo, y él que estaba en

otro lugar y quél quería ir luego allá á lo llamar, al cual dieron

algunas cosas, é luego se partió para donde estaba Guacamarí. Todo aquel

día los estovimos esperando, é desque vimos que no venían, muchos tenían

sospecha que se habían ahogado los indios que ante noche habían venido,

porque los habían dado á beber dos ó tres veces de vino, é venían en una

canoa pequeña que se les podría trastornar. Otro día de mañana salió á

tierra el Almirante[158] é algunos de nosotros, é fuimos donde solía

estar la villa, la cual nos vimos toda quemada é los vestidos de los

cristianos se hallaban por aquella yerba. Por aquella hora no vimos

ningún muerto. Había entre nosotros muchas razones diferentes, unos

sospechando el mismo Guacamarí fuese en la traición ó muerte de los

cristianos, otros les parescía que no, pues estaba quemada su villa,

ansí que la cosa era mucho para dudar. El Almirante mandó catar todo el

día donde los cristianos estaban fortalecidos porquél los había mandado

que desque toviesen alguna cantidad de oro que lo enterrasen. Entretanto

que ésto se hacía quiso llegar á ver á cerca de una legua do nos

parescía que podría haber asiento para edificar una villa porque ya era

tiempo, adonde fuimos ciertos con él mirando la tierra por la costa,

fasta que llegamos á un poblado donde había siete ú ocho casas, las

cuales habían desamparado los indios luego que nos vieron ir, é llevaron

lo que pudieron é lo otro dejaron escondido entre yerbas junto con las

casas, que es gente tan bestial que no tienen discreción para buscar

logar donde habitar, que los que viven á la marina es maravilla cuán

bestialmente edifican, que las casas enderedor tienen tan cubiertas de

yerba ó de humedad, que estoy espantado como viven. En aquellas casas

hallamos muchas cosas de los cristianos, las cuales no se creían que

ellos hobiesen rescatado, ansí como una almalafa[159] muy gentil, la

cual no se había descogido de como la llevaron de Castilla, é calzas é

pedazos de paños, é una ancla de la nao quel Almirante había allí

perdido el otro viaje, é otras cosas, de las cuales más se esforzó

nuestra opinión; y de acá hallamos, buscando las cosas que tenían

guardadas en una esportilla mucho cosida é mucho á recabdo una cabeza de

hombre mucho guardada. Allí juzgamos por entonces que sería la cabeza de

padre ó madre, ó de persona que mucho querían. Después he oido que hayan

hallado muchas desta manera, por donde creo ser verdad lo que allí

juzgamos; desde allí nos tornamos. Aquel día venimos por donde estaba la

villa, y cuando llegamos hallamos muchos indios que se habían asegurado

y estaban rescatando oro: tenían rescatado fasta un marco: hallamos que

habían mostrado donde estaban muertos once cristianos, cubiertos ya de

la yerba que había crecido sobre ellos, é todos hablaban por una boca

que Caonabó é Mayrení los habían muerto; pero con todo eso asomaban

queja que los cristianos uno tenía tres mujeres, otro cuatro, donde

creemos quel mal que les vino fué de zelos. Otro dia de mañana,[160]

porque en todo aquello no había logar dispuesto para nosotros poder

hacer asiento, acordó el Almirante fuese una carabela á una parte para

mirar lugar conveniente, é algunos que fuimos con él fuimos á otra

parte, á do hallamos un puerto muy seguro é muy gentil disposición de

tierra para habitar, pero porque estaba lejos de donde nos deseábamos

que estaba la mina de oro, no acordó el Almirante de poblar sino en otra

parte que fuese más cierta si se hallase conveniente disposición. Cuando

venimos deste lugar hallamos venida la otra carabela que había ido á la

otra parte á buscar el dicho logar, en la cual había ido Melchor é otros

cuatro ó cinco hombres de pro. E yendo costeando por tierra salió á

ellos una canoa en que vimos dos indios, el uno era hermano de

Guacamarí, el cual fué conocido por un piloto que iba en la dicha

carabela, é preguntó quién iba allí, al cual dijeron los hombres

prencipales, dijeron que Guacamarí les rogaba que se llegasen á tierra,

donde él tenía su asiento con fasta cincuenta casas. Los dichos

prencipales saltaron en tierra con la barca é fueron donde él estaba, el

cual fallaron en su cama echado faciendo del doliente ferido. Fablaron

con él preguntándole por los cristianos: respondió concertando con la

mesma razón de los otros, que era que Caonabó y Mayrení los habían

muerto, é que á él habían ferido en un muslo, el cual mostró ligado; los

que entonces lo vieron ansí les paresció que era verdad como él lo dijo:

