lengua Piachas, muy expertos en el arte mágica, tanto que se revestia
en ellos el diablo y hablaba por boca dellos muchas falsedades, con
que los tenía captivos, en su servicio bien asentados y descuidados;
á estos Piachas tienen por cosa santa, y en gran reverencia y
estimacion. Escogen de los muchachos de 10 y 12 años, los que, por
conjeturas que tienen, les parece que son por naturaleza inclinados
y dispuestos para ser instruidos en el arte mágica, de la manera que
nosotros conjeturamos por señales algunas ser nuestros muchachos
hábiles, más que otros, para que estudien gramática y otras ciencias;
estos escogidos, envíanlos á ciertos lugares apartados en los montes
solitarios, donde viven de aquellos Piachas muy viejos maestros de
aquella arte, debajo de cuya regla y disciplina, como en escuela,
están dos años en grandísima severidad y aspereza de vida. No comen
cosa que tenga sangre ó la crie, con solas yerbas y bebiendo agua los
crian; de todo pensamiento carnal, cuanto más de obra, se abstienen;
nunca, en aquellos dos años, padre, ni madre, ni pariente, ni amigo
los ve. De dia no ven á sus maestros, sino de noche van los maestros
á ellos, y entónces les dictan y enseñan ciertos cantos y palabras
con que despiertan, ó incitan, ó provocan, ó llaman los demonios,
juntamente con las ceremonias y arte de curar los enfermos; pasados
los dos años, vuélvense á sus casas con cierto testimonio de los
Piachas, sus maestros, de que ya traen suficiente sciencia del arte
que han aprendido, como entre nosotros el que sale de los estudios
y Universidades, con el arte de medicina ó de otra facultad, trae
su título; los parientes, ó vecinos, ó amigos no llaman en sus
enfermedades á los suyos para que los curen sino á los ajenos. Y segun
la variedad de las enfermedades usaban diversos modos, para los curar,
de supersticiones, y, por consiguiente, así era diversa la paga que
hacian á estos hechiceros ó médicos. Si el dolor es liviano, tomaban
los médicos ciertas yerbas en la boca y ponen los labios en el lugar
del dolor, y de allí chupan con fuerza hácia sí, y dan á entender
que atraen ó sacan el mal humor; salen luégo de casa con ambos á dos
carrillos como llenos del mal humor, y escúpenlo fuera y maldícenlo
muchas veces, y afirman que luégo el enfermo será sano, porque con
aquel chupar fué de las venas el mal desarraigado. Pero si el mal es
recio, como de calenturas grandes ó de otra enfermedad grave, de otra
manera lo curan: Va el Piacha y visita el enfermo, lleva en la mano un
palillo de cierto árbol, que el conoce aprovechar para causar vómito,
y échalo en una escudilla ó vaso de agua que se empape, y siéntase
cabe el enfermo, afirmando que el demonio tiene en el cuerpo, al cual
luégo todos creen y ruéganle todos los deudos, que pues así es que le
ponga remedio; él lame y chupa todo el cuerpo del enfermo diciendo
ciertas palabras entre dientes, con lo cual dice que atrae de los
tuétanos el demonio que está dentro, toma luégo el palillo que está
empapado en agua y con él se refriega luégo los paladares hasta el
gallillo, y de allí lo mete al garguero y se provoca á vómito, y echa
de sí cuanto ha comido. Dá grandes sospiros, ya tiene temblores, ya
se hace estremecer con voces, ya dá grandes gemidos como si fuese un
toro que lo agarrochasen con muchos tiros; córrenle del pecho gotas de
sudor por dos horas, de la manera que corren por las canales las gotas
de agua lluvia, con otros tormentos que allí por esta causa padece.
Preguntándole nuestros religiosos que por qué se causaba tanto dolor y
angustia en aquella medicina, respondia que todo aquello era menester
para sacar el demonio de los meollos de los huesos del enfermo, con
aquellas palabras que constriñen los demonios, y con aquel chupar y
trabajos que allí padecia. Despues que el Piacha de este modo era
macerado y afligido revesaba cierta cantidad de flema espesa, y en
medio de ella una cosa redonda muy negra, y estando el Piacha medio
muerto, á una parte, apartaban de la flema aquello negro y salian fuera
de casa dando voces, y lanzábanlo cuanto podian léjos, reiterando
estas palabras muchas veces: Maytonoroquian, Maytonoroquian, que
quiere decir, «el demonio arriedro vaya de nosotros, arriedro vaya de
nosotros»; todas estas cosas concluidas, tenía por cierto el enfermo
y todos familiares y deudos que habia de sanar del todo muy presto;
pedia el médico por sus trabajos y medicinas el premio, y dábanle de
muy buena voluntad la paga en mahíz, que es su trigo, y otras cosas de
mantenimiento; dábanle tambien joyas de oro, los que las tenian, para
las orejas ó narices ó para los pechos, que llamaban caricuries en una
lengua de las de por aquella tierra. Nuestros religiosos afirmaban
que nunca vieron persona que aquellos curasen de la dicha manera que
muriese; y ésto no es maravilla, que por divina permision aquéllos
sanasen por arte y diabólica industria, y así diesen al demonio más
crédito y permaneciesen en su ceguedad, porque segun la justicia
divina ser alumbrados y salir de su error no merecian: desto hartos
ejemplos en otras muchas naciones gentiles antiguas dejamos arriba
dichos. Ya tambien queda en algunos capítulos referido, como todas las
naciones del mundo antiguas, ántes de la predicacion evangélica, fueron
corruptas, así como de la idolatría tambien de querer saber las cosas
futuras, para lo cual tenian sus oráculos, donde iban con sus dudas y
preguntas, y los demonios se las soltaban y les respondian, y para
los tener más por suyos, tenian grandes industrias cognosciendo las
causas naturales y los efectos que necesariamente por natural discurso
procedian, y otras veces acaso, permitiéndolo Dios, acertaban en lo
que les decian; por la misma manera, estas gentes míseras, por tantos
tiempos dejadas entrar por sus errados caminos, como de todas las del
mundo en la Escritura Santa se escribe, tuvieron el mismo error comun
á todos los hombres, miéntras sin lumbre de fe de Cristo vivieron.
Estos, pues, tenian por oráculo á los dichos Piachas hechiceros, los
cuales, sin duda, debian tener hecho pacto con los demonios, y aquello
debian aprender en los dos años que conversaban en aquellas escuelas
y debajo de la doctrina de aquellos maestros; á éstos consultaban, y
con sus dudas y preguntas iban á ellos de los tiempos ó temporales
malos ó buenos, de las lluvias, de las secas, de las enfermedades y
sanidad, de la paz, de la guerra, de los caminos que querian hacer, del
suceso de las cosas, de la venida de los cristianos, que tenian por
más que mortífera pestilencia; á todo lo cual, y de otras cualesquiera
cosas dudosas y futuras, segun que Dios les permitia, respondian por
órden como los preguntantes querian. Ejemplo desto vieron nuestros
religiosos, que como estaban solos, sin cristiano alguno otro en
aquella provincia y pueblo de Chiribichi, que llamaron Santa Fé (donde
yo tambien estuve algun dia), deseaban que viniese algun navío;
sintiéndoselo los indios, dijeron que para tal dia vendria un navío y
tantos marineros y hombres dentro, y los vestidos que traian, y otras
cosas particulares, y así acaeció sin errar en cosa de como lo habian
dicho. Otra cosa denunciaron para creer más difícil: tres meses ántes
que acaezcan los eclipses de la luna, cuando han de suceder, lo dicen,
y tiénenlo por mal agüero, y siempre temen que les ha de venir algun
infortunio y alguna gran miseria ó pérdida; en todo aquel tiempo andan
tristísimos, y con grandes ayunos y tristes cantos y sones la tristeza
significan: las mujeres mayormente lloran, las doncellas que son en
edad de se casar se sacan sangre, rompiendo las venas de los morcillos
de los brazos y piernas con una espina. Toda la comida ó bebida que
hallan hecha al tiempo del eclipse, en la mar ó en el raudal de los
rios lo echan; abstiénense de cualquiera que sabrosa ó deleitable sea,
en tanto que la luna su trabajo padece. Tornando la luna á cobrar su
luz, son extraños los saltos, los juegos, los cantos y regocijos que