al tiempo del despedirse dió á cada uno dellos una joya de oro, á cada

uno como le paresció que lo merescía. Este oro facían en fojas muy

delgadas, porque lo quieren para facer carátulas é para poderse asentar

en betún que ellos facen, si ansí no fuese no se asentaría. Otro facen

para traer en la cabeza é para colgar en las orejas é narices, ansí que

todavía es menester que sea delgado, pues que ellos nada de esto hacen

por riqueza salvo por buen parescer. Dijo el dicho Guacamarí por señas é

como mejor pudo, que porque él estaba ansí herido que dijesen al

Almirante que quisiese venir á verlo. Luego quel Almirante llegó los

sobredichos le contaron este caso. Otro día de mañada[161] acordó de

partir para allá, al cual lugar llegaríamos dentro de tres horas, porque

apenas habría dende donde estábamos allá tres leguas[162]; ansí que

cuando allí llegamos era hora de comer: comimos antes de salir en

tierra. Luego que hobimos comido mandó el Almirante que todos los

capitanes viniesen con sus barcas para ir en tierra, porque ya esa

mañana antes que partiésemos de donde estábamos había venido el

sobredicho su hermano á hablar con el Almirante, é á darle priesa que

fuese al lugar donde estaba el dicho Guacamarí. Allí fué el Almirante á

tierra é toda la gente de pro con él, tan ataviados que en una cibdad

prencipal parescieran bien; llevó algunas cosas para le presentar porque

ya había rescibido dél alguna cantidad de oro, é era razón le

respondiese con la obra é voluntad quél había mostrado. El dicho

Guacamarí ansí mismo tenía aparejado para hacerle presente. Cuando

llegamos hallámosle echado en su cama, como ellos lo usan, colgado en el

aire, fecha una cama de algodón como de red; no se levantó, salvo dende

la cama hizo el semblante de cortesía como él mejor sopo, mostró mucho

sentimiento con lágrimas en los ojos por la muerte de los cristianos, é

comenzó á hablar en ello mostrando como mejor podía, como unos murieron

de dolencia, é como otros se habían ido á Caonabó á buscar la mina del

oro é que allí los habían muerto, é los otros que se los habían venido á

matar allí en su villa. A lo que parescían los cuerpos de los muertos no

había dos meses que había acaecido. Esa hora él presentó al Almirante

ocho marcos y medio de oro, é cinco ó seiscientos labrados de pedrería

de diversos colores, é un bonete de la misma pedrería, lo cual me

paresce deben tener ellos en mucho. En el bonete estaba un joyel, lo

cual le dió en mucha veneración. Paréceme que tienen en más el cobre

quel oro. Estábamos presentes yo y un zurugiano[163] de armada; entonces

dijo el Almirante al dicho Guacamarí que nosotros éramos sabios de las

enfermedades de los hombres, que nos quisiese mostrar la herida, él

respondió que le placía, para lo cual yo dije que sería necesario, si

pudiese, que saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba

escura é no se podía ver bien; lo cual él fizo luego, creo más de

empacho que de gana: arrimándose á él salió fuera. Después de asentado,

llegó el zurugiano á él é comenzó de desligarle; entonces dijo al

Almirante que era ferida fecha con CIBA[164], que quiere decir con

piedra. Después que fué desatada llegamos á tentarle. Es cierto que no

tenía más mal en aquella que en la otra, aunque él hacía del raposo[165]