hacen de alegría. Hácenles los Piachas entender que el sol, estando
muy enojado, airadamente dió á la luna una gran herida, y que la sana
cuando torna en su ser, aplacada su ira. Cuando por mandado del Rey ó
Señor que tienen, ó ruego de algun amigo, quieren llamar los demonios
que vengan para preguntalles alguna duda ó para otro efecto, de la
misma manera que arriba declaramos que en el oráculo de Apolo en la
doncella Pithia el demonio se le revestia, en el Piacha lo mismo se
le reviste; efectúase de esta manera: Entra de noche el Piacha en un
rincon de una casa muy oscuro, apagadas todas las lumbres, y mete
consigo algunos mancebos valientes, y á la hora de las diez siéntase
en un bajo asiento, los mancebos estando en pié siempre; comienza
con palabras, dellas inteligibles y otras confusas, á clamar, tañen
ciertas cosas que suenan como si tocasen campanillas, y con sonido
triste, cuasi como llorando, con estas palabras al maligno espíritu
diciendo: «prororuré, prororuré», la última luenga, repitiéndolas
muchas veces, y son palabras como de ruego. Si el demonio tardaba en
venir, más ásperamente se angustia y aflige, y si todavía no viene,
produce las palabras ó versos que aprendió de los maestros cuando
estuvo en aquella escuela, y enojado amenaza al demonio con el rostro
tuerto, mandando y forzándole que venga. Cuando sienten que aquel
honrado huésped viene, tañen todos los instrumentos que tienen y hacen
cuantos estruendos pueden, y el demonio acomete al Piacha, como si un
hombre muy feroz á un niño acometiese; dá con él en el suelo, donde
padece grandes tormentos, acude luégo el más esforzado mozo de los que
para estar presentes fueron admitidos, y él ó aquel por cuyo mando ó
ruego el triste del mago Piacha se puso en tanta pena, propone las
dudas y preguntas de lo que desean saber. El espíritu inmundo responde
á cada cosa por la boca de aquel que tantos dolores padece. Pregunta
el mozo tambien qué premio será justo que al Piacha por aquella buena
obra se le dé, mahíz, su trigo, comida ó bebida, oro ó joyas, y segun
lo que el demonio manda así de su trabajo es satisfecho. Y porque lo
que se ha dicho por ejemplo cierto parezca y se crea, quiero de nuevo
referir la obra siguiente, puesto que arriba queda ya referida: El
principal religioso que, con celo de dilatar la fe católica y traer
aquellas gentes á su Criador Jesucristo, pasó á aquella provincia,
fué un santo varon llamado fray Pedro de Córdoba, dotado de toda
prudencia, doctrina, gracia de predicar señalada, y de otras muchas
virtudes que en su persona resplandecieron, y éste fué el que primero
trujo y fundó la Orden de Santo Domingo en estas Indias y la sustentó
en gran rigor de religion, tornándola con verdad al estado primitivo;
este siervo de Dios, estando en el valle de Chiribichi, donde habia
edificado con grandes trabajos y penitencias suyos y de los buenos
religiosos que allí pasó consigo, queriendo probar y examinar si era
verdad lo que de aquellos oráculos y Piachas se decia (porque, segun
se certificó por los religiosos, en obra de tres meses, divinalmente
más que por su industria, supo y penetró la lengua, que por allí no
es poco difícil), puso ciertos muchachos, que tenian en el convento
enseñándoles la divina doctrina, por espías, para que cuando el Piacha
estuviese en aquella obra lo llamasen. Llamáronlo cuando ya tenía el
diablo en el cuerpo el Pythio ó Piacha. El siervo de Dios, armado
primero de fe viva, toma otro religioso por compañero, y púsose una
estola al cuello, en la mano derecha un vaso de agua bendita con
su hisopo, y en la izquierda la cruz de Cristo. Entrado en la casa
oscura, manda á los indios que traigan luégo lumbre ó enciendan los
tizones que estaban amortiguados, porque siempre tienen fuego, y
comienza por estas palabras: «Si eres demonio al que á este hombre
atormentas, por la virtud de esta señal de la cruz de Jesucristo, la
cual tú bien conoces y has experimentado muchas veces, te conjuro que
de aquí no te vayas sin mi licencia, hasta que primero me respondas
á lo que te preguntare». Preguntóle muchas cosas en latin y otras
en romance castellano, y tambien creo que en la misma lengua de los
indios; el demonio le respondió á cada cosa de las que le preguntó en
la lengua del mismo Piacha. Entre otras le mandó que le dijese dónde
llevaba las ánimas de aquellos de Chiribichi; primero mintiendo, que
es su costumbre, dijo que á ciertos lugares amenos y deleitosos.