que le dolía mucho. Ciertamente no se podía bien determinar porque las

razones eran iguales, que ciertamente muchas cosas había que mostraban

haber venido á él gente contraria. Ansí mesmo el Almirante no sabía qué

se hacer: parescióle é á otros muchos, que por entonces fasta bien saber

la verdad que se debía disimular, porque después de sabida, cada que

quisiesen, se podía dél rescibir enmienda. E aquella tarde se vino con

el Almirante á las naos, é mostrándole caballos é cuanto ahí había, de

lo cual quedó muy maravillado como de cosa extraña á él; tomó colación

en la nao é esa tarde luego se tornó á su casa: el Almirante dijo que

quería ir á habitar allí con él é quería facer casas, y él respondió que

le placía, pero que el logar era mal sano porque era muy húmedo, é tal

era por cierto. Esto todo pasaba estando por intérpretes dos indios de

los que el otro viaje habían ido á Castilla, los cuales habían quedado

vivos de siete que metimos en el puerto, que los cinco se murieron en el

camino, los cuales escaparon á uña de caballo. Otro día[166] estuvimos

surtos en aquel puerto; é quiso saber cuándo se partiría el Almirante:

le mandó decir que otro día[167]. En aquel día vinieron á la nao el

sobredicho hermano suyo é otros con él, é trajeron algún oro para

rescatar. Ansí mesmo el día que allá salimos se rescató buena cantidad

de oro. En la nao había diez mujeres de las que se habían tomado en las

islas de Cariby; eran las más de ellas de Boriquén. Aquel hermano de

Guacamarí habló con ellas: creemos que les dijo lo que esa noche

pusieron por obra, y es que al primer sueño muy mansamente se echaron al

agua é se fueron á tierra, de manera que cuando fueron falladas menos,

iban tanto trecho que con las barcas no pudieron tomar más de las

cuatro, las cuales tomaron al salir del agua; fueron nadando más de una

gran media legua. Otro día de mañana[168] envió el Almirante á decir á

Guacamarí que le enviase aquellas mujeres que la noche antes se habían

huido, é que luego las mandase á buscar. Cuando fueron hallaron el lugar

despoblado, que no estaba persona en él: ahí tomaron mucho fuerte á

afirmar su sospecha, otros decían que se habría mudado á otra población

quellos ansí lo suelen hacer. Aquel día estovimos allí quedos porque el

tiempo era contrario para salir: otro día de mañana[169] acordó el

Almirante, pues que el tiempo era contrario, que sería bien ir con las

barcas á ver un puerto la costa arriba, fasta el cual habría dos

leguas[170], para ver si habría dispusición de tierra para hacer

habitación, donde fuemos con todas las barcas de los navíos, dejando los

navíos en el puerto. Fuímos corriendo toda la costa, é también estos no

se seguraban bien de nosotros; llegamos á un lugar de donde todos eran

huídos. Andando por él fallamos junto con las casas, metido en el monte,

un indio ferido de una vara, de una ferida que resollaba por las

espaldas, que no había podido huir más lejos. Los desta isla pelean con

unas varas agudas, las cuales tiran con unas tiranderas como las que

tiran los mochachos las varillas en Castilla, con las cuales tiran muy

lejos asaz certero. Es cierto que para gente desarmada que pueden hacer

harto daño. Este nos dijo que Caonabó é los suyos le habían ferido, é

habían quemado las casas á Guacamarí. Ansí quel poco entender que los

entendemos á las razones equívocas nos han traido á todos tan afuscados

que fasta agora no se ha podido saber la verdad de la muerte de nuestra

gente, é no hallamos en aquel puerto dispusición saludable para hacer

habitación. Acordó el Almirante nos tornásemos para la costa arriba por

do habíamos venido de Castilla[171] porque la nueva del oro era fasta

allá. Fuénos el tiempo contrario, que mayor pena nos fué tornar treinta

leguas[172] atrás que venir desde Castilla, que con el tiempo contrario

é la largueza del camino ya eran tres meses pasados cuando descendimos

en tierra[173]. Plugó á nuestro Señor que por la contrariedad del tiempo

que no nos dejó ir más adelante, hubimos de tomar tierra en el mejor

sitio y dispusición que pudiéramos escoger, donde hay mucho buen puerto

é gran pesquería[174], de la cual tenemos mucha necesidad por el

carecimiento de las carnes. Hay en esta tierra muy singular pescado más

sano quel de España. Verdad sea que la tierra no consiente que se guarde

de un día para otro porque es caliente y húmeda, é por ende luego las

cosas introfatibles ligeramente se corrompen. La tierra es muy gruesa

para todas cosas: tiene junto un río prencipal é otro razonable, asaz

cerca de muy singular agua: edifícase sobre la ribera del una cibdad

Marta[175], junto quél lugar se deslinda con el agua, de manera que la

metad de la cibdad queda cercado de agua con una barranca de peña

tajada, tal que por allí no ha menester defensa ninguna; la otra metad

está cercada de una arbolada espesa que apenas podrá un conejo andar por

ella; es tan verde que en ningún tiempo del mundo fuego la podrá quemar:

hase comenzado á traer un brazo del río, el cual dicen los maestros que

trairán por medio del lugar, é asentarán en él moliendas é sierras de

agua, é cuanto se pudiese hacer con agua. Han sembrado mucha hortaliza,

la cual es cierto que crece más en ocho días que en España en veinte.

Vienen aquí continuamente muchos indios é caciques con ellos, que son

como capitanes dellos, é muchas indias: todas vienen cargadas de

AGES[176], que son como nabos, muy excelente manjar, de los cuales

facemos acá muchas maneras de manjares en cualquier manera; es tanto

cordial manjar que nos tiene á todos muy consolados, porque de verdad la

vida que se trajo por la mar ha seido la más estrecha que nunca hombres

pasaron, é fué ansí necesario porque no sabíamos qué tiempo nos haría, ó

cuanto permitiría Dios qué estuviésemos en el camino; ansí que fué

cordura estrecharnos, porque cualquier tiempo que viniera pudiéramos

conservar la vida. Rescatan el oro é mantenimientos é todo lo que traen

por cabos de agujetas, por cuentas, por alfileres, por pedazos de

escudillas é de plateles. A este AGE llaman los de Carabi NABI, é los

indios HAGE. Toda esta gente, como dicho tengo, andan como nacieron,

salvo las mujeres de esta isla traen cubiertas sus vergüenzas, dellas

con ropa de algodón que les ciñen las caderas, otras con yerbas é fojas

de árboles. Sus galas dellos é dellas, es pintarse, unos de negro, otros

de blanco é colorado, de tantos visajes que en verlos es bien cosa de

reir; las cabezas rapadas en logares, é en logares con vedijas de tantas

maneras que no se podría escribir. En conclusión, que todo lo que allá

en nuestra España quieren hacer en la cabeza de un loco, acá el mejor

dellos vos lo terná en mucha merced. Aquí estamos en comarca de muchas

minas de oro, que según lo que ellos dicen no hay cada una dellas de

veinte ó veinte é cinco leguas: las unas dicen que son en Niti[177], en

poder de Caonabó, aquel que mató á los cristianos; otras hay en otra

parte que se llama Cibao[178], las cuales, si place á nuestro Señor,

sabremos é veremos con los ojos antes que pasen muchos días, porque

agora se ficiera sino porque hay tantas cosas de proveer que no bastamos

para todo, porque la gente ha adolecido en cuatro ó cinco días el tercio

della, creo la mayor causa de ello ha seido el trabajo é mala pasada del

camino; allende de la diversidad de la tierra; pero espero en nuestro

Señor que todos se levantarán con salud. Lo que paresce desta gente es

que si lengua tuviésemos que todos se convertirían, porque cuanto nos

ven facer tanto facen, en hincar las rodillas á los altares, é al Ave

María, é á las otras devociones é santiguarse; todos dicen que quieren

ser cristianos, puesto que verdaderamente son idólatras, porque en sus

casas hay figuras de muchas; yo les he preguntado qué es aquello,

dícenme que es cosa de TUREY[179], que quiere decir del cielo. Yo

acometí á querer echárselos en el fuego é hacíaseles de mal que querían

llorar; pero ansí piensan que cuanto nosotros traemos que es cosa del

cielo, que á todo llaman TUREY, que quiere decir cielo. El día que yo

salí á dormir en tierra fué el primero día del Señor: el poco tiempo que

habemos gastado en tierra ha seido más en hacer donde nos metamos, é

buscar las cosas necesarias, que en saber las cosas que hay en la

tierra, pero aunque ha seido poco se han visto cosas bien de maravillar,

que se han visto árboles que llevan lana[180] y harto fina, tal que los

que saben del arte dicen que podrán hacer buenos paños dellas. Destos

árboles hay tantos que se podrán cargar las carabelas de la lana, aunque

es trabajosa de coger, porque los árboles son muy espinosos; pero bien

se puede hallar ingenio para la coger. Hay infinito algodón de árboles

perpetuos tan grandes como duraznos. Hay árboles que llevan cera en