Mientes, enemigo de la naturaleza humana, dijo el santo; finalmente,
constreñido con la virtud de la cruz, confesó la verdad diciendo:
«Llévolos á los fuegos eternos, adonde con nosotros padezcan las penas
de sus abominables pecados». Mandó el santo á los indios que estaban
presentes que por toda la tierra lo publicasen, lo cual hecho, mandóle
diciendo: «Sal de este hombre, espíritu inmundo», la cual palabra
dicha, se levantó el Piacha como asombrado y ajeno de sí mismo, y así
estuvo algunos dias ó tiempo, no pudiendo sino con dificultad tenerse
sobre los piés; despues de tornado en sí, acordándose de lo que habia
padecido, maldecia al demonio y daba grandes quejas dél porque tanto
tiempo le habia el cuerpo atormentado. Todo esto es verdad, y el
compañero que llevó el santo varon lo testificó, porque él, segun era
varon perfecto y de gran prudencia, humildad y autoridad, ni hombre
se lo preguntó, ni él creo que á hombre lo dijo. Todas las cosas que
se han en estos dos capítulos referido, de la gente de Cumaná y de
Chiribichi, refiere á la letra Pedro Mártir en la octava Década, 8.º y
9.º capítulos.
CAPÍTULO CCXLVI.
Y porque tambien Pedro Mártir, en su sétima Década, capítulo 4.º,
refiere una maldad y testimonio que le dijeron los que infamar por mil
vías estas gentes pretenden, que áun que tengan pecados y miserias del
ánima, como infieles, no por eso permite la caridad que de lo que no
tienen ó no cometen les condenemos, y en lo que es razon no dejemos
de volver por ellos, mostrando que si algunos daños nos hacen no los
hacen sin justicia y sin causa, supuesto los que de nosotros reciben,
y en algunos casos, como en matar frailes, su ignorancia: Cuenta Pedro
Mártir, que ciertos de los muchachos que habian criado los religiosos
en su monasterio, en el mismo valle de Chiribichi, juntaron gentes de
las vecinas, y, como desagradecidos, destruido el monasterio, mataron
los frailes. Destruido fué el monasterio y muertos dos frailes que
habia en él, y si hubiera ciento yo no dudo sino que los mataran, pero
es gran maldad echar la culpa á los que los religiosos habian criado,
puesto que puede haber sido que algunos de los que con los religiosos
habian conversado y venian á la doctrina, en la muerte dellos se
hobiesen hallado; quien tuvo la culpa y fueron reos de aquel desastre,
por lo que aquí diré con verdad, quedará bien claro. Háse aquí de
suponer, que los indios de aquella costa ó ribera de la mar tenian muy
bien entendido que uno de los achaques, que los españoles tomaban para
saltear y captivar las gentes de por allí, era si comian carne humana,
y desta fama estaba toda aquella tierra bien certificada, y asombrada,
y escandalizada. Salió un pecador llamado Alonso de Hojeda, cuya
costumbre, y pensamientos, y deseos eran saltear y tomar indios para
vender por esclavos (no era este Alonso de Hojeda el antiguo que en
esta isla Española y en estas Indias fué muy nombrado, sino un mancebo
que áun que no bebiera nascido no perdiera el mundo nada); éste digo
que salió de la isleta de Cubagua, donde se solian pescar las perlas,
con una ó con dos carabelas y ciertos cofrades de aquella profesion,
él por capitan, para hacer algun salto de los que acostumbraban, y
llegó á Chiribichi, que dista de la dicha isleta 10 leguas, y váse al
monasterio de nuestros religiosos, y allí los religiosos le recibieron,
como solian á los demas, dándoles colacion y quizá de comer ó de cenar.