color y en sabor é en arder tan buena como la de abejas, tal que no hay

diferencia mucha de la una á la otra[181]. Hay infinitos árboles de

trementina[182] muy singular é muy fina. Hay mucha alquitíra[183].

también muy buena. Hay árboles que pienso que llevan nueces moscadas,

salvo que agora están sin fruto, é digo que lo pienso porque el sabor y

olor de la corteza es como de nueces moscadas[184]. Ví una raiz de

gengibre que la traía un indio colgada al cuello. Hay también

linaloe[185], aunque no es de la manera del que fasta agora se ha visto

en nuestras partes; pero no es de dudar que sea una de las especias de

linaloes que los dotores ponemos. También se ha hallado una manera de

canela, verdad es que no es tan fina como la que allá se ha visto, no

sabemos si por ventura lo hace el defecto de saberla coger en sus

tiempos como se ha de coger, ó si por ventura la tierra no la lleva

mejor[186]. También se ha hallado mirabolanos cetrinos, salvo que agora

no están sino debajo del árbol, como la tierra es muy húmida están

podridos tienen el sabor mucho amargo, yo creo sea del podrimiento; pero

todo lo otro, salvo el sabor que está corrompido; es de mirabolanos

verdaderos[187]. Hay también almástica[188] muy buena. Todas estas

gentes destas islas que fasta agora se han visto, no poseen fierro

ninguno. Tienen muchas ferramientas, ansí como hachas é azuelas hechas

de piedra tan gentiles é tan labradas que es maravilla como sin fierro

se pueden hacer. El mantenimiento suyo es pan hecho de raices[189] de

una yerba que es entre árbol é yerba[190], é el age, de que ya tengo

dicho que es muy buen mantenimiento: tienen por especia, por lo adobar,

una especia que se llama AGÍ[191] con la cual comen también el pescado,

como aves cuando las pueden haber, que hay infinitas de muchas maneras.

Tienen otrosí unos granos como avellanas, muy buenos de comer[192].

Comen cuantas culebras é lagartos é arañas é cuantos gusanos se hallan

por el suelo, ansí que me parece es mayor su bestialidad que la de

ninguna bestia del mundo. Después de una vez haber determinado el

Almirante de dejar el descobrir las minas fasta primero enviar los

navíos que se habían de partir á Castilla[193], por la mucha enfermedad

que había seido en la gente, acordó de enviar dos cuadrillas con dos

capitanes, el uno á Cibao[194] y el otro[195] á Niti, donde está

Caonabó, de que ya he dicho, los cuales fueron é vinieron el uno á

veinte días de Enero, é el otro á veinte é uno: el que fué á Cibao halló

oro en tantas partes que no lo osa hombre decir, que de verdad en más de

cincuenta arroyos é ríos hallaban oro, é fuera de los ríos por tierra;

de manera que en toda aquella provincia dice que doquiera que lo quieran

buscar lo hallarán. Trajo muestra de muchas partes como en la arena de

los ríos é en las hontizuelas[196], que están sobre tierra, créese que

cavando, como sabemos hacer, se hallará en mayores pedazos, porque los

indios no saben cavar ni tienen con qué puedan cavar de un palmo

arriba[197]. El otro que fué á Niti trajo también nueva de mucho oro en

tres ó cuatro partes; ansí mesmo trajo la muestra dello. Ansí que de

cierto los Reyes, nuestros Señores, desde agora se pueden tener por los

más prósperos é más ricos Príncipes del mundo, porque tal cosa hasta

agora no se ha visto ni leido de ninguno en el mundo, porque

verdaderamente á otro camino que los navíos vuelvan pueden llevar tanta

cantidad de oro que se puedan maravillar cualesquiera que lo supieren.

Aquí me paresce será bien cesar el cuento; creo los que no me conocen

que oyeren estas, me ternán por prolijo é por hombre que ha alargado

algo; pero Dios es testigo que yo no he traspasado una jota los términos

de la verdad.

[Ilustración: MAPA DE LAS ANTILLAS]

Cómputo de fechas y escalas.

LUGARES. │ NAZARIO. │ COLL.

│ │

Cádiz │Salida: el 25 de Stbre. de │Igual fecha.

│ 1493. │

Gran │Empleados 4 días en llegar á │La escuadra empleó seis días

Canaria │ ella, ó sea la arribada el │ en llegar á la Gran

│ día 29 de Septiembre. │ Canaria. El 1º ó el 2 de

│ │ Octubre.

Gomera │Nada dice. │Arribada el 5 de Otbre.

Hierro │Salida el 13 de Octubre. │Igual fecha.

Mar Océano │Nada dice. │21 días de navegación.

Domínica │Arribada: el domingo 3 de │Igual fecha. Por la mañana.

│ Noviembre. │

Marigalante│El día 3 de Noviembre. │Ese día por la tarde. Fondeó

│ │ el crucero.

Guadalupe │Arribada: el 4 de Nbre. y │El 4 por la tarde. Fondeó.

│ salida el día 12. │ Partida el 10 por la

│ │ mañana.

Monserrate │El 13 de Noviembre á │El 10 de Noviembre á

│ mediodía. │ mediodía.

Redonda │El 13 de Noviembre por la │El 10 de Nbre. por la tarde.

│ tarde. │ Fondeó.

Antigua │Se inclina á que no fué │El día 11 por la mañana.

│ visitada. │

San │Opina que después de Santa │El día 11 á mediodía.

Cristóbal│ María la Redonda fué esta │ Distinguieron los viajeros

│ isla la visitada. │ islas al noroeste sureste.

San Martín │El día 15 al mediodía. │El día 11 por la tarde.

│ Partida: cinco ó seis horas│ Fondeó el crucero. Partida:

│ después. │ el 12 por la mañana.

Santa Cruz │Opina que no la visitó el │El día 14 de Nbre. llegó á

│ Almirante en este segundo │ ella la armada de arribada

│ viaje; y sí, únicamente, en│ forzosa. Salida: el mismo

│ el cuarto (1502.) │ día á las cinco ó seis

│ │ horas.

Virgen │Nada dice. │Arribada: el 14 de Noviembre,

Gorda │ │ de noche.

Las │Arribada: el 15 de noche. El │El día 15 exploró el

Vírgenes │ día 16 por la mañana costeó│ Archipiélago de las

│ el crucero los 40 y tantos │ Vírgenes, y corrió estas

│ islones. │ costas el día 16 con rumbo

│ │ al suroeste.

Boriquén │Avistada: el 17 de Noviembre │El 16 de Nbre. por la tarde.

│ por la tarde. Por la noche │ El día 17 corrió la armada

│ se recogió á Vieques. El │ la costa sur. El 18

│ día 18 corrió la armada la │ voltejeó los Morrillos y

│ costa meridional de la │ corrió la banda occidental;

│ isla; y el 19 por la mañana│ y el 19 fondeó en el último

│ fondeó en Guayanilla. El │ ángulo occidental ó sea

│ día 21 por la mañana zarpó │ bahía de Aguada y

│ para la Española. │ Aguadilla. Salida el 22 por

│ │ la mañana.

La Española│Avistada: el 21 por la tarde.│El día 22 por la tarde se

│ Tomaron tierra los viajeros│ divisó cabo Engaño. Después

│ el 22 en Haití; y luego │ se costeó y exploró la

│ costearon el sur de la isla│ banda norte de la isla

│ hasta llegar al puerto de │ hasta llegar al fuerte de

│ Navidad. │ Navidad.

Colon en Puerto-Rico · 第 11 / 42 题