Hizo llamar el Alonso de Hojeda al señor del pueblo, cacique llamado
Maraguay, y quizá por medio de los religiosos que enviarian algun indio
de sus domésticos que lo llamase, porque el monasterio estaba de una
parte de un arroyo y el pueblo de la otra, que con una piedra echada no
con mucha fuerza llegaban allá. Venido el cacique Maraguay, apartóse
con él y un escribano que llevaba consigo, y otro que iba por Veedor,
y quizá más, y pidió prestadas unas escribanías y un pliego de papel
al religioso que tenía cargo de la casa, el cual, no sabiendo para
qué, se lo dió con toda simplicidad y caridad. Estando así apartados,
comienza á hacer informacion y preguntar á Maraguay si habia caribes
por aquella tierra, que son comedores de carne humana; como el cacique
oyó aquellas palabras, sabiendo y teniendo ya larga experiencia del
fin que pretendian los españoles, comenzóse á alterar y alborotar
diciendo con enojo: «No hay caribes por aquí, no», y váse desta manera
escandalizado á su casa. El Hojeda despídese de los religiosos (que por
ventura no supieron de las preguntas hechas á Maraguay nada, ó quizá
lo supieron), y váse á embarcar; partido de aquel puerto, desembarca
cuatro leguas de allí en otro pueblo de indios, llamado Maracapana,
la penúltima luenga, cuyo señor era harto entendido y esforzado, el
cual, con toda su gente, reciben á Hojeda y á sus compañeros como á
ángeles. Finge Hojeda que viene á rescatar, que quiere decir conmutar
ó comprar mahíz ó trigo y otras cosas, por otras que él llevaba, con
las gentes de la sierra tres leguas de allí, que se llamaban Tagáres,
la sílaba de en medio luenga. Otro dia pártese Hojeda con los suyos
la sierra arriba de los Tagáres; rescíbenlos, como solian á todos los
españoles, como á hermanos. Trata de compralles ó conmutalles cincuenta
cargas de mahíz de indios cargados, y pide que se las lleven cincuenta
indios á la mar, y promete de allá pagalles su mahíz y el corretaje;
fíanse dél y de su palabra, como, sin les quedar duda de lo que les
prometian los españoles, acostumbraban. Llegados á la mar, viérnes
temprano, en el pueblo de los indios donde habian desembarcado, echan
los cincuenta Tagáres las cargas en el suelo y tiéndense todos como
cansados, segun en las tierras calientes suelen hacer; estando así en
el suelo echados los indios, los españoles que los traian y los que en
las dos carabelas habian quedado, y que allí para esto los esperaban,
cercan los indios descuidados y que esperaban del mahíz y de la traida
su paga, echan manos á las espadas y amonéstanles que estén quedos para
que los aten, sino que les darán de estocadas; los indios levántanse,
y queriendo huir (porque tanto estimaban como la muerte llevarlos los
españoles por esclavos) mataron á cuhilladas ciertos dellos, y creo que
tomaron á vida, y ataron, y metieron en las carabelas treinta y siete,
pocos más y no creo que ménos, si no me he olvidado. Por los heridos
que se escaparon, y por mensajeros que el señor de aquel pueblo, que
llamaban los españoles Gil Gonzalez, luégo envió, súpolo Maraguay el
cacique de Chiribichi donde residian los frailes, y por toda la tierra
fué luégo aquella obra tan nefaria publicada, con grandísimo alboroto
y escándalo de toda la provincia y de las circunstantes, que, por
tener como por prendas rehenes y fiadores á los religiosos, estaban
todas de semejantes obras descuidadas. Pues como Maraguay vido que
los frailes dieron el papel y escribanía para inquirir si por aquella
tierra habia caribes, que era el título que los españoles tomaban
para captivar y hacer las gentes libres esclavos, y que los frailes
asimismo rescibieron á Hojeda y á sus compañeros con alegría, y los
convidaron y los despidieron como á hermanos, y luégo cuatro leguas de
allí, en el pueblo de su vecino y quizá pariente Gil Gonzalez, cometió
aquella traicion y maldad tan grande, y á los Tagáres con tan indigna
cautela, viniendo con tanta simplicidad y seguridad confiándose, haber
hecho tan irreparable daño, y el mismo cacique Gil Gonzalez afrentado
de que se le hobiese violado la seguridad y comedimiento natural, que
se debia del hospedaje á su tierra, pueblo y casa, recibiendo á los
españoles como amigos, y viniendo los Tagáres seguros y en confianza,
como á tierra y pueblo de señor que no habia de consentir que se
les hiciese injuria ni recibiesen agravio; estas consideraciones
así representándoseles, y concluyendo que los religiosos que habian
recibido y tenian en su tierra les eran contrarios, y allí no debian
estar sino por espías de los españoles para cuando lugar tuviesen
captivarlos y matarlos, como parecia por lo que habia entónces Hojeda
hecho, y otras muchas malas obras, insultos y daños que otros muchos
españoles habian hecho por aquella costa arriba y abajo en las tierras
y pueblos comarcanos, y desto nunca cesaban, que no habia otro remedio
sino hacer venganza ellos de aquel Hojeda, y de aquellos que allí
estaban, y Maraguay á la misma hora matase los frailes, y defender que
desde adelante ningun hombre de los españoles en toda aquella tierra
jamás entrase, y, para lo efectuar, que sería tiempo conveniente el
domingo que se seguia, porque aquellos dias solian principalmente salir
á tierra de los navíos los cristianos. Esta determinacion tendida por
toda la tierra por infinitos mensajeros que se despacharon, que suelen
los indios ir volando, concede Maraguay que así era necesario, y que el
domingo él daria buena cuenta de los frailes. Apercibiéronse todas las
gentes comarcanas para el domingo con sus armas; pero porque tan gran
maldad, segun el juicio divino tenía determinado, se habia de castigar
ántes, con su poca vergüenza y temeridad el Hojeda, con los más de su
compañía que se habian embarcado en las carabelas cuando llevaron los
indios que prendieron el viérnes en la tarde, salió á tierra el sábado
de mañana, y entra en el pueblo con tan buen semblante, y alegría,
y descuido, como si no hobiera hecho nada. El Gil Gonzalez, señor
de aquel pueblo, como hombre muy prudente que era y muy recatado,
rescibíole asimismo con gran disimulacion y alegre cara, como solia
de ántes, y tratando de dalles de almozar, viendo que si esperara al
domingo, como tenian concertado, no hallara quizá tal lance, la gente
que estaba aparejada, della en las casas, della por las florestas
cercanas, dan sobre ellos infinitos indios con grita espantable, y
ántes que se revolviesen tenian al Hojeda, y á los más de su cuadrilla,
despachados, y solos unos pocos que sabian nadar, que se echaron en la
mar y hobieron lugar de llegar á los navíos, se escaparon. Toman sus
piraguas los indios, y van á las carabelas y combátenlas de tal manera,
que los que en ellas restaban tomaron por sumo y final remedio huir
alzando las velas, y creo que, si no me olvido, no pudieron tomar las
anclas sino cortar los cables ó amarras y dejallas perdidas. Maraguay,
como tenía ménos que hacer, por tener como corderos en aprisco
encerrados los frailes, no quiso darse priesa ni cumplir lo que á su
cargo era el sábado. El domingo de mañana, estando el uno de los dos
religiosos revestido en el altar para tomar la casulla y comenzar su
misa, y el otro, que era un fraile lego, como un ángel confesado para
comulgar, llaman á la portería; va éste á abrir á quien llamaba, entra
un indio con cierto presentillo, como solian traer, de cosas de comer
para los frailes, y así como entró raja la cabeza al bienaventurado con
una hacha que traia so el sobaco. No sintiendo cosa dello el de misa,
que estaba en el altar poniendo el espíritu en Dios, aparejándose para
celebrar, llega el mismo indio pasito por detras, y hace la misma obra
que al otro en la cabeza con la hacha; acude luégo mucha gente y ponen
fuego á toda la casa, robando lo que quisieron robar. En otro estado,
parece haber tomado á los dos frailes Maraguay, que á Hojeda y sus
discípulos Gil Gonzalez. Todo esto es pura verdad, y así sabemos que
acaeció porque de los mismos que se escaparon se supo, y á uno dellos
recibimos despues en esta isla Española, y dimos el hábito para fraile;
y lo de Maraguay aguardar al domingo para el sacrificio de los frailes,
creo que se supo de algunos indios que despues lo confesaron; y desde
á no muchos dias llegué yo á aquella provincia y pueblos, con cierto
recaudo para ayudar á los religiosos en la conversion de aquellas
gentes, que todos deseábamos, y hallélo todo perdido y desbaratado,
pero supe de frailes y seglares ser lo que tengo dicho público y tenido
por verdad averiguada. Agora juzguen los prudentes, y que fueren
verdaderos cristianos, si tuvieron justicia y derecho indubitable
de matar al Hojeda y á su compaña, y ocasion de sospechar que los
frailes les eran espías y enemigos, viéndoles dar papel y escribanía
para el título de hacer esclavos, y otros actos de amistad con los
españoles siendo de su nacion, y áun asegurándoles los religiosos
muchas veces que de los españoles no habian de recibir miéntras ellos
allí estuviesen algun mal ó daño. Y aunque aquellos inocentes siervos
de Dios padecieron injustamente, y sin duda podemos tener que fueron
mártires, pero creo que no les pedirá Dios la muerte dellos por las
ya dichas causas solamente. ¡Ay de aquellos que fueron y fuesen causa
del escándalo! El Vicario de aquella casa en esta sazon estaba 10
leguas de allí, en la isleta de las Perlas con los que allí moraban,
con su compañero ó compañeros; por ventura habia ido á predicarles:
sabida la obra hecha de los que en las carabelas se escaparon, encargó
á todo el pueblo de españoles que allí estaba que tomasen todos los
navíos que allí habia, y fuesen á Chiribichi á ver qué habia sido de
los religiosos, pero la gente de toda la tierra, puesta en armas,
defendiéronles la entrada, y finalmente, visto que todo estaba quemado
y asolado, no dudaron de la muerte de los bienaventurados y así se
tornaron. Este religioso, indignatísimo contra todas aquellas gentes,
mirando solamente la muerte de los frailes y la destruccion de la
casa, sin pasar más adelante, con celo falto de la debida ciencia de
que habla San Pablo, fué despues á Castilla, y en hablar en el Consejo
de las Indias contra todos los indios, sin hacer diferencia, fué muy
demasiadamente inconsiderado y temerario; dijo abominaciones de los
indios en general, sin sacar alguno, afirmando tener grandes pecados,
y dijo dellos muchas infamias segun cuenta Pedro Mártir. Lo que dello
el divino juicio ha juzgado no podemos alcanzallo, pero al ménos
podemos conjeturar haberlo Dios en esta vida por aquello ásperamente
castigado, porque sabemos, que, siendo él en sí buen religioso, segun
tal lo cognoscimos, llegando á estado de ser electo por Obispo y
con harta honra y favor sublimado, le levantaron tantos y tan feos
testimonios, que no dijo él de los indios muchos más, y al cabo el
mismo Consejo de las Indias, ante cuyo acatamiento habia ganado grande
autoridad, le casó la eleccion y sustituyó para Obispo de la misma
iglesia otro en su lugar, y él, recogido en un lugarejo harto chico que
tuvo por patria, vivió muchos dias y años, solo y fuera de la órden,
muy abatido y angustiado, y no sé si en alguna hora de toda su vida se
pudo consolar. Podríamos afirmar con sincera verdad tener experiencia
larga, que ninguno religioso, ni clérigo, ni seglar hizo ni dijo daño
y mal contra estos tristes indios, ni en algo los desfavoreció, que la
divina justicia en esta vida, cuasi á ojo de todos, no lo castigase, y
por el contrario, ninguno les favoreció, y ayudó, y defendió, que la
misma divina bondad en este mundo no lo favoreciese y galardonase; lo
que toca á la otra vida, como irá á los unos y á los otros, cognoscerlo
hemos cuando apareciéremos ante su juicio divinal. Y esta digresion
incidentalmente hicimos por lo que escribió destas gentes de Chiribichi
Pedro Mártir, por haber sido cosa de pocos sabida y en sí muy señalada.
CAPÍTULO CCXLVII